Cultura

CINE // LA LARGA NOCHE DE FRANCISCO SANCTIS

Un cine clásico y moderno, humanamente político

En un mundo donde las imágenes no paran de fragmentarse y acelerarse industrialmente banalizando la vida y haciendo efímera la humanidad, “La larga noche de Francisco Sanctis” es una lección de cine hecho por artesanos.

Domingo 13 de noviembre | Edición del día

La historia es simple y conmovedora. Un poema rebelde de juventud, de versos desparejos y simpatía obrera, casi adolescente, cambia el destino de Francisco en los inicios de la dictadura genocida de 1976. El día se hace noche. Y “el no te metás” (tan cívico como militar), es desbordado por un hombre que asume y encara su humanidad a solas en medio de la barbarie.
Francisco, que es un trabajador administrativo en una empresa mayorista, anda esperanzado en un país sin esperanzas. Comenta en su casa, y al que se cruza, que anda bien; esperando un ascenso. El contexto sin embargo es otro. Estamos en los inicios de la dictadura del ’76. Y lo que hay es terror y abuso patronal; despidos y desapariciones.

Y quizás esta contracara sea lo que dispare un “fuera de campo” en la película. La dictadura no está pero corre sugerida. Es decir está. Más allá de cruzarse a mitad del film con un par de siluetas en una plaza a la madrugada.

Será entonces el mismo trabajo donde recibe la llamada de una vieja amiga, compañera de universidad, que le recuerda el poema olvidado y le pide de encontrarse. El encuentro es el de dos viejos jóvenes, para colmo, dentro de un Renault 4.

La mujer, sin dar muchas vueltas, le pasa información clasificada, descubierta de casualidad en el bolsillo de su marido que es oficial de la aeronáutica, la que puede salvarle la vida a una pareja de militantes, que esa misma noche serán secuestrados de su casa en la calle Lacarra al 6000.

Y por qué a mí, ¿no? Si no sé ni quiénes son. Pero así es la cosa. Hay que tener ojo con lo que uno hace (o escribe) en la juventud, porque suele ser fuerte para el cuerpo, pero sobre todo para el alma futura.

Pero la vida o la muerte en manos de uno es algo muy serio. El personaje inicia su angustia y su búsqueda, que no riman pero va bien para combatir la primera. Y nosotros lo acompañamos. Es más, muchas veces hasta pareciera que le damos fuerza desde la sala para que haga lo que corresponde, que la información llegue a la calle Lacarra.

Con todo, como casi siempre, uno intenta buscar atajos. Olvidarse. Francisco también. Vuelve a su casa. Los chicos duermen. La mujer está preparando milanesas. Lo cotidiano se hace lejano y lo ahoga. Busca los nombres en la guía, pero no puede llamar a nadie desde la casa. Sale a comprar un vino, pero va detrás de un teléfono público. Nadie contesta. Va en búsqueda de un amigo con el que estudiaron juntos. Pero nada le puede comentar. El amigo está del otro lado, y cercano al “algo habrán hecho”.

Sabe de un militante vecino, y va en otra búsqueda. Lo encuentra dentro de un cine, donde la noche junto a las voces de Olmedo y Porcel hacen más triste todo. El militante va de salida; está intentando escapar. No puede hacer nada.
Hay una crisis moral, de pertenencia y algo de liberación; de tomar partido en medio del salvajismo. No cesa igualmente de buscar aliados por las calles porteñas. Ve algo. Y sigue a una pareja a la que le pidió fuego. Pero se desvanecen. La cosa parece depender de uno, de Francisco. Y los únicos aliados que uno piensa que tiene estamos en la sala.

Pero no sólo el tema de la película está bueno, sino cómo es contado; como está narrado. El trato cinematográfico tiene buen gusto y da batalla en las formas. Un cine contra espectáculo con mucho y nada de espectacular.

La fotografía va al natural, y por la noche combina tonos ámbar que dan vida a la soledad de las calles porteñas en la noche de la dictadura.

Es baja la fragmentación de planos (lo justo y necesario). Duraciones de escenas sin prisas. Cámaras subjetivas amenas. Silencios. Y encuadres fijos y cuidados, donde los cuerpos de los protagonistas encuentran límites y la palabra filmada se hace oír.

Ausencia de música en las escenas (se agradece). Salvo en una que al final sale de una radio, y viaja como alivio. Con una banda de sonido (y ruidos) que hace sentir las representaciones; que acerca cuerpos, veredas y empedrados hacia la calle Lacarra.

Y unos personajes secundarios que alimentan el ser y los pies del protagonista, que acorde a la destreza de los realizadores ayudan a tomar partido, como eso seres anónimos que se atrevieron a dar una mano en medio de la balacera.




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