SEMANARIO

Un “1905 a la francesa” y la crisis histórica del sindicalismo

Juan Chingo

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Un “1905 a la francesa” y la crisis histórica del sindicalismo

Juan Chingo

Digámoslo de entrada: en Francia a fines de 2018 y comienzos de 2019, no se ha iniciado aún una revolución ni el proceso en curso aún esta derrotado, por lo que toda comparación con la revolución de 1905 puede ser incorrecta y exagerada. Tampoco el proceso tiene como en el caso ruso al proletariado más concentrado de las ciudades a la cabeza, no se expresa por un poderoso movimiento de huelgas ni ha dado lugar a organismos de autodeterminación como los soviets. Pero las acciones revolucionarias de los Gilets Jaunes tienen un aire a enero de 1905, cuando la irrupción de las masas de San Petersburgo ponía en crisis al régimen zarista. En el caso francés, la continuidad después de casi dos meses, y a pesar del parate de fin de año, de la sublevación de los chalecos amarillos con una determinación en su enfrentamiento al Estado burgués incluso más radical que en 1968, ha abierto la crisis más importante en la historia del régimen de la Vª República, ya carcomido por años de desgaste, exacerbado recientemente por el intento fallido de restauración bonapartista macroniano, como ya hemos explicado en otros artículos.

Pero donde la comparación −a pesar de las enormes diferencias− es significativa, es en que aunque derrotada, la revolución rusa de 1905 abrió un nuevo período en relación con el movimiento obrero, clausurando el período de ausencia de la revolución abierto por la derrota de la Comuna de París en 1871. Asimismo, dejó sin fundamentos las bases estratégicas de las principales organizaciones del movimiento obrero a nivel mundial, que se habían fortalecido en esas décadas pacíficas: la socialdemocracia y los sindicatos dirigidos por ella del proletariado alemán, como extraordinariamente Rosa Luxemburgo se encargara de demostrar. Es en este último plano, por ciertos aspectos estructurales así como políticos y de la lucha de clases, que las lecciones que ya podemos extraer de la sublevación de los Gilets Jaunes permiten clarificar las bases de la crisis del sindicalismo francés. Esto, a su vez, permite encontrar las vías para poner en movimiento el conjunto de la fuerza del proletariado, cuestión que la movilización de los Gilets Jaunes ha colocado como necesidad para derrotar a Macron y entrar decididamente en un proceso revolucionario, aunque todavía no haya podido resolverla. Es a esta última cuestión primordial del sindicalismo a la que está dedicado el presente artículo.

Fuertes tendencias institucionales y elementos de “Oriente” en la Francia imperialista

La irrupción violenta de la sublevación de los Gilets Jaunes y sus formas radicales y particulares surgen estructuralmente de un desarrollo desigual y combinado novedoso que afecta al proletariado y sus organizaciones. Este mezcla fuertes tendencias a la institucionalización conjuntamente con el desarrollo, en las últimas décadas, de elementos de “Oriente” [1], todo en el marco dominante de la persistencia de una estructura social compleja y avanzada como es la del capitalismo imperialista francés. Los cambios en la reconfiguración de la fuerza de trabajo desde la ofensiva neoliberal y en respuesta a la huelga general de 1968, así como la creciente integración institucional de los sindicatos a través de sus diversas formas (negociación, concertación, gestión paritaria de la protección social), especialmente luego de la Liberación, han acentuado los rasgos propios de “Occidente” del movimiento obrero francés, “aun cuando la integración institucional de los sindicatos franceses está todavía lejos de ser equivalente a la de sus homólogos escandinavos, belgas o alemanes” [2].

En Sociologie politique du syndicalisme, varios autores detallan algunos de los rasgos de esta creciente institucionalización. Así:

La distancia de la política se ha convertido hoy en una obligación del rol de los sindicalistas. Además de las obligaciones materiales ya mencionadas, como el tiempo pasado en las palestras profesionalizadas del diálogo social, la restricción de los sindicalistas al terreno limitado de las relaciones profesionales resulta por lo tanto también de obligaciones sociales interiorizadas a través de un "sentido de los límites" que los lleva, en esta situación, a prohibirse por ejemplo cualquier toma de posición juzgada excesivamente política.

Mas aún:

Lejos de los estereotipos mediáticos sobre sindicalistas ante todo preocupados por hacer huelga, también es posible llevar adelante una carrera militante en el sindicalismo asumiendo un trabajo de oficina y sesionando sucesivamente en diferentes tipos de instancias: en una comisión paritaria de rama, por ejemplo, en un organismo paritario colectivo autorizado para la formación profesional o como consejero laboral [3]

Evidentemente que todo esto tiene consecuencias sobre el repertorio de la acción sindical (por tomar el léxico de los autores), tomando el ejemplo de la central sindical que aparece más contestaria, la CGT. Así:

Confrontados al debilitamiento militante de su organización, la preferencia dada a la organización de jornadas de acción espaciadas, bajo la forma de manifestaciones más que de huelgas, está pensada como el medio para ampliar la movilización –y entonces fortalecer su legitimidad– privilegiando formas de movilización menos costosas o arriesgadas para los asalariados. Sin embargo, la voluntad de los dirigentes de la CGT de evitar las estrategias de radicalización de la movilización y de bloqueo de la economía apuntan también a contener la movilización en formas de acción consideradas menos políticas y más compatibles con su aspiración a reencontrar una posición central en el juego de la negociación colectiva [4].

La derrota de la lucha contra la ley El Khomri en 2016 y, posteriormente, la reforma laboral XXL, o la reforma ferroviaria durante el actual quinquenato, por nombrar los ejemplos más recientes, muestra la nula eficacia de esta estrategia para frenar las reformas neoliberales.

Pero junto a este proceso a la “occidental”, se da como contracara en grandes segmentos de la clase obrera, en particular en los trabajadores que viven entre las grandes metrópolis y el campo –lo que muchos autores han denominado espacios periurbanos–, un desarrollo (que ya lleva décadas) de elementos de “Oriente”, es decir, un proceso de debilitamiento de la sociedad civil, en particular de las “fortalezas” y “casamatas” para utilizar las metáforas gramscianas del Estado burgués ampliado para controlar a la población. En otras palabras, la ofensiva neoliberal de las últimas décadas fue debilitando y deteriorando a niveles insospechados toda una serie de mecanismos como el sufragio universal, los partidos de masas, los sindicatos obreros, así como variadas instituciones intermedias, además de la escuela o el tejido asociativo, argamasa central por la cual se mantenía la influencia de la clase dominante más allá del aparato de coerción (el Estado en sentido estricto o el cuerpo de hombres armados); creando un sentimiento de relegación social y cultural.

A su manera, el geógrafo Christophe Guilluy daba cuenta de este proceso diciendo extrañamente que la burguesía había “perdido su hegemonía cultural” [5]. Así, en su último y polémico libro afirma que:

Marginando a sus propios pueblos, las clases dominantes occidentales han creado las condiciones de su impotencia. Rompiendo el lazo entre el arriba y el abajo, las élites favorecen la autonomía de los más modestos que ya no se referencian en el mundo de arriba. A menos que se militarice la coerción, la clase política no podrá contar por mucho tiempo con el mundo mediático o académico para canalizar el mundo de abajo. Además de que nadie de los de abajo toma seriamente a los políticos, a los economistas, a los universitarios o a los medios, el siglo XXI se abre hacia una paradoja mayor. En la actualidad, es el mundo de arriba el que pierde su hegemonía cultural. El soft power invisible del mundo de abajo es lo inesperado de la mundialización.

Señala más adelante:

Esta autonomía obligada de un mundo de abajo hermético a partir de ahora a los discursos y a las órdenes del mundo de arriba, permite a las clases populares reafirmar lo que son colectivamente. Contra toda expectativa, ellas ejercen hoy un soft power invisible que contribuye al derrumbamiento de la hegemonía cultural de las clases dominantes y superiores. En el conjunto de los países occidentales, se asiste así a una inversión de las nociones de potencia y de poder.

Pero sin llegar a coincidir hasta el final con esta conceptualización, en su caso al servicio de una política populista con algún sector de la clase dominante nacional imperialista, la descripción de esta mayor autonomía de los más modestos, o en términos gramscianos, su “reorientalización” –es decir, el debilitamiento de los cuerpos intermediarios y/o mediaciones políticas, sindicales y asociativas partiendo al mismo tiempo de un alto nivel cultural, a diferencia de la clase obrera rusa de principios del siglo XX– es lo que explica la irrupción violenta del fenómeno Gilet Jaunes, su carácter radical y explosivo, así como muchos de sus límites, no obstante los cuales ha tenido el mérito de poner en cuestión las estrategias de mediación y de lucha del movimiento obrero tradicional, totalmente adaptado a la democracia imperialista francesa.

“Huelga de masas, partido y sindicatos” al calor de la sublevación de los Gilets Jaunes

Frente a este “1905 invertido”, pues a diferencia del ruso no son los sectores de mayor posición estratégica de la clase obrera de la industria y de los servicios los que están a la ofensiva, es inspirador recordar algunas de las lecciones que la gran revolucionaria Rosa Luxemburgo sacó de forma general y en especial para el proletariado alemán de la revolución rusa de 1905. En este ensayo revolucionario encontraba las claves que le permitían desentrañar el impasse estratégico en que se encontraba el movimiento obrero alemán, cuya estrategia se fundaba en evitar el menor combate serio con la burguesía y su Estado, no logrando avances materiales y morales como en el pasado, a pesar de su fortaleza. Así Rosa, en una síntesis brillante de la impetuosa entrada de las masas en escena echando por tierra todos los planes de la direcciones del partido socialdemócrata y de los sindicatos alemanes, afirmaba que:

Según la teoría de los amantes de las “ordenadas y bien disciplinadas” batallas, concebidas de acuerdo a plan y esquema fijo, especialmente según la de aquellos que pretenden saber siempre mejor y desde lejos cómo “se hubieran debido hacer las cosas”, fue un “grave error” el diluir la gran acción de huelga general política de enero de 1905 en una infinidad de luchas por reivindicaciones económicas, que “paralizó” aquella acción, convirtiéndola en “humo de pajas”. Incluso el partido socialdemócrata ruso −que cooperó ciertamente con la revolución, pero que no la “hizo”, y que debió aprender sus leyes durante su propio desarrollo− se encontró, en un primer momento, desorientado por el reflujo, aparentemente estéril, de la primera marea de huelgas generales. No obstante, la historia, que había cometido este “grave error”, sin preocuparse de los razonamientos de los que hacían de maestros de escuela sin que nadie se lo pidiera, realizaba con ello un trabajo revolucionario gigantesco, tan inevitable como incalculable en sus consecuencias.

E ironías de la vida:

Las huelgas aparentemente caóticas y la “desorganizada” acción revolucionaria que siguió a la huelga general de enero, se convirtieron en el punto de partida de un febril trabajo organizativo. La historia, entre risas, le hace burlonas muecas desde lejos a los que mantienen una celosa guardia a las puertas de la felicidad sindical alemana. Las sólidas organizaciones, concebidas como fortalezas inexpugnables y cuya existencia hay que asegurar antes de soñar siquiera con acometer una hipotética huelga de masas en Alemania, surgen en Rusia, por el contrario, de la misma huelga de masas. Y mientras que los guardianes de los sindicatos alemanes temen, sobre todo, que las organizaciones estallen, como preciosa porcelana, en mil pedazos en el torbellino revolucionario, la revolución rusa nos muestra la imagen invertida: del torbellino y de la tempestad, del fuego y las ascuas de la huelga de masas, de las luchas callejeras surgen, como Venus de la espuma del mar, nuevos, jóvenes, vigorosos y ardientes..., los sindicatos.

Y por último, rompiendo toda separación abstracta entre dos campos inextricablemente unidos, concluía:

Sin embargo, el movimiento en su conjunto no se encamina únicamente a partir de la lucha económica hacia la política, aquí ocurre también lo contrario. Cada una de las grandes acciones políticas de masas se transforma, una vez alcanzado su punto culminante político, en toda una serie confusa de huelgas económicas. Y esto no se refiere únicamente a cada una de las grandes huelgas de masas, sino, incluso, a la revolución en su conjunto. Con la extensión, clarificación y potenciación de la lucha política, no solo no retrocede la lucha económica, sino que se extiende, se organiza y se intensifica en igual medida. Entre ambas existe una completa acción recíproca.

¡¡¡Cuanto de actualidad tiene todo esto frente al caótico y proteiforme movimiento de los Gilets Jaunes!!! Por no hablar de las conclusiones que ella sacaba para el proletariado alemán, de tanta actualidad, frente al impasse estratégico de los sindicatos franceses, en especial los más combativos. Veamos lo que decía Rosa Luxemburgo sacando lecciones de la revolución rusa de 1905, en comparación con “los brillantes” planes de lucha de las direcciones sindicales francesas, donde las confederaciones ferroviarias tienen el premio mayor con su famosa “huelga perlé” (trabajo a desgano) logrando la total invisibilización y eficacia de la huelga y la consecuente derrota a pesar del ánimo de lucha de la base:

…esta misma revolución [la Revolución Rusa] resuelve por sí misma todas las dificultades, que el esquema teórico de la discusión en Alemania considera como la preparación principal de la “dirección”: la cuestión del “aprovisionamiento”, de los “costos”, de los “sacrificios”. Naturalmente que no los resuelve de la misma forma en que pueden ser solucionados, lápiz en mano, durante el curso de una apacible conferencia secreta, mantenida por las supremas instancias del movimiento obrero. El “solucionar” todos estos problemas consiste en que la revolución mueve a masas populares tan enormes que todo intento de cálculo y previsión de los costos de su movimiento, como se establecen previamente los costos de un proceso civil, se presenta como una empresa sin esperanzas. Es cierto que también las organizaciones dirigentes de Rusia trataron de apoyar con todas sus fuerzas a las víctimas directas de la lucha. Así, por ejemplo, las valerosas víctimas del gigantesco cierre de fábricas en San Petersburgo, debido a la campaña por la jornada de las ocho horas, recibieron apoyo durante semanas enteras. Pero, todas esas medidas son como una gota de agua en el mar en el enorme balance de la revolución. En el momento en que comienza en serio un verdadero período de huelgas de masas, todos los “cálculos de costos” equivalen a la pretensión de querer dejar el océano sin agua con un vaso. Pues es realmente un verdadero océano de terribles privaciones y sufrimientos el precio que tiene que pagar la masa proletaria por cada revolución. Y la solución que le ofrece un período revolucionario a esta dificultad, aparentemente insuperable, es que desencadena, al mismo tiempo, tal cantidad de idealismo en las masas, que se hacen insensibles a los más agudos sufrimientos. No se puede hacer ni la revolución ni la huelga de masas con la psicología de un sindicalista que se niega a dejar de trabajar el Primero de Mayo, si no se le garantiza por adelantado una determinada ayuda para el caso en que sea despedido. Pero, justamente en la tormenta del período revolucionario, el proletariado se transforma de solícito padre de familia, que exigía un apoyo, en un “romántico de la revolución”, para que hasta el bien supremo, la vida, con mayor razón el bienestar material, apenas tiene valor en comparación con los ideales de lucha.

Son estos ideales de lucha los que la creciente institucionalización del sindicalismo ha liquidado.

Por último y en relación a lo que decíamos en apartado anterior, resulta increíble comprobar cómo la crítica de Luxemburgo al conservadurismo de la dirección sindical, y la explicación de las causas materiales que generan este conservadurismo, sirve también para retratar la situación actual de las direcciones del sindicalismo francés:

La especialización en su actividad profesional de dirigentes sindicales, así como la natural restricción de horizontes que va ligada a las luchas económicas fragmentadas en períodos de calma, concluyen por llevar fácilmente a los funcionarios sindicales al burocratismo y a una cierta estrechez de miras. Y ambas cosas se manifiestan en toda una serie de tendencias que pueden llegar a ser altamente funestas para el futuro del movimiento sindical. En ellas se cuenta, ante todo, la sobreestimación de la organización que, de medio para conseguir un fin, llega a convertirse paulatinamente en un fin en sí mismo, en el más preciado bien en aras del cual han de subordinarse los intereses de la lucha. De ahí se explica también esa necesidad, abiertamente confesada, que lleva a retroceder ante grandes riesgos y supuestos peligros para la existencia de los sindicatos, ante la inseguridad de las grandes acciones de masas. [...] Y finalmente, a costa de ocultar las limitaciones objetivas que tiene la lucha sindical en el orden social burgués, se llega a una aversión directa a toda crítica teórica que llame la atención sobre esas limitaciones en relación con los objetivos finales del movimiento obrero...

Frente a un “poder ilegítimo radicalizado”, el movimiento obrero debe cambiar imperiosamente de estrategia

Como decimos al inicio, la sublevación de los Chalecos Amarillos, si no se generaliza, no puede transformarse en revolución. Pero ya antes del acto IX, esta acción revolucionaria ha generado un terremoto político en todas las organizaciones del movimiento obrero tradicional, en especial la CGT, cuya fortaleza se concentra en los grandes bastiones del proletariado del sector público y privado, sin cuya irrupción revolucionaria es imposible vencer, a la vez que superar los elementos contradictorios de la situación actual. Esto es, las dificultades para pegar un salto en su estructuración democrática a través de organismos de autoorganización y potencialmente de contrapoder, de atacar de forma más directa no solo a los representantes del capital sino al Gran Capital mismo, de pasar a la organización de la huelga general como herramienta para socavar y paralizar el Estado burgués y crear verdaderas condiciones para la toma del poder de las masas insurrectas. En otras palabras que la sublevación de los Chalecos Amarillos se transforme en una respuesta generalizada de la clase obrera.

En 1905, los supuestamente atrasados obreros rusos podían educar al poderoso y organizado movimiento obrero alemán, hoy las lecciones frescas del levantamiento de los Gilets Jaunes −ese gran movimiento espontáneo de los sectores menos contaminados por la ideología del rutinarismo sindical− pueden revigorizar hoy en día al conjunto de la clase obrera. Este levantamiento ya ha puesto en cuestión todas las formas habituales de la lucha de clases en Francia. Hizo entrar en crisis las modalidades de control de la lucha de los trabajadores, a la vez que rompió el tabú de la intervención política de los explotados, las modalidades de negociación secretas y procaces con el poder. También ha puesto en cuestión las bases del poder constituido, su legitimidad, su rol central y regulador tanto de las manifestaciones como de la representación social y política. Como en 1905, todos los mecanismos de contención y las trampas sucesivas que se opusieron a su despliegue desde el primer acto fueron derribados no por un plan establecido, sino por la enorme espontaneidad del movimiento de masas. Los Chalecos Amarillos comienzan a mostrar cómo podría ser un movimiento de masas que se transforme en sujeto de su propio destino, rompiendo la increíble dicotomía existente en décadas en el movimiento obrero francés entre la intervención política y sindical: es decir, la práctica de votar cada 7 o 5 años a nuestros propios verdugos y luego limitarse a la lucha reivindicativa y defensiva contra sus propios planes antiobreros y antipopulares con planes de acción totalmente impotentes, como vimos desde hace años en el mejor de los casos, o la mera resignación como proponen las centrales sindicales más colaboracionistas.

Desde la crisis de 2008/9 la estrategia de presión de las direcciones sindicales no ha logrado la menor victoria parcial, a diferencia del levantamiento de los Chalecos Amarillos que fue el único hasta ahora que logró un retroceso parcial del macronismo, a la vez que estableció otra agenda contradictoria con la continuidad de su ofensiva neoliberal, al tiempo que se constituyó en el principal movimiento social desde 1968, de mayor duración y mayor encono anti-institucional, aunque aún no se ha generalizado a todos los sectores de la clase.

En este marco y frente a “un poder ilegítimo radicalizado”, como es hoy en día el macronismo según el título del último artículo de Bruno Amable en Libération, la gran pregunta que todo militante sindical debe formularse es: ¿qué va a hacer el movimiento obrero?

Los sindicalistas honestos están frente a un dilema de hierro: ¿continuar con el respeto a rajatabla de la legalidad, los métodos pacíficos de lucha, y llorar por la ausencia de “negociación” o “diálogo” o, a la inversa, radicalizar sus métodos, estrategia y determinación en el sentido de los Gilets Jaunes? Igual dilema pero más agudo se le presenta a los sectores más combativos y críticos de la actual estrategia de las direcciones sindicales, en especial en la CGT: seguir quejándose de la política impotente de las mismas pero no sacar los pies del plato o dejar de jugar a las escondidas, y de una vez por todas ajustar cuentas con la burocracia sindical, recuperando las organizaciones sindicales para la lucha de clases y creando a la vez organizaciones amplias con los Gilets Jaunes que permitan potenciar nuestras fuerzas con los millones de trabajadores no sindicalizados pero dispuestos, si le presentamos una dirección firme y una estrategia y un programa para vencer, a entrar decididamente en el combate como ya anticipa la sublevación de los Chalecos Amarillos.

Frente a la radicalización del poder que pudimos ver escandalosamente estas semanas y que día a día se transforma de más en más en una "democracia iliberal" como la que Macron denuncia de la boca para afuera en Hungría para luego aplicar medidas incluso más arbitrarias que este, cobra toda actualidad lo que decía el revolucionario ruso León Trotsky en marzo de 1919 en el “Manifiesto de la Internacional Comunista a los proletarios del mundo”:

Bajo la máscara de la democracia parlamentaria, gobierna la oligarquía financiera; por eso es absurdo exigir de la clase obrera que, en su última lucha a muerte contra el capital, respete piadosamente los principios de la democracia política; ello equivaldría a exigir a un hombre que defiende su existencia contra unos bandidos que respete las reglas artificiales y convencionales del boxeo francés, definidas por un adversario que no las observa.

Los Gilets Jaunes con su lucha comienzan a comprender esta realidad, es imperioso que el movimiento obrero en su conjunto también lo haga y los acompañe.

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NOTAS AL PIE

[1La distinción Oriente/Occidente es utilizada por Gramsci para analizar las diferencias que se evidencian entre diferentes tipos de sociedades y en el rol del aparato estatal en cada una de ellas, como se resume en el conocido pasaje de los Cuadernos de la cárcel: “En Oriente, el Estado era todo, la sociedad civil era primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre Estado y sociedad civil existía una justa relación y bajo el temblor del Estado se evidenciaba una robusta estructura de la sociedad civil. El Estado solo era una trinchera avanzada, detrás de la cual existía una robusta cadena de fortalezas y casamatas” (C7§16, redactado entre noviembre y diciembre de 1930).

[2Béroud, Sophie, Sociologie politique du syndicalisme, París, Armand Collin, 2018. Las citas subsiguientes también corresponden a este libro.

[3En el mismo sentido, afirman que: “Al mismo tiempo que las palestras militantes en donde se daban discusiones políticas e ideológicas se retraían, los espacios de encuentros entre profesionales de las relaciones laborales, ya sea que representen al Estado, a los asalariados o a los empleadores, se han multiplicado. Los sindicalistas se han visto cada vez más incitados a asumir roles de técnicos y de expertos, a escala nacional, europea o local”.

[4Por no hablar de la CFDT y su sindicalismo “de acompañamiento”. Los autores citados dicen: “En los cursos de la CFDT, la iniciación a las técnicas de la negociación se integra en la perspectiva de desarrollar una práctica sindical contractual, es decir, un sindicalismo apto para concluir acuerdos con la patronal. Mediante la negociación, se trata de demostrar a los asalariados la utilidad del sindicato para defender sus intereses de manera pragmática y concreta, sin remitirse a la intervención del Estado. Por esto, el objetivo prioritario asignado a los militantes es el de buscar crear las condiciones de un compromiso posible con su dirección, apostando para ello al desarrollo de relaciones de confianza con ella: les es necesario demostrar su capacidad de llegar a acuerdos, para convencer al empleador del interés en hacer de la CFDT su interlocutor privilegiado y en consentir concesiones para obtener a cambio la firma del sindicato".

[5Guilluy, Christophe, No society. La fin de la classe moyenne occidentale, París, Flammarion, 2018.
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Juan Chingo

Integrante del Comité de Redacción de Révolution Permanente (Francia) y de la Revista Estrategia Internacional. Autor de múltiples artículos y ensayos sobre problemas de economía internacional, geopolítica y luchas sociales desde la teoría marxista. Es coautor junto con Emmanuel Barot del ensayo La clase obrera en Francia: mitos y realidades. Por una cartografía objetiva y subjetiva de las fuerzas proletarias contemporáneas (2014).
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