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Ubaldo Matildo Fillol: cumple 70 años uno de los mejores arqueros del fútbol argentino

Campeón con la selección argentina en el ´78, ídolo en River y en Racing, pero querido por todo el público futbolero y amenazado durante la Dictadura Militar. Siete décadas de un crack inoxidable.

Augusto Dorado

@AugustoDorado

Martes 21 de julio | 20:00

El Pato Fillol en el arco de la selección. Estuvo en los mundiales 74, 78 y 82.

Un 21 de julio como hoy, pero de 1950 nacía en la localidad de San Miguel del Monte (Provincia de Buenos Aires) el Pato más famoso del universo del fútbol. Y se podría decir de todo el universo, al menos en este lado sur del planeta donde apenas Donald y Lucas lo podrían llegar a empardar. Fillol es el modelo de arquero para varias generaciones de chicos y grandes que en sus escuelas, colegios, plazas y potreros gritaban “El Paaaatoooo” al atajar un penal o cortar un centro.

Ubaldo Matildo (combinación surgida de los nombres de los abuelos materno y paterno) tuvo que elegir entre ocupar el círculo central de mitad de cancha y el arco cuando se probó en el club San Miguel de su pueblo natal. Y aunque cuenta que eligió de apuro, tuvo tan buenos reflejos para acertar como los que mostró durante su carrera como futbolista. Dicen las estadísticas que es el arquero del fútbol argentino con más penales atajados en tiempo reglamentario (sin contar definiciones), pero ni hablar de sus voladas de película debajo de los 3 palos y los achiques increíbles a los delanteros más temerarios. Así era Fillol en una cancha, con el histórico buzo verde de Argentina, con alguno amarillo de River, con el de la marca Nashua de Racing o con el azul que vistió en Vélez el año de su retiro, 1990.

Debutó en Quilmes, su primer club en la Primera División, donde también dejó un muy buen recuerdo pese a un comienzo con derrota 6 a 3 ante Huracán. Abultada cuenta para un arquero que en casi 20 años jugó 837 partidos y recibió 802 goles, es decir un promedio de menos de 1 gol por partido (0,96 para ser exactos). Seguramente por eso en el cervecero le dieron chance; condiciones evidentemente le sobraban a ese joven Fillol.

Campeón con River 7 veces (incluyendo el inolvidable Metropolitano del 75 que llegó después de 18 años de sequía), con Flamengo en Brasil, y con el Racing del Coco Basile en la Supercopa 88 (para una Academia con 21 años sin campeonatos), lo del Pato era ser pieza clave de esas conquistas que hacen historia: por eso fue el arquero de la primera selección celeste y blanca en darle un Mundial a la Argentina.

De estilo muy distinto a quien fuera su “contrafigura”, el Loco Gatti del archirrival Boca (en lo que se configuró como clásico aparte), Fillol fue uno de los mejores arqueros de la historia del fútbol argentino. Y también se lo puede ubicar en algún ránking entre los mejores del fútbol mundial. En 1978, la propia FIFA lo consideró así, eligiéndolo como el arquero de la formación ideal de la Copa del Mundo.

Claro, aquel Mundial de Argentina 78 que transcurrió durante la dictadura de Videla cargó con muchos años con un estigma: en muchos casos se lo valoraba como el equipo campeón “con los militares”. Pero muy lejos de ese prejuicio, además de ser un equipo con muchísimos méritos deportivos para ser campeón, tuvo a varios de sus integrantes presionados por los militares. En el caso del Pato Fillol, directamente un apriete escandaloso con amenaza de muerte incluida por parte del Almirante Lacoste, presidente del Ente Autárquico Mundial 78 (el ente organizador del Mundial), que además era socio de River y hombre fuerte de la Dictadura en el fútbol. El motivo del apriete era el botón de muestra de los objetivos macro de la Dictadura: imponer la voluntad patronal a sangre y fuego sobre la clase trabajadora y el pueblo. Así, Lacoste actuó como representante de la parte “patronal” del club para imponerle a Fillol (el polo laborioso de la relación) el contrato que caprichosamente deseaba la dirigencia. Y todo habiendo sido ya campeón mundial, como para tener noción de la impunidad y prepotencia enfermiza del poder militar. Significó una herida tan amarga que es el episodio que introduce su libro El Pato, mi autobiografía (Editorial Planeta, 2018).

Hoy con sus flamantes 70 años vive una revancha en su querido River (club del que es hincha desde chico): todavía colabora activamente con la filial del club en su pueblo y además asesora a la institución en la formación de arqueros (es Coordinador General del departamento de arqueros del fútbol amateur de River). Nada menos. El verdugo que sentenció su salida de Núñez en aquel 1978 años después fue rechazado en el Mundial de México 86 pese a la invitación de la FIFA de Havelange. Fue su último intento de incursión en el fútbol. “Aquí no aceptamos asesinos”, escribían medios del país que le dio asilo a miles de perseguidos y exiliados por la Dictadura.

Y si otros patos no llegan a volar tan alto como las águilas, este Pato voló a la cumbre de la gloria deportiva y ahí se queda, habiéndose ganado en el recuerdo y el reconocimiento eternos. Recuerdo que, a 70 años de su nacimiento, suele ser todavía su imagen volando de palo a palo o descolgando algún centro, de esos imposible para cualquiera de los otros mortales.







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