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Trump y el “Rusiagate” que no fue

Robert Mueller III dio a conocer su veredicto en el llamado Rusiagate. Y fue not guilty para el presidente, que estaba acusado de haber conspirado con Rusia para llegar a la Casa Blanca en 2016.

Martes 26 de marzo | 10:38

El 24 de marzo fue una fecha significativa en Estados Unidos, aunque por razones que no tienen nada que ver con la complicidad norteamericana con el golpe de estado de 1976 en Argentina. Fue el día en que Donald Trump se sacó de encima el caso que lo acechó prácticamente durante todo lo que lleva de mandato.
El fiscal especial Robert Mueller III finalmente dio a conocer su veredicto en el llamado Rusiagate. Y fue not guilty para el presidente, que estaba acusado de haber conspirado con Rusia para llegar a la Casa Blanca en 2016.

Después de 675 días de investigación, que incluyó unas 2800 citaciones y 500 allanamientos, y en la que participaron más de 20 abogados y 40 agentes del FBI, Mueller no encontró evidencias suficientes para probar la injerencia rusa para torcer el resultado y evitar un triunfo de Hillary Clinton.

Lo que se publicó no fue el esperado informe, sino la interpretación benévola y triunfalista de William Barr, el fiscal general trumpista. Este resumen Trump friendly deja entrever que el veredicto tiene un tono “ni-ni”: ni caso probado ni exoneración, porque el presidente sigue sospechado de otros delitos, entre ellos, obstrucción de la justicia por el despido del exdirector del FBI, James Comey, y conflicto de interses por las inversiones rusas en negocios privados.

Pero a la hora del cálculo político, estos grises no cuentan. Trump cantó victoria rápidamente –“completa y total exoneración”, dijo- y a los demócratas les queda la triste tarea de ver cómo la relativizan.

El reporte Mueller tiene consecuencias inmediatas para la campaña presidencial que ya empezó.

Desde el bando republicano, la euforia de Trump se explica por sí misma: el Rusiagate fue como una especie de versión recargada de la “causa de los cuadernos”. Pero liberarse de esta carga tampoco le salió gratis. La investigación se llevó puesto a gran parte de su entorno. Al menos cinco personas de su confianza están presos o procesados por diversos crímenes conectados con la causa: los jefes de la campaña de 2016, Paul Manafort y Rick Gates; su primer asesor de seguridad nacional Michael Flynn; su asesor de política exterior George Papadopoulos; y su abogado personal Michael Cohen, todos a su turno traicionaron la confianza del presidente e hicieron acuerdos judiciales para reducir sus penas. Y aún está pendiente la situación procesal de Roger Stone, el estratega multimillonario de Trump.

No se puede descartar que la alegría tiente al presidente a cumplir otra de sus promesas de campaña y cargue ahora contra Hillary Clinton en la justicia (Lock her up! gritaban sus simpatizantes).

Junto con el informe final de Mueller, Trump recibió otra noticia que alienta sus esperanzas reeleccionistas. El 20 de marzo se conoció la decisión del presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, de no subir las tasas en lo que resta de 2019 y probablemente 2020. Como se sabe, esta era una exigencia de Trump ante los signos de agotamiento que empieza a dar la economía.

La medida dio lugar a dos críticas fundamentales: una institucional, porque quedaría en evidencia la pérdida de independencia de la Fed, ante la presión para nada disimulada ejercida de manera conjunta por el gobierno y los principales capitalistas. La otra económica: porque ante una posible recesión no estaría disponible como herramienta la baja de tasas, que actualmente está en 2,375% comparado con el 5,7% de 2007, cuando estalló la crisis de Lehman Brothers. Pero esto es música del futuro.

El partido demócrata acusó recibo del golpe, pero a la vez respiró aliviado.

Los demócratas, que son los más halcones de la política dura de Estados Unidos contra Rusia, transformaron el Rusiagate en la principal arma en su guerra de desgaste contra Trump. Desde este punto de vista, han sufrido una derrota. El mensaje de Mueller es transparente: no hay smoking-gun y tampoco hay que seguir buscándola. Porque en última instancia, es más crítico para el estado norteamericano tener como presidente a un “agente ruso” que pensar cambiar la táctica de campaña.

La idea de que Mueller (o para el caso otras agencias de inteligencia) iba a ser el brazo ejecutor de la política de destituir a Trump nunca fue más que una ilusión de un puñado de liberales trasnochados, probablemente los mismos que culparon a Putin por la derrota de Hillary. La gran mayoría del aparato demócrata, empezando por Nancy Pelosi, estaba en contra de impulsar el impeachment. En estos años, no hubo ninguna señal de que el partido republicano estuviera dispuesto a dejar a la intemperie a su presidente en caso de que corriera peligro de ser destituido. Y probablemente Trump hubiera salido fortalecido de un juicio político fallido.

Por eso, el informe de Mueller, aunque en lo inmediato alienta el triunfalismo de Trump, les permitió a los demócratas una salida elegante: no es categórico que el presidente no haya cometido actos impropios, lo que deja la puerta abierta a otras acusaciones. Pero ninguno es lo suficientemente grave como para iniciar un proceso destituyente en el Congreso. Por lo que serán los electores y no el FBI, los que decidirán si Trump tendrá o no otro mandato.

El Rusiagate se originó en el oscuro dossier Steele, un informe elaborado por el ex espía británico Christopher Steele para Paul Singer, el buitre que en 2016 lideraba la oposición republicana a Trump, que luego cayó en manos demócratas. La injerencia de agencias de seguridad e inteligencia, como el FBI o la CIA, son expresiones de las tendencias a la crisis orgánica y a las divisiones internas de la clase dominante y el aparato estatal. No casualmente muchos analistas hacían una analogía histórica con el final de la presidencia de Nixon.

Ante esto, el ala izquierda del partido demócrata tiene poco que decir. Bernie Sanders exige que se publique todo el reporte, que obviamente es un derecho democrático elemental pero en sí mismo no constituye una orientación política para enfrentar las tendencias bonapartistas y los ataques capitalistas. Mientras que Alexandria Ocasio Cortez plantea que con o sin Trump hay que poner en discusión los problemas profundos –como la desigualdad, el racismo o la xenofobia, pero solo atribuye estos males al partido republicano, exonerando de este modo al partido demócrata, la cara progre del imperialismo norteamericano.







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