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ANÁLISIS

Trump, la renuncia de Flynn y las rivalidades del “Estado profundo”

M. Flynn, el ahora ex asesor de seguridad nacional de Donald Trump, tiene el récord de ser el funcionario que menos tiempo permaneció en ese cargo. Solo 24 días.

Martes 14 de febrero | 11:48

Desde la semana pasada Michael Flynn estaba en la mira por sus conversaciones sobre cuestiones de estado con el embajador ruso en Estados Unidos, Sergey Kislyak, antes de asumir la administración Trump. Según la información que ventiló primero Washington Post, esa conversación telefónica habría ocurrido en diciembre, mientras Flynn era un “ciudadano común” y Obama era todavía el presidente de Estados Unidos. El contenido de la charla era planear una estrategia para quitar legitimidad a las sanciones internacionales que pesan sobre Rusia desde que Putin anexó Crimea, lo que luego derivó en una guerra de baja intensidad en el región del Donbass, entre las milicias pro rusas y las fuerzas del gobierno pro occidental de Ucrania.

Lo que desató el escándalo que terminó con la renuncia de Flynn fue que el funcionario aparentemente no le dijo la verdad al resto del gabinete, ya que en un principio negó que ese hubiera sido el tema de conversación. Pero cuando se filtraron escuchas telefónicas, terminó admitiendo que “inadvertidamente” le había mentido nada menos que al vicepresidente, M. Pence.

La renuncia ya era un hecho el fin de semana cuando quedó claro que la Casa Blanca le había soltado la mano.

Detrás del escándalo Flynn se transparenta la mano negra de las fracciones del “estado profundo”. Flynn fue director de inteligencia militar en el último mandato de Obama, entre 2012 y 2014. En 2013, ese departamento presentó junto con el jefe del estado mayor, el General M. Dempsey, un informe sobre Siria que cuestionaba la línea oficial de Obama que planteaba como condición para cualquier negociación la caída del régimen de Assad. Para este fin, como Estados Unidos no estaba dispuesto a comprometer tropas, la vía era “armar a los rebeldes moderados”, una política llevada adelante como operación encubierta por parte de la CIA, en acuerdo con aliados norteamericanos como Catar, Arabia Saudita y Turquía.

Según la inteligencia militar, de la que Flynn era el jefe, no había tal cosa como “rebeldes moderados” por lo que el resultado de la política llevaba directamente a un escenario similar al de Libia y la caída de Kadaffi, que como es conocido derivó en un estado fallido disputado por fracciones islamistas, disputa que se llevó puesto nada menos que a un embajador norteamericano.

Pero el mayor escándalo no era el enfrentamiento entre el Pentágono por un lado y la CIA y el Departamento de Estado (dirigido por Hillary Clinton en el momento de la guerra de la OTAN en Libia) por otro, sino que, como trascendió luego públicamente, los militares decidieron llevar adelante su propia línea, boicoteando en los hechos la política oficial de Obama y los esfuerzos y negocios de la CIA.

Según el periodista Seymour Hersh, que construyó su legitimidad informando sobre la masacre de My Lai en la guerra de Vietnam, Flynn y el Pentágono admitieron haber compartido de manera indirecta inteligencia militar con Rusia y
el régimen de Assad sobre la ubicación de milicias opositoras, ligadas a Al Qaeda y el Estado Islámico.

Finalmente Dempsey pasó a retiro y ocupó su lugar el general J. Dunford que sintonizaba con la línea del gobierno y del departamento de Estado.

Más allá de las teorías conspirativas, estas rivalidades dentro del “estado profundo” ya han dado lugar a crisis de diversa intensidad, como el carpetazo de la CIA contra Trump revelando aspectos de su vida lumpen, la filtración de los correos de Hillary Clinton y el Partido Demócrata donde se percibe cómo esta maquinaria trabajó para liquidar al “socialista democrático” Bernie Sanders, o el hackeo ruso que según dicen ayudó a ganar la elección a Trump.

Detrás de la crisis con Flynn está la disputa abierta por la orientación “Rusia friendly” de Trump. Aún no está claro si esta es una línea circunstancial de alcance limitado a resolver por ejemplo la crisis Siria, o si implica un giro de magnitud con respecto a la política de hostilidad hacia Rusia que han tenido las administraciones republicanas y demócratas en las últimas décadas, para separar a Rusia del bloque objetivo con China al que la empuja esta política y así ir por el gigante asiático.

El comienzo caótico de la presidencia de Trump expresa las profundas divisiones en la clase dominante y el aparato estatal norteamericano. El revés que sufrió Trump en su pulseada con la Corte por imponer el veto al ingreso de musulmanes y refugiados, oposición encabezada por las grandes corporaciones de Silicon Valley, y las ideas y vueltas que se evidencian en este primer mes de “ensayo y error” muestran que el gobierno de Trump es un bonapartismo débil. Estas fisuras en las alturas son la precondición para la irrupción de la lucha de clases y la recomposición de la alianza de los trabajadores con los explotados y oprimidos –los jóvenes precarizados, las mujeres, los inmigrantes, la comunidad afroamericana- con una perspectiva obrera, anticapitalista y antiimperialista.








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