Cultura

RESEÑA

Traidores y traicionados, a propósito de la biografía Urquiza, el salvaje

Breve reseña al libro de Hernán Brienza, “Urquiza, el salvaje. El traidor que constituyó una nación”. Cuando las traiciones de los hombres escriben la historia.

Martes 12 de diciembre de 2017 | Edición del día

En los últimos años han aparecido biografías de distintas personalidades del siglo XIX, de relevancia en la historia nacional, como el reeditado Manuel Belgrano de Tulio H. Donghi o la reciente publicación de Pigna sobre Mariano Moreno. A esta lista se suma el último libro de Hernán Brienza, publicado en 2016, Urquiza, el salvaje. El traidor que constituyó una nación, biografía del líder entrerriano en el que el periodista relata, en tono novelado, la actuación de este personaje controversial en la historia del país.

Brienza reconstruye la trayectoria del hombre que derrotó en 1852 al gobernador Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros y lideró la Confederación Argentina desde 1854 a 1860 hasta su asesinato por los seguidores de Lopez Jordán en abril de 1870, suceso con el que inicia el libro, “ese hombre, el vencedor de Caseros, el que derrocó al restaurador Juan Manuel de Rosas, la figura fuerte y gobernador de Entre Ríos, el líder que constituyó una nación, el primer presidente constitucional de un Estado todavía manchado de sangre, el jefe del partido Federal y patriarca de la Confederación Argentina, el general que en Pavón abandonó a las provincias y al Paraguay a la suerte del puñal degollador de Bartolomé Mitre, encuentra finalmente la muerte que tantas veces lo había buscado.”

La elección del personaje es un acierto al rescatar a Urquiza como un hombre fuerte del federalismo y alejarlo de cierto costumbrismo que lo vincula exclusivamente al personaje que puso fin a la hegemonía rosista y ahondar, a través de su derrotero, las décadas siguientes menos visitadas por los estudios historiográficos. Justo José de Urquiza fue además el representante de una de las familias más importantes, por sus vínculos sociales y económicos, de la provincia de Entre Ríos, “dueño junto con otros accionistas de varias embarcaciones de cabotaje que unen los puertos de Rosario y Montevideo, con las goletas Juanita, Linda, Clodomira y Carmen, es dueño del saladero más grande del mundo, llamado Santa Cándida, en honor a su madre, y posee hasta mediados de la década del cuarenta al menos 40 mil cabezas de vacuno, 50 mil ovinos y 2 mil caballos” (p. 114) y gobernó la provincia más rica del litoral, “el corazón de un país imaginario e imaginado por brasileños, orientales, paraguayos, federales como Urquiza, unitarios liberales como Sarmiento en su Argirópolis. La llave de la Cuenca del Plata (...) Un enclave estratégico.” (p. 37)

Sin embargo, el entusiasmo por la lectura no llega muy lejos. La clave interpretativa central que el autor elige para el relato, desde el título, es una persistente línea divisoria entre traidores y traicionados. Y así está organizado el libro: Introducción, Primera Traición, Segunda Traición, Tercera Traición y el epílogo. Para el autor Urquiza sale al campo como un jugador por partida doble, escribe “podría convertirse en el hombre más importante de la historia argentina posterior al proceso de la revolución y la emancipación. Pero sus errores, sus limitaciones, sus debilidades, sus ingenuidades, sus intereses lo convirtieron en un traidor para los suyos, en una pieza útil para sus enemigos. (...) Se traicionó y lo traicionaron.” (p. 86). La primera traición se da en Caseros. Urquiza juega como el traidor federal que da por tierra con el régimen rosista, llegando a convertir la antigua casa del gobernador en un “cuartel de revancha”; la segunda, la de la batalla de Pavón en 1861, será tal vez la más importante, al permitir a Buenos Aires imponerse sobre la Confederación argentina y convertirse él mismo en víctima del proyecto liberal, el que guiará la organización definitiva de la nación, “sonreía, sereno, satisfecho y victorioso, el país de los Lavalle, los Mitre, los Sarmiento.” La última es un recuento de traiciones, de un Urquiza que “ya es una sombra moral de lo que supo ser” (p.275), hacia los Peñaloza, su neutralidad en Paysandú, el apoyo a la Triple Alianza, el abrazo con Sarmiento.

Como recurso analítico esa clave interpretativa es contradictoria. Si podría ser útil para otorgar al devenir biográfico una impronta demostrativa densa, compleja, como fue la del líder federal –la idea de traición nos prepara para lo disruptivo- con su uso el relato histórico va perdiendo fuerza explicativa y los sucesos de una vida, que podrían reconstruir simbólicamente una época, se convierten en... “la historia”.
A su manera, Brienza expone su método cuando escribe, “en política también hay cuestiones personalísimas –la experiencia, el desgano, la desilusión, la naturaleza, la salud– que influyen en el devenir de la historia tanto como los grandes procesos, los pingues negociados o las verdades ideológicas.” (p. 145) O hacia el final del libro, cuando plantea que “toda acción de un líder político es movida por dos grandes elementos en tensión: el narcisismo, por un lado, y las convicciones ideológicas –ya sean de izquierda o de derecha, nacionalistas y liberales-, por el otro.” (p. 316) Las tensiones históricas son provocadas en última instancia por las cualidades de los grandes personajes: el impiadoso asesino, el cobarde traidor, etc. Así, por ejemplo, para Brienza en la batalla de Caseros se juegan no solo los intereses imperiales extranjeros brasileños, de los que Urquiza no es más que su espada (aunque luego parece desdecirse, “Urquiza no terminaba nunca de convertirse en un peón de Brasil”), sino también su codicia y ambición de grandeza, “Algo hay en Urquiza, y quizá se encuentre allí su perdición: no quería solamente dinero, pero tampoco deseaba solamente poder, su cartas, sus proyectos, su Posta de San José demuestran que ansiaba la gloria, el paso a la historia, el reconocimiento de sus semejantes y el de las generaciones futuras.” (p. 115); vuelve a enfatizarlo cuando plantea que con Caseros “Urquiza no planteaba un cambio radical en el orden político, económico y social. (...) deseaba la institucionalización de ese federalismo y lo obsesionaba la unidad nacional. Sin duda, incluso hasta por cuestiones de egolatría, quería ser él mismo el protagonista y factótum de esa organización.” (p. 129)

Sin negar el peso que ciertos personajes y sus “caprichos” pueden desempeñar en determinados momentos históricos, sería un reduccionismo completo desligarlo de las fuerzas sociales que representan, los verdaderos actores en los acontecimientos. Su método interpretativo puede traducirse como una versión aggiornada de la historia explicada por la personalidad de “los grandes hombres” (el Loco Dorrego es otra de sus obras más conocidas). Los factores de carácter social, económico y político que son mencionados a lo largo del libro aparecen subsumidos en esa lógica y sin ninguna jerarquía, distorsionando la reconstrucción histórica. Para plantearlo más claramente, no existe ninguna dialéctica entre los condicionamientos económicos y sociales, en sus múltiples dimensiones, y las decisiones y acciones personales para explicar lo singular de cada acontecimiento histórico. Y como efecto, se suman imprecisiones conceptuales que refieren al estado nacional, las ideologías y programas expuestos. ¿Pueden definirse las fuerzas militares posindepedentistas como las de un Ejército republicano? ¿O a la Confederación rosista como la de los republicanos confederados argentinos? ¿Reducir el partido de los federales al partido de los populares?

La reconstrucción histórica que propone Brienza alrededor de la figura de Urquiza reproduce o, para ser más precisos, crea nuevos mitos a los ya consagrados por la historiografía liberal y revisionista de los grupos dominantes a la que adscriben. Destruirlos es parte de la labor de una historia crítica de las clases explotadas y oprimidas, que permita develar detrás de los relatos historiográficos o los personajes transformados en próceres, las estructuras económicas, sociales, políticas e ideológicas y los verdaderos intereses de clase.







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