Géneros y Sexualidades

Trabajar como empleada doméstica

Reproducimos el testimonio de Andrea, empleada doméstica en Nordelta, que nos relata las condiciones de esclavitud de las trabajadoras del sector en los hogares de las familias poderosas.

Lunes 4 de julio de 2016 | 12:57

Trabajo en Nordelta, tengo cuarenta y tres años y soy sostén de familia; tengo a cargo cuatro chicos que van a la escuela pública.

Empecé a trabajar en casa de familia desde el año 2008, cuando se empezaron a construir algunos de los barrios privados en la zona.

Recuerdo cuando comenzaron las construcciones de los countries, los paredones se elevaban al lado de mi barrio y las dudas surgían entre vecinos, pero los punteros de Massa en mi barrio, decían que los barrios privados traerían progreso y trabajo.

Hoy la realidad demuestra lo contrario, trajeron explotación laboral e inundaciones en los barrios humildes que los rodean. Porque en época de lluvias los canales los counties desagotan en nuestros barrios.

Cuando empecé a trabajar tenía mis hijos más chicos tenían tres y seis años, y quedaban al cuidados de sus hermanas mas grandes. Tuve que salir a trabajar después de separarme ya que las necesidades económicas me invadían.

Salí a buscar trabajo en fábrica ya que en los años noventa trabajé como operaria textil, papeleras e industria química, pero a pesar de mi experiencia me fue imposible conseguir.

Por intermedio de una vecina conseguí trabajar en el country Villa La Ñata como empleada doméstica y niñera. Cuidaban dos nenes de tres y cinco añitos, además de limpiar y planchar.

Trabajé un año, renuncié porque me pagaban muy poco y las condiciones de trabajo eran muy feas. No me daban de comer y hasta me retaban si les tomaba un vaso de gaseosa en verano, tenía prohibido tomar agua mineral porque era para ellos. Esto ocurría frente a la Casa de Daniel Scioli, vecino de mis patrones.

En busca de algo mejor, fui pasando de casa en casa, conociéndome todo el Nordelta, pero todos estos años me llevaron a conocer las miserias de los que mas tienen, y el desprecio que tienen hacia las mujeres pobres trabajadoras.

Desde negarte un plato de comida a que te traten de ladrona, marcar el detergente con un fibron porque desconfiaban que se los robes, o como el caso de una compañera paraguaya que me contó que su patrona la retaba siempre por hablar con su acento de origen, porque temía que a sus hijos se les pegara el acento, ya que la empleada pasaba más tiempo con los chicos que la propia madre.

En otros casos acoso sexual de parte del patrón a las trabajadoras más jóvenes. Son muchas las terribles experiencias que me cuentan mis compañeras de viaje en el micro.

Todo esto me llevo a reflexionar y darme cuenta a que clase social pertenecen las patronas de estas familias y a cual pertenecemos nosotras las empleadas domésticas, mis hijos y familiares, vecinos y amigos.

Cuando estoy adentro de estas casas y veo que los chicos que cuido van a colegios privados, que cuestan entre diez mil a dieciséis mil pesos me indigno, porque nuestros sueldos van de cuatro mil a seis mil pesos. Con suerte algunas cobran un poco más.

Estas mujeres de clase alta piensan que por que somos pobres estamos obligadas a limpiarle por sueldos que ni llegamos a fin de mes aprovechando de nuestras necesidades.

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Hay compañeras que trabajan con cama adentro y su horario es de seis de la mañana hasta las doce de la noche, dándoles solo dos horas de descanso en todo el día, y solo los domingos como franco.

Y están los casos de las compañeras que vienen de las provincias u otros países, de quienes se aprovechan de su situación y solo le dan un franco cada 15 días.

Recuerdo una joven de Misiones, veinticuatro años, me contó que conoció a sus patrones por el cura de su pueblo. Ellos viajaban a visitar sus campos en la provincia y paraban en la iglesia para donar ropa. Un día cuando ella fue a buscar ropa el cura los presentó y le ofrecieron trabajar como niñera en su casa de Nordelta. Le pregunté entre mate y mate cómo era que siendo tan joven soportaba ese encierro, y me contestó entre lágrimas que en Misiones pasaba mucha hambre y frio, que eran ocho hermanos y que no soportaba mas esa vida y desde acá le mandaba dinero a su familia. La necesidad la obligaba a este encierro de esclavitud.

Las agencias de empleo de servicio doméstico y las bolsas de trabajo que se encuentran en las iglesias cumplen una función ofreciendo mujeres pobres para los quehaceres domésticos a las familias del poder económico. Como también hace la ONG que la fundación Nordelta tienen en el humilde barrio Las Tunas, en el partido de Tigre, ofreciendo cursos de plomería, jardinería, etc, de donde salen egresados que trabajaran como mano de obra barata para estos barrios privados. Esta fundación consigue donaciones, dinero ropa o juguetes para las familias masa pobres de nuestros barrios y con eso quieren limpiar la imagen de los ricos, pero eso no cambia en nada nuestra realidad de mujeres trabajadoras, las que nos inundamos y las que no llegamos a fin de mes con nuestro sueldo.

Todos los días cuando dejo a mis hijos en el colegio y me dirijo a tomar el micro especial que lleva a las empleadas domésticas al country, no dejo de decir a mis compañeras por qué nos tenemos que organizar y luchar contra estos atropellos, y hacer valer nuestros derechos; porque las mujeres trabajadoras también tenemos derechos.







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