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Tostaditas

La costumbre de tomar sol no fue siempre una moda, en sus comienzos se trató de una marca que diferenciaba a una clase de otra: la burguesía, del proletariado.

Viernes 6 de enero | Edición del día

Antes de la Revolución Industrial las trabajadoras rurales realizaban su labor a la luz del día por lo que siempre contaban con un bronceado pronunciado. Por el contrario, las burguesas de la ciudad procuraban no tener contacto con la luz solar y estaban más que blancas para diferenciarse de aquellas.

El tener una piel blanquecina era símbolo de distinción entre las clases altas, la aristocracia y familias reales (de ahí el origen del término “sangre azul”, ya que al tener la piel tan pálida dejaba ver las venas azules). Quienes pertenecían a estos sectores sociales siempre andaban resguardandose del sol bajo sus sombrillas y sombreros, procurando que ni un solo rayo del astro rey tocase por casualidad centímetro alguno de su piel.

Con los avances en la maquinaria, en las migraciones del campo a la ciudad, y el surgimiento de las fábricas, las mujeres del campo se trasladaron a la metrópoli y comenzaron su tarea como obreras donde trabajaban literalmente “de sol a sol”. Así es como estas trabajadoras ya no gozaban de tener la piel curtida y por el contrario estaban blancas. Las aristócratas, para volver a diferenciarse empezaron a tomar la rutina de tomar sol y así tener una piel más bronceada.

Pero no fue hasta el siglo XX cuando tomar el sol pasó de ser una cuestión de estatus a una moda, empezando por Coco Chanel. Esta mujer volvió con un buen bronceado después de un viaje en yate desde París a Cannes en 1923.

En esa época la práctica se apoderó de la sociedad y Coco era uno de los símbolos de mujer burguesa emprendedora. A partir de ese momento, la piel bronceada comenzó a ser símbolo de salud, riqueza, juventud y estatus social (a pesar de que ya en aquellos tiempos se advertía de los perjuicios de esta práctica de exceso de sol).

También la cantante y actriz Josephine Baker, la primera mujer afroamericana en protagonizar una película, ayudó a que muchísimas mujeres de todo el mundo tratasen de emular su tono natural de piel mediante el bronceado. Tanto es así que Baker era conocida como “la mujer de la piel de caramelo”.

Más adelante, después de la Segunda Guerra Mundial, en los EE UU estalló la segunda oleada de moda del bronceado, gracias a los soldados que procedían de guerras del sudeste asiático, del Mediterráneo o del Pacífico sur, donde los climas son cálidos y broncearse es fácil. Estos soldados volvieron con un aspecto saludable y fuerte, y rápidamente su aspecto fue adoptado como moda por sus conciudadanos y se abanderó como una supuesta lucha por la democracia.

El conflicto bélico supuso el principio de la industria de protectores solares. Estados Unidos recomendó a sus militares la utilización de petrolato rojo, un bloqueador solar para proteger su piel en esas jornadas.

Por último, la industria del bronceado y las cámaras de rayos ultravioleta estalló a finales de 1970 y dio su boom en 1980. Hacia 1987 los salones de bronceado disfrutaron de un gran crecimiento como negocios en EE.UU..

Decía Adorno en 1973: “El carácter fetichista de la mercancía se apodera, a través del bronceado del cutis (...) de los hombres mismos: los transforma en fetiches”.

Entre el fetichismo y la mercantilización, la burguesía transitó el camino del bronceado desde la diferenciación de clase hasta la moda impuesta, y dejaba así al descubierto, en ese hábito de tirarse al sol, un tiempo de ocio del que las trabajadoras no disponían.




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