Mundo Obrero

DOSSIER CONICET

Tomar las riendas: apuntes de un corresponsal en el Conicet

Cinco días de ocupación del ministerio de Ciencia y Técnica, asambleas multitudinarias y cortes de calle hicieron retroceder un paso al gobierno en el recorte a la ciencia por el hilo más delgado, el de sus trabajadores. La experiencia de lucha, con sus métodos democráticos y de acción directa, fue una verdadera escuela de aprendizaje político. Impresiones de un corresponsal que se olvida del periodismo y se pone a luchar.

Julián Khé

@Juliankhep

Miércoles 4 de enero | Edición del día

“El piso es duro, pero la moral es grande” lanzó una compañera, mientras nuestro grupito de cinco intentaba dormirse en el abarrotado hall del ministerio de Ciencia y Técnica. Mal acomodados entre dos bolsas de dormir que auspiciaban de camas, echamos a reír. Es que aquella frase daba en el clavo: la incomodidad de nuestros cuerpos era barrida como intrascendente frente al proceso de lucha que estábamos viviendo. Ese proceso tenía el objetivo de revertir el despido de 500 investigadores (que habían concursado positivamente el ingreso a carrera en el Conicet, pero que aún así quedaron afuera), con el método de la toma de un edificio gubernamental y bajo la directriz de una asamblea democrática.

Hace más de diez días terminó la ocupación del Ministerio. Se logró un triunfo parcial (con becas por un año para los afectados) y se entró en una tregua. La discusión sobre el balance de lo logrado sigue abierta y las posturas y los matices son numerosos. Pero el conflicto dejó un saldo positivo que es indudable: la experiencia de transitar una lucha nacida y organizada desde abajo. Una experiencia que, tanto desde lo objetivo como lo subjetivo, significó, en última instancia, tomar las riendas de nuestros propios asuntos.

El magnetismo de una lucha

El domingo un compañero me había contado sobre el ajuste en el Conicet y me invitó a ir al día siguiente al Polo Científico Tecnológico. No sé qué cosas de mi vida personal consideré más importantes resolver y el lunes hice la plancha. Ese día se decidió tomar el Ministerio.

Me acerqué recién el martes por la noche, después de la marcha por el 20 de diciembre. Sobre el playón del Polo y formando una suerte de anfiteatro, unas 700 personas esperaban el inicio de la asamblea. En el medio de todo, en un silloncito negro, estaba Nora Cortiñas, quien luego daría unas palabras de aliento. Los autos que pasaban tocaban bocina y la gente devolvía el gesto con un aplauso. Ante la falta de respuestas del gobierno, esa noche se votó continuar la toma. Quedé con mis compañeros en preparar una nota para el día siguiente relatando los hechos del día y la agenda de lucha que se venía.

El miércoles me levanté a la madrugada; unos mates y a escribir. Tenía que terminar cuanto antes: ya saben que en los medios y en las redes todo vive bajo el temible apriete de la actualidad. Concluí la nota y la mandé. Como imantado, aprovechando el tiempo muerto que tenía hasta entrar a trabajar, me vestí y salí para el ministerio. Me sumé al corte de calle que se estaba realizando y luego a la conferencia de prensa. Por la tarde se hizo público el comunicado de la comisión de investigadores afectados: rechazaban de pleno la propuesta del gobierno de incorporar a sólo una parte de los despedidos. La cosa giraba a la izquierda.

El jueves llegué temprano; había poca gente y entre algunas caras un poco dormidas circulaban los mates y las facturas. Me senté a apreciar la escena mientras el buen humor tomaba el control de mí. Una chica llegó y se puso a armar un arbolito de navidad. La idea era atinada, por lo desafiante, y porque reflejaba el efecto bola de nieve que se había desencadenado el lunes con la toma. Un rato después, el hashtag #NavidadEnConicet se empezaba a imponer en las redes, al tiempo que una imagen de Lino Barañao con gorrito navideño se viralizaba por whatsapp. El movimiento estaba creciendo y no se iba a apagar con la llegada de las fiestas.

Llegué del trabajo a casa y lo primero que hice fue desempolvar la bolsa de dormir. Junté un par de útiles más y salí corriendo para Palermo: este barrio me tenía totalmente magnetizado; y no era ni por sus bares, ni sus plazas ni sus paseos de compras: era por la toma de un ministerio nacional, era por las multitudinarias asambleas, las discusiones constantes, el mar de gente, de bronca y de euforia. Allí tenía que estar.

Una nueva asamblea masiva. Se votó continuar la ocupación pacífica del edificio. Coordinamos con unos compañeros para pasar la noche, que quedó como la noche del piso duro y la moral grande. Pero también la del silencio absoluto, porque muchos de los que allí dormían, a la mañana siguiente tenían que ir a laburar. Increíble, hasta dormir puede ser político. Las luces se mantuvieron prendidas durante toda la noche y pensé en esa habitación de cuarentena donde transcurre Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. Aunque más que ciegos, estábamos lúcidos, sumergidos en una lucha que escribía su propio ensayo.

A la mañana siguiente se creó una comisión de navidad para organizar el “festejo” del 24. El debate que se armó fue muy representativo de lo que se estaba viviendo. Casas más, casas menos, todos acordábamos en que se tenía que hacer una invitación a la sociedad más bien moderada. Porque entendíamos que si pasábamos navidad en el ministerio tomado, los gestos de apoyo serían naturalmente enormes. Más de uno señaló que pasar navidad allí no era un festejo, sino un evento completamente político. Y al tiempo que hacíamos esa aclaración, me daba cuenta que en realidad lo estábamos afirmando, como saboreando el hecho de tener esa frase en los labios: nuestra navidad sería política.

Por la tarde, el gobierno realizó una nueva propuesta, que implicaba becas por un año para los 500 investigadores despedidos. En asamblea, se votó una contrapropuesta con algunas modificaciones. Llegué cuando caía la tarde, mientras las autoridades la analizaban. El playón estaba rebasado de gente. Era casi seguro que se acordaba. Nos alejamos de la muchedumbre con una compañera y le dije que, de alguna manera, me daba pena si aquello terminaba ahí. Que mi embriaguez política había venido creciendo y que sentía que la acción se terminaba en su punto más álgido de movilización. Un murmullo creciente nos interrumpió. Nos volvimos hacia la gente: el gobierno había aceptado la contrapropuesta.

Es por abajo

Los últimos seis meses, desde que empecé a colaborar con este diario, muchas de las notas que escribí hablaban de la tregua de la CGT con el macrismo y su política de ajuste contra los trabajadores. Dos viernes atrás la burocracia sindical, en una mala adaptación criolla de Rebelión en la granja, ponía el broche de oro a esa traición a su clase con un brindis con Mauricio Macri y su gobierno en la quinta de Olivos.

Sin embargo, ese mismo viernes, se daba en otro lugar un movimiento inverso. En el Conicet, la tregua sindical se rompía por abajo, con el método de la asamblea democrática y sus mandatos y con la acción directa, cuya más alta expresión fue la toma. La bronca estaba organizada y embestía con su firme puño, sin esperar a ningún supuesto representante. La sensación que a mí y a muchos, muchísimos, envolvía como un viento huracanado y vehemente, era la expresión subjetiva que arrojaba esa organización democrática desde la base.

En un mundo donde nuestras decisiones están muy acotadas, donde todo se impone o ya está dado, sentir durante cinco días que uno decide sobre sus asuntos, es impagable. Tal vez estoy pecando de ingenuo, o de romántico; no lo oculto: hace muy poco es que empecé a organizar, a través de la militancia, mi propia bronca. Pero aún así, todo tiene su doble filo y creo que es esa misma ingenuidad la que me permitió apreciar la gigantesca potencia que tiene la organización desde abajo, la que me dejó ver las energías que se liberan sólo en esos momentos. Esos momentos, en que tomamos las riendas.






Temas relacionados

Conicet   /    Ciencia y Tecnología   /    Mundo Obrero

Comentarios

DEJAR COMENTARIO