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PODEMOS / ESTADO ESPAÑOL

Todo el poder a Pablo Iglesias

No fue sorpresa para nadie. Pablo Iglesias ya es el secretario general de Podemos. El líder de la formación que en sólo 10 meses logró poner en cuestión al sentenciado bipartidismo español, arrasó en la votación online de la dirección del partido con más de 95.000 votos. Ninguno de los otros candidatos superó el millar de votos. El resto de los cargos también fueron copados por los candidatos de Iglesias.

Jueves 20 de noviembre de 2014 | Edición del día

Así lo anunciaron y festejaron en el Teatro Apolo de Madrid el pasado sábado, rodeados de seguidores e invitados especiales, como Ada Colau (Guanyem), Diego Cañamero (SAT), Yolanda Díaz (IU) o Joan Herrera (ICV). También personalidades de la “izquierda europea”, como Jean-Luc Mélenchon, copresidente del Partido de Izquierda francés; Marisa Matías, eurodiputada de Bloco de Esquerda en Portugal; y Alexis Tsipras, líder de Syriza en Grecia.

En Twitter miles compartían su emoción con el hashtag #NacePodemos. No queda claro que era entonces Podemos antes de este “nacimiento”, pero el hecho es que se daban por finalizados dos meses de “Asamblea Ciudadana” en los que Iglesias y su núcleo de confianza lograron imponer su estrategia política, su método de organización, sus principios éticos y, finalmente, su dirección en todos los niveles.

Porque Pablo Iglesias no sólo se hizo con el sillón de la secretaría general. También copó todos los puestos de la dirección del partido, desde el Consejo Ciudadano (su Comité Central) hasta la Comisión de Garantías. Después de Iglesias, los principales integrantes de su “núcleo duro” fueron los siguientes más votados: Íñigo Errejón, Carolina Bescansa, Juan Carlos Monedero, la eurodiputada Tania González y Luis Alegre. Y la lista sigue hasta completar los 62 puestos del Consejo Ciudadano que integraban la “lista plancha” (completa) que presentó Iglesias, a pesar de las muchas críticas que le hicieron desde diversos círculos de base. Un dato elocuente: entre el candidato 62 y el 63, hubo nada menos que 69.794 votos de diferencia.

La participación en las elecciones, a pesar de la comodidad del sistema telemático que permitía a cualquier inscripto en Podemos votar por internet desde su casa durante toda una semana, no llegó siquiera al 50% del padrón. Votaron 107.000 personas, el 42% del censo total de 251.000 inscriptos.

Así y todo, hubo una gran participación, que dio un baño de legitimidad al flamante equipo dirigente. Podemos es el partido de Pablo Iglesias, qué duda cabe.

Las claves del control político de Iglesias para hacerse con todo el poder en Podemos

El sustrato fundamental del ascenso del Podemos reside en las enormes ilusiones que ha despertado, confirmadas por las encuestas, en un amplio sector de la población. Ilusiones que crecen en forma directamente proporcional al hastío con la crisis económica y social, y al avance de la descomposición del régimen y su sistema de partidos, sumergido en el fango de la corrupción.

Pero el liderazgo no se consolida en el terreno de las ilusiones, sino en el de la política (y, a veces, de la maniobra). Dos elementos fueron clave para que Iglesias se hiciera con todo el poder en Podemos: el control de las reglas de juego y la prensa.

Por un lado, Iglesias mantuvo desde el inicio el control absoluto de la organización de la Asamblea Ciudadana de Podemos, su congreso fundacional. Lo hizo a través de un “equipo técnico” propuesto por él mismo en junio y no cuestionado por nadie seriamente.

Fue este Equipo el que decidió los ritmos del proceso (para muchos casi delirantes), los mecanismos de presentación de propuestas, listas y candidatos, etc. Una dirección de facto elegida mediante un método de votación plebiscitario de listas cerradas (que no contemplaba siquiera un elemento democrático tan básico como la proporcionalidad) a través de una plataforma online que no diferencia “militantes” de “inscriptos” en general. Desde entonces, este método se impuso como la quintaesencia de la nueva política de Podemos.

Con el correr del tiempo el método plebiscitario comenzó a ser cuestionado por la militancia de base de Podemos, e incluso por algunos de sus fundadores y eurodiputados. Entre estos últimos, fueron los eurodiputados Pablo Echenique, Teresa Rodríguez y Lola Sánchez quienes más abiertamente criticaron las propuestas organizativas de Iglesias, aunque no así las políticas. Todos ellos han sostenido hasta ahora que Iglesias era el mejor secretario general posible.

Para la elección de dirección, Teresa Rodríguez no pudo presentarse por el veto a la “doble militancia” en los órganos de dirección de Podemos, propuesto por Iglesias y aprobado en su congreso fundacional. Rodríguez es militante de Izquierda Anticapitalista (IA), que jugó un papel clave en la fundación de Podemos hace 10 meses. Un tiempo ya lejano, en el que Podemos parecía abarcar “todas las sensibilidades”. Pero sólo lo parecía.

Echenique si presentó una lista de 20 nombres, a la espera de un gesto magnánimo de Iglesias de no presentar lista completa. Eso no sucedió y Echenique bajó su lista publicando un comunicado muy crítico con el sistema de votación impuesto por Iglesias y los suyos.

La degradación de la que fue objeto el más visible de los sectores críticos de Podemos, tuvo su postal en el acto de proclamación de Iglesias. Ni Echenique, ni Sánchez ni Rodríguez fueron invitados al palco y tuvieron que ver el evento desde la tribuna.

Cierto es que la dirección de Podemos no estará completa hasta que no finalice el proceso que da comienzo este domingo para votar las direcciones autonómicas. A los 62 miembros del Consejo Ciudadano recién elegidos, se sumarán 17 secretarios generales autonómicos y uno más elegido en el extranjero. Echenique puede que se presente por su región, Aragón. El caso de Rodríguez, oriunda de Andalucía, es más delicado. Aunque en las últimas semanas trascendió que la dirección de IA estaría dispuesta a disolver su partido para que Rodríguez y otros militantes puedan presentarse y no quedarse afuera.

El otro elemento que apuntaló el poder de Iglesias, tan fundamental como el primero –o incluso más-, fue la prensa, en particular la televisión. La aparición incesante en las tertulias, los debates y la prensa escrita, dio al líder de Podemos y sus colaboradores más íntimos una proyección mediática insuperable para cualquier otro candidato. Una mecánica que no merece mayor explicación.

He allí la clave del éxito de Iglesias. Un artículo publicado en eldiario.es hace una buena síntesis: “las votaciones han sido legítimas, pero el factor mediático y la posibilidad de votar en bloque (documentos y listas) ya anticipaba los resultados mucho antes de celebrarse”.

Verticalismo, videopolítica y los peligros de la asimilación

La primera medida que tomó Iglesias como Secretario General fue elegir su Comité Ejecutivo, denominado con el nombre más friendly de “Consejo de Coordinación”, compuesto por 10 miembros –más él mismo-. Naturalmente, la lista de Iglesias (que incluye a su “núcleo duro”: Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón, Carolina Bescansa y Luis Alegre) fue aprobada por unanimidad por el Consejo Ciudadano.

Según Iglesias, las decisiones más importantes las tomará la Asamblea Ciudadana (el Congreso). Pero ésta sólo se reunirá cada 3 años, con lo que inevitablemente la estrategia y la táctica, el programa y la orientación del partido, recaerán en el Consejo Ciudadano, y especialmente en la Ejecutiva. Una suerte de “mamushka dirigencial”, en la que el poder político se concentra en cada vez menos gente y, en última instancia, en el propio secretario general.

Así Podemos terminó de consolidarse como un partido mediático y vertical, basado en una relación plebiscitaria entre el líder y los votantes indiferenciados… y alejado de la movilización social.

Las encendidas críticas lanzadas desde los Círculos –el único sustrato militante que tiene Podemos- fueron apenas una molestia para Iglesias, seguro de tener un triunfo asegurado. Las respuestas siempre fueron las mismas: ganar en eficacia, permitir la participación de todos (no sólo los que “tienen tiempo” de militar) y, sobretodo, tener “confianza en Pablo”.

Sin embargo, lo que quiere presentarse como un acto de fina astucia política, acomodar los discursos y los medios para ser “eficaces” y llegar al gobierno, representa en realidad una adaptación a las presiones del propio régimen político para imponer la forma “mediática” de la “video-política”. O, dicho de otro modo, la formación de partidos que son “máquinas de guerra electoral” –como gusta decir a Iñigo Errejón- y aparatos “territoriales” de gestión del estado, pero separados de la lucha de clases y escépticos de la posibilidad de superar el capitalismo.

Lo dramático del caso es que, al adaptarse a esta forma política impuesta por el régimen, todo partido que se proponga algún tipo de ruptura con el orden establecido (no digamos de “izquierda”, ya que Podemos no lo es), por mucho que se pronuncie “contra la casta”, corre el serio peligro de ser asimilado y terminar reproduciendo los mecanismos propios de aquello que se propone combatir.







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