Cultura

RELATO

Tirapiedras

El otro día, viendo la tele, escuché a una candidata a diputada peronista (si están en Argentina en 2017 quizá sepan quién es Massa: esta mujer está en su lista) utilizar el término “tira piedras” para referirse a otra diputada, de la izquierda, que además es abogada de DDHH y de trabajadores.

Jueves 27 de julio | Edición del día

El otro día, viendo la tele, escuché a una diputada peronista (si están en Argentina en 2017 quizá sepan quién es Massa: esta mujer está en su lista) utilizar el término “tirapiedras” para referirse a otra diputada, de la izquierda, que además es abogada de DDHH y de trabajadores. Se lo dijo tres veces a lo largo del programa, nada menos que a la abogada que representó al dos veces desaparecido Julio López. La diputada de la izquierda le contestó muy bien.

A mí la escena me retrotrajo a la persona que más recientemente me dijo “tirapiedras”. Tendrían que imaginarse a un joven escritor que con poco esfuerzo ya escribe bien, bastante bien. Un diamante en bruto. El problema es que el muchacho piensa que con eso ya le debemos nuestra perpetua admiración. No es que él se proponga ser Borges y cerrarnos la boca a todos. Es más bien que él ya opina que le debemos la admiración que le deberíamos a un Borges. Él opina que ya está dicho. No cree que debe seducirnos texto por texto. Que tiene que revalidar su ambición en cada palabra. Para él, ya está. Tal es así que sin haber leído un solo cuento de Edgar Alan Poe el muchacho se montó un taller literario para enseñarle a otros a escribir. Bueno, cada cual su ruta.

La cuestión es que él me dijo “tira piedras”. No me lo dijo así, literal. Lo que dijo es que yo optaba por solucionar las cosas yéndole a tirar piedras a mi vecino capitalista. La imagen me causó mucha gracia. Sobre todo, la ocurrencia del vecino capitalista, me dio algo de ternura. Le pregunté por qué pensaba que mi militancia consistía en tirar piedras a un vecino que, por otra parte, no hay forma de que sea capitalista: esos señores no andan alquilando en los mismos barrios que yo. Ahí se tranquilizó. Creo que entendió que yo no lo consideraba a él un capitalista y se dio cuenta que no me interesa expropiarle la casa en Funes. Pasado ese escollo, seguí preguntando por las piedras. Realmente me sorprendía su idea tan acabada acerca del asunto. Porque él no hablaba de una situación de represión donde alguien se defendiera, no hablaba de la playa debajo de los adoquines, no hablaba de intifadas, todas ellas imágenes concretas de gente resistiendo las armas de fuego con lo que hubiera a mano, o sea, piedras. Él no hablaba de eso, ni a favor ni en contra, no hablaba de eso. Él hablaba de gente que va a tirar un cascote por el solo hecho de tirarlo, que lo tira a la casa de alguien como él, a lo linchamiento, a lo manada borracha contra María Magdalena. Le pregunté si alguna vez me había visto a mí o a alguien de mi partido haciendo eso. La respuesta fue no. La imagen que él tenía no estaba basada en haber visto a nadie de izquierda hacer eso. Estaba basada únicamente en un discurso, emitido durante décadas, repetido hasta el hartazgo aquí y allá y el otro día, en boca de esa diputada peronista. ¡Qué locos son los mitos! ¡Cómo se les meten a las personas en la cabeza hasta formar imágenes nítidas, empíricas, tan difíciles de filtrar a la luz de los hechos!

De más está decir que las cosas, con el muchacho, terminaron mal. Y no solo conmigo sino con toda mujer escritora o militante que se le cruzara y le diera algo de bola. El tipo no se daba cuenta que, al final, las piedras, al menos las ideológicas, las tiraba él.






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