REVISTA

Tester de violencia (neoliberal)

Julián Tylbor

Ana Loustaunau

política
Ilustración: Alicia Ciciro

Tester de violencia (neoliberal)

Julián Tylbor

Ana Loustaunau

La palabra “neoliberalismo” aparece con persistencia en la retórica del espacio político de Fernández-Fernández. Pero, ¿de qué hablan cuando hablan de neoliberalismo y antineoliberalismo?

Laberintos

La metáfora predilecta de Alberto Fernández durante toda su campaña fue la del laberinto. Con ella, el candidato del Frente de Todos se refirió en varias oportunidades a la crisis actual que atraviesa la Argentina, cuya responsabilidad atribuye al gobierno de Mauricio Macri y de la cual se propone sacar a todos los argentinos. El argumento es que ya lo logró una vez: bajo la capitanía de Néstor Kirchner, encontraron la salida del laberinto en que los habían dejado allá por el 2003. El lunes 12 de agosto, mientras el voto de los mercados nos recordaba quién gobierna realmente, Víctor Hugo Morales cerraba su edición exultante: “Pensamos que teníamos neoliberalismo para muchos años más, y resulta que una elección nos dio la oportunidad de terminar con todo eso”. Algunos se animan a más, como Itaí Hagman que en su spot nos asegura que ir junto a Cristina es la única forma de “Terminar definitivamente con el neoliberalismo”, o como Juan Grabois, cuya lectura del resultado electoral nos anunciaba que “el neoliberalismo ha muerto”.

El camino de saqueo explícito iniciado por el gobierno de Cambiemos exige un debate alrededor de las proposiciones que se ofrecen desde la oposición, bajo la expectativa de remediar las consecuencias devastadoras del estertor neoliberal del actual gobierno. Es necesario, entonces, preguntarse: ¿qué es el neoliberalismo? ¿Qué significó salir de ese laberinto neoliberal durante los gobiernos kirchneristas?

Neoliberalismo como proyecto de clase

Retomando a David Harvey, el neoliberalismo es el proyecto que la clase dominante engendró a finales de la década de 1970, para recomponer una tasa de ganancia cuya decadencia se le atribuía en parte a las políticas keynesianas “anti-cíclicas”, implementadas en el período de posguerra. Ese “compromiso de clase” entre el capital y el trabajo que pretendía asegurar la paz social, a partir de una tímida restricción al poder de la clase dominante con políticas redistributivas, mostró su enorme fragilidad cuando una nueva crisis de acumulación de capital a nivel mundial se tornó evidente a finales de la década de 1960, la cual combinó niveles alarmantes de inflación y estancamiento, rápidamente traducidos en un aumento de los niveles de desempleo y masivas pérdidas del poder adquisitivo asalariado. Si bien la tasa de participación sobre las rentas nacionales de los sectores más concentrados había decrecido bajo el encorsetamiento de las políticas keynesianas, el período permitió una acumulación estable sobre la base del crecimiento económico. Pero estas coordenadas de inconsistente equilibrio se volvieron amenazantes para estos sectores, en tanto el crecimiento se tornó en estanflación, y lo que hoy entendemos como neoliberalismo fue la respuesta exitosa que emergió de la clase dominante en orden de “(…) concentrar y aumentar el poder de la clase capitalista, y en particular de determinadas franjas” [1]. Simultáneamente, inauguró una nueva etapa en el proceso de acumulación de capital donde se generalizó la “acumulación por desposesión” observable en la ofensiva sobre salud, educación y vivienda.

Impotente para revitalizar la acumulación capitalista y generar riqueza, pero exitoso en tanto proceso redistributivo en favor de los sectores más concentrados del capital, el neoliberalismo tuvo y tiene su correlato necesario en el Estado. No existe Estado alguno que, en mayor o menor medida, no haya adoptado por lo menos algunos aspectos vitales del neoliberalismo.

Neoliberalismo explícito

A pocos meses del final del mandato inaugurado en diciembre del 2015, quedan pocas dudas sobre el carácter del gobierno de Cambiemos: la gestión incluyó devaluación, inflación, tarifazos, reforma regresiva del sistema previsional, tasas de interés exorbitantes que solo beneficiaron al capital especulativo y garantizaron la fuga junto a una deuda impagable con el FMI. Argentina aparece hoy en el mapeo de las economías mundiales encabezando el top 3 de las más “vulnerables” [2].

La expresión de la ofensiva neoliberal tiene en el caso argentino un antecedente paradigmático, que aparece como una suerte de “tipo ideal” con el cual antagonizar desde el discurso “anti-neoliberal”: Menem impuso agresivas reformas flexibilizadoras sobre el trabajo, privatizaciones sobre toda propiedad del Estado, un régimen de convertibilidad que ató el peso al dólar y aseguró junto con la apertura comercial y el flujo de capitales, las condiciones de reestructuración capitalista necesarias para favorecer la concentración de riqueza que suponía el proceso de restauración del poder de clase. Como resultado, la participación del trabajo asalariado en la riqueza tocó su fondo histórico, aproximándose al 20,9 % en el 2003 [3].

Test anti- Neoliberal

Ahora bien, ¿qué pasa cuando nos aproximamos al ciclo que comprende los 12 años de los gobiernos kirchneristas?

Uno de los principales éxitos de la política neoliberal desplegada por el menemismo fue la reestructuración de la relación capital-trabajo, mediante la segmentación y la precarización del mercado laboral, una situación que se mantuvo y profundizó en los años de posconvertibilidad. Por una parte, se destaca la conquista de una tasa de trabajo no registrado que en 2010 afectaba al 34,6 % de los asalariados y al 45,5 % de la fuerza de trabajo total [4]. Esta cifra, superior a la de la década del ‘90 [5], es aún más problemática si tenemos en cuenta que resulta de nueve años de crecimiento económico del 8 % anual promedio (2002-2010). La existencia de un tercio de los asalariados bajo formas no registradas no tiene impacto solo en ese sector sino en el conjunto de la clase trabajadora, porque es una presión a la baja tanto del salario como de las condiciones de trabajo.

Para el sector registrado se introdujeron leyes flexibilizadoras que removieron “las trabas que limitan mayores grados de explotación de la fuerza de trabajo, tanto a través de cambios en la distribución de los tiempos de trabajo, como a partir de una mayor intensificación de los ritmos de trabajo” [6], al tiempo que se incorporaron cláusulas flexibilizadoras en los Convenios Colectivos de Trabajo. Ahora bien, cuando comparamos la incorporación de cláusulas flexibilizadoras en el período 1991-1999 respecto de la jornada laboral (46,7 %) y la organización del trabajo (39,1 %) con el período 2003-2009, los números ascienden a 51,6 % y 47,8 % respectivamente [7], dando cuenta de cómo estos aspectos de flexibilización laboral en la “década perdida” se profundizaron. Esto no tiene importancia solo para entender qué pasó durante el kirchnerismo, sino también para pensar qué puede pasar a futuro: una reforma laboral integral no es la única forma de precarizar las condiciones de trabajo, también se puede hacer a través de modificaciones en los Convenios Colectivos de Trabajo, tal como ocurrió con Mercado Libre u otros similares.

Los impactos del neoliberalismo también se ven en la tasa de sindicalización. Los niveles previos al ciclo de contra reformas neoliberales oscilaron entre 67,5 % (1985) y 65,6 % (1990). En apenas cinco años la cifra había descendido a un 38,7 % (1995). El 37 % sobre el que promedió el período 2003-2012 “no solo no marcaría una reversión de la política de desindicalización relativa de los noventa, sino que indicaría su continuidad (aunque en términos absolutos, la cantidad de asalariados registrados afiliados sea mayor)” [8]. Dado que las cifras del Ministerio de Trabajo se refieren a los asalariados registrados privados, la estimación de la sindicalización del total de asalariados es incluso mucho menor, ubicándose entre el 20 % y el 25 %” [9].

Esta segmentación y precarización, sumada a los saqueos vía devaluación-inflación, es la que explica el empobrecimiento de la clase obrera y los sectores populares. Si uno mira los datos de pobreza desde 1989 hasta la fecha, encuentra cierta continuidad entre lo que se suele mostrar como dos épocas diferentes. Luego del pico de 47,3 % al que empujó la hiperinflación de 1989, la pobreza cayó en los primeros años de 1990, alcanzando el punto más bajo en 1993, cuando el INDEC midió 16,8 %. Este nuevo piso –estructuralmente más alto en términos históricos– no volvió a ser alcanzado ni perforado. Los gobiernos kirchneristas transitaron un derrotero similar, heredando una pobreza del 47,8 % en 2003, la cual fue reduciendo hasta encontrar un nuevo piso del 27,4 % en 2013, cuando se dejaron de publicar datos al respecto. Parece, entonces, que la pobreza es una posta que se pasa limpia e incluso fortalecida desde 1989 para acá.

Si nos detenemos en la participación del trabajo asalariado en el ingreso, Argentina no está exenta de la tendencia decreciente que se verifica a nivel mundial desde los años setenta, precisamente cuando comienza a ensayarse el proyecto neoliberal. Esta situación tampoco se revirtió en el contexto de crecimiento de la economía que comienza en 2003. El crecimiento del salario real y de la ocupación industrial se dio de forma “paradojal” y simultánea a un decrecimiento de la participación de los asalariados en el ingreso, que pasa del 31 % en el 2001 al 28 % en el 2007 [10]. Asimismo, la productividad del trabajo se elevó en este período un 2 %, mientras que el salario real se fijaba un 1 % debajo del valor alcanzado en el 2001, abriendo una brecha entre ganancias y salarios que redujo el costo salarial en un 33 % por debajo del nivel alcanzado en el 2001.

Inserción en el mundo

En una reciente entrevista, ante la pregunta ¿qué quiere el neoliberalismo?, Axel Kicillof responde:

Que toda nuestra región sea proveedora de materias primas y que después seamos compradores de las materias primas elaboradas. El neoliberalismo intenta torcer el rumbo que habían tomado nuestros países: de mayor inclusión social, de mayor valor agregado, de mayor industria [11].

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Observemos entonces las transformaciones operadas sobre la matriz productiva. La participación de la industria en el PIB había registrado su menor nivel histórico en 2001, aproximándose a un 16 %. La serie de cuentas nacionales nos muestra que el promedio que alcanzó en los años que comprenden del 2003 al 2015, fue del 17,2 %. No solo apenas un punto arriba de su piso histórico, sino casi dos puntos debajo del 19 % de la década del ‘90. Además, fueron apenas siete ramas las que concentraron casi cuatro quintos de la producción manufacturera, y dentro de estos dominaron los sectores de menor complejidad [12]. La persistencia de una estructura dependiente se observa también en la importación de insumos industriales: mientras que en la década del ‘80 equivale a un 20 % del PIB industrial, en los ‘90 se duplica, y en 2008 alcanza un máximo cercano al 70 % [13]. Es decir, se trató de una industria con baja agregación de valor y demandante de insumos, piezas y medios de producción importados.

No existió tampoco, una variación en el rol de “proveedor de materias primas” al que Argentina está sujeto. Durante el período se multiplicaron los proyectos extractivos con sus respectivas consecuencias para el ambiente, mientras que la demanda generada por China generó un efecto de reprimarización [14].

Siempre en la pared

Resulta difícil sostener, a la luz de los indicadores, la consistencia de un perfil “anti-neoliberal” en el ciclo kirchnerista. Para evitar discusiones ociosas, esto no significa afirmaciones como: “son lo mismo”. Lo que sí expresa es que, incluso las variables que mostraron cierta mejora bajo un contexto de excepcional crecimiento económico, lo hicieron sin romper los rasgos estructurales que la burguesía logró instalar en Argentina durante el neoliberalismo: caída de salario real, alta pobreza, fragmentación de la clase obrera, alta precarización, trabajo no registrado, primarización de la economía, profundización del carácter dependiente. La implementación de algunas políticas anti-neoliberales (como la estatización de las AFJP) resultaron en definitiva insuficientes para revertir una matriz signada por la dependencia y el atraso.

Nuestro gobierno también tuvo que sacar a la Argentina de una crisis en la que nos metieron las políticas neoliberales […] A mí no me preguntan qué voy a hacer, me preguntan: ¿Van a hacer lo mismo que entre 2003 y 2015? [15].

Esta revisión alegre del período pasado y del porvenir, podría solo pecar de superficialidad si no fuera que evade la realidad de un contexto internacional adverso, donde los objetivos planteados hacia las distintas economías nacionales son de reformas regresivas y nuevos ciclos de endeudamiento. Si, en el mejor de los casos, pudiera llevarse adelante algún tipo de gestión similar a la de la “década ganada”, esta sería harto insuficiente. Pero el propio Alberto Fernández nos proponía, apenas unos días antes de la victoria en las PASO, acuerdos sector por sector: “Lo tengo muy hablado con la CGT, CTA, con Moyano mismo. Eso requiere un marco de acuerdo previo donde todos entendamos que tenemos que parar la pelota hasta ordenar el equipo y hacer un esfuerzo” [16]. No es necesario detenerse en el análisis de lo que implica una frase de este tipo: la idea de que el conjunto de una sociedad profundamente desigual tiene que hacer un esfuerzo para salir adelante, nos advierte un largo camino de despojo para sostener la economía del FMI. Mientras Axel nos propone “una relación más madura con el FMI […] como la de Grecia” [17], la disociación entre la furia anti-neoliberal de cierta parte del discurso y el perfil social-liberal que advierten los múltiples movimientos del frente opositor, se torna cada vez más evidente.

Hay una cita que Alberto Fernández suele invocar: “La mayor muestra de decrepitud de una sociedad es el momento en que empieza a discutir lo obvio”. La utilizó en sus días “nestoristas” y la volvió a utilizar en esta campaña para remitirse a los derechos conquistados sobre los que el macrismo avanzó e intentó avanzar. Si por un lado pareciera que los derechos conquistados “no se discuten”, esa afirmación coexiste, por otro lado, con una veda a la discusión de otro tipo de obviedades, es decir, las estructuras que explican la decrepitud de la sociedad: ese laberinto neoliberal del que se proponen salir, pero sin derrumbar sus paredes.

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NOTAS AL PIE

[1Harvey, D., A Brief Story of Neoliberalism, Oxford University Press, 2005.

[2“La Argentina, el país emergente más vulnerable”, La Izquierda Diario, 25/7/2019.

[3“Setenta años en el tobogán” Página/12, 28/12/2008. Entrevista de Jorge Halperín sobre el informe Distribución del ingreso en Argentina 1950-2007.

[4Varela, P., La disputa por la dignidad obrera. Sindicalismo de base fabril en la zona norte del Conurbano bonaerense 2003-2014. Buenos Aires, Imago Mundi, 2015, p. 114. La autora sostiene su trabajo con elaboraciones y datos propios como así también con otros recabados por diversos investigadores.

[5Entre 1991 y 1997 la informalidad promedio entre asalariados era de 33,3 %. Ver Rodolfo Elbert, 2013, citado en Varela, Paula, ob. cit.

[6Campos, J. y Campos, L., Clase obrera. Hay que dar vuelta el viento como la taba, el que no cambia todo no cambia nada, UBA - Conicet y Flacso - Conicet, p. 2.

[7Ídem.

[8Varela, P., ob cit. p. 176.

[9Ídem.

[10Ibídem, p. 85.

[11“Vamos a volver” entrevista publicada el 16/8/2019 en cinthyagarcia.com.ar.

[12Mercatante, E., La economía argentina en su Laberinto, Buenos Aires, Ediciones IPS, 2015.

[13Gigliani, G. y Michelena, G.. “Los problemas estructurales de la industrialización en la Argentina (1962-2010)”, Realidad Económica 278, agosto-septiembre 2013.

[14Ver en este número, entrevista a Maristella Svampa.

[15Kicillof, A., ¿Y Ahora Qué? Desengrietar las ideas para construir un país normal, Buenos Aires, SXXI, 2019.

[16“Los muchachos del WhatsApp ahora me dicen que quieren hablar”, entrevista de Iván Schargrodsky, 09/08/2019, disponible en cenital.com.

[17Kicillof, A., ob. cit.
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Julián Tylbor

@juliantylb
Nació en 1991. Es licenciado en Ciencia Política (UBA). Milita en el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y es miembro del Comité de Redacción de la revista Ideas de Izquierda.

Ana Loustaunau

Militante del PTS y estudiante de Sociología, UBA.
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