Internacional

XI CONFERENCIA DE LA FT

Tensiones económicas e inestabilidad política

Documento sobre situación internacional discutido en la XI Conferencia de la FT.

Jueves 22 de marzo | 10:31

En la actualización del Manifiesto del MIRSCI de 2017 planteamos que la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, y más en general el ascenso de tendencias nacionalistas en los países centrales -Brexit, partidos xenófobos euroescépticos, “soberanismos”- mostraba el agotamiento del consenso globalizador neoliberal, que se hizo hegemónico tras los procesos de restauración capitalista en Rusia y China. En las últimas décadas, Estados Unidos ejerció el liderazgo a través de organismos multilaterales como la OMC, que le garantizaban el máximo beneficio al capital norteamericano pero también permitían que se beneficiaran, no sin disputas y crisis, aliados y competidores de Estados Unidos como Alemania, Japón y más tarde China. Este orden (neo)liberal entró en crisis como consecuencia de la Gran Recesión de 2008, que dejó una profunda polarización social y política.

Independientemente de las contradicciones que enfrente para aplicar su programa nacionalista, ya es un hecho que Trump cambió la agenda internacional volviendo a poner en el centro la disputa entre “estados nación” en detrimento de las tendencias globalizadoras. Esto no significa replegarse dentro de las fronteras nacionales, sino por el contrario, perseguir más agresivamente el interés nacional en perjuicio del resto.

La consigna “America First”, que sintetiza este cambio de posición, implica privilegiar los acuerdos bilaterales para arrancar mayores concesiones y modificar (o eventualmente volver irrelevantes) organismos multilaterales como la OMC, cuyas reglas aunque diseñadas fundamentalmente para beneficio del capital norteamericano, habrían terminado favoreciendo prácticas comerciales “injustas” para Estados Unidos y facilitado el ascenso de China a segunda economía del mundo sin obligarla a cambiar su modelo capitalista de fuerte dirigismo estatal.

Todavía no está claro si esta política nacionalista de Trump logrará imponerse y si le permitirá al imperialismo norteamericano sacar una ventaja cualitativa. Por ejemplo, el retiro del Tratado Transpacífico fue aprovechado en la inmediato por China, aún está pendiente la renegociación del NAFTA con Canadá y México y el déficit comercial de Estados Unidos creció un 12,1% durante 2017. Pero es un hecho que en el último año estas tendencias nacionalistas se han profundizado y son las que le dan el tono a la situación internacional caracterizada por las tensiones económicas y la inestabilidad geopolítica, aunque se mantiene la estructura globalizada de la economía y el comercio mundial se ha seguido desarrollando. Esto plantea un nuevo escenario de mayores rivalidades, amenazas crecientes de guerras comerciales y escalada de conflictos regionales en los que puedan verse involucradas grandes potencias.

La imposición por parte del gobierno de Trump de tarifas de 25% a las importaciones de acero y de 10% a las de aluminio, aunque haya exceptuado a México y Canadá con los que está renegociando el NAFTA, parece ser un salto en ese sentido y, además, sienta un precedente riesgoso de transformar una disputa comercial en un problema de “seguridad nacional”. No es la primera vez que un presidente norteamericano impone tarifas unilaterales, incluso el “multilateral” Obama utilizó esta herramienta contra China. Sin embargo, es otro el contexto y la orientación general del gobierno, por lo que esta medida proteccionista, a diferencia de otras menores que tomó Trump en el primer año de su gobierno, está reavivando los temores de que sea el comienzo de una escalada que pueda derivar en una guerra de tarifas si los afectados deciden responder con medidas punitivas sobre exportaciones norteamericanas, incluso si Trump utilizara las tarifas como método de negociación dura.

Contradicciones e inestabilidad en la economía mundial

En la economía mundial se verifican dos tendencias aparentemente contradictorias. Por un lado el crecimiento en 2017 fue mayor al de todos los años pos crisis 2008/9 y se observa un alza sincronizada en EEUU, China, Japón y Europa –aunque sólo los dos últimos crecieron por encima del promedio del período. Por el otro, el crecimiento exuberante de las bolsas y los activos financieros que en EEUU, Japón, China –como en varios países latinoamericanos- alcanzaron durante 2017 y principios de este año, máximos de la última década, están en el origen de la caída de Wall Street de febrero pasado que, aunque duró pocos días, mostró una intensidad sorprendente. Aun cuando esa caída resultó contenida, se instaló una situación de inestabilidad en Estados Unidos –con derrotero imprevisible- que afecta a todos los mercados de activos bursátiles y financieros del mundo.

Se trata sólo de una contradicción aparente. La exuberancia de la bolsa tiene por base la debilidad de los fundamentos reales de la economía que como la inversión, la productividad o el comercio mundial, aún habiendo mejorado en 2017, continúan muy por debajo de sus valores previos a la crisis 2008/9. La diferencia de velocidad entre el crecimiento de la economía –muy lento- y el de los activos financieros –muy acelerado- acrecienta la distancia entre el precio de dichos activos y las ganancias corporativas reales que les dan sustento. El precio de las acciones tiende a separarse cada vez más de la ganancia real que generan las empresas. Esa relación que ya 2016 en Estados Unidos era de 27 veces, en 2017 y bajo gobierno Trump, llegó a 31, o sea, mayor que la verificada en 2007 poco antes del inicio de la crisis. Esta separación expresa la escasez de fuentes para la nueva inversión lucrativa de capital, es la base de una inestabilidad estructural y la esencia de la tesis burguesa del “estancamiento secular”.

El origen de la inestabilidad financiera –que tuvo entre sus impulsos inmediatos el cambio de mando de la Reserva Federal y datos de la economía real tales como un crecimiento trimestral del PBI algo mayor de lo esperado y un leve aumento salarial en EEUU- está asociado al temor de que la Reserva Federal norteamericana, bajo administración Trump, suba las tasas de interés de corto plazo más allá de las tres subas programadas para este año. El aumento podría producirse como resultado necesario de una fuerte suba del déficit fiscal derivada tanto de la profunda rebaja impositiva que en su mayor parte favorece al 1% de la población más rica, como del incremento presupuestario del cual el gasto militar representa una porción significativa. Aunque la posibilidad de un período más inflacionario aún es materia de discusión hay quienes sostienen que si la causa última de la deflación de los últimos años está asociada al rol de China y a su tendencia a la sobreproducción de mercancías, los nuevos planes internos de la burocracia de Pekin así como mayores tendencias proteccionistas, podrían regenerar presiones inflacionarias. En un contexto tal, una combinación futura de mayor inflación, déficits crecientes y mayores tasas de interés, no sería descartable.

Pero más allá de los factores explicativos, es importante resaltar que si las tasas de interés se incrementaran sustancialmente por encima de lo prometido, las deudas corporativas que junto con las deudas públicas crecieron significativamente durante los últimos años –a diferencia del relativo desapalancamiento del sector financiero norteamericano en particular y de los hogares. Se trata de un problema que afecta a Europa, China y Estados Unidos y que podría llevar a la quiebra a importantes sectores empresariales. Por otra parte si ya los incrementos de tasas planificados tendrán indudables efectos negativos sobre las economías semicoloniales en general y sobre las latinoamericanas más endeudadas o dependientes de los mercados financieros –como Brasil y Argentina en particular-, aumentos significativamente mayores a los previstos podrían generar potencialmente efectos catastróficos. A su vez impactarían negativamente sobre los precios de las materias primas que en este momento aparecen como factor de estabilidad relativa para muchos países latinoamericanos.

En términos más generales los límites de las políticas de estímulos monetarios en los países centrales son en gran medida resultado de la imposibilidad de China de seguir creciendo como hasta entonces. Esta limitación se hizo presente alrededor del año 2014 y es en buena parte fundamento de las crecientes tendencias nacionalistas en China y Estados Unidos -pero también en la Unión Europea, Rusia y otros países que se expresan en ascendentes tensiones geopolíticas y elementos de guerra comercial. Dos aspectos que se desarrollan más abajo en este mismo documento.

De una forma “indirecta” las políticas de Trump destinadas a aumentar el gasto fiscal y reducir -o eliminar- los estímulos monetarios en el mediano plazo, parecen responder “a su manera” a las recomendaciones más moderadas del mainstream “globalista” y neokeynesiano que desde hace tiempo insiste tanto en la necesidad de políticas para contrarrestar el incremento “insostenible” de la desigualdad como sobre el hecho de que el ciclo económico –que ya lleva 10 años- podría estar terminando y que en esa eventualidad una recesión no podrá conjurarse con tasas de interés extremadamente bajas. Sin embargo la permanente incertidumbre política –incluido el hecho de que en muchas oportunidades no parece haber una línea claramente unificada entre el Tesoro, la Fed y la Casa Blanca- que genera Trump –incentivada más aún este año por las elecciones de medio término- dejó atrás el manejo medido y conservador de las inestabilidades tan característico del establishment durante el período pos Lehman y puede transformarse en un factor de estallido de las crecientes contradicciones económicas.

En definitiva, el mayor crecimiento de la economía mundial no consigue retornar a los valores previos a la crisis y las contradicciones que signaron las debilidades de estos últimos diez años se mantienen. La recuperación en curso es modesta y no alcanza para deshacer las profundas consecuencias económicas, políticas y sociales que produjo la Gran Recesión de 2008/9. De hecho lo que preocupa a las corporaciones y a los organismos internacionales como la OCDE, el FMI o el Banco Mundial son tanto los pronósticos de una disminución del crecimiento en los países centrales que en el curso de los próximos dos años volvería como promedio conjunto a los niveles más bajos del período pos Lehman, como las consecuencias políticas derivadas de la debilidad económica. Entre ellas el riesgo de que una intensificación de disputas comerciales, de tendencias nacionalistas y factores extraeconómicos, como una crisis geopolítica de magnitud (Corea del Norte, Medio Oriente) o fenómenos políticos, terminen desestabilizando la economía. Los recientes anuncios arancelarios del gobierno Trump o la compleja negociación del Brexit que profundizó las contradicciones de Gran Bretaña con la UE además de ahondar la crisis política del gobierno tory de Theresa May, son claros ejemplos en este sentido.

Tendencias a la crisis orgánica, neoliberalismo senil y lucha de clases

Desde el punto de vista teórico, venimos definiendo esta situación pos crisis de 2008 como el desarrollo de tendencias a la “crisis orgánica” en varios países, incluidas potencias imperialistas como Estados Unidos y Gran Bretaña. En países atrasados o semicoloniales Brasil o Sudáfrica esta crisis orgánica se expresó de manera abierta, siendo Venezuela el lugar más extremo.

Incorporamos a las categorías “clásicas” que utilizamos los marxistas revolucionarios para analizar situaciones la de “crisis orgánica” que tomamos de A. Gramsci para dar cuenta de situaciones intermedias (entre las situaciones no revolucionarias y pre-revolucionarias o directamente revolucionarias), abiertas por las consecuencias sociales y políticas de la crisis de 2008, en la que se desarrollan elementos de crisis de hegemonía burguesa pero sin que prime la lucha de clases y la radicalización política de masas como tendencia generalizada (aunque haya habido procesos agudos como la Primavera árabe). Estas situaciones son producto en gran medida de que la burguesía pudo evitar mediante la intervención estatal un escenario catastrófico similar a la crisis de 1930 y la crisis siguió durante varios años como una crisis rastrera.

En la actual situación internacional priman los elementos de crisis orgánica, que tiene expresión política en la crisis de los partidos burgueses tradicionales (el “extremo centro”) que son vistos como agentes de los ajustes y ataques neoliberales.

La base material de esta crisis es la polarización que surge de la obscena concentración de la riqueza y la desigualdad que se profundizaron con la crisis de 2008. Según un informe del Credit Suisse un 0.7% de la población mundial adulta pasó en 2017 a poseer el 50.1% de la riqueza global mientras que el 70% de la población mundial en edad laboral se lleva solo el 2,7%.

Sobre esta base surgen nuevos fenómenos políticos “populistas”, tanto por derecha (partidos xenófobos europeos) como por izquierda, expresado en el surgimiento de corrientes neorreformistas con peso de masas, como Podemos, Syriza, Momentum en el Partido Laborista, DSA en Estados Unidos, Francia Insumisa de Mélenchon, Frente Amplio en Chile, etc. El último ejemplo de esta crisis son las elecciones en Italia, donde los dos partidos más votados son la Liga Norte (que se presentó simplemente como Liga) y el Movimiento 5 estrellas.

Esto no quiere decir que no haya intentos burgueses de superar por derecha esta situación (Macron o Ciudadanos podrían ser ejemplos) o ataques capitalistas como las reformas laborales o jubilatorias, con la contradicción de que los gobiernos que intentan aplicarlos por lo general son débiles y ya están encontrando resistencia. Incluso aunque pasen estas reformas (como la reforma laboral en Brasil) se trata de un neoliberalismo senil, no hegemónico, que tiende a profundizar la polarización social y política lo que podría crear eventualmente condiciones más favorables para el desarrollo de procesos agudos de lucha de clases y radicalización política.

Por esto, nuestra utilización de la categoría de “crisis orgánica” está en las antípodas de quienes la transforman en una crisis crónica sin distinguir relaciones de fuerzas o situaciones cambiantes, o de los que la usan para negar la perspectiva de la revolución al sostener que las clases dominantes siempre encuentran una salida “reformista” en el mejor de los casos, o bonapartista. Por el contrario, para nosotros la “crisis orgánica” supone los intentos de la burguesía para cerrarla, que incluyen ataques contra los trabajadores, giros bonapartistas y eventualmente contrarrevolucionarios (Trump es un ejemplo), y también respuesta de las masas y en perspectiva acciones históricas independientes de los explotados, es decir, que crea condiciones para que se desarrollen situaciones prerrevolucionarias o revolucionarias clásicas.

El primer año de Trump. Un gobierno bonapartista débil con importantes contradicciones

Cuando Trump ganó las elecciones el gran interrogante era si el nuevo inquilino de la Casa Blanca iba a imprimirle un curso “revolucionario” a su presidencia o si iba a ser domesticado por los grandes factores de poder que se le oponían. El balance del primer año de gobierno es mixto. Trump no pudo aplicar su agenda más ambiciosa de campaña ni en el plano interno ni en la política exterior pero tampoco fue neutralizado. Mientras lo primero se evidencia por ejemplo en el hecho de que las medidas “proteccionistas” implementadas durante el primer año, resultaron medidas parciales que respondieron más a lobbies de industrias locales que a una estrategia de conjunto, lo segundo se expresa en la reciente imposición de tarifas a importaciones de acero y aluminio. Esto le da un carácter volátil a la situación política. La respuesta a estas tendencias contradictorias, que surgen de las divisiones en la clase dominante y sus partidos, ha sido profundizar los rasgos bonapartistas del gobierno.

Los reveses en el Congreso y en la Corte Suprema, la hostilidad del partido republicano, la presión de diversas alas del aparato estatal (en particular del FBI con el “Rusiagate”) y de grandes corporaciones que pasaron a la oposición activa contra políticas que afectaban sus intereses, actuaron como moderadores del “factor Trump” durante su primer año de gobierno. Eso no quiere decir que el presidente haya resignado su programa, como muestran las tarifas al acero y el aluminio, sino que ha demostrado ser más pragmático que “ideológico” a la hora de gobernar.

La expulsión de Steven Bannon, el ideólogo “populista” militante de la “alt right” y el peso decisivo que adquirieron los militares en el gobierno de Trump no fueron suficientes para liquidar la guerra entre camarillas en la Casa Blanca y las tensiones en el partido republicano. Las tarifas al acero y aluminio inclinaron la balanza nuevamente a favor de los “proteccionistas” (funcionarios de Comercio como Wilbur Ross y Peter Navarro) contra los “globalistas”, lo que terminó con la renuncia de Gary Cohn, un demócrata y ex ejecutivo de Goldman Sachs que era el principal asesor económico de Trump. La medida también enfrenta al lobby de la industria metalúrgica (incluida la burocracia sindical) con otras ramas industriales que tendrían que pagar más por el acero que consumen. Y abrió una crisis en el partido republicano que es partidario del libre comercio y está buscando las formas de limar esta iniciativa proteccionista.

En síntesis, las divisiones en la Casa Blanca y en el establishment político expresan las disputas al interior de la clase dominante y de la burocracia estatal y también la polarización social, entre las que Trump busca arbitrar apoyándose en el ala militar de la administración, y a veces en disputa también con ella como en las medidas tarifarias que afecta a aliados de EEUU, pero aún con una política errática y pragmática. El despido de R. Tillerson y su reemplazo por Mike Pompeo en lo inmediato fortalece al sector completamente alineado con el presidente. Estas oscilaciones señalan que sigue siendo un gobierno bonapartista débil, con una base social estrecha y un presidente muy impopular, lo que lo hace relativamente inestable.

En este año la economía jugó a favor de Trump y amortiguó el choque entre las tendencias proteccionistas del gobierno y el sector más globalizado de las corporaciones. Aunque el crecimiento promedio de algo más del 2% está lejos del 3,1% anual proyectado por el gobierno y más próximo a los pronósticos mediocres de los organismos internacionales, la tasa de desempleo siguió bajando y se ubicó en torno en 4,1% (por la creación mayormente de empleo basura y sin contar a los que dejaron de buscar trabajo) y Wall Street alcanzó niveles récord de crecimiento, a los que volvió luego del cimbronazo de febrero, lo que permitió ganancias fabulosas sobre todo para las grandes empresas tecnológicas.

El triunfo más significativo de Trump fue el recorte impositivo para los más ricos votado en diciembre pasado que reduce el impuesto corporativo del 35 al 21% y grava por única vez las ganancias en el exterior que vuelvan a Estados Unidos con una tasa de entre el 8 y el 15%. Este mega recorte a favor de los ricos – al que por sus alcances se lo compara con la reforma impositiva de 1986 implementada por Reagan- significará un agujero fiscal de 1,5 billones de dólares en los próximos 10 años.

Este regalo al 1% más rico tuvo un doble efecto benéfico. Desde la era Reagan el recorte impositivo forma parte del ADN del partido republicano, que en esto acompañó sin disidencias al presidente, aunque cuando están en campaña o en la oposición juegan a los “halcones” del déficit fiscal. Además, contribuyó a distender las relaciones entre el gobierno y las grandes corporaciones de Silicon Valley que habían encarnado la oposición empresarial al trumpismo. Apple ya anunció que pagará U$ 38.000 millones en concepto de impuestos para repatriar ganancias, que creará 20.000 puestos de trabajo en Estados Unidos e incluso se permitió hacer demagogia diciendo que le pagará un bono extra a sus empleados. Sin embargo, no se puede afirmar que las empresas harán grandes inversiones (los recortes anteriores más bien indicarían lo contrario) aunque el hecho de facilitar el blanqueo de capitales va en el sentido de aspectos del programa nacionalista de Trump de repatriar capitales norteamericanos que hoy están en el exterior. A pesar de estas medidas, el establishment sigue teniendo una gran desconfianza hacia Trump.

Otro punto a favor que se anotó la administración es la aprobación bipartidista del presupuesto para 2019 que prevé un aumento sideral del déficit presupuestario que pasará de 3,2 a 7 billones de dólares en la próxima década, del que el gasto militar es un componente central. Todavía no está claro el impacto económico de estas medidas aunque la mayoría de los economistas coinciden en señalar que si bien en el corto plazo pueden contribuir a sostener el crecimiento económico, en el mediano y largo plazo podrían complicar la economía, con un aumento considerable de la deuda pública, que pasaría de representar el 77% del PBI al 109% para 2027.

Los demócratas han dado gobernabilidad, como se pudo ver en la votación del presupuesto y los republicanos intentan mantener bajo control al presidente con un ojo puesto en las elecciones de medio término en las que el partido demócrata se juega a arrebatarle el control de una de las cámaras. La escalada del “Rusiagate”, que involucra de un lado al FBI y a la CIA en una operación de inteligencia a favor de Hillary Clinton, y del otro a Trump en una conspiración con Putin para ganar las elecciones de 2016 es una muestra de hasta dónde puede llegar la crisis. El antecedente de una utilización política de la “comunidad de inteligencia” fue nada menos que es escándalo de Watergate que le terminó constando la presidencia a Nixon.

La preparación estratégica de Estados Unidos para un “conflicto entre potencias”

A pesar de que en los últimos años no hubo crisis internacionales de la magnitud del 11S (o en otro registro de la caída de Lehman Brothers), aunque sí conflictos importantes, desde que Trump asumió el gobierno de Estados Unidos se vienen exacerbando las tensiones geopolíticas.

La cosmovisión relativamente simplista del presidente es que el orden liberal diseñado por Washington, que mutó en globalización y neoliberalismo tras el triunfo de Estados Unidos en la Guerra Fría, terminó beneficiando de manera exagerada a competidores y rivales que aprovecharon todas las ventajas sin hacerse cargo de la factura. El cuestionamiento a instituciones internacionales como la OTAN, el desprecio a los acuerdos multilaterales, como el que firmaron Estados Unidos y la Unión Europea con Irán, y más en general, la subordinación de la diplomacia al objetivo de reducir los desbalances comerciales está socavando la relación de Estados Unidos con sus aliados occidentales, en particular con la Unión Europea.

El continuo deterioro de conflictos preexistentes irresueltos, como la guerra civil reaccionaria en Siria, ha multiplicado el riesgo de que ocurran accidentes con consecuencias catastróficas. El más obvio y peligroso es el riesgo de algún incidente militar entre Estados Unidos y Corea del Norte que involucraría de manera inmediata a Corea del Sur y a potencias nucleares como Rusia y China, aunque la perspectiva de una cumbre entre Trump y Kim distendió la situación en el corto plazo.

Hay dos procesos estructurales que en última instancia están haciendo crujir la estabilidad del orden de posguerra/posguerra fría y en cierta medida explican el ascenso de Trump: uno es el salto en la declinación hegemónica norteamericana y el otro la emergencia de China como “competidor estratégico” de Estados Unidos, y en menor medida y con más contradicciones la actividad de otras potencias regionales como Rusia.

Lo que divide al establishment de Washington no es tanto el diagnóstico sobre los problemas que enfrenta Estados Unidos para seguir dominando el mundo sino la estrategia para revertir esta declinación, en lo que viene fallando desde hace una década y media.

La “guerra contra el terrorismo” de Bush empezó como una acción punitiva que contaba con legitimidad internacional por los atentados del 11S y terminó siendo un imponente despliegue de militarismo dirigido contra enemigos no prioritarios (como Saddam Hussein) o fantasmagóricos (como la red Al Qaeda), inspirada en el experimento posmoderno de los neoconservadores. Obama intentó organizar la retirada de Irak y Afganistán y desescalar conflictos importantes pero secundarios para el interés nacional con una política “multilateral” para poder dedicarse a contener el avance de China que es el problema estratégico más importante para el imperialismo norteamericano, a la vez que lograba entrenar a Alemania en una disputa con Rusia. Pero fracasó y terminó involucrado en una nueva guerra en el Medio Oriente contra el ISIS en Siria e Irak.

En líneas generales, Trump expresa la voluntad de una fracción de la clase dominante y del aparato estatal norteamericano de revertir estas coordenadas mediante un programa nacionalista reaccionario y la reconcentración del poderío militar, sintetizado en la consigna “America First” que funciona como un significante catch all que admite los más diversos sentidos “nacionalistas” aunque no todos se traduzcan en políticas de estado.

El gobierno de Trump arrancó con una política exterior errática, sin rumbo estratégico claro, a excepción de la propuesta de abandonar la hostilidad hacia la Rusia de Putin que fue derrotada. La nueva estrategia de defensa parece indicar que Trump ha adoptado, al menos en los papeles, el “realismo” al que históricamente adhirieron los jefes del Pentágono que pone el eje en el interés nacional y la soberanía a la que subordina las alianzas que deben servir a estos fines.

La nueva estrategia de seguridad y defensa nacional define como prioridad el conflicto entre potencias, desplazando a segundo plano la guerra contra el terrorismo. Según estos documentos, elaborados por el ala militar del gobierno, la principal amenaza para la seguridad norteamericana son las llamadas “potencias revisionistas”, es decir, China y Rusia, seguidas por dos estados canallas, Corea del Norte e Irán y por último el terrorismo islámico.

El término “revisionistas” indica que ni China y menos aún Rusia tienen la fuerza suficiente para desafiar el orden de conjunto de la posguerra fría, pero buscan en su zona más cercana y vital de influencia detener el alcance y la influencia de Washington–léase Georgia, Crimea, Ucrania o el Mar del Sur de China- en las que flexionan los músculos sin provocar una guerra abierta, y de esa forma contribuyen a debilitar la hegemonía norteamericana.

Partiendo de la máxima elemental de que la debilidad invita al desafío, la clave de esta nueva estrategia es fortalecer la letalidad del poderío militar de Estados Unidos para aumentar su capacidad disuasiva. En concreto significa un aumento considerable del gasto militar para modernizar el arsenal convencional y sobre todo para ampliar el arsenal nuclear.

Poner como norte la preparación para un conflicto interestatal de envergadura, después de décadas de librar una guerra asimétrica contra actores mayormente no estatales, es sin dudas es el giro más significativo de la presidencia Trump.

Pero este viraje estratégico de Estados Unidos no ocurre en el vacío, y aunque no se trata de una respuesta directa, conviene leerlo en espejo con las resoluciones del 19 Congreso del PCCh de octubre pasado, en el que el presidente Xi Jinping anunció la apertura de una “nueva era” que debería culminar con la transformación de China en una superpotencia mundial para 2050, bajo el liderazgo férreo del PCCh. De esta manera pretende unificar a la nación detrás del partido y su jefe frente a la acumulación de fuertes contradicciones.

Esta estrategia implica una ruptura paradigmática con la cautela geopolítica de Deng Xiaoping que rigió las orientaciones estatales del gigante asiático desde 1990, que ya no se corresponde con las necesidades de China. El giro bonapartista que le dio más poder aún al PCCh y a Xi Jinping es un indicio que la burocracia gobernante se prepara para hacer frente a las contradicciones internas y externas.

En los últimos años China viene profundizando rasgos imperialistas, lo que se manifiesta en una política de inversiones más agresiva a la que se han empezado a unir objetivos geopolíticos (como en África), aunque el peso de su capital financiero es limitado. El régimen del PCCh también ha dado un impulso más decidido al desarrollo tecnológico-militar, terreno en el que sus competidores imperialistas le sacan varios cuerpos de ventaja. Esta combinación es la que está detrás de su ambicioso proyecto de infraestructura conocido como la nueva ruta de la seda, aunque aún enfrenta serios obstáculos para su concreción y podría terminar siendo menos de lo esperado. También de políticas menos amigables como cobrarse endeudamiento de países insolventes con activos de valor estratégico, como sucedió recientemente con el puerto más importante de Sri Lanka. Además de sus inversiones y negocios en América Latina, considerada por Estados Unidos como su patio trasero, y en Europa, sobre todo en Europa del Este.

En síntesis hoy China no disputa el liderazgo mundial a Estados Unidos que seguirá siendo la principal potencia imperialista por los próximos años. El PBI per cápita de China sigue siendo muy inferior, la séptima parte del de Estados Unidos, detrás todavía de Rusia y casi al mismo nivel que México. En el plano militar aunque China está modernizando sus Fuerzas Armadas la disparidad sigue siendo abrumadora, lo mismo en el terreno tecnológico. Y ni en China ni en Rusia, por las particularidades de la restauración, se han consolidado aún una clase capitalista y sigue primando el rol del estado. Pero a la vez, China es demasiado grande, demasiado autosuficiente y bien financiada para sucumbir a la presión económica directa de los EEUU o un grupo de potencias imperialistas. La doble dificultad de China para salir de la loza que impone el dominio imperialista a nivel mundial a la vez que de EEUU de doblegar al más fuerte estado chino en comparación a la China que sufrió la brutal opresión imperialista desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX es lo que explica las tensiones de la situación actual en la principal relación de co-dependencia EEUU/China del consenso neoliberal/globalizador que se está agotando.

El dato objetivo es que la brecha entre ambos se ha estrechado. En 2000, Estados Unidos daba cuenta del 31% de la economía global, y China del 4%. Hoy la porción de Estados Unidos es 24% y la de China 15%. Es sobre esta base que los sectores proteccionistas y los halcones del Pentágono exageran las amenazas tecnológicas asegurando que en algunos años China alcanzará a EE.UU. para justificar con argumentos defensivos una política más ofensiva, por ejemplo exigir la apertura del sector financiero o que el gobierno chino retire la cláusula que impone a las empresas norteamericanas integrar joint ventures y “compatir” tecnología para ingresar a su mercado. Esta línea dura también se justifica en el fracaso de las políticas amistosas de domesticar a la burocracia del PCCh, detrás de la esperanza vana de que el mercado y la entrada a la OMC traería una democracia burguesa pro-imperialista y un mercado interno sin restricciones para el capital foráneo. Lo que muestra que no hay ninguna posibilidad de una “vía pacífica” al desarrollo imperialista de China.

En este marco, la hipótesis a largo plazo de conflicto entre potencias como prioridad puso en marcha una suerte de reedición de la carrera armamentista que involucra no solo a Estados Unidos, China y Rusia, sino también a Japón y las principales potencias de la UE.

Sería un error confundir el posicionamiento estratégico con la política inmediata. Hoy no está planteada una guerra entre potencias, pero el solo hecho de que aparezca como perspectiva nada menos que en la política estatal de Estados Unidos, influye en los acontecimientos actuales y hace más probable la escalada de conflictos regionales en los que ya compiten diversas potencias, como la crisis con Corea del Norte y la guerra civil en Siria.

Las hipótesis de conflicto inmediatas

Corea del Norte
El principal riesgo de un accidente militar está dado por la situación dilemática en la que está Estados Unidos, que como venimos analizando debe elegir entre opciones malas. No puede aceptar que Corea del Norte se transforme en un estado nuclear, algo que de hecho ya es, porque esto dejaría expuesta la pérdida de capacidad disciplinadora del imperialismo norteamericano. Y en principio un ataque militar arriesgaría con desatar una guerra nuclear además de que debería ser unilateral porque no cuenta con el apoyo de los aliados de Estados Unidos en la región. Corea del Sur se opone porque sería el primer campo de batalla de una guerra de este tipo, y ha optado por la vía diplomática con el Norte. Y Japón también se opone.

La situación parece haber dado un giro desde que las dos Coreas instalaron la negociación como medio privilegiado para resolver el conflicto, lo que derivó en la propuesta de una cumbre entre Kim y Trump que se realizaría en mayo. Este vuelco en la situación no borra las profundas contradicciones que hacen que el conflicto sea de difícil resolución. La demanda de máxima de “desnuclearización” del lado norteamericano implica un desarme uniltateral de Pyongyang, mientra que para el régimen norcoreano significa el retiro de armamento sofisticado de Corea del Sur. Ambos a su vez ya están cantando victoria: Trump alega que el régimen de sanciones, al que se sumó China, obligó a Kim a aceptar los términos de una negociación, mientras que Kim considera que haber demostrado los avances misilísticos le dará carta de ciudadanía en el selecto club de países nucleares. No está claro si se realizará la cumbre y cuáles serían sus resultados, mientras tanto, sigue siendo un conflicto de alto riesgo dado la acumulación de recursos bélicos y los interses en juego.

Siria
El recrudecimiento de la guerra civil tiene como causa más inmediata la decisión de Estados Unidos y otras potencias para dinamitar la posibilidad de que el conflicto se cerrara bajo la dirección de Rusia e Irán a los que luego, de manera oportunista, se había sumado Turquía. Este desenlace, aunque con contradicciones, fortalecía la proyección regional del régimen iraní (y de sus aliados como Hezbollah) y le permitía a Rusia casi en soledad reclamar el triunfo sobre el ISIS y mantener una posición el Medio Oriente. La “pax ruso-iraní” era inadmisible para Estados Unidos, Arabia Saudita e Israel. En el corto plazo han tenido éxito y la conferencia de “paz” convocada por Putin terminó en un fracaso.

Los riesgos de un conflicto con repercusiones internacionales van en aumento. Sobre este pequeño territorio sobrevuelan aviones de guerra de al menos media docena de países, entre ellos Estados Unidos, Rusia, Turquía e Israel. En el terreno se vienen enfrentando fracciones armadas por potencias rivales. Lo nuevo es que dada la posibilidad concreta de que el conflicto escale, estas potencias ya no solo actúan a través de testaferros sino que están desplegando tropas propias dentro de Siria. Esto incluye a Estados Unidos que tiene alrededor de 2000 efectivos, la mayoría de ellos asesores militares, que están cada vez más cerca de verse involucrados en batallas concretas con milicias auspiciadas por Irán.

El gobierno de Trump está intentando con una intervención de último momento mejorar la posición de Estados Unidos, pero esta política pragmática no es parte de una estrategia coherente sino que está guiada por el objetivo negativo de contener el avance iraní y la proyección de Rusia.

La decisión de Trump de transformar las milicias kurdas en una suerte de fuerza fronteriza permanente, que sumarían unos 30.000 efectivos, hizo que Turquía (que es miembro de la OTAN) escalara el conflicto para evitar un enclave kurdo en sus fronteras, abriendo un nuevo frente de batalla en Afrin en la región de Rojava, contra un aliado de Estados Unidos.

La guerra civil en Siria tiene importantes consecuencias programáticas. Desde nuestro punto de vista hace tiempo que el levantamiento democrático contra Assad, que fue parte de los procesos de la primavera árabe, se transformó en una guerra civil completamente reaccionaria creando una situación catastrófica para la población civil, ya sea quienes intentan ingresar como refugiados sobre todo a los países de la UE y terminan en campos de concentración o muriendo en el Mediterráneo, como los que no han podido huir y son blanco de bombardeos del régimen y de diversas fracciones en pugna. Un sector de la izquierda, en el que está IS, sostiene que hay un curso una “revolución democrática” contra el régimen dictatorial de Assad y apoyó al “campo rebelde” independientemente de su carácter de clase y su estrategia. Nosotros sentamos una posición de principios, repudiamos al régimen dictatorial de Assad, nos oponemos a toda injerencia imperialista y de potencias extranjeras como Rusia y apoyamos el derecho democrático a la autodeterminación nacional del pueblo kurdo aunque no la política de su dirección nacionalista cuya estrategia ha llevado a sostener una alianza con Estados Unidos y un acuerdo tácito con el régimen de Assad.

Irán
Trump cambió la estrategia de la política norteamericana en Medio Oriente, en particular hacia Irán. Mientras Obama negoció junto con la UE el acuerdo nuclear con el régimen iraní y apostaba a reeditar un cierto equilibrio entre potencias regionales, Trump optó por reforzar las alianzas tradicionales y formar una suerte de frente sunita contra Irán encabezado por Arabia Saudita, al que desde afuera adhiere el Estado de Israel.

Si bien no dejó caer el acuerdo nuclear, le bajó el precio al negarse a certificar el cumplimiento de los compromisos asumidos por el régimen de los ayatolas. Este posicionamiento está exacerbando el conflicto intra islámico entre chiitas y sunitas, que se expresa en un enfrentamiento de bandos encabezados por Irán y Arabia Saudita respectivamente. Esta suerte de guerra fría tiende a hacerse caliente en conflictos como la guerra civil en Yemen o Siria.

Hay una presión sobre todo de Israel para que Estados Unidos dé luz verde para un ataque preventivo contra instalaciones nucleares de Irán, y de ese modo, evitar que el armamento nuclear sea un hecho consumado. Washington por ahora se viene negando, por el elevadísimo costo que tendría un conflicto con Irán, y apuesta a un “cambio de régimen” generado por las propias contradicciones de la sociedad y el régimen iraní. Por eso Trump saludó las movilizaciones de principios de año. Sin embargo, el proceso social en Irán es más profundo, como se vio por los sectores sociales involucrados, y difícilmente pueda ser reconducido a un tipo de “revolución colorida” de las que impulsó Estados Unidos en Ucrania y otros países.

La crisis del proyecto imperialista de la Unión Europea

La burguesía europea tuvo un respiro durante 2017, la economía comenzó a crecer modestamente y la extrema derecha que amenazaba con llegar al poder en Francia y Holanda fue derrotada, dejando más aislada a Gran Bretaña que debía negociar en términos desfavorables el Brexit. El triunfo de Macron en Francia reforzó la política de profundizar la integración del bloque bajo la dirección del eje franco-alemán. Sin embargo, aunque no está a la orden del día la discusión sobre el colapso de la UE y del euro que ocupaba el centro de los debates hace solo un par de años, este relativo optimismo duró poco y han salido a la luz viejas y nuevas contradicciones que tensan el bloque europeo desde la crisis de 2008, superponiendo a las divisiones entre norte y sur otras generadas como resistencia a las políticas del imperialismo alemán y la crisis de refugiados. Estas condiciones recrean las bases materiales de las tendencias soberanistas fundamentalmente de extrema derecha y xenófobas que como fenómeno vino para quedarse más allá de las crisis políticas internas de algunas formaciones importantes como el Frente Nacional en Francia o el UKIP británico. Las últimas elecciones en Italia reforzaron esta tendencia: se hundió el Partido Democrático, la derecha tradicional de Berlusconi también perdió votos y se fortalecieron los partidos antiestablishment: la racista Liga Norte y el “populista” Movimiento 5 estrellas.

La relación entre Estados Unidos y la Unión Europea, que había tenido un gran impulso con Obama, está en su punto más bajo y es casi de ruptura con Alemania. Esta relación empeoró con la amenaza de gravar productos estadounidenses de distritos electorales claves, como las Harley Davidson o el Bourbon en respuesta a medidas proteccionistas de Trump. Esta hostilidad manifiesta cohesiona al motor franco alemán y alienta la búsqueda de políticas independientes del bloque de la UE, entre otras la propuesta de constitución de una fuerza de defensa europea que si bien se viene discutiendo desde hace un tiempo tomó más cuerpo en la última Conferencia de Seguridad de Munich. Pero también las tendencias centrífugas de grupos de miembros de distinta jerarquía dentro de la UE donde los partidos nacionalistas de extrema derecha están en el poder y se identifican claramente con el Brexit o el discurso nacionalista de Trump. En particular esta tensión, alimentada por la crisis de los refugiados, está en ascenso con los cuatro países del grupo del Visegrado –Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia- los tres primeros gobernados por partidos populistas de derecha. Estos ex países comunistas se han transformado en baluartes de la reacción. En el caso de Polonia, cuya principal motivación es la hostilidad hacia Rusia, la crisis con la UE está alcanzando rango constitucional. La discusión de la ampliación de la UE a múltiples velocidades abrió también un frente de crisis en los Balcanes

La tendencia contrarrestante fue la expresión por izquierda del proceso independentista catalán, que a pesar de ser “europeísta” dejó expuesto el carácter de la UE que se alineó sin más con las fuerzas españolistas reaccionarias y monárquicas.

Lo más novedoso es que la crisis política llegó a Alemania, que fue el bastión de la estabilidad y conservadurismo y la potencia regente de la UE. La “era Merkel” está llegando a su fin. En las elecciones de septiembre los dos grandes partidos sufrieron una derrota y emergió Alternativa por Alemania, un partido de extrema derecha que por primera vez accedió al parlamento. Aunque Merkel logró formar un gobierno de coalición con el SPD, este es un gobierno débil surgido después de meses de negociaciones a un alto costo. El SPD enfrenta una rebelión interna justamente porque el eje de su campaña había sido salir de la llamada “gran coalición”. Los une el espanto de que si se convocara a nuevas elecciones subiría la votación a la extrema derecha.

Los gobiernos del “extremo centro”, tanto conservadores como socialdemócratas, han adoptado en gran medida la agenda de la extrema derecha y vienen aplicando políticas estatales anti inmigrante, lo que junto con la acción de las burocracias sindicales que perpetúan la división de a la clase obrera entres “nativa” e “inmigrante”, alimentan el racismo y facilitan la propaganda xenófoba de los partidos “populistas” de derecha. Las diversas “alianzas antifascistas” sin delimitación de clase son impotentes porque la lucha contra el racismo y por la apertura de fronteras está ligada indisolublemente un programa anticapitalista que enfrente a la UE imperialista en la perspectiva de la unidad socialista de Europa.

Agotamiento del populismo y derechas no hegemónicas en América Latina

Después de una década de crecimiento económico y reformismo político, basado fundamentalmente en el súper ciclo de las materias primas, América latina se puso a tono con las tendencias generales de la situación internacional con el fin de esas condiciones excepcionales.

La polarización se expresa en una situación contradictoria: el ciclo de los gobiernos populistas se agotó, hubo un recambio de gobiernos de derecha en la mayoría de los países, (a excepción de Bolivia, Uruguay y Venezuela, Nicaragua, El Salvador y Ecuador donde el giro a la derecha lo llevó adelante el sucesor de Correa) pero esta es una derecha no asentada, que no tiene un proyecto hegemónico como fue el neoliberalismo de los ’90, y debe lidiar con una relación de fuerzas heredada de la situación anterior que no ha logrado revertir, lo que dificulta los ataques neoliberales y las reformas que son el núcleo de su programa económico que pasan pero a un elevado costo. Esta situación se expresa en que entre los favoritos para los principales tres elecciones que habrá en 2018 (Brasil, México y Colombia) no se encuentra ninguno de los partidos o candidatos de la derecha neoliberal. En México, que es uno de los blancos de los ataques de Trump tanto por el NAFTA como por la inmigración y el problema del narcotráfico, el candidato favorito para las elecciones presidenciales de este año es López Obrador, del centroizquierdista MORENA, que más allá de su giro a la derecha aparece como representante del “populismo” latinoamericano.

Estas condiciones hacen difícil la estabilización de los gobiernos de derecha y abre la perspectiva de giros bruscos y cambios de situación política.

Las perspectivas económicas no son buenas. En el último año hubo un repunte del precio de las materias primas y se recuperaron índices de crecimiento, sin embargo, estratégicamente las condiciones internacionales se están tornando adversas para América Latina. Los planes neoliberales de la derecha de “abrirse al mundo” van a contramano de las tendencias proteccionistas de Estados Unidos y la Unión Europea, que no permiten el acceso a sus mercados protegidos como quedó en evidencia en la fallida negociación entre el Mercosur y la UE. Las inversiones imperialistas son escasas y fundamentalmente van a la especulación financiera. Y la suba de tasas de interés que ya se da por descontada es una muy mala noticia para países que han aumentado su deuda como Argentina.

El continente es parte de la disputa internacional entre Estados Unidos, que perdió terreno y ahora lo quiere recuperar, y China que se transformó en un socio comercial clave de la región. Según los documentos presentados en el II Foro de la CELAC-China de enero de este año, en 2017 el intercambio comercial con China llegó a 266.000 millones de dólares y las inversiones extranjeras directas chinas ascendieron a 115.000 millones, concentradas en tres países (Brasil, Perú y Argentina) y en los sectores de minería e hidrocarburos.

La política de Trump es recuperar influencia y negocios en el antiguo patio trasero norteamericano. Con ese objetivo envió al ahora ex Secretario de Estado Rex Tillerson en una gira por cinco países de la región. El funcionario norteamericano arrancó a la ofensiva, con una versión recargada de la “doctrina Monroe” dirigida ya no contra España sino contra China para comprobar rápidamente que está fuera de la realidad de la región y que hasta los gobiernos más alineados con Estados Unidos como el de Macri, que fue uno de los pocos que se abstuvo en la ONU sobre el reconocimiento por parte de Estados Unidos de Jerusalén como capital de Israel, no están dispuestos a resignar las relaciones económicas vitales con el gigante asiático. El objetivo de este viaje de Tillerson fue alinear a los gobiernos afines con una política más dura contra Venezuela y Cuba, aunque el límite para una mayor injerencia imperialista es que el continente viene de una década en la que adquirió cierto grado de autonomía y donde donde el antinorteamericanismo (y el antitrumpismo) es uno de los más altos del mundo.

Por una combinación de elementos objetivos y subjetivos, la situación más avanzada es la de Argentina donde la acción de masas del 18 de diciembre contra la reforma jubilatoria de Macri cambió la relación de fuerzas y abrió una situación transitoria lo que plantea nuevas perspectivas de construcción para el PTS que discutiremos en el próximo congreso partidario.

En Brasil la crisis política y la polarización se expresan de manera abierta y aún no hay un candidato potable de la burguesía para las próximas elecciones presidenciales. El golpe institucional contra Dilma hoy tiene su continuidad en la acción bonapartista del poder judicial y la operación Lava Jato, por la que Lula, que sería el candidato más votado si se presentara a elecciones, está condenado y podría ir a prisión. Aunque la situación puede dar un giro luego del asesinato de Marielle Franco, concejala del PSOL en Río de Janeiro del que el régimen golpista es responsable más allá de quiénes sean sus autores materiales (narcos o policías). La izquierda está dividida entre un ala que se sumó al campo golpista (PSTU y un sector del PSOL) y otra que tiende al frentepopulismo con el PT. En ese sentido, el sector mayoritario del PSOL suscribió un manifiesto desarrollista con el PT y partidos burgueses como “base” para la acción parlamentaria, aunque presenta la candidatura de Boulos con otro programa, el de la plataforma “Vamos”, que es más del tipo “neorreformista”, con medidas que no levanta el PT). Para sentar las bases de un partido revolucionario es necesario separarse de estas dos posiciones igualmente oportunistas.

La crisis en Venezuela es la más aguda del continente. La derecha proimperialista intenta capitalizar aún sin éxito la decadencia del chavismo utilizando la doble presión de los gobiernos de derecha de la región y la injerencia de Estado Unidos y de la Unión Europea. El gobierno de Maduro ha perdido base popular y como todo gobierno bonapartista se apoya en las Fuerzas Armadas para mantenerse en el poder, aumentando el control social sobre los sectores populares y la represión para evitar un estallido similar al Caracazo motorizado por la catástrofe económica y social. Las Fuerzas Armadas han pasado a concentrar los resortes del poder transformándose en el árbitro de cualquier salida burguesa a la crisis. Mientras que las corrientes del populismo latinoamericano siguen absolviendo al chavismo de su responsabilidad en esta catástrofe nacional y justifican sus medidas represivas incluso cuando se dirigen contra trabajadores y pobres hambrientos, sectores de la izquierda, como los grupos que se reivindican morenistas, se oponen al bonapartismo de Maduro pero desde una posición democrática liberal, sin partir de la lucha contra el imperialismo y la derecha escuálida que son agentes directos de los empresarios y banqueros. La situación en Venezuela muestra la debacle del nacionalismo burgués. El régimen chavista mantuvo la estructura rentística del país, no cambió las relaciones sociales fundamentales, a pesar de haber llevado adelante nacionalizaciones de empresas, ni tampoco terminó con la dependencia nacional con respecto al capital imperialista. Aún hoy, en medio de un desastre económico sin precedentes, el gobierno de Maduro sigue pagando la deuda externa y aplica medidas antipopulares, mientras la camarilla que detenta el poder del estado y la burguesía siguen beneficiándose. Nuestra corriente viene levantando la necesidad de una salida obrera independiente, contra el bonapartismo de Maduro y contra el imperialismo y sus agentes.

Lucha de clases y perspectivas políticas para la FT

En el último período se vienen desarrollando nuevas tendencias de la lucha de clases que pueden estar anunciando procesos más profundos de la clase trabajadora, influidos por la irrupción de grandes movimientos progresivos (aunque policlasistas) en particular el imponente movimiento de mujeres que se volvió a expresar el pasado 8 de marzo y nuevos fenómenos políticos en la juventud.

Lo más avanzado ha sido el proceso en Cataluña, a pesar del rol catastrófico de su dirección burguesa a la que se adaptaron las corrientes del independentismo radical pequeño burgués como la CUP. Nosotros intervenimos planteando claramente una posición revolucionaria, levantamos la perspectiva de una Cataluña obrera y socialista que sea un punto de apoyo para luchar desarrollar la lucha anticapitalista y antimonárquica en el conjunto del Estado español.

En Argentina las jornadas del 14 y 18 de diciembre cambiaron la relación de fuerzas, y de hecho hicieron retroceder el plan de ataque más ambicioso que tenía el gobierno de Macri, que pretendía aprobar una reformar laboral que atacaba importantes conquistas del movimiento obrero. Esta situación política más general crea mejores condiciones para las luchas parciales contra despidos que se dan en sectores puntuales, tanto en el estado como en el sector privado, donde la estrategia del PTS es coordinar estas luchas y ligarlas a los movimientos masas progresivos como el movimiento de mujeres.

En Francia el gobierno de Macron ha lanzado un ataque contra los ferroviarios que pretende transformar en un conflicto testigo para pasar su agenda neoliberal. El plan de guerra es avanzar con la apertura de la competencia, liquidar conquistas y cerrar ramales no rentables. Los sindicatos ya preparan la resistencia que tiene el potencial para transformarse en un conflicto de gran magnitud. A otro nivel, la huelga de Onet protagonizada por sectores precarios de la clase obrera se ha transformado en un conflicto de gran visibilidad que terminó en una victoria, mostró cómo una política y una estrategia justas permiten la politización de los sectores más oprimidos de la clase obrera. El rol de la CCR ha sido un factor central en este resultado.

También fueron novedosas las huelgas de la IG Metall en Alemania, de la que participaron algunos cientos de miles de trabajadores, paralizando importantes automotrices. Estas huelgas le dieron visibilidad a la reducción de la jornada de trabajo, aunque en clave reformista. A pesar de la dirección burocrática que llevó a un resultado mixto, es probable que esta acción haya subido las aspiraciones del conjunto de la clase obrera que tiene un amplísimo sector precarizado sobre todo de jóvenes. Y en Estados Unidos, la huelga de los docentes de West Virginia desafió las leyes anti huelga en un estado donde ganó Trump nada menos que con el 68% de los votos.

El movimiento de mujeres sigue siendo el principal fenómenos de alcance internacional, en el que también confluye la juventud. Aunque tiene un carácter progresivo, tomado de conjunto es un movimiento policlasista, donde nuestra estrategia es intervenir para construir una fracción feminista socialista en lucha política e ideológica contra el feminismo liberal y el feminismo radical.

Las tendencias que desarrollamos en este documento de mayores tensiones económicas, polarización política y crisis de los partidos patronales plantean la perspectiva de situaciones cambiantes y giros bruscos, donde puedan emerger procesos más agudos de la lucha de clases, radicalización política y surgimiento de fenómenos políticos progresivos (tendencias centristas progresivas, etc.), sobre todo en los países donde se combinan el peso del movimiento obrero con tradiciones políticas de izquierda, como Argentina o Francia, que creen mejores condiciones para la construcción de partidos obreros revolucionarios.







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