Internacional

CRISIS EN BRASIL

“Tenía que ser JBS”: la historia del gigante antiobrero que delató a Temer

Cómo construyeron su imperio los Batista. Lula, las translatinas brasileñas y los roces con el imperialismo norteamericano. Mataderos JBS SA: campeões mundiais de los accidentes laborales. Brasil y Argentina: sus ganancias, nuestras vidas.

Martes 23 de mayo | Edición del día

“Donó 260 millones de reales a los políticos y a sus trabajadores les retira el programa de salud. Tenía que ser JBS”. El cartel colgaba hace algunos meses del portón de una de las plantas procesadoras de pollos en Santa Catarina, Brasil. A mujeres con los pulmones destrozados por el frío y las manos agarrotadas por los 100 movimientos que realizan cada minuto, una empresa que factura miles de millones de dólares les ofrecían 1% de aumento de sueldo. Y encima les obligaban a pagar su propio seguro de salud.

El ahora famoso Joseley Batista observaba la foto con una mueca de desprecio. Estaba lejos de allí, en su departamento en Nueva York, o en el despacho de un ministro. Qué importa. No es más que una postal de la historia de la megaempresa que le dio el último empujón a la crisis política brasileña.

Moneda de cambio

Joesley Batista no es un “matarife” cualquiera. Los Batista tienen “lomo” para bancarse las consecuencias. Dueños de uno de los principales imperios alimenticios del mundo, los hermanos Batista planificaron su jugada. Antes de terminar presos, acorralados por el Lava Jato, entregaron la lista de 1.800 políticos a los que dieron coimas durante años. Luego patearon el tablero “delatando” a Temer y arrojando su Gobierno a la agonía. “Negocios son negocios”.

Como explica El Cronista (19/5), “JBS ‘rifó’ a Brasil para garantizar su llegada a EE.UU. Pero Joesley Batista lo hace para asegurar el pasaporte de su grupo hacia el exterior. Para garantizar la ejecución del plan trazado, la empresa y sus controladores necesitaban estar en línea con las exigencias del Departamento de Justicia de Estados Unidos, el poderoso DOJ”.

Es parte de un proceso que había comenzado hace algunos años con la apertura y compra de plantas en EE.UU. y que los ha llevado a concentrar en “el amo del Norte” 56 fábricas de procesamiento y casi la mitad de sus ventas globales. Hace pocos meses había hecho su oferta inicial de acciones (IPO) en la Bolsa de Nueva York.

El proceso de transnacionalización de JBS tuvo sus cuotas de “carne podrida”, pero no es más que un reflejo de las estrategias de la burguesía brasileña y sus relaciones con el imperialismo norteamericano. Veamos.

Campeões mundiais

José Batista Sobrinho arrancó faenando 5 vacas por día, allá por 1953. Pocos años después algunos contactos le permitirían ser uno de los proveedores de carne para las grandes contratistas que construirían Brasilia, la nueva capital del país. Sin embargo, el crecimiento exponencial de JBS se daría recién en las últimas décadas.

Iniciadas en los años ’90, las inversiones brasileñas en el exterior darían un nuevo salto en los primeros años de este siglo. JBS sería parte de ese proceso. No se trataba de simples “emprendedores”, sino de una estrategia impulsada desde la misma “junta de negocios comunes de la burguesía”, o sea el Estado, brasileño en este caso.

Como analiza el periodista Raúl Zibecchi en su libro Brasil Potencia, “durante el gobierno de Lula el BNDES – Banco Nacional de Desenvolvimento Económico y Social – modificó sus estatutos para poder apoyar la implantación de empresas brasileñas en el exterior. Se elegía a los “campeones nacionales”, es decir grandes grupos privados, para hacerlos competitivos en el mundo”.

No hablamos de “estímulos”. Como analiza Zibechi, “en la primera década del siglo los desembolsos del BNDES crecieron un fabuloso 470 %. Las impresionantes palancas que representan el BNDES y los fondos de pensiones están siendo utilizadas para reorientar el capitalismo brasileño en función de los intereses estratégicos de la elite en el poder”.

Así, los préstamos del BNDES tuvieron “un efecto concentrador de la riqueza y facilitador de la creación de monopolios, ya que el 57 % favorecieron a sólo doce empresas, dos de ellas estatales (Petrobras y Eletrobras) y el resto privadas”.

Efectivamente, Petrobras fue la “nave insignia” de la estrategia de la burguesía brasileña. Más allá de las disputas entre sus distintas fracciones, todas coincidían en la estrategia de transnacionalización.

La primera gran operación del BNDES fue, justamente, el apoyo a la compra de Swift Armour, el principal frigorífico de Argentina, por parte de Friboi-JBS. Dos años más tarde se quedaba con la Swift de Estados Unidos, golpeado por las primeras consecuencias de la crisis capitalista en la principal economía del mundo.

La “familia” se había agrandado. Los Batista crecían y se endeudaban gracias al apoyo del banco gestionado por el “Partido de los Trabajadores” de Lula. Dilma continuaría la “faena”. En 2011 la sociedad llevaría a los Batista a delegar su lugar como principal accionista en manos del BNDES, que reunía el 35 % del capital total.

JBS aprovechó los Gobiernos petistas para convertirse, en los últimos años, en la segunda empresa de alimentos del mundo, detrás de Nestlé. Los beneficios estatales se sumaban a la brutal concentración de la tierra en Brasil y la modernización de la agroindustria, que había llevado a un impactante aumento de la productividad. El agronegocio verde amarelo llegó a abarcar en los últimos años casi un cuarto del PBI y más del 40 % del superávit de la balanza comercial.

En medio de la crisis mundial y la incertidumbre sobre el crecimiento de EE.UU. y Europa, los gigantes brasileros del agrobusiness aprovecharon todas esas ventajas para “pasar a la ofensiva”. Así emergió el imperio que el año pasado facturó 50.200 millones dólares, el triple que en 2012, con negocios en 150 países y proveedor directo de grandes cadenas como McDonald’s y Burger King.

Y así llegamos al punto. Semejante ambición, la de los campeones nacionales que quieren ser campeones mundiales, no sería gratis. El proceso de internacionalización impulsado por el Estado brasileño generaría algunas sociedades, pero también muchas fricciones con el imperialismo, sobre todo norteamericano.

Esas tensiones se habían sentido hace algunos meses con el escándalo "Carne Fraca", cuando varios empresarios y funcionarios fueron imputados por la adulteración de carnes en mal estado, afectando los negocios en el exterior. Hoy son los que avivan el “Lava Jato”, el pase de los Batista y una crisis política que “não tem fim”.

Campeones mundiales…de lesiones y accidentes de trabajo

Valdirene trabajó once años en el sector de deshuese de muslos de pollo de planta de JBS Criciúma. Durante mucho tiempo estuvo orgullosa de su récord productivo: desosaba once muslos por minuto. Los supervisores la mostraban como medida y ejemplo de lo que debían hacer sus compañeras de línea. Un día Valdirene no pudo más. O al menos sus manos y tendones.

Con tres hijos para alimentar, quedó lisiada a los 35 años.

La de Valdirene es una historia. Pero hay muchas más, detrás de los 237.061 "colaboradores" -así es como llama JBS a sus trabajadores- distribuidos en las 300 plantas que tiene en decenas de países. Los Batista no solo se aprovecharon de las ventajas de las tierras y la agroindustria brasileñas, o de los favores de los gobernantes de turno. También de cada nervio y cada músculo de esos “colaboradores”.

Como reflejó una investigación de Esquerda Diário, en la industria de la carne las enfermedades y accidentes son más frecuentes en las mujeres. Son las que más sufren lesiones por esfuerzo repetitivo (alrededor de 80-120 golpes por minuto en huesos de pollo, cuando la legislación permite hasta 35 golpes por minuto). “La inflamación en los tendones lleva a muchas mujeres a perder su autonomía para realizar cuestiones tan cotidianas como peinarse o abrocharse la camisa. Otro problema son las quemaduras y deformidades en los dedos causadas por la exposición continua al intenso frío”.

Los ritmos insoportables llevan a otro dato doloroso: la alta rotación de sus trabajadores. El 40 % no llega al año de trabajo antes de ser reemplazado (o buscar otro empleo para no destruir su cuerpo).

Y los ritmos no son ni siquiera el principal problema. JBS no respeta los tiempos de descanso ni las condiciones mínimas que debe tener el ambiente de trabajo donde la humedad y el frío pueden ser inhumanos. Como cuenta un delegado sindical de Criciúma en el sitio de la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación, “varios médicos nos han dicho que es necesario respirar oxígeno natural para que el cerebro pueda trabajar normalmente. Alguien que permanece tantas horas dentro de un ambiente artificial puede tener otros perjuicios que podrían desencadenarle enfermedades físicas o psicológicas. ¿Si las hemos detectado en los trabajadores? Sí, hay una incidencia creciente de enfermedades mentales”.

Por si faltara algo, en agosto de 2014 JBS fue condenado, entre otras irregularidades, por servir carne con larvas de moscas a trabajadores de una de sus plantas en Juruena (Mato Grosso).

Con el permiso del Ministerio de Trabajo – no solo de Temer sino durante años de Lula y Dilma – los Batista no solo impusieron esas brutales condiciones, sino que persiguieron a quienes las enfrentaban. Esquerda Diario viene difundiendo desde 2015 la campaña por la reincorporación de Andreia Pires (una trabajadora de JBS Osasco despedida por reclamar) y contra las precarias condiciones de trabajo de sus miles de compañeros.

As vaquinhas são alheias: las vaquitas son ajenas

La expansión de JBS tenía en Argentina una de sus plazas fuertes, con 6 grandes plantas y otros negocios. Cuando los negocios no le fueron tan bien, cerró cuatro de ellas y produjo más de 6 mil despidos. Cristina Kirchner, que lo mostró como un modelo de “producción con valor agregado” les ofreció distintas ventajas impositivas, pero aun así los Batista prefirieron descargar la crisis sobre los trabajadores.

Ni siquiera los motivó el hecho de que el Ministerio de Trabajo argentino tendría tanta tolerancia como sus amigos brasileños. Un buen ejemplo es la planta de Villa Gobernador Gálvez, en las afueras de Rosario. Allí la empresa decidió, de una semana a la otra, aumentar la jornada de trabajo a 10 horas. Cuando dos de los delegados reclamaron, no pudieron volver a ingresar a la planta.

Uno de ellos contaba a la agencia Anred que “tenemos mucha superexplotación. Estamos sometidos a trabajar a un ritmo muy elevado: tenemos 900 cabezas todos los días en 9 horas. Los compañeros terminan agotados, con dolores en los brazos, las manos y la cintura”. Pero el “moderno” JBS tenía preparados unos piletones con hielo que “hacían el milagro” de que los brazos siguieran funcionando. “Es una rutina que se hace diariamente: la empresa los llama por legajo y dicen a quién le toca meter la mano en los piletones con hielo. Dicen que es para desinflamar los tendones y evitar accidentes de trabajo. Pero la realidad es que se trata de una forma para que rindan al 100 % en la productividad y evitar que vayan al seguro y estén tres o cuatro días afuera de la planta”.

Los activistas perseguidos llevaron adelante distintas medidas reclamando su reincorporación.

Así como imponía los despidos y la precarización, el gigante frigorífico tenía el poder de imponer los precios del ganado que compraba, o los precios de góndola. Sus negocios en Argentina siempre fueron fabulosos. Seguramente los habrá agradecido generosamente a los funcionarios de turno.

No va más

Quizá algunos de estos datos e historias ayudan a entender un poco cómo se fue gestando no solo el imperio de los Batista, sino el escándalo político que enchastra a todo el régimen político del vecino país. No son más que una cabal expresión del capitalismo brasileño de los últimos años. Favorecidos por millonarios fondos y beneficios estatales, pagaron generosamente los favores a los gobernantes de turno.

Lula lo sabía, Temer también.

Por eso, no puede venir ninguna solución de estos políticos corruptos. Como dice el Movimiento Revolucionarios de Trabajadores, sobran las razones para expropiar JBS y que la administre el pueblo trabajador: para acabar con el hambre que sufren millones; para defender la vida y la salud de quienes trabajan en esos mataderos; porque los fondos públicos tienen que servir para mejorar la salud, la educación y las condiciones de vida de la población, no para enriquecer a los empresarios; para terminar con los privilegios de políticos y empresarios; porque la crisis que no es nuestra, que la paguen los capitalistas.

En Argentina y Brasil, nuestras vidas valen más que sus ganancias.






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