Cultura

TRIBUNA ABIERTA

Taller Literario Gredazul: Desde una revaloración de la Literatura Clásica

Taller Literario Gredazul cultiva diferentes tendencias estéticas, entre ellas, resulta fundamental la exploración y redifinición de las formas clásicas aportadas por la cultura griega y romana en los albores de la historia de la literatura.

Martes 10 de abril | 07:31

Entendemos, como Literatura Clásica, las obras literarias escritas por los autores griegos y latinos, durante el siglo X A.C., hasta el siglo V D.C. Ésta, se sustentó en la búsqueda de un ideal de belleza y perfección, explicando los orígenes del mundo y la creación a través de una forma preliteraria de carácter sagrado y religioso: “el mito”.

Es un tipo de literatura fundacional, con personajes que son héroes, dioses o semidioses y se sitúa en los tiempos aurorales del universo. Pertenece a la tradición literaria oral, en tiempos en los cuales, no existía aún la imprenta.

En este período, además, se desarrollaron los géneros literarios épico, lírico y dramático.

La lírica clásica se escribió en verso o en prosa poética y se caracterizó por la presencia de un yo lírico, que expresaba sus sentimientos y sensaciones, desde una perspectiva subjetiva, mostrando de este modo, la realidad física o exterior circundante. Predominó, por lo tanto, el uso de la primera persona gramatical, y como forma de expresión “el poema", con una segmentación de los versos en frases , formando series de rimas, separadas en estrofas y exhibiendo un ritmo determinado. Los versos eran distintos, según su número de sílabas y también varió el tipo de composición empleada: soneto, romance, elegía, oda, etc.

Son grandes exponentes de la Literatura Clásica: Safo, Píndaro, Tirteo, Solón, Arquiloco (género lírico); Homero, Esiodo (género épico) y Esquilo, Sófocles, Aristófanes, Menandro, Eurípides (género dramático).

Con posterioridad, otras épocas de la historia de la literatura replicaron los modelos del arte clásico. Es así, como durante el oscurantismo de la Edad Media, los emperadores soñaron con restablecer el imperio romano e iniciar un verdadero renacimiento de las letras latinas. Asimismo, en el Renacimiento del siglo XVI, los poetas, también, miraron con nostalgia y devoción la Antigüedad Clásica grecolatina.

Este fenómeno, se extendió al Neoclasicismo del siglo XVIII , movimiento artístico y cultural, fundado en la cultura clásica; y luego, al siglo XIX, plasmándose en múltiples manifestaciones del arte como: la música, pintura, arquitectura y literatura.

De este modo, se desarrolló el “Clasicismo", como un estilo del arte, inspirado en los preceptos y valores de la Antigüedad Clásica, vigentes en el apogeo de las civilizaciones griega y romana, en que predominó la búsqueda de perfección física, estética e intelectual del hombre. Este movimiento, se caracterizó por: equilibrio entre forma y fondo, armonía, racionalidad y búsqueda de proporciones formales.

Como hemos visto, la admiración e imitación del modelo incorporado por la Literatura de la Antigüedad Clásica, existe hasta nuestros días.

Al respecto, entre los Talleristas de Gredazul, existe una preocupación constante por las exploración de estéticas y formas pertenecientes a la tradición literaria universal. En esta oportunidad, deseo destacar la labor literaria del poeta Daniel Reinberg, gran estudioso y amante de la impronta, dejada por la Literatura Clásica en la poesía contemporánea.

Sobre Daniel Reinberg Corbalán: Periodista y poeta. Ha participado en numerosos circuitos literarios y culturales. Ganador en el género poesía, del “Segundo Concurso de Literatura Andrés Bello”, convocado por la Universidad Andrés Bello, el año 2002.

LA EDAD DE ORO

Tendremos edades en áticos bosques,

miradas celestes entre sus columnas,

que en tardes de besos, sin ley ni dolores,

nos liguen a danzas de formas desnudas.

Nuestras rebeliones, "asunto de niños",

verán en la muerte una mar diamantina

entrando en sus aguas va libre el navío,

de crueles mercados se olvida a distancia.

Mira los faroles, como se consumen,

y escuchas el paso asustado del hombre.

Qué pocos han ido a beber de sus ubres,

mas triunfa de nuevo el caos de la noche,

luego , el eco de las avenidas solas,

y el alto susurro de las alamedas,

su imperio de sombra protege las hojas,

contrae la flor y la inviste de estrella.

La aurora regresa cuando la simiente

sus brotes me muestra sobre sepulturas,

los valles dispuestos a ensueños sin sierpe,

serán nuestro lecho junto a ruinas mudas.

DOLCE FAR NIENTE

“Lo único verdaderamente revolucionario es el ocio” (F. Engels)

Que el último laurel de Apolo,

urdido en manos favorables,

no me pida tinta en sus hojas

y espere solo en un estante,

mientras yo, igual a un ocaso,

seré sin esfuerzo mecido,

en puertos cargados de joyas,

soltando la amarra al navío…

Invítame, dulce descanso,

letras de boca a la almohada,

mirando el juego de las ondas

que mutan sobre tu agua arcana.

Sé como un éxtasis de muerte

remando junto a las terrazas,

piel eterna que en penumbra

escancia su copa en el alma…

Mi bella Sofía acaricia

las plumas del cisne de Leda,

oculta al seño del banquero,

su mirar, de misterio es llena.

Sopla, sobre esta tarde sola,

para que el globo absorto gire,

y se reúnan los amantes,

cuando su primer astro brille…

EL CÍNICO

Sólo una vez, quizás, pero en la marisma que pesa en mi párpado opaco

se deja ir la niña, tan confundida en su sinuosa corriente a la resaca,

pues, la reclama el mar que la pierde y lleva su cadáver hasta Lesbos,

donde lenguas poderosas la levantan sin la huella de su pasado astuto,

para hendir el temblor, subirlo desde su vientre hasta doblarle el cuello

hacia un dulce plañido de ojos cerrados con rubor,

desguantando la mano presta del tonto que urdió las llaves

que hacen crecer ventanas abiertas en invitación al juego de la rosa y el acial,

creyendo temprana la ambrosía del beso que falla

a los pies que arrastran crímenes de noches paridas por una famélica juventud,

experta en pedir la unción del plástico

soplando arena para llenar las arrugas que oprimen mi garganta,

tras el guardia azul del meadero, o en rincones cenicientos que me dejan

saboreando a veces la moneda templada de los cráneos.






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