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Surrealismo: André Breton, hijo de Coatlicue

Coatlicue es la madre de todos los dioses de los aztecas. También madre, adoptiva, de los surrealistas.

Sergio Abraham Méndez Moissen

México @SergioMoissens

Domingo 20 de mayo | 16:17

Coatlicue tiene una falda de serpientes, una cabeza bicéfala, un collar de corazones. Representa la vida y la muerte: diosa madre de Huitzilopochtli. Este último el "dios de la guerra" que convenció, según el mito de Aztlán creado por Tlacaelel, a los nahuas de fundar México-Tenochtitlán donde encontraran una águila devorando una serpiente arriba de un nopal.

A Coatlicue también le llamaban Tonatzin, era virgen y luego del cuestionamiento de su hija Coyolxauhqui sobre su paternidad ella decidió asesinarla y sufrir desmembrada el tormento eterno. Coatlicue es un impresionante monolito que tiene el pecho lleno de cráneos.

Representa la madre de todos los dioses. Pero también la catástrofe de la naturaleza; además de bondad, ella recuerda lo cruel que puede llegar a ser la naturaleza. La muerte insaciable y la guerra destructiva.

Y es que, para los surrealistas, en especial para Breton, Antonin Artaud (fascinado por la historia de Moctezuma) y para Benjamin Péret la cultura indígena representaban valores más cálidos a los de occidente. Las culturas llamadas “bárbaras” fascinaban de un modo romántico a los surrealistas: la magia, la adoración por la naturaleza, al maíz, a la comunidad representaban valores opuestos a los de la civilización moderna capitalista.

La madre Coatlicue fue descubierta por vez primera en 1790 y el Virrey Revillagigedo decidió llevarla a la Universidad de la Ciudad de México como homenaje al pasado destruido. Pero los profesores decidieron que debía ser enterrada de nuevo. Era peligroso revivir el pasado de los indios y permaneció enterrada hasta que el alemán, Alexander Von Humboldt, viajó a México para conocerla. La desenterraron y volvieron a ponerla bajo tierra hasta que luego del proceso de Independencia fue ubicada de nuevo en la universidad. Su posterior camino al Museo Nacional de Antropología fue en la época de Lázaro Cárdenas.

André Breton llegó a México en medio del cardenismo. Visitó a León Trotsky en Coyoacán y escribió, luego de un extraño complejo de “Cordelia”, el Manifiesto por un arte revolucionario independiente. Algo que enojó a Trotsky fue que el surrealista tomaba “prestadas” algunas de las figuras arqueológicas en los templos e iglesias que visitó en su compañía.

Breton entonces, en una charla en México mientras estaba custodiado por obreros de la construcción que encomendó Trotsky para que no le sucediera ningún atentado, declaró su fascinación por nuestra madre Tonatzin, “México, mal despertado de su pasado mitológico sigue evolucionando bajo la protección de Xochipilli, dios de las flores y de la poesía lírica, y de Coatlicue, diosa de la tierra y de la muerte violenta, cuyas efigies, dominando en patetismo y en intensidad a todas las otras, intercambian de punta a punta del museo nacional, por encima de las cabezas de los campesinos indios que son sus visitantes más numerosos y más recogidos, palabras aladas y gritos roncos. Este poder de conciliación de la vida y la muerte es sin lugar a dudas el principal atractivo de que dispone México. A este respecto mantiene abierto un registro inagotable de sensaciones, desde las más benignas, hasta las más insidiosas.”

A su modo André Breton era hijo de Coatlicue: madre de la catástrofe en Mesoamerica.

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