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Su cuarentena y la nuestra: Vicentin, Champagne y el subsuelo social

Ayer fue noticia que uno de los dueños de la reconocida empresa Vicentin, Gustavo Nardelli, fue detenido por Prefectura mientras paseaba con su yate, con el emblemático nombre “Champagne”, en plena cuarentena. Es una imagen muy pero muy lejana a la que se ve en los barrios populares donde la cuarentena es una condena social de hacinamiento y hambre.

Martes 24 de marzo | 01:53

Nardelli se habrá despertado molesto. Quizá furioso. Harto del encierro. Nunca había sentido la limitación de estar encerrado en su caserón, de solo disponer de su jardín, de su pileta climatizada, de su cancha de tenis, de su ejército de empleadas domésticas. Nunca experimentó, pobre Gustavo, el asfixiante confinamiento que implica “solo” disponer de su mansión. Miró al cielo y habrá pensado, imaginemos: “qué lindo día para navegar” y “a mí nadie me dice qué puedo y qué no puedo hacer”. Gustavo prendió la nave que tiene como auto y fue a buscar su Yate. Se navega.

Como si fuera el campeonato mundial de simbolismos, el dueño de Vicentin, la mega empresa cerealera, se subió (¿se dirá así?) a su yate, que se llama Champagne. Quizá pudo ponerle Caviar, pero el nombre estaba registrado. Quizá se le ocurrió llamarlo Impunidad, pero era un nombre muy fuerte. Nardelli encendió (¿se dice así?) su yate y empezó a navegar en la soledad única e irrepetible de la cuarentena fluvial. Habrá abierto un champán (je), habrá picado algo y suspirado: “qué lindo y qué cómodo es ser yo”.

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Navegó con su yate Champagne por las inéditamente solitarias y apacibles aguas del Paraná hasta que fue detenido por Prefectura. A Nardelli lo detuvieron porque se cansó de pasar la cuarentena en una mansión que la mayoría de los argentinos necesitaría seis o siete vidas para poder comprar. A Nardelli no le gustan que le pongan límites, que le digan qué hacer. Justo a él, él que siempre, siempre hizo lo que quiso.

Parasite

Dijimos, Nardelli es dueño de la cerealera Vicentin, que a fin de año sacudió el universo empresarial al anunciar un default monstruoso de U$S 1000 millones, amenazando con un quiebre sin precedentes en el mundo financiero local. Es un coloso aceitero en un mundo y un país donde las aceiteras pisan fuerte.

Vicentin no es una Pyme, no es uno de esos comercios de barrio, de los que tienen la puerta cerrada por la cuarentena obligada. No. En 2014 facturó 2.800 millones de dólares. En 2018 vendió por un total de 118 mil millones de pesos y tuvo ganancias por 1.800 millones. Fue la sexta exportadora nacional. En el primer cuatrimestre del año pasado exportó 2,6 millones de toneladas en total, concentrando el 21% de la molienda de soja y el 24% de la de girasol del total nacional. Una bestia. Vicentin incursiona en varios rubros. Desde biodiesel a vinos. A pesar de sus ganancias récords, tomaron créditos multimillonarios del Banco Nación y otras entidades financieras y chocaron la calesita, amenazando con despidos de mil familias en toda la provincia de Santa Fe. Vicentin es, además, parte del núcleo duro de empresarios que impulsó el golpe militar (y la represión paraestatal previa, durante el gobierno peronista) para liquidar todo atisbo de resistencia obrera y normalizar su prosecución de la ganancia sobre la sangre de 30 mil personas. Responsabilidad que viene bien recordarla un 24 de marzo.

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Vicentin. Nardelli, es un parásito. Uno que anda en yate durante la cuarentena. En un yate llamado Champagne.

El subsuelo del Champagne

Como sucede en la película surcoreana, por debajo del festival de privilegios a prueba de cuarentenas del que disfruta el vivillo Nardelli, hay un subsuelo social de millones de trabajadores, trabajadoras, personas desocupadas, pobres, que ya vivían una situación precaria, muy precaria, antes de la explosiva y súbita irrupción. Trabajadores informales, laburantes no reconocidas o reconocidos por sus empleadores, empleadas domésticas, pobres diablos que vienen siendo sacudidos por un empeoramiento social que pegó como un látigo y dejó a la vista de todos la crudeza de esta realidad. Si el salario en blanco ya no alcanza. Si “la changa” es ya un paliativo inefectivo y volátil comparado con ese salario, la imposibilidad de la changa, por el cierre impuesto por la cuarentena, es un precipicio oscuro y con un final incierto, lejano, angustioso.

El coronavirus aceleró dispositivos que ya estaban en movimiento previamente a esta crisis. En el subsuelo de esa fiesta exclusiva y excluyente de los Nardelli y sus colegas sociales, las cosas ya estaban mal y ahora están mucho peor.

Quedate en casa: ¿en qué casa?

La trabajadora social María Victoria Cano decía hace pocos días en El Ciudadano que el slogan “quedate en casa”, enarbolado por un amplio espectro político y militado por famosos en redes sociales, no es igual para todos los sectores sociales. En primer lugar, sencillamente, porque algunos no tienen casa. En segundo lugar porque para inmensas mayorías sociales la “casa” es un espacio limitado en tamaño y despojado de todo tipo de lujos o directamente comodidades. Cosas esenciales. Cano se pregunta, quizá con sarcasmo: “¿Cómo es tu casa? ¿Cómo es tu cotidianeidad en esa casa? ¿Cómo habitás ese espacio?”.

El “quedate en casa”, con el que el gobierno nacional, apoyado con no poco énfasis por los diarios del otro lado de la grieta, insiste en acentuar en las responsabilidades individuales por sobre el plan, las inversiones y las medidas del Estado para enfrentar al coronavirus. Abstrae las condiciones sociales no de “la cuarentena”, sino de las distintas cuarentenas. Es, por lo tanto, una frase un poco hipócrita.

Porque no es lo mismo el caserón inconmensurable de Nardelli, que casas en alquiler, monoambientes infinitesimales o chozas donde se hacinan familias enteras. No es igual el enorme despliegue de privilegios y derechos autoasignados por capitalistas como Nardelli, que el vacío infinito de familias a las que no le entra un peso, o que les entran unos pesos miserables de alguna asignación, de algún subsidio. No es lo mismo el bramido orgulloso del motor del yate Champagne, que el rugido vergonzoso de una panza con hambre, la incertidumbre de un trabajador, la angustia de una madre soltera. ¿No?

Y después de la indignación, ¿qué?

Lo de Nardelli provocó una bronca infinita y deseable en miles y miles que miraban en sus televisores la opulencia de la cuarentena de “ellos” mientras administran el despojo de la cuarentena propia. Tinelli, apenas enterado del anuncio del confinamiento, armaba su bolsito y rajaba a Esquel. Los aviones privados, los helicópteros, los autos de lujo de una ínfima minoría social de ricos y empresarios se encendían para poner a sus dueños “a salvo”, lejos de quedar “encerrados” en mansiones, countries o barrios cerrados, mientras las mayorías laboriosas tenían que guardarse donde pudieran, en barrios militarizados hasta en los rincones. Ellos tienen tanto de todo y nosotros tanta nada.

Defensores del gobierno, entre ellos no pocos periodistas, se mostraron, también, indignados. Pero la pregunta es “sur, indignación, ¿y después?”. Estos ejemplos de impunidad empresarial explícita e impúdica son símbolos de una desigualdad que hoy muestra un rostro más burdo, pero que ya existía de antes de la cuarentena, de muchísimo antes del coronavirus. Que empresarios, supermercados, laboratorios y nardellis hagan negocios con la angustia ajena provocada por el coronavirus, no es más que una exageración del funcionamiento normal de un sistema capitalista cuya esencia es, justamente, hacer negocios con el malestar de las mayorías.

Entonces no se trata solo de indignarse: en períodos críticos, excepcionales, es cuestión de atacar la riqueza, los intereses, la impunidad de una clase de grandes empresarios para la que la especulación es una forma de vida. Hay que cuestionar la obscenidad social de los Nardelli. En momentos en los que las mayorías ven empeorar aceleradamente sus condiciones de vida, quizá sea hora de hacer uso de la vieja frase de la Revolución Española: que los pobres coman pan. Y los ricos...







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