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Stephen Hawking: un perfil en primera persona

En 2013, la revista de Orsai consiguió una entrevista tan imposible como impactante. Reproducimos algunos fragmentos.

Miércoles 14 de marzo | 14:07

Hace cinco años, Hernán Casciari y su socio, “Chiri”, lograron para la revista Orsai lo que no había conseguido ni el New York Times: una nota en primera persona con Stephen Hawking. La hizo José Edelstein, un físico teórico, profesor y escritor argentino con un currículum impresionante. Jaime Travezán se encargó de las fotos que dieron el toque final al perfil “Dos horas con Stephen Hawking”. Esta joyita coronaba la decimoquinta –y última- edición del primer round de Orsai.

Recomendamos la lectura completa de la entrevista que, con autorización de Hernán y su equipo, traemos parcialmente. En la misma, los científicos intercambian sobre agujeros negros, el Big Bang, las dificultades para comunicarse, la divulgación, los compromisos sociales y hasta de música o una buena comida.

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¿Algo curioso? Stephen le cuenta a José que los únicos que ocupan su “altar” son Galileo Galilei y Albert Einstein; y que su sola concesión al “pensamiento mágico” es haber nacido exactamente trescientos años después del día que murió Galileo. Un miércoles 14 de marzo (“Día de π”) nos enteramos, con gran tristeza, que este genio perdía la vida… como no podía ser de otra forma, ocurrió 139 años después del nacimiento de su otro ídolo, Einstein.

“Dos horas con Stephen Hawking” (Revista Orsai)

Los pasillos de las modernas pagodas que conforman el Centro para las Ciencias Matemáticas de la Universidad de Cambridge convocan al desconcierto. Una indescifrable estructura de anillos enlazados, con varias puertas exteriores en la planta baja, contribuyen a incrementar la desorientación del visitante. En el primer piso, una puerta sobresale de la confusa coreografía representada por el sinfín de oficinas idénticas. Es la única que carece de picaporte. Se abre con un código numérico y aún se aprecian en ella cuatro pequeños agujeros en los que, hasta hace poco, otros tantos tornillos sostenían una discreta placa dorada con diecisiete caracteres negros grabados en tipografía clásica, en letras mayúsculas, que decían «LUCASIAN PROFESSOR». La chapa tuvo un corto recorrido, a lo largo del pasillo, hasta ir a parar a la puerta de Michael Green, uno de los padres de la Teoría de Cuerdas. El mismo rótulo había sido atornillado en 1669 en la puerta del despacho de un joven profesor, de tan solo veintiséis años, que respondía al nombre de Isaac Newton. Desde entonces, ser el titular de la Cátedra Lucasiana se ha convertido en una distinción superlativa, legendaria, que han compartido gigantes de la historia de la ciencia como George Stokes, Paul Dirac y quien me espera al otro lado de la puerta de la oficina B1.07, Stephen William Hawking.

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Stephen Hawking sufre, como todos conocen, una enfermedad neurodegenerativa que ha inmovilizado casi totalmente su cuerpo. A pesar de esta severa discapacidad, cuyos primeros síntomas aparecieron en la etapa de su tesis doctoral, al cumplir veintiún años, ha podido desarrollar una carrera científica que lo coloca en el parnaso de los más grandes físicos teóricos de la segunda mitad del siglo veinte.

Para calibrar su importancia como científico seré categórico: una buena parte de los aspectos teóricos más importantes que conocemos sobre el origen del Universo y sus más misteriosos y monstruosos habitantes, los agujeros negros, ha sido obra suya. Si bien toda su carrera ha estado marcada por las limitaciones que conlleva su enfermedad, el progreso de esta última fue particularmente acuciante en los primeros años. El joven Stephen tenía grandes aspiraciones al llegar a Cambridge y muy pronto se encontró con la posibilidad cierta de no acabar vivo el doctorado. El pronóstico habitual para los pacientes que sufren de esclerosis lateral amiotrófica es de dos o tres años de vida.

A punto de tirar la toalla, hundido ante semejante fatalidad, encontró tres pilares en los que apoyarse. El amor de su primera esposa Jane Wilde, el incentivo intelectual que representó para él conocer al físico matemático Roger Penrose y, no menos importante, un aspecto de su personalidad que reaparecerá en este encuentro: su impetuosa, obstinada y a veces presuntuosa rebeldía. La de alguien que ve a la ciencia «no solo como una disciplina racional, sino también romántica y pasional». Su carácter indómito lo llevó a enfrentarse a Fred Hoyle, la autoridad académica de ese momento, y a su Teoría del Estado Estacionario (un Universo en permanente expansión que, sin embargo, no se diluye por la creación continua de materia), que se veía como una promisoria alternativa a la entonces denostada Teoría del Big Bang (cuyo nombre, paradójicamente, fue acuñado por el propio Hoyle).

Pese a sus crecientes dificultades para escribir o caminar, Stephen Hawking publicó una serie de trabajos cuyo punto cúlmine fue uno que firmó junto a Penrose en enero de 1970. En ese artículo, realizado casi íntegramente por teléfono, demostraron matemáticamente que eventos en los que el espacio y el tiempo nacen o mueren, como el Big Bang y los agujeros negros, no solo son probables en la Teoría de la Relatividad General, sino que son sencillamente inevitables. Se vieron las caras una sola vez durante el proceso de escritura de lo que hoy se conoce como el teorema de la singularidad. Poco tiempo antes, Arno Penzias y Robert Wilson habían descubierto accidentalmente que el Universo emitía, desde todas las direcciones, una radiación térmica que indicaba que, teniendo en cuenta que la expansión produce enfriamiento, en el pasado tendría que haber sido más pequeño y más caliente. Si viajáramos hacia atrás en el tiempo todo lo que nuestra imaginación nos permitiera, llegaría un momento en que todo el Universo cabría en el interior de una cáscara de nuez y su temperatura sería elevadísima. El Big Bang, como fruto de este teorema y estas observaciones, adquiría el estatus de teoría científica desde entonces.

Para calibrar su importancia como científico seré categórico: una buena parte de los aspectos teóricos más importantes que conocemos sobre el origen del Universo y sus más misteriosos y monstruosos habitantes, los agujeros negros, ha sido obra suya.

El trabajo realizado con Penrose sería suficiente para ganarse un lugar en la historia de la Física. Pero las contribuciones más características de Stephen Hawking tienen que ver con los agujeros negros, criaturas fantásticas del bestiario universal que encierran una historia fascinante desde su descubrimiento matemático a manos de Karl Schwarzschild, quien apuró los cálculos en las trincheras del frente ruso, poco después de que Einstein publicara la Teoría de la Relatividad General. Schwarzschild ni siquiera llegaría a ver que, durante un cuarto de siglo, sus resultados serían recibidos como una curiosidad matemática que no podía ser cierta.

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Ya confinado en una silla de ruedas, Stephen Hawking vio nacer a su hija Lucy, quien trajo algo más que un pan debajo del brazo. Pocas semanas después de su inspiradora llegada al mundo, Hawking descubrió que los agujeros negros debían tener entropía, un concepto estadístico asociado a sistemas compuestos. No obstante, a diferencia de todos los sistemas naturales conocidos, la entropía del agujero negro parecía residir en su frontera y no en el agujero negro en sí. De este modo, toda la información de un agujero negro se encontraría en la superficie, como si se tratara de una lata de conservas que no se puede abrir y a cuyos detalles podemos acceder solo leyendo la etiqueta. Los agujeros negros, según Stephen Hawking, son hologramas en sí mismos.

Pero cómo era posible que, por así decirlo, los restos de toda la materia engullida por este monstruo voraz quedara codificada en la superficie imaginaria que la rodea. Este resultado, encontrado paralelamente por Jacob Bekenstein, un estudiante de doctorado de Wheeler, llevaba de inmediato a la conclusión de que los agujeros negros debían tener también temperatura y, por lo tanto, como todo sistema caliente, emitir radiación. Así, los agujeros no serían negros. Las aportaciones teóricas de Hawking dieron entidad física a estas misteriosas criaturas que, al emitir radiación, eventualmente se evaporarían levándose consigo todo lo deglutido. Esto lleva a un sinfín de paradojas y problemas conceptuales que han tenido y aún tienen a mal traer a los más grandes físicos. Y que, todo indica, encierran la llave que abriría las puertas para una comprensión más amplia y profunda de las leyes de la Naturaleza.

Ninguna de las predicciones de Hawking ha podido ser comprobada. La temperatura de los agujeros negros que, nadie duda, pueblan el Universo y, en particular, están en el centro de todas o la mayoría de las galaxias, es extremadamente baja. Están más fríos que el espacio exterior. Es imposible, por lo tanto, detectar su emisión térmica. Esto no quiere decir que no haya sólidas evidencias de su existencia: la prolongada observación de las estrellas que habitan en las inmediaciones del centro de la Vía Láctea, por ejemplo, describen órbitas muy pronunciadas alrededor de un punto en el que los telescopios no ven nada. Esta es la razón por la que Hawking no ha ganado el premio Nobel. Sin embargo, todo hay que decirlo, ha sido galardonado con una distinción mucho más prestigiosa. Se trata de la medalla Copley, el premio científico más antiguo del mundo que entrega la Royal Society de Londres desde 1731. Hawking lo recibió en 2006, dos años antes que su amigo Penrose. Mientras que el Nobel, entre la física, la química y la fisiología, premia habitualmente a entre seis y nueve científicos, la Copley se concede a una sola persona por año. La han ganado Charles Darwin, Benjamin Franklin, Albert Einstein o Louis Pasteur. Y cuando en alguna rara ocasión, como en 1838, fue difícil inclinarse por un solo candidato y debió ser compartida, quienes lo hicieron fueron Michael Faraday, uno de los diez físicos más importantes de la Historia, y Carl Friedrich Gauss, el rey de la matemática. En 1989, por cierto, la Copley fue otorgada a un egresado de la Universidad de Buenos Aires, un tal César Milstein.

A principios de los ochenta Hawking se propuso escribir un libro en el que pretendía explicar los conceptos de frontera de la física fundamental al gran público. Sin dudarlo, rechazó hacerlo con editoriales académicas, con la idea de que el texto pudiera llegar a cualquier lector. Habituado al uso de un lenguaje metafórico y cargado de imágenes en sus charlas, lo que le ocasionó algún que otro disgusto, Stephen Hawking se sentía preparado para solventar la enorme distancia que separa a las sofisticadas teorías de la física moderna, cuya expresión natural requiere del idioma universal que brindan las matemáticas del ciudadano de a pie. El proceso de escritura y, sobre todo, de correcciones, fue lento y se vio dificultado por un enorme contratiempo. A mediados de 1985, en una visita que realizaba al CERN (Organización Europea para la Investigación Nuclear), una neumonía lo puso al borde de la muerte y fue necesaria una traqueotomía para salvarlo. Desde entonces quedó mudo. A pesar de ello, en 1988 salía finalmente Una breve historia del tiempo, que catapultó la divulgación científica a la categoría de best seller. El impacto que tuvo el libro como acicate para que miles de jóvenes se inclinaran por el estudio de las ciencias es incalculable. Por ello, veinte años después, cuando la Universidad de Santiago de Compostela decidió conceder el premio Fonseca de divulgación científica, no hubo mayores dudas sobre quién debía ser el ganador de la primera edición.

Tras la cancelación in extremis de nuestro encuentro de junio, la ansiedad por que pudiera repetirse esta situación era difícil de ocultar. Y ahora, después de largos meses de espera, finalmente estaba frente a la puerta de su despacho, abierta de par en par. Y al otro lado, junto a su escritorio, se encontraba él. El primer contacto visual tuvo un ingrediente inesperado. Sorprendente. El científico más famoso del planeta tenía enfundados unos anteojos oscuros que bien podrían haber sido los de Caiga quien Caiga. De hecho, esta era una posibilidad cierta ya que, recordó en el momento, cuando visitó Santiago de Compostela participó en la versión española del programa, en la cadena de favores. Ante la inocultable extrañeza de mi mirada, Jonathan Wood, el asistente técnico que monitoriza su sistema de comunicación con extremo celo, señalando la cegadora claridad que se colaba por los amplios ventanales del despacho en un inusual día soleado, se apresuró a aclarar: «necesita los anteojos de sol para poder utilizar el sistema de comunicación».

Desde hace casi tres décadas, Stephen Hawking se comunica con el mundo exterior a través de una computadora integrada a su silla de ruedas y un programa especial con el que arma sus frases, las que finalmente son emitidas por un sintetizador de voz. Pese al progreso tecnológico de los últimos años, no ha querido saber nada con la posibilidad de mejorar la voz metálica y con acento estadounidense que emite el sintetizador: hecho que podría hacer sonrojar a cualquier profesor de una universidad tan británica como Cambridge. «Ésta es mi voz», sostiene con una lógica aplastante.

Hasta comienzos de la década pasada era capaz de mover los dedos de su mano derecha con suficiente agilidad como para manipular un mouse. Pero al perder la movilidad en su mano, hubo que recurrir al reconocimiento de sus movimientos faciales. Su anterior asistente, Sam Blackburn, diseñó un detector que sobresale de sus anteojos como un minúsculo flexo, registrando los movimientos de su mejilla. Este nuevo sistema, al depender de una única forma de hacer «clic», impedía que Hawking navegara en la pantalla como lo hacía hasta entonces. Y la velocidad con la que podía comunicarse cayó en picada, hasta llegar a una palabra por minuto. Para mejorarlo han explorado y están explorando toda clase de alternativas, desde el escaneo cerebral hasta el seguimiento de ojos o eye tracking, pasando por un sofisticado arreglo que monitoriza su rostro aprovechando toda la complejidad de movimientos que está a su alcance. Pero, de momento, sigue utilizando este sistema.

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El efecto que produce la mirada de Stephen Hawking cuando sus ojos claros se posan sobre los nuestros, sin duda potenciado por la inmovilidad del resto de su cuerpo, es sobrecogedor. En ese momento uno tiene la certeza de estar con él, de que él está con uno. Es un breve instante de comunión, de comunicación intensa, que deja un registro indeleble.

A principios de los ochenta Hawking se propuso escribir un libro en el que pretendía explicar los conceptos de frontera de la física fundamental al gran público. Sin dudarlo, rechazó hacerlo con editoriales académicas, con la idea de que el texto pudiera llegar a cualquier lector.

Durante el primer almuerzo que tuvimos juntos cuando visitó Galicia salió a colación su exquisito gusto por la buena carne. La inmovilidad de su rostro convierte el momento de la comida en una situación difícil y allí asoma su proverbial y obstinada determinación. Jamás parece tomar una decisión culinaria en función de la comodidad o buscando simplificar el trámite. No se priva de nada. En Galicia no dejó marisco sin probar y se aseguró de comer pulpo y percebes hasta la extenuación. Al hablar de carne, fue inevitable derivar hacia la calidad de la carne argentina. Y de ahí, por asociación directa, al tango. En Santiago de Compostela se entretuvo una de las noches con un número de tango, con cantor y pareja de bailarines incluidos, que siguió con enorme atención. Tanta que, para mi alivio, declinó mi ofrecimiento imposible de traducir el lunfardo al inglés. Se lo recordé al entrar en su despacho.

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Había transcurrido más de media hora desde mi llegada, y hasta el momento llevábamos dos sucintas respuestas. El sistema de comunicación de Hawking requiere paciencia. En un ángulo de la pantalla de su computadora se abren dos cuadrados pequeños. Uno de ellos muestra las letras del alfabeto en cuatro grupos de siete. El otro, los números y algunas teclas de función. Cuando él comienza a escribir emerge una ventana rectangular, pegada a las anteriores, con diez palabras sugeridas, numeradas del cero al nueve. El único gesto con el que Hawking controla su sistema es un movimiento facial que hace con el maxilar y que repercute en su mejilla. El sensor que cuelga de sus anteojos lo detecta y activa un clic. Como no puede incorporar señales distintas que codifiquen el movimiento vertical u horizontal en la pantalla, un cursor pestañea realizando una danza perpetua sobre esos cuadrados: arriba, abajo, arriba, abajo... Con otro clic, el cursor se queda en el cuadrado seleccionado y empieza a recorrer, acompasadamente, las distintas líneas. Una vez elegida una línea, recorre cada letra y cada símbolo. Si se equivoca, Hawking debe esperar a que el cursor reinicie su danza para dirigirlo pacientemente hacia el ícono que representa la función de borrado. Su celo por escribir correctamente, sin saltarse ni una letra ni un signo de puntuación, es conmovedor.

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Siempre tuve la impresión de que tenía por sistema apostar contra lo que él verdaderamente pensaba que era más probable. Como si desafiara a la naturaleza a tomar una senda inesperada, empujado irresistiblemente por su obstinada rebeldía y su espíritu juguetón y provocador.

Hay un momento en el cual se borra la impresión de rigidez en su rostro, de manera repentina y explosiva. Es cuando dibuja una risa amplia. Su equipo de cuidadores, sobre todo los más veteranos, conoce a la perfección su sentido del humor y logra su carcajada con inusitada facilidad. En esos momentos, al igual que al sostener la mirada, asoma en toda su plenitud el ser humano que yace en las profundidades de su cuerpo inmóvil. Su postración le confiere, por otra parte, cierto aire atemporal. Uno se olvida con facilidad de que está frente a un hombre de setenta y un años. Galileo Galilei ocupa, junto a Albert Einstein, el altar personal de Stephen Hawking. En lo que probablemente sea la única concesión que hace al pensamiento mágico, Hawking intuye alguna forma de causalidad en el hecho de haber nacido exactamente trescientos años después del ocho de enero de 1642, último día en la vida de Galileo.

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Stephen Hawking ha convertido en un hábito apostar con sus colegas por alguna predicción científica. Con una particularidad: si no me fallan los cálculos, jamás ha ganado una apuesta. La última de ellas ocurrió hace dos años: apostó que el bosón de Higgs jamás sería encontrado. El cuatro de julio de 2012 el laboratorio europeo CERN anunció su descubrimiento en el Gran Colisionador de Hadrones (LHC). Hawking se apresuró a declararse perdedor y a pedir el premio Nobel para Peter Higgs. Siempre tuve la impresión de que tenía por sistema apostar contra lo que él verdaderamente pensaba que era más probable. Como si desafiara a la naturaleza a tomar una senda inesperada, empujado irresistiblemente por su obstinada rebeldía y su espíritu juguetón y provocador.

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El espíritu lúdico de Stephen Hawking es extraordinario. Parece muy orgulloso de su presencia en varios capítulos de Los Simpsons, a juzgar por los muñequitos de Springfield que tiene en su despacho ubicado en los lugares más visibles. Tampoco reniega de su participación en Star Trek y, más recientemente, en The Big Bang Theory. Hace pocas semanas participó por videoconferencia en la Comic-Con de San Diego, anunciando que no podía estar de cuerpo presente porque de camino había pinchado una rueda. Su presencia en la cultura popular es inusual para un científico y creo que sería aún mayor si Hawking tuviera unos años menos.

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El denominador común en su vida ha sido el tiempo. El escaso, que le diagnosticaron a los veintiún años. El principio y el final de todos los tiempos, a los cuales dedicó apasionadamente su carrera científica. El tiempo que no transcurre y que solo se puede experimentar en el punto de no retorno de los agujeros negros. Y el tiempo de la breve historia, que revolucionó el concepto de la divulgación científica. Los primeros versos de «Augurios de la inocencia» de William Blake parecen escritos para él: Ver el mundo en un grano de arena, y un cielo en una flor salvaje, tomar el infinito en la palma de tu mano y la eternidad en una hora.

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El compromiso social y político de Stephen Hawking puede apreciarse en algunas de sus declaraciones públicas y también en sus elegidos silencios. Siempre ha sido un férreo defensor de la sanidad pública y de la necesidad de invertir en investigación científica. Se define ideológicamente como socialista y manifestaba su firme rechazo a la guerra de Irak impulsada por Tony Blair, a quien no parece tener en mucha estima. «El futuro de la humanidad y de la vida en la Tierra es muy incierto. Estamos en peligro de destruirnos a nosotros mismos por nuestra codicia y estupidez».







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