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SERIES // OPINIÓN

Spooks, Humo y espejos

Serie británica de 10 temporadas. Producida por KUDOS y trasmitida por la BBC One, ilustra el trabajo cotidiano de espías británicos al interior de Gran Bretaña. Lo que se esperaba de una serie de espionaje en el sentido clásico, resultó en un drama político e ideológico donde se mostró, sin tapujos, el cinismo del capitalismo británico cuando se trata de defender la paz y la tranquilidad fronteras adentro.

Sábado 17 de diciembre de 2016 | Edición del día

Si la literatura social fue superada por la literatura policial, o el policial negro específicamente, hacia fines de la década del 60 y se transformó, paulatinamente, en su reemplazo, entonces deberíamos concluir que la ficción policial- tanto en cine como en televisión- vino a reemplazar al drama histórico, al género bélico e incluso al western. Pero todos sabemos que esto no es así. Los géneros cinematográficos, si bien tienen un paralelismo en los literarios, no se rigen por las mismas reglas de la demanda ni de criterios sociales. La literatura policial, en especial el policial negro, si bien a partir de la década del ’70 experimentó un auge acorde a su historia, siempre estuvo atenta a las transformaciones sociales que estaban en debate en el mundo, participando activamente de él. Las series, en cambio, a caballo del impresionante auge de la televisión que se metió en la vida cotidiana como un mal guardado chisme, fueron desde el inicio y en su casi mayoría, un vehículo de propaganda ideológica. La televisión yanky, impulsada por el expansivo desarrollo de su industria audiovisual, copó casi toda la geografía del mundo occidental.

Las series de espías, sin embargo, si bien participaron de las mieles en las décadas previas a los noventa, luego de la caída del muro de Berlín se sumergieron en un impasse profundo sin mucho para recomendar. Ya no había enemigo claro para espiar cotidianamente, tal y como la guerra fría había proporcionado. No había espías que vinieran del frío y el adversario era, ahora, más difuso.

Spooks fue un soplo de verdad en un género acostumbrado a la propaganda fácil: si ya no hay comunistas de los que cuidarse ni malditos revolucionarios con quienes compartir el mundo, entonces espiémonos a nosotros mismos. Vigilemos nuestra casa, tensemos nuestras fronteras, azucemos los viejos miedos. El enemigo está entre nosotros.

Y así fue. Ahora los terroristas salían de la bruma con rostros tan variados y difusos como sus nacionalidades, sus demandas y sus odios. Aunque la pregunta era y sigue siendo válida: ¿quiénes son los terroristas? Pues bien. Todo aquel que atente contra los intereses y la tranquilidad de un reino que se ha dedicado, a lo largo de toda su historia, a robar intereses y tranquilidades en todos los rincones del mundo. El buen samaritano de hoy puede ser el renegado de mañana, dependiendo de los intereses políticos de los gobiernos que cambian. Los que sufren el racismo son sospechosos de sedición; los que traen familiares rezagados pueden ser mártires suicidas; los soldados rasos inconformes serán, seguramente, golpistas futuros; los grandes capitalistas inescrupulosos pueden ser buen bocado para el soborno; los guerrilleros ansiosos serán los responsable públicos de las fabulaciones del establishment. Y detrás de todo, espiando, grabando, infiltrando, están estos espías del MI5 dispuestos a hacer lo necesario para que el Reino Unido siga adorando a su reina.

Todos viven en la mentira. Imposibilitados de una vida corriente, en peligro constante, este mundo oscuro en el que respiran los va contaminando sin remedio. Están macerados en el embuste, entrenados en la calumnia, prestos para el crimen necesario. Y todo frito en el sofisma porfiado de la democracia occidental. “No te dejes engañar. Todo esto es sólo humo. Humo y espejos”

No es de extrañar, entonces, que nadie salga impune de este pastiche espantoso. En efecto,estos espías caen uno por uno. Pocas veces imaginado en una ficción de intrigas y mentiras políticas- incluso ausente en la venerada serie de los 70, The Professionals, de la que pronto hablaremos- , los protagonistas desaparecen, mueren. No uno, ni dos. Todos. Y son reemplazados para que la máquina siga viviendo. Como tensos espectadores, ya no suponemos que el héroe se salvará en el último segundo de la bomba que no explota o del terrorista que falla el disparo. No. Sabemos que caerá. No sabemos cuando, pero de ese mundo de conciencias molidas y ausencia moral, no saldrán ilesos.

Creada por David Wolstencroft, la serie se asentó sobre sólidas actuaciones. No es ninguna novedad: son actores formados en el teatro inglés, tan versátil y sólido como la formación actoral puede serlo. La serie contó con invitados, a lo largo de sus diez años, que le agregaron jerarquía: hablamos de Hugh Laurie, ni rengo ni salvador como en Dr. House sino cínico y fabulador como todo buen político inglés; hablamos de Andy Serkis, considerado hoy día como uno de los mejores entre los cien mejores actores de la historia. Entre tantos.

El 23 de octubre de 2011 se transmitió el último episodio. Hubo una secuela en Spooks: The Greater Good, película que se estrenó en el 2015. Con variada repercusión y con más o menos nostalgia de quienes nos sentamos a verla, esta última entrega no dejó de recordarnos que Spooks hacía rato que ya había terminado.







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