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Sombras de Etchecolatz (un comentario al libro El otoño de los genocidas)

El último libro de Ricardo Ragendorfer se revaloriza a la luz de la impunidad reciente para el torturador de la Policía Bonaerense, hoy alojado en su casa de Mar del Plata. Lectura recomendada.

Daniel Satur

@saturnetroc

Sábado 6 de enero | 21:20

La historia de lo que hizo y dejó de hacer Miguel Osvaldo Etchecolatz desde 1983 a la fecha posiblemente no merezca biógrafo. Él mismo, el genocida, el violador, el ladrón, el apropiador de personas, se encargó de darse a conocer, de lanzar su odio por televisión y hasta de desafiar públicamente a los sobrevivientes durante años. Lo hizo estando en libertad (gracias a las leyes de impunidad de Raúl Alfonsín sostenidas por el peronismo durante casi dos décadas) y también tras las rejas.

Quien más quien menos sabe que ese hombre ya decrépito, que ni controlar sus esfínteres puede, es un canibal que vivió toda su vida orgulloso de haber controlado, junto a sus secuases, el destino de los cuerpos y los bienes de miles de luchadoras y luchadores. Y obviamente nadie desconoce el rol nefasto que le cabe a ese criminal en la desaparición forzada e impune de Jorge Julio López.

Albano Harguindeguy, Orlando González, Hugo Lezama, Luis Baraldini, Julio Cirino, Eduardo Stigliano, Mario Mingolla Montrezza, Carlos Alberto Martínez, Edgardo Mastandrea, Rubén Bufano, Leandro Sánchez Reisse, Justo Rovira, Guillermo de la Fuente, Héctor Vergez y Carlos Olivera no fueron ni son Etchecolatz. Pero cada uno a su modo y con sus estilos propios, integran el mismo club de los criminales de lesa humanidad.

La compilación de artículos periodísticos escritos por Ricardo Ragendorfer entre los años 2008 y 2017, publicada en octubre del año pasado bajo el título El otoño de los genocidas (Punto de Encuentro), es un muy certero muestrario tanto de las metamorfosis adquiridas como de los beneficios obtenidos por todos esos hombres con la complicidad del sistema político imperante.

Si al hablar de Etchecolatz sólo es posible hacer referencia a sus provocaciones y afrentas a la memoria colectiva, sobre estos otros genocidas Ragendorfer escribe semblanzas y derroteros llenos de evaciones judiciales y de procesos de reorganización personal que les permitieron muchas veces llegar a viejos sin mayores alteraciones. Es más, algunos pegaron verdaderos saltos impensados por ellos mismos entre 1976 y 1983.

Desde exagentes del Batallón 601 devenidos fiscales del Poder Judicial hasta un ex teniente coronel carnicero de La Pampa convertido en profesor de equinoterapia para niños bolivianos discapacitados, los diferentes otoños de los represores componen un variopinto lienzo del terror que mezcla ensangrentados prontuarios con anécdotas fellinescas.

Allí están "Albano a la hora del té" (Harguindeguy), "El militar que reveló en primera persona los crímenes de la dictadura" (Stigliano), "El secuestrador de estudiantes al que le gustaba salir por televisión (Mastandrea) y otro que "Torturó, escapó y lo atraparon" (Olivera).

Ragendorfer desentraña también las historias del "hombre que dirigió el diario de Massera" (Lezama), del "represor que ganaba premios con fotografías de sus víctimas" (González), de "un siervo del terrorismo de Estado" (Mingolla) y de quien fue visto con "el cuerpo doblado en dos y la cara tapada con las manos" (Vergez).

El periodista e investigador le dedica un capítulo a Jorge Rafael Videla ("El teniente general del exterminio") y otro a Emilio Eduardo Massera ("El marino que cambió el uniforme de la Armada por el pañal geriátrico"). De ambos expone una sintética biografía, desde sus años de tenebroso esplendor hasta sus finales degradados y decadentes.

A las de todos esos militares y policías el autor suma las breves biografías del chileno Enrique Arancibia Clavel y del brasileño Paulo Malhaes, quienes aportan el condimento justo para entender también parte de lo que fue el Plan Cóndor.

El interrogante motor

Los artículos periodísticos que se recolectaron a lo largo de los años hablan de una labor coherente y sostenida en el tiempo por parte del autor. Sin embargo, él mismo aclara sobre la ausencia original de un plan. A mediados de octubre, cuando presentó la publicación en la Feria del Libro de Santa Fe, Ragendorfer dijo que la obra "reúne toda una serie de trabajos que comenzaron a gestarse de un modo inadvertido y por móviles en su momento, tal vez, imperceptibles". Precisamente en 2008 (año en que se publicó el primero de los artículos en el semanario Miradas al Sur) Ragendorfer no imaginaba que estaba dando comienzo a una serie que se completaría nueve años después con un artículo publicado en Tiempo Argentino.

Allí el autor hizo otra confesión. Para él algo estaba debajo de toda la exploración que estaba haciendo y publicando casi a modo de folletín. "Me arrastraba un interrogante que es difícil de saldar y tal vez no alcance una vida para comprenderlo: cómo son los aspectos más espantosos de la historia humana. Y este es uno de los capítulos más espantosos de nuestra historia reciente".

El buceo fue casi pericial sobre "personajes que, si bien sabemos sus nombres, conocemos los lugares donde han prestado servicios, algunos de los crímenes que cometieron y algunos detalles de sus actividades por medio de testimonios de sobrevivientes, no alcanzamos a conocer, definir y profundizar sobre el carácter de esas vidas. Ese es uno de los aspectos más ocultos de la etapa que se extendió en el país como una enorme mancha venenosa entre los años previos al 24 de marzo de 1976 y fines de 1983".

El libro no tiene prólogo ni epílogo (¿una decisión consciente para no alterar el valor documental de cada pieza periodística?). Pero el autor sí tiene conclusiones. "Si alguna conclusión saqué de esta exploración que ya lleva años es que no son mostruos con garras, son personas normales que no se diferencia demasiado en apariencia de cualquier otro tipo de personas. Después de torturar vuelven a su casa como de cualquier laburo, acarician las cabezas de sus hijos, cenan con sus mujeres y al día siguiente se levantan como cualquier otra persona que se va a la oficia, sólo que allí en lugar de trabajar sobre una planilla excell laburan de una manera bestial y desaforada sobre alguna víctima inocente. No son monstruos, son personas normales. Y ese carácter de normalidad es lo que traza la monstruosidad de esas vidas".

Las vidas relatadas de este puñado de asesinos, violadores y ladrones, al decir del autor, sólo se diferencian de las otras vidas de las personas normales porque "tuvieron cargos gerenciales en sistemas cifrados en el exterminio". Pero justamente por eso son vidas realmente monstruosas.

En tiempos de prisiones domiciliarias para los caníbales, concedidas por jueces cómplices y hasta con prontuarios semejantes, adentrarse en las biografías de otros caníbales tan manchados con la sangre de miles de compañeras y compañeros detenidos desaparecidos como Etchecolatz.

Además, huelga decirlo, Ragendorfer escribe bien. Contradictoriamente (por lo denso de la materia prima que engorda esas piezas periodístico/literarias) El otoño de los genocidas es un libro que da gusto leer. Si no, hacé la prueba.


Ricardo “Patán” Ragendorfer es uno de los mejores cronistas del género criminal/policial. Sus investigaciones La Bonaerense, La secta del gatillo y Los doblados, por poner unos pocos ejemplos, forman parte de la lectura obligada para periodistas incapaces de quedarse con la versión oficial de la historia. Trabajó en Página 30, El Porteño, Diario Sur, Tiempo Argentino, TXT, Tres Puntos, Delitos & Castigos, Rolling Stone, Le Monde Diplomatique, La Mano y Noticias, entre otros medios. Actualmente escribe en Tiempo y es colaborador de La Izquierda Diario entre otras muchas publicaciones.







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