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Solo la noche: reseña de un libro de John Williams

La primera novela del escritor norteamericano fue reeditada por la editorial argentina, Fiordo. Compuesta con sutileza y claridad, es una novela donde los miedos amenazan el cotidiano como una fuerza imperturbable que remece la identidad y trastoca los sentidos para llegar a la verdad.

Gonzalo Schwenke

Crítico literario

Sábado 19 de septiembre | 13:28

John Williams (Texas 1922 - Arkansas 1994) es un texano que ofició de periodista en radios y periódicos. Tras el ataque a Pearl Harbor se alistó en el ejército para combatir en la segunda guerra mundial donde alcanzó el rango de sargento. En 1948 publica Solo la noche y al año siguiente un volumen de poemas. Se convirtió en profesor universitario y doctor en literatura siendo parte del programa de Escritura Creativa de la Universidad de Denver. Es reconocido por la excelente Stoner, obra que ha tomado lento reconocimiento.

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Solo la noche es el primer volumen autor, reeditado por la editorial argentina, Fiordo. En este volumen de 144 páginas, el joven Arthur Maxley desarrolla su vida con relativa normalidad en medio del alcohol, sueños taciturnos y los libros. Así, una mañana soleada intenta despejarse por el parque, pero desiste prontamente. A su regreso, la mucama Judy hace entrega de la carta de su padre, Hollis en la que señala, con un tono de novedad e impersonalidad, los viajes de negocios sudamericanos, el apoyo económico enviado con el abogado y el lugar donde se hospeda: el imponente hotel Regency de San Francisco. La pronta reunión no hará más que desencajar la endeble estabilidad del protagonista, provocando que traiga la memoria, la circunstancia de la pérdida de la madre para comprender el presente.

La novela está compuesta con sutileza y claridad. El retorno del padre, que toca la fibra más íntima de Arthur, no es más que parte del trágico desenlace. La memoria y su función toman relieve en este rescate y olvido: “Pensó en cosas que no debía pensar, recordó lo que debía olvidar” (19 p.). Estos recuerdos ausentes, no definidos y ocultos delimitan la profundidad del desconsuelo. Es decir, si la memoria está determinada por las formas en que nos relacionamos, la triada suele ser una asimetría social, política y económica, porque no hay independencia del abandono paterno. Por lo que, estos antecedentes están vigentes en la trama. De igual modo, la evocación es un torbellino de bajada: la añoranza de un tranquilo Boston y lo agradable del campus universitario durante el proceso de admisión, la figura “menudo, y hermoso, enfundado en el vestido blanco que a él tanto le gustaba” (115), lo transportan hacia una rememoración virulenta, en que el temprano enfrentamiento de los padres repercutió en la vida del personaje hasta la necesidad de recurrir a especialistas. No hay vuelta atrás, cuando se han destapado los rangos de acción del progenitor, ni menos un sosiego, y, sin embargo, el tormento es mutuo.

Solo la noche es una novela psicológica en la que los miedos amenazan el cotidiano como una fuerza imperturbable que remece la identidad y trastoca los sentidos para llegar a la verdad. No por nada, una de las paradojas resolutivas es encontrar ese recuerdo olvidado en el alto entretenimiento del club nocturno mientras comparte Maxley y la desconocida, Claire.

Sólo la noche. John Williams. Fiordo ediciones, 2019, 144 páginas.







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