Cultura

TRIBUNA ABIERTA

Solitaria muchedumbre

Crónica urbana sobre los shoppings.

Martes 10 de enero | Edición del día

Si hay un lugar en el que, con un mínimo de abstracción del quehacer cotidiano, el efecto propio de la muchedumbre se presenta con una fuerza ineludible, ese es el shopping. Y no cualquier mercado callejero, sino el shopping center, la estructura cerrada, el mundo aparte.

Entrar en estos lugares implica un cambio brusco. Gracias a la apacible variación de la temperatura y al estruendoso griterío que como si fuera poco viene acompañado de una música enfermiza, uno podría reconocer que está en un shopping aunque haya salido de su casa con los ojos vendados. Pero la mayor e inconfundible invasión sensorial es la visual. Un verdadero hormiguero, idiosincráticamente invertido, se despliega frenéticamente ante nuestros ojos. Bolsillos con múltiples pero similares aspiraciones y acordes al clasismo que imponen estos centros comerciales inundan el lugar.Sobre ellos un aire de irrealidad ocupa todos los rincones: la amurallada ficción usurpa lo más íntimo del pueblo y su trascendencia.Frente a las vidrieras, en las escaleras mecánicas, en los probadores, delante de los estantes donde se encuentran los productos e incluso en los pasillos, no existe metro cuadrado en el shopping que no albergue deseos insaciables de consumo.

A medida que uno se va adentrando en la muchedumbre y recorre los pasillos, el espectáculo de la soledad se hace patente. Cada cual completamente ensimismado reflexionando acerca de la prenda perfecta para lucir en la reunión del sábado, el perfume con la mejor relación calidad-precio o la cartera que mejor combine con el estilo de Fernanda. Y si uno presta atención puede ser testigo de todo tipo de sentimientos que enternecen por su sinceridad, pero asquean por su naturaleza frívola: el anhelo frente a un vestido por demás costoso, el afán por conocer todo el stock de los locales a la moda, la emoción ante la compra soñada y la depresión de quien se creerá incompleto hasta que no consiga el producto publicitado. Esto genera inevitablemente en quien contempla su alrededor una sensación contradictoria: se encuentra en un mar de gente pero completamente solo. A su lado sus iguales caminan encerrados en sus problemas y cavilaciones sin registrar la presencia de un otro. Y así se chocan entre sí y se imponen, con un atisbo de arrepentimiento si uno tiene suerte y una mirada fulminante que lo deja pasmado si aquel tuvo un mal día.

El shopping se convierte en una reproducción a escala del mundo. La mercantilización de la existencia que desarrolla estrategias de marketing normalizadas y por lo tanto invisibles (los patios de comida para que, comprando, uno se tome un recreo para seguir comprando o las escaleras mecánicas separadas entre sí que lo obligan a uno a ver vidrieras si quiere bajar o subir), que convence con éxito a la gente de que allí se encuentra la felicidad lista para ser comprada y que mantiene a su micropoblación en un estado de egocentrismo y superficialidad exacerbados; le enrostra los paralelismos con el mundo capitalista a quien se siente un extranjero en esta aglomeración y ve esta faceta del centro comercial.

Lejos está de ser un inocente centro de intercambio de bienes para satisfacer necesidades. El shopping rompe con toda la inmediatez del comprar. Se creó para convertir a ésta en una actividad duradera y placentera, en un proceso. El “ir al shopping” abarca una gran cantidad de horas para muchos consumidores. Y esto se va volviendo espontáneo si uno, frente al agobiante calor del verano, al entrar encuentra el respiro del aire acondicionado; sumado a la música, a la amplia gama de comidas y a la inmensa variedad de productos el shopping se convierte en un lugar razonable para pasar un buen rato. Lógico, la cueva del lobo debe ser un lugar agradable para que deambule el rebaño. Bombardeadas de antemano por una publicidad tenaz, las personas compran instintivamente para sí o para otros lo que se les ofrece; quizás se detengan a comer algo o simplemente paseen para conocer y planificar su próxima compra. Regocijado, el shopping celebra anualmente su día, el cual es conocido también como día del niño, día del padre, día de la madre o también navidad.

Y uno lo único que desea es salir de allí porque ante todo se siente solo. La muchedumbre se repliega sobre sí misma, lo hace sentir un extraño y lo rechaza. Extenuado, uno sale de allí con la imagen de la indiferencia probándose camisas y el afán de que esas cavernas solo existan en el recuerdo de un comerciante nostálgico.








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