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MEDIO ORIENTE

Siria otra vez en el ojo de la tormenta

Rusia rechazó de plano cualquier sanción contra el régimen sirio y culpó a los opositores por el ataque químico. Francia y Reino Unido cargaron contra Assad. Trump incómodo.

Juan Andrés Gallardo

@juanagallardo1

Miércoles 5 de abril | 19:33

Ni Rusia ni el resto de los países del consejo de seguridad de la ONU niegan que haya existido un ataque con agentes químicos, solo que Francia y el Reino Unido fueron los primeros en acusar al régimen de Assad, mientras que en la versión de Putin habrían sido los opositores quienes guardaban las armas químicas que fueron bombardeadas por el Ejército Sirio.

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Lo cierto es que el ataque a la ciudad de Jan Shijún fue una verdadera masacre en la que murieron más de 80 personas, y cientos tuvieron que ser atendidos por los efectos de algún agente químico.

La sola idea de un ataque de estas características volvió a encender las alarmas y puso a Siria en el centro de la escena, dejando al desnudo las profundas divisiones al interior del consejo de seguridad de la ONU en la que participan Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Rusia y China.

Francia y Reino Unido fueron los dos primeros países en denunciar a Al Assad como el autor de la masacre y en convocar a una reunión urgente del organismo, aunque las posibilidades de llegar a algún acuerdo sobre el tema fueran remotas por el respaldo de Putin al régimen de Damasco y la abstención de parte de China.

La "linea roja" de Trump

Trump quedó en un lugar incómodo. Los guiños iniciales de su administración hacia Rusia, que se venían deteriorando por las investigaciones que lleva adelante el FBI y la renuncia forzada de su exasesor de seguridad nacional Michael Flynn, encuentran un nuevo revés en la crisis Siria.

Un ataque químico era lo último que Trump esperaba luego de haber cuestionado en reiteradas ocasiones a Obama por no haber atacado a Al Assad tras un ataque con armas químicas en 2013. Obama había dicho un año antes que un ataque de estas características era una "linea roja" para que Estados Unidos ingresara en la guerra, pero finalmente prefirió no sumar una nueva catástrofe a la que ya arrastraba en Irak y Afganistán.

Trump volvió a culpar el martes a Obama por la situación actual, y este miércoles retomó la idea de la linea roja para señalar que con este ataque químico se habían cruzado "muchas lineas rojas". A pesar de que en los últimos días, EE.UU. había insinuado que la salida del presidente sirio ya no era "una de sus prioridades", que se centran en combatir al Estado Islámico (EI), Trump dijo este miércoles en una conferencia de prensa junto al Rey de Jordania que su "actitud hacia Siria y Assad, ha cambiado mucho” [tras el ataque].

Se trata de un giro en el que Trump sin embargo, no adelantó si esto iba a modificar su política o si llevaría a acciones militares. Fueron entonces otros los voceros de una política que aún no se terminó de delinear, pero que parece estar cambiando rápidamente. El Secretario de Estado, Rex Tillerson, cargó sobre Rusia aunque sin dejar de utilizar un lenguaje "amigable", y a grosso modo le dijo que se haga cargo de su aliado Assad y "lo controle" evitando incendiar toda la región. Pero la que se mostró más determinante fue la embajadora estadounidense en la ONU, Nikki Haley. Con un lenguaje que no habían utilizado ni Trump ni Tillerson, Haley dijo "¿Cuántos niños más tienen que morir para que a Rusia le importe?", y acusó a Moscú de utilizar una "falsa narrativa" para blindar a sus aliados de Damasco ante posibles sanciones.

Sin embargo la expresión más novedosa llegó más tarde. Ante la negativa de Rusia a aprobar una sanción contra Al Assad, Haley afirmó: “cuando Naciones Unidas falla constantemente en su deber de actuar colectivamente, hay momentos en la vida de los estados en que nos vemos obligados a tomar nuestra propia acción”, y cerró “Por el bien de las víctimas, espero que el resto del consejo por fin está dispuesto a hacer lo mismo”.

Haley utilizó en el recinto de la ONU un lenguaje guerrerista que Trump aún ni siquiera insinuó en público, y que tensa las relaciones con Rusia.

La aceleración de la crisis en Siria fue el trasfondo de un nuevo revés para Trump, que este miércoles dio a conocer el apartamiento de su cargo de uno de sus principales aliados y jefe de estrategia de la Casa Blanca, Steve Bannon, que ya no formará parte del Consejo de Seguridad de EE.UU.

La destitución de Bannon fue considerada una victoria para el teniente general Herbert Raymond McMaster, actual consejero de Seguridad de Trump. McMaster, que había criticado la elección de Bannon al cargo por no ser un militar, también es conocido por una linea moderada en comparación con Bannon, un islamófobo y supremacista declarado. McMaster tiene además un perfil abiertamente atlantista (a favor de la OTAN) y considera a Rusia un adversario militar, dos aspectos que chocan con el discurso que venía ensayando Trump pero que va "recalculando" día a día, preso de su pragmatismo y su debilidad. Una debilidad de la que la salida de Bannon es una nueva muestra.

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Sin acuerdo en la ONU

El borrador que había preparado Francia y Reino Unido no señalaba a ningún responsable y se limitaba a condenar el ataque, pidiendo una investigación internacional urgente y cooperación a las autoridades sirias, además de abrir la puerta a eventuales medidas contra quien sea hallado culpable. Este último punto era suficiente para que Rusia lo descartara ya que podría significar sanciones para su aliado Al Assad si era encontrado culpable.

El representante ruso, Vladimir Safronkov, insistió en que todo lo que hay por ahora son "falsos reportes" y reiteró informaciones suministrados desde Moscú, según las cuales la aviación siria habría bombardeado un almacén donde grupos opositores estarían fabricando municiones "que usan armas tóxicas".

Las versiones encontradas llevan también a una exacerbación de las salidas políticas entre los que patrocinan una transición con Al Assad a la cabeza y los que, como Francia y Reino Unido, vuelven a jugar la carta de una negociación sin Assad en el poder.

En medio de estas disputas de intereses entre el régimen de Assad, y las potencias regionales y mundiales, quedan los trabajadores y el pueblo sirio que ya soportan años de una guerra que se cobró la vida de 400.000 personas, dejó 10 millones de desplazados y a más de la mitad de la población en la pobreza.






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