Juventud

OPINIÓN

Sin pilas

Un grafiti en corrector, ilustra una jornada de ansiedad en el Salón de Usos Múltiples del Instituto de Formación Docente (IFD) N°12, de la Ciudad de Neuquén.

Viernes 15 de julio de 2016 | Edición del día

Es sabido que en días previos al cierre del cuatrimestre y la llegada de las “vacaciones” de julio, la ansiedad, el apuro y la presión se multiplican.
Dos parciales en un día, tres en una semana, trasladarse hasta la escuela de la residencia, juntarse con el grupo a hacer el TP (trabajo práctico), preparar los coloquios, o el recuperatorio, cursar, sacar las fotocopias, preparar la maqueta y el afiche, etc.

Podríamos poner en cuestión la calidad del proceso del aprendizaje. Pero en este caso nos convoca el malestar que genera esta compulsiva demanda institucional que los estudiantes atraviesan.

Para profundizar la reflexión hagamos, un repaso de las horas que se lleva nuestro día.

24 horas

¿Descontamos 8 para descansar y dormir?

Quedan 16 horas.

¿Alrededor de 4-6 horas para cursar? ¿Sumamos el tiempo que pasamos en la fotocopiadora? Y el tiempo que tardamos en viajar hasta el instituto? ¿Una hora más, con suerte?

Nos quedan 9 horas.

¿Trabajás? Si tu familia no puede ayudarte a sostener económicamente una carrera, que según calculó la secretaría de bienestar de la Universidad Nacional del Comahue (UNCo), cuesta, sin contar alquiler, $4000 para los universitarios.
Si trabajás, difícilmente sea por menos de 6 horas, siendo que es la juventud la que sufre mayoritariamente la precarización laboral, trabajos en negro, sin derecho a sindicalizarse, a tener obra social, con inestabilidad, por contrato, etc. Que además nos agota y se lleva la energía potencial para el estudio.
El resultado a esta altura es de 4 horas.

¿Entre que las repartimos?

¿Cocinar? ¿Estudiar en casa? ¿Ordenar un poco, lavar los platos y la ropa? ¿Hijos?
Siendo que somos mujeres la abrumadora mayoría en los IFD, y considerando que a las mujeres se nos ha asignado históricamente el trabajo doméstico y la crianza de los niños, forma de control de nuestras vidas y nuestros cuerpos, trabajo invisibilizado y no retribuido, la situación se agrava aún más.
Sería casi un delirio en este trajín pensar en aprender a tocar la guitarra, tomarse un día en el río, o simplemente juntarse con amigas y amigos a pasar la tarde del fin de semana, que se nos va como arena entre los dedos cuando tenemos múltiples responsabilidades y tareas para poder seguir dentro de la “vida” académica.

Estrés y frustración

¿Cuáles son las posibilidades que nos quedan, entonces? Soportar hasta que estalle, con un pico de estrés, abandonar porque tenemos que trabajar y los horarios no coinciden, porque quién nos cuida a los chicos, porque se hace costoso pagar el colectivo, las fotocopias y la comida en el medio de un tarifazo que golpea sobre el bolsillo de los trabajadores y las trabajadoras y nos desplaza cada vez más de la oportunidad de alcanzar una profesión.

La frustración por no poder rendir al nivel exigido, es también una recurrente consecuencia.

¿Respuestas institucionales?

Ante esta situación no existe ningún tipo de respuestas del sistema educativo, por el contrario las becas insuficientes no se renuevan, el boleto gratuito sigue siendo una importante demanda. Entonces desde arriba se imponen en la agenda el Reglamento Académico Institucional (RAI), que según el discurso oficialista nos estaría haciendo parte de un supuesto consenso respecto a las normativas y reglamentaciones en curso, sin poner sobre la mesa los verdaderos problemas que sufrimos los estudiantes, con un régimen de faltas excluyente, como la sobrecarga horaria, la superposición de residencias que nos dejan al borde de perder la regularidad, y más y más trabas institucionales. A ello sumamos la falta de servicios como el comedor o jardín maternal para poder seguir cursando.

Centros de estudiantes, asambleas, comisiones de mujeres

Ante esta tediosa situación cobra relevancia la organización estudiantil como una forma de canalizar el descontento, con el objetivo de defender la educación pública de los ajustes y el deterioro general que la amenaza. Hay que fortalecer la comisión de mujeres que formamos en el IFD N°12, desde donde se viene planteando el jardín maternal como necesidad primer orden. Tenemos que llenar de participación las asambleas, para lograr Centros de Estudiantes activos y democráticos, independientes de la dirección. Y redoblar la coordinación con el resto de los Institutos, experiencia que a partir de las movilizaciones por el boleto educativo gratuito se empieza a multiplicar. Ese es el camino para defender una educación superior a la que trabajadores y trabajadoras tengan acceso pleno.







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