Mundo Obrero

MUERTES OBRERAS

Siempre la misma historia: la precarización laboral destruye nuestras vidas

Los números oficiales muestran una realidad de terror para la clase trabajadora, tanto ocupada como desocupada. La seguridad en el trabajo debe quedar en nuestras manos.

Fernando Luna

Trabajador de Shell, refinería de Dock Sud / Agrupación Nacional Naranja Petrolera en el MAC

Jueves 21 de marzo | 00:00

Siempre, escuchamos el problema de los costos laborales, donde se busca implementar una serie de ideas que de por sí son antagónicas. “Tenemos que bajar los costos para generar trabajo”, “despedimos para asegurar los puestos de trabajo”, “tenemos que hacer el esfuerzo”.Tras esto vinieron todas las leyes de flexibilización, recientemente la modificación de la ley de Aseguradoras de Riesgos del Trabajo (ART).

Nos quieren imponer la idea de que para mejorar el trabajo hay que flexibilizarse. En otras palabras, siempre el pato de la boda lo paga la clase trabajadora. Para que se entienda, veamos dónde estamos producto de este conjunto de ideas perversas.

En la Argentina, la Población Económicamente Activa ronda los treinta millones de personas, pero solo se encuentran registrados, en promedio, nueve millones y medio en la Super Intendencia de Riesgos del Trabajo, la SRT.

Según estimaciones del ex Ministerio de Trabajo, hay 4.7 millones de trabajadores no registrados, un 34 % aproximadamente, de los cuales no se tiene ningún tipo de seguimiento. De los registros de la SRT se desprende que unas 600 mil trabajadoras y trabajadores tienen enfermedades o accidentes laborales, y se sufre un promedio de 750 muertes al año.

Las ramas que encabezan las “fatalidades” (en verdad son casi todas muertes previsibles) son manufactura, transporte y construcción. Esto nos pone con una tasa de muerte laboral de 8.4 cada cien mil trabajadores. Comparados con la comunidad europea, que posee más registros, estamos por arriba de los peores números. Letonia y Llituania tienen una tasa de casi seis muertes cada cien mil y Rumania de siete. A modo de referencia, Estados Unidos posee un valor de 4.5 promedio.

En paralelo, tanto las muertes como las enfermedades laborales generan juicios. A marzo del 2018, había 384.182 juicios sin resolver. En este número fundamentan las patronales y el Gobierno su discurso de la “industria del juicio”, que para la mayoría de los trabajadores solo representa una leve remuneración monetaria y un futuro de trabajos precarios, ya que los casos que van a juicio generalmente son accidentes con un porcentaje de discapacidad.

Muchos accidentados no harán demandas por no perder el trabajo y llevarán consigo las secuelas del “accidente”, físicas y psicológicas. Y en el caso de las muertes, ninguna cifra dará respuesta al hijo que pregunta cuándo volverá el padre o la madre que fue a trabajar y nunca volvió.

Algo que resulta más difícil de seguir son las enfermedades a largo plazo o crónicas y las muertes que se producen fuera del trabajo, que no serán registradas como laborales. La nueva ley de ART busca que se puedan probar cada vez menos estas lesiones silenciosas, que nos van rompiendo a cada año.

Con la complicidad de las burocracias sindicales, esta situación va empeorando. Tomemos el ejemplo de la industria petrolera. A pesar de las ganancias millonarias de las patronales, que reciben subsidios sin ningún tipo de control fiscal serio, esta industria es una de las que más giran sus ganancias al exterior. Pero las empresas dicen que tiene problemas con los costos laborales.

Gracias a la colaboración de la Federación Argentina Sindical del Petroleo, Gas y Biocombustibles se firmó el nefasto convenio de VacaMuerta. Se podrían nombrar cientos de detalles que muestran la precarización laboral, pero alcanza con decir que en un año tuvimos tres muertos y una decena de accidentes con lesiones y daño ambiental.

Esto es solo un ejemplo. Los miles de jóvenes que son golpeados por la desocupación, cuando consiguen un empleo, es precario, eventual, y en la mayoría de los casos se irán con secuelas en su cuerpo.

Me matan si no trabajo

La respuesta que dieron todos los gobiernos fue siempre la misma. Si reclamás por tu salud y por tu trabajo, palo y represión.

Hay varios ejemplos que muestran que cuando la seguridad la toman los trabajadores, no solo se acaban las muertes, sino que se desnudan las mentiras patronales y se cae todo el entramado legal que las sostiene.

En el caso de Madygraf, ex Donnelley, su comisión de seguridad logró frenar los accidentes y también expuso a la fraudulenta empresa que, luego lo demostró presentando un trucho Proceso Preventivo de Crisis. Hoy, bajo gestión de sus trabajadoras y trabajadores, en la gráfica, no se habla de accidentes.

En el Astillero Río Santiago, que supo ostentar una tasa de dos a tres muertes por cada construcción de un barco, hoy no se habla de fatalidades mientras se sigue peleando por mantener el trabajo a pesar de las maniobras del Gobierno de María Eugenia Vidal.

En FaSinPat, la ex Zanon, una de las grandes peleas que dieron sus obreros, antes de ocupar la cerámica y ponerla bajo su gestión luego de la huída del patrón, fue por la muerte de un compañero, lo que llevó a parar la fábrica bajo la gestión policial de Luigi Zanon, cambiando profundamente las condiciones de trabajo.

Todas las empresas buscan sus ganancias a como dé lugar. Pelear por nuestra seguridad es poner en evidencia el desprecio que tienen las patronales por la vida de los trabajadores, donde somos una mera variable de ajuste, a la que el Estado capitalista siempre intenta darle un marco legal.

Todo responde a este modelo de producción capitalista, donde nuestra fuerza de trabajo es explotada desmesuradamente para extraernos hasta la última gota de nuestra vida productiva. Hoy se ve en la búsqueda oficial de elevar la edad jubilatoria, para aquellos que llegan a jubilarse.

La seguridad debe quedar en manos de los trabajadores. Y si las empresas dicen tener crisis, que abran los libros de contabilidad y lo demuestren. Nada justifica dejar la vida en el trabajo para que unos pocos se hagan millonarios. Se deben poner en pie comités de seguridad independientes de las burocracias sindicales y las empresas en cada lugar de trabajo, que velen por vida de cada trabajador y de la comunidad. Nuestras vidas valen más que sus ganancias.







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