Cultura

CRÍTICA DE CINE

Sexo y crítica social en el cine alternativo de los años setenta

Los años setenta son fechas extrañas en lo que a producción cinematográfica se refiere. Mientras que el sueño de mayo del 68 y de junio del 69 se van desvaneciendo quedan rastros de la contestación -tanto o más extrema- que comenzó en la década anterior, a la vez que se anuncia el puritanismo, el sentido ramplón del espectáculo y el conservadurismo de la era Reagan.

Eduardo Nabal

Periodista y crítico de cine, Burgos

Martes 22 de mayo | 16:23

Fotograma de la película “The Rocky Horror Picture Show” de Jim Sharman (1975).

Son los años en que aparece “The Rocky Horror Picture Show” (1975) de Jim Sharman. Bajo la apariencia de una comedia musical independiente, el film oculta un ataque nada velado a la pareja heterosexual convencional y a instituciones como la psiquiatría, además de revisitar en clave drag el monstruo de Frankestein. Números musicales inspirados en Esther Williams y Busby Berkeley, travestismo, camp y sobre todo una invitación al hedonismo y a la revisitación del horror que sigue causando “lo marica” en la sociedad estadounidense post-Stonewall. La pareja convencional que se refugia en el castillo poblado de “freaks” es esa pareja que nos van a traer películas que ya anuncian el rearme moral de los 80 como “Love Story” o “Campeón”. La celebración de la promiscuidad y la celebración de la ruptura de los moldes de género hacen de “The Rocky Horror Picture Show” un frívolo pero simpático antecedente de la reivindicativa “Hegdwig and the angry inch” al tiempo que, mirando hacia el cine de James Whale o Tod Browning, da la espalda al nuevo cine de miedo que va a surgir con películas shalser.

Son también los años de “Tarde de perros” (1975), protagonizada por Al Pacino (“A la caza”) como un atracador de bancos amable y bisexual que se ve acorralado por un increíble despliegue policial cuando con ayuda de otro colega trata de asaltar una sucursal bancaria, creando expectación mediática. Aunque el enfoque no es del todo convincente (Lumet quiere crear, ante todo, una película de acción), la idea del atraco de un banco para pagar una operación de reasignación de sexo es cuando menos perturbadora para el año en que fue realizada. Frente a los corteses atracadores encontramos unos empleados y empleadas de banco, en ocasiones, grises, traicioneros, pusilánimes e insolidarios y a un dispositivo policial dispuesto a todo para conseguir sus fines.

Los 70 son también los años de “Family Life” (1971) de Ken Loach, una plasmación de las ideas de Cooper y Laing sobre la antipsiquiatría y la familia nuclear como uno de los focos del desequilibrio mental. Aunque el filme es algo insípido y no profundiza del todo en las ideas de la antipsiquiatría, supone ya un avance al igual que la estupenda “Una mujer bajo la influencia” (1974) de John Cassavettes, que en esa década realiza sus películas más personales (“Gloria” “Opening night), ayudado del talento de Gena Rowlands que da vida a una mujer de clase trabajadora sensitiva cuyo desmoronamiento está dado de forma progresiva y con suaves pinceladas tragicómicas y un veraz retrato del entorno social.

En los 70 surge el cerebral Woody Allen que incluye por primera vez una pareja de lesbianas en su mítica y evocadora “Manhattan” (1979), rodada en nostálgico blanco y negro y, aunque casi todos -por no decir todos- sus filmes son de un marcado heterosexismo su visión de las angustias vitales, laborales y amorosas del hombre urbano común lo convierten en una voz nueva que pasa de la comedia gruesa e irreverente al cine más intelectual.

Y es en los 70 cuando Bergman realiza la demoledora “El huevo de la serpiente” (1977), sobre las secuelas del nazismo, y la claustrofóbica “De la vida de las marionetas” (1980), una visión poco complaciente de la angustia existencial.

Bob Fosse realiza la mítica “Cabaret” (1972) que aún hoy se conserva como un musical camp, rompedor y legendario que desde el feísmo reivindica a la actriz vulnerable y a la vez algo vampiresa y al escritor sensible y gay, todo en clave de comedia nostálgica. El personaje de Sally Bowles es una de las “mariliendres” más adorables de la historia del arte. La pluma de Christopher Isherwood (“Adiós a Berlín”) y la cámara de Fosse lanzan un mensaje de sinceridad a la vez que una mirada algo ambivalente al quebrado Berlín de entreguerras.

En los 70 el canadiense Cronenberg realiza las que siguen siendo sus películas más atrevidas en lo que a la unión de la sexualidad, la nueva carne y el terror “gore” se refiere. Con filmes como las crudas “Vinieron de dentro…” (1975), “Rabia” (1977) o “Cromosoma 3” (1979) vincula el mal y la destrucción a la represión creciente del impulso sexual así como invita a pensar nuevas corporalidades cercanas a lo monstruoso pero de una extraña e inquietante belleza bizarra.

Los 70 son los años en que cae la dictadura Española y empieza el destape. Eloy de la Iglesia realiza, entre otras, “Los placeres ocultos” (1977) desafiando a la todavía vigente Ley de Peligrosidad Social o “El diputado” (1978) denunciando la homofobia de derechas e izquierdas, así como el surgimiento de grupúsculos neonazis.

Los 70 años en los que muchos de los que hoy han caído en la superproducción y la autocomplacencia realizaron algunas de sus propuestas más radicales. Es el caso de Terence Mallick con su maravillosa “Malas tierras” (1973) donde, desde la desmitificación, nos acerca a un “Bonny and Clyde” pesimista, pueblerino, sangriento y algo esquizo, cuyos protagonista mezclan ingenuidad y desafío nihilista asaltando muchos los tabúes vigentes, imitando a iconos todavía vigentes y adelantándose al François Ozon de “Los amantes criminales”.

En esa década brillan los primeros filmes pro-gays son increíblemente tímidos pero también hay apuestas poco conocidas como las de Waters, Kenneth Anger, Jack Smith, Shirley Clarke, Andy Warhol o Paul Morrisey, cantos a la belleza masculina pero también desafíos a una sociedad basada en las apariencias y exaltación los jóvenes y las minorías raciales y sexuales. En el cine independiente Peter Watkins narra con gran crudeza los efectos de la guerra del Vietnam en un filme de un y verismo sin precedentes “Punishment Park” (1971).

El cine italiano vive un particular esplendor aunque sus maestros empiezan a refugiarse en sus mundos privados y a acentuar sus obsesiones llevándolas al extremo como Visconti con “Muerte en Venecia” (1971) o “Confidencias” (1974), Pasolini con “Salo” (1975) o Fellini con el “Satyricon” (1969), hoy considerado un clásico del cine no heterosexual o Pasolini con sus particulares fábulas sociales de aire literario.

En Inglaterra Losey desafía nuevos tabúes en películas como “Una inglesa romántica” (1975), y los jóvenes airados que parecen ir despareciendo siguen obsequiándonos con filmes contestatarios y en ocasiones pioneros en su enfoque de la homosexualidad o la bisexualidad como “Domingo, maldito, domingo” (1971) de John Schlesinger o las primeras películas de Ken Rusell -entre las que destaca “El mesías salvaje” (1972)-, que será mentor de Derek Jarman además de realizar y una revisitación homoerótica del mundo de D.H.Lawrence o de los antiguos mitos demoniacos arraigados en la imaginería religiosa de la Edad Media.

En Alemania son los años en que Fassbinder alcanza su esplendor con películas pioneras sobre el travestismo y la transexualidad como “Un año con trece lunas” (1978) o visiones desde un punto de vista de clase del mundo homosexual como “La ley del más fuerte” (1974) o virulentas requisitorias contra el racismo y la miseria medioambiental en “Todos nos llamamos Alí” (1974).

La coda a este recorrido la ponen Derek Jarman con su sexualmente explícita (entonces considerada pornográfica) “Sebastiane” (1976), donde reivindica la homosexualidad del mártir cristiano al tiempo que se recrea en la belleza de los cuerpos masculinos y, sobre todo, Barbara Hammer que con la posterior “Nitrate Kiss” (1985) nos invita a un mundo hecho desde y para las lesbianas, con indudables referencias a Monique Wittig y el cine independiente y underground del momento.

Y son también los años de la cursi y machista “Grease” (1978), la pretenciosa “La naranja mecánica” (1971) o la efectiva pero políticamente ambigua “Taxi Driver” (1976), pero también son los años de los primeros y más personales trabajos de grandes autores como André Techiné (con una exquisita fotografía con luz natural y una Charlotte Brontë extremadamente butch) o Chantal Akerman enfrentando a mujeres desnudas en su ejercicio de contracine en “Je, tu, lui, elle” (1974) o Alan Tanner con “Mesidor” (1979) un precedente melancólico de “Thelma y Louise”.

En Latinoamérica destaca, entre otros, Ripstein, que adapta con valentía la novela de Donoso “El lugar sin límites” (1977) consiguiendo una de las mejores películas sobre el machismo, la homofobia, el travestismo y la prostitución en ambientes rurales dominados por la hipocresía y el caciquismo.






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