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Sevens seconds: en la tierra de la libertad, la justicia nunca estuvo

El drama judicial de Netflix ha pasado desapercibido. Producida por Veena Sud la perspicaz creadora de The Killing, heredera de la fabulosa Forbrydelsen, ansiaba una segunda temporada que, ahora, parece haberse cancelado definitivamente. Sin embargo, esta ahora miniserie se postula como una de las mejores propuestas en series del último tiempo.

Viernes 6 de septiembre | Edición del día

La nieve ha desdibujado el camino. Ahora, sólo es una huella fangosa en medio del paisaje nevado. Aún así, un joven policía acelera. Está determinado a llegar y consolar a su angustiada esposa que está dando a luz. Y así se lo hace saber a su jefe, el detective Deangelo, con quien habla por celular.

Su auto golpea con algo. Es un golpe seco, definitivo: la desgracia es un soplo fugaz.

Sobre el paisaje yermo, un rojo carmesí tiñe la nieve como si se tratara de una hemorragia que ningún algodón puede contener: en una hondonada, se desangra un joven negro. Un policía blanco anglosajón sabe lo que eso significa. Su jefe, apersonado en el lugar a los pocos minutos, sentencia: “¿Nadie te ha visto? Entonces, ve a visitar a tu esposa”

Ciudad de Jersey. Banderas norteamericanas se sacuden con el viento. La estatua de la libertad se yergue en el fondo. Aquí, en la tierra abarrotada de símbolos de albedrío y justicia, el matrimonio Butler pierde a su joven hijo: ha sido atropellado en el parque por un desconocido. El dolor trastoca la rutina. Todo, incluso el amor que los unía, está ahora en litigio. Es la virtud de la pena extrema: nada hay que no nos animemos a cuestionar, nada que no nos atrevamos a escupir. ¿Qué más nos puede pasar? Por caso, después de enterrar a un hijo, cualquier castigo se convertiría en un dulce porvenir. Como si el reproche y la honestidad furiosa explicasen mejor la tragedia, los Butler se recriminan todo; se gritan lo que antes disimularon, se le atreven a lo que antes los doblegó. Como si los pellejos arrancados unos a otros pudiesen acercarlos a quien ya no está.

Un destello de injusticia basta para convertir, prontamente, un accidente ocasional en una tempestad desgarradora. No podría ser de otra manera: es Norteamérica, el falso paraíso de la libertad infinita, la tierra donde los afroamericanos se desangran en cada esquina desolada; el reino de los cadalsos en los que los negros se abarrotan como abejas en un panal; el suelo en el que has perdido tu redención si tu piel se ha tostado al sol.

La ley no llega hasta las vidas de los quebrantados porque la ley porta una placa, y sólo protege sus propios pecados: Mike Deangelo (David Lyons) es la nata agria de una unidad antinarcóticos acostumbrada a los negocios privados. La inmunidad que les confiere su lugar en una sociedad policíaca les permite no sólo negociar con los narcos locales la impunidad para vender sino, también, aniquilar a un testigo aunque de una niña se trate. ¿Las víctimas? Pues se desangran al costado del camino, o se desgarran de dolor y soledad como les pasa a los Butler. Ellos, como muchos paisanos, tendrán que acostumbrarse a vivir en la agonía, en la ausencia del hijo, en la indiferencia de los vecinos. ¡Ah, qué patria tan hipócrita! ¡Qué estado tan indolente! El verdadero rostro del capitalismo está aquí bien expuesto. Mirémoslo bien. Grabémonos sus facciones.

Seven Seconds comienza mostrándonos la verdad sobre el crimen. Para el espectador, no hay dudas al respecto. No se trata aquí de saber quién es el culpable. Ésta es una serie donde nos sentamos a esperar el castigo que, seguramente, llegará. Por lo tanto, los estandartes del bien adquieren, en este tipo de tramas, una importancia fundamental. ¿Se han preparado nuestros héroes, durante todas sus vidas, para esta batalla fundamental? ¿Son portadores de los principios más firmes y la moral más incuestionable? ¿La determinación de su carácter los ha hecho paladines modernos? En absoluto. K. J. Harper (Clare Hope Ashiley), la fiscal que ha recibido el caso que a nadie le interesa resolver, deberá ahuyentar, primero, a los fantasmas del pasado. Eso, si es capaz de dejar el alcohol y el karaoke. Ella, más que nadie, es una de las víctimas de las malas decisiones en medio de un sistema penal que sólo se ocupa de encerrar víctimas, desesperados y marginales. Quien la acompaña en esta cruzada imposible es el Detective Fish (Michael Mosley), un subordinado desalineado que cuida perros viejos abandonados. Ambos son seres insignificantes, marginales en la moralidad de la ley norteamericana y por ello, tal vez, portadores del único atisbo de esperanza que tienen los Butler para conseguir algo de justicia.

Ambos tropiezan, una y otra vez. Avanzan, descubren, pero los caminos para llegar frente al juez se acotan. Se hacen cada vez más peligrosos. En todo momento, sobrevuelan preguntas atenuantes: esos corruptos policías de narcóticos, ¿habrían actuado igual si el joven atropellado hubiese sido blanco? A los ojos del juez, que un joven negro tenga un prontuario, ¿disminuye en algo la culpa de sus matadores? ¿Sentirá remordimiento el joven policía que atropelló, ahora que todos saben que su víctima no estaba muerta? Él ha recibido a su primer hijo el día que ahogó el aliento de otro; ha cargado en sus brazos una vida nueva minutos después de haber cegado otra. Aquel mucho negro, que pedaleaba vigoroso hacia su día, su mañana; que venía de buscar la felicidad en los brazos de alguien, ¿habría salvado su vida, habría conservado un destino si hubiese sido auxiliado por aquel policía? ¿O estaba destinado, como lo están la mayoría de los afroamericanos pobres, a desangrarse en un suelo helado, bajo la nieve constante?

Pero el castigo para los victimarios, los corruptos, seguramente llegará. Es una serie norteamericana, no lo olvidemos. Los clichés están siempre a mano. Confiemos.

El juicio inicia. Deangelo y sus hombres están en el banquillo de los acusados. La alcohólica Harper, con apelaciones infantiles y lugares comunes, le habla al jurado. Seguramente, todo se resolverá con el mismo descaro mediocre de la mayoría de los dramas jurídicos, pero no nos importa. Esos malditos tienen que pagar. Sacrifiquemos algo de buena ficción. Se puede vivir con eso.

Y llega. La justicia final. El veredicto del jurado. La sentencia del juez. Pero... nadie nos preparó para el cachetazo más feroz. ¡¡¡Ah, ilusos de nosotros!!!!

Sí. Seven Seconds es una historia de racismo y corrupción. De perversión del sueño americano. Pero, sobre todo, es una vivisección del verdadero rostro del estado yanky: la exposición, sin pudores, del cáncer que carcome las vidas de las personas, la certeza, al fin presentada, de que la justicia no existe ni existirá nunca para aquellos que son proscritos en esta tierra de falsa libertad.







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