Sociedad

PUEBLOS ORIGINARIOS

Ser indígena hoy, una reflexión a propósito del Día de la Raza

México, entre los 10 países con mayor cantidad de lenguas originarias. Se hablan 68 lenguas, que tienen 364 variantes y pertenecen a 11 familias lingüísticas, según datos del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas.

Martes 11 de octubre | 21:31

Ser indígena hoy es todavía permanecer en la marginación tecnológica, laboral y de seguridad social. Ser indígena hoy es estar cerca de la pobreza y con la incertidumbre de ser despojado si nuestros territorios albergan algún mineral precioso para el sector empresarial. Ser indígena hoy es ser discriminado por una sociedad que culturalmente ha sido criado por un individualismo etnocentrista. Ser indígena hoy es aún vivir con una infinidad de obstáculos en nuestro día a día. Las condiciones empeoran si se es mujer, si es afrodescendiente y es aún peor si la orientación sexual no corresponde a los cánones de la moral conservadora.

México aparece con frecuencia como un país ilustrativo de las condiciones que imperan en América Latina, y representa a un país discriminador y racista. Para nosotros, los indígenas, participar en los espacios de interacción social mediados por las instituciones del Estado y en convivencia con sus normas y leyes, nos ponen en una situación de desventaja, marginación y exclusión de estos espacios, incluyendo los académicos.

Existen 5 mil grupos sociales de origen étnico con 370 millones de personas que viven en más de 70 países distribuidos en los cinco continentes. México está entre los 10 países con mayor cantidad de lenguas originarias. Se hablan 68 lenguas, que tienen 364 variantes y pertenecen a 11 familias lingüísticas, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas.

El mayor número de hablantes los concentran las lenguas náhuatl, maya, mixteco, zapoteco, tzeltal y tzotzil. Con ubicación en las entidades de Chiapas, Oaxaca, Veracruz, puebla, Yucatán y Guerrero, el 68% del total de hablantes se concentran en los pueblos del sur de México.

El asecho de la globalización capitalista

Un defensor del patrimonio cultural, de la memoria y de la diversidad del país, León-Portilla, precisa que “somos herederos de dos grandes culturas de la humanidad”: Europa –un viejo continente poseedor de una amplia historia– y América –el “nuevo” mundo.

Sin embargo el rumbo del sistema-mundo y con ella la humanidad se empeña en ignorar este legado, o en su caso el academicismo con valiosos aportes a la explicación de los fenómenos sociales que constriñen el ámbito étnico, no termina de quebrar con la lógica de expansión del capital.

En el contexto de la globalización y de los grandes saltos en la tecnología y las ciencias, continúa siendo evidente que en los diferentes grupos étnicos no logran ser incluidos en los procesos de desarrollo de la modernidad y cuando se les trata de incluir se les quiere gobernar con leyes que no derivan de sus propias necesidades. Pese a estos constantes hostigamientos las comunidades rurales-indígenas no han perdido su carácter originario.

Aun podemos apreciar en estos grupos sus dinámicas sociales, las autoridades, su delimitación territorial, sus sistemas normativos, las asambleas, sus cosmogonías, su lógica propia. Una comunidad rural-indígena puede ir desde unos cientos hasta aproximadamente 2,500 habitantes –cifras que van en descenso debido a los flujos migratorios.

Estos poblados rurales no escapan de los grandes fenómenos sociales, la globalización como un parásito que se niega a abandonar al portador, no deja de asechar a las comunidades de indígenas.

Al interior de los territorios indígenas se han pretendido desarrollar megaproyectos de infraestructura devastadora no sólo para las relaciones sociales, sino también con una clara destrucción del medio ambiente. Lo podemos apreciar en Oaxaca con las plantas hidroeléctricas, en Puebla con los gasoductos, o en otros países, como en el norte de Argentina con los proyectos mineros –recientemente tras el último derrame de cianuro, se le dio un escandaloso fallo judicial a la mina de Veladero, ahora tiene licencia para saquear y contaminar– o el caso de las presas en Costa Rica.

El mundo global no ha terminado de “llevar” la modernidad a todos sus rincones. Según la Encuesta Intercensal 2015 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) en México aún tenemos un 5.5% de población analfabeta, es decir 4 millones 749 mil 57 personas que no saben leer y escribir en pleno siglo XXI, esta cifra se concentra en la población de 65 años en adelante, donde la mujer destaca con una ocupación de 26.2% en este rubro poblacional.

La “nueva era” digital, acrecienta las problemáticas sociales heredadas del periodo histórico del capital industrializador. En el 2015 la Encuesta Nacional Sobre la Disponibilidad y Uso de la Tecnologías de la Información en los Hogares, del Inegi, en colaboración con Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT), y la Secretaría de Comunicación y Transporte (SCT) nos arrojan los siguientes datos:

44.9% de los hogares poseen al menos una computadora, de ellos el 40% tiene acceso a internet, lo que tampoco quiere decir que todo los integrantes del hogar tengan conocimiento de su uso. La población con mayor acceso a este servicio lo concentran los hogares urbanos, mientras que los hogares rurales o rurales-indígenas se enfrentan a una nueva era en la que la brecha existente entre el campo y la ciudad y el acceso a la “modernidad” se hace cada vez más amplio.

Para 2014, 46.2% de la población mexicana se encuentra en pobreza, y el 9.5% en pobreza extrema, dentro de las carencias más fuertes que padece este 55.7% de la población mexicana, es el acceso a la seguridad social. Paradójicamente estos índices de pobreza se concentran en las entidades del sur, y la convivencia con la pobreza es un hecho cotidiano también para los indígenas.

Autonomía, lucha de clases y lecciones para construir un nuevo mundo

En poco más de medio milenio los pueblos indígenas en general no sólo hemos padecido el despojo sistemático y la penetración del capital en nuestros territorios –y con ella las transformaciones del bagaje simbólico-cultural–, sino que ahora nos encontramos como especie humana en un periodo de ascenso de crisis cultural, social, política, económica y ahora hasta ambiental, situación que tiende a generalizarse y a agudizarse, donde la participación de los grupos étnicos en confabulación con sus “hermanos” de clase social puede ser decisiva en la orientación del rumbo de la humanidad.

La misma penetración de capitales extranjeros, la emergencia de los estados-nacionales y la consolidación de las grandes urbes abrieron un proceso de descomposición de las organizaciones políticas, sociales y económicas al interior de las comunidades indígenas, iniciando así en algunas comunidades una profunda transformación en la cosmogonía originaria.

Esta disgregación y sus consecuencias se han mantenido frenadas por las diferentes resistencias étnicas –México, por ejemplo, alberga 384 conflictos territoriales–. En contraparte los regímenes políticos y sus organismos internacionales en materia jurídica tienen los más excepcionales acuerdos hacia los pueblos indígenas –son excepcionales si partimos de la existencia de una “paz” burguesa–, tal cual es el acuerdo 169 de la Organización Internacional del Trabajo, o la declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas. La materia jurídica no da garantía de mantener, y no se diga “mejorar” las condiciones de vida de los grupos originarios.

En cuestión de autonomía, Guerrero presenta una experiencia: los únicos sitios sin violencia y sin narcotráfico son los que controlan la policía comunitaria. Sin embargo, tienen que soportar el hostigamiento del Estado quien trata en todo momento de deslegitimarlos. Si hablamos de autodeterminación, en Chiapas existen los caracoles zapatistas. Ambos, con una amplia composición étnica, son parte de estrategias con las que diferimos como explicamos acá y acá. Se encuentran aislados, no construyen lazos con la clase trabajadora, y están en constante acecho por los “modelos civilizatorios” del capital.

Únicamente a partir de la unidad entre las comunidades e indígenas pobres y los trabajadores de la ciudad en una alianza que pueda enfrentar a la clase capitalista, tomar el poder y construir un Estado de nuevo tipo puede lograrse la verdadera autodeterminación de los pueblos indígenas. Solamente con una poderosa alianza de campesinos pobres, estudiantes y pobladores con los obreros a la cabeza se pueden enfrentar los ataques de este gobierno de los empresarios. Las comunidades e indígenas pobres deben buscar a los trabajadores como aliado fundamental para lograr sus demandas pues por su lugar en la reproducción del sistema capitalista tienen la fuerza para derrotar a los capitalistas.

Somos los pueblos originarios quienes poseemos las aptitudes intelectuales comparables a cualquier “raza” –que por cierto es un término ya desechado para las ciencias sociales– quienes bajo una educación crítica y auto-reflexiva puede borrarnos por completo la idea de ser una “raza inferior” o sujetos al servicio del “mande usted señor”.

La comprensión filosófica, ontológica y vital con el medio material que nos rodea, y la relación con la naturaleza de los grupos étnicos es una ligadura con su espiritualidad. Las lecciones que deriven del análisis científico de nuestros pueblos originarios y puestas en marcha, solamente en clave anticapitalista frenarán el brutal, anárquico e irracional patrón de acumulación de riqueza, mismo que nos está llevando a un colapso ambiental y social.




Temas relacionados

Día de la raza   /   Pueblos originarios   /   Sociedad

Comentarios

DEJAR COMENTARIO