Internacional

ANÁLISIS TURQUIA

Se fortalece el bonapartismo del régimen turco

Análisis de las tendencias más profundas que se encuentran detrás de la bonapartización del régimen de Erdogan.

Baran Serhad

Munich | @El_Comandante

Domingo 16 de abril | 13:25

Sultán, Dictador, Tirano. Los críticos al régimen represivo turco tienen diferentes descripciones para el presidente Recep T. Erdoğan. Pero más allá del grado de violencia, no ofrecen un análisis concreto sobre las tendencias y contradicciones dentro del régimen.

Con la victoria de Erdoğan en las elecciones presidenciales del 10 de agosto de 2014 se abrió un nuevo período del régimen turco. Al contrario de sus antecesores, éste uso las amplias facultades de su cargo para controlar a todo el ejecutivo, es decir, gobernar el gobierno. Erdoğan mismo definió el proceso así: “el sistema político cambió de hecho, ahora hay que cambiar la constitución “.

Desde entonces el régimen turco se encuentra en un proceso de bonapartización. El mapa político cambió fundamentalmente y las tendencias bonapartistas se profundizaron. La ruptura definitiva -en diciembre de 2013- de la coalición con el movimiento Gülen, la profundización de la transformación de la burocracia militar y la represión contra lo que quedó de la oposición extraparlamentaria resistente que está vinculada con el kemalismo de izquierda, aceleraron la acumulación de poder en manos del ejecutivo a favor de Erdoğan.

Sin embargo, en aquel momento aún no estaba definida completamente la relación entre Erdoğan y el movimiento kurdo: el “proceso de paz” con representantes del HDP fomentó la ilusión de una democratización del régimen, ya que la cuestión kurda es el conflicto político clave del país. Pero para Erdoğan el proceso de paz solo era una maniobra pragmática hacia el bonapartismo usando el argumento de “la paz con los kurdos” en todas sus políticas populistas interiores y exteriores. Sobre todo, el sector burgués dentro del HDP presionó para colaborar con Erdoğan en momentos de extrema crisis como durante la rebelión en la plaza Gezi o el escándalo de corrupción del 17 de diciembre del 2013. Incluso el dirigente preso del PKK, Abdullah Öcalan definió al escándalo de corrupción como un ‘intento de golpe’ contra Erdoğan, similar a la interpretación del mismo. Justamente en estos momentos el movimiento kurdo se centró en las “conversaciones de paz” y la defensa de Rojava.

Hubo un cambio cualitativo en este proceso después del intento de golpe fallido en julio del año pasado que ahora Erdoğan quiere llevar hasta el final con el cambio de la constitución. Este 16 de abril tiene lugar en Turquía un referéndum sobre un nuevo sistema presidencial.

Según los planes del gobierno, con el cambio constitucional no sería posible de destituir al presidente. Al contrario, el presidente tendría facultades de abolir el parlamento o rechazar leyes del parlamento y él solo podría nombrar el gabinete de ministros y los tribunales. El referéndum es un intento de consolidar el estado de excepción actual del régimen donde Erdoğan gobierna continuamente a través de decretos. Este plan podría en los hechos imposibilitar la alteración parlamentaria del poder adentro de la democracia burguesa.

¿Cuál es el trasfondo de este proceso? ¿De dónde vienen las tendencias bonapartistas y cuáles son sus límites?

El carácter parasitario y dependiente de la burguesía turca

La burguesía turca tiene una historia de extorsión. Conquistó su riqueza y propiedad privada a través del genocidio al pueblo armenio y de la confiscación sangrienta de propiedad armenia, griego-póntica, asiria, aramea y kurda. El estado turco moderno expropió per decreto a los concurrentes cristianos de la burguesía turca y modernizó al país de forma autoritaria. Aunque la burguesía aprovechó esta situación, esto mismo la privó de la posibilidad de jugar un rol independiente. Las demandas democráticas quedaron irresueltas y las Fuerzas Armadas obtuvieron poderes inmensos.

La burguesía turca nunca tuvo la capacidad de definir unilateralmente la situación política del país. Hasta el 1980 la situación económica estuvo marcada por el estatismo y el endeudamiento con bancos norteamericanos y el FMI. Esto hizo que el progreso económico dependiera en gran medida de las burguesías imperialistas. Durante el gobierno de Turgut Özal de 1983 hasta el 1993 se desarrolló una ola privatizadora profunda a favor del capital extranjero que traspasó gran parte de los medios de producción centrales a manos de imperialismos occidentales. La dependencia política de la burguesía turca de un régimen de tipo bonapartista se basa en tanto en las condiciones de sus orígenes como en su desarrollo posterior.

Todos los intentos democratizantes en Turquía terminaron en genocidios y masacres, porque la burguesía no tuvo la voluntad ni la capacidad de conquistar consecuentemente las demandas democráticas. La clase trabajadora, en cambio, no tuvo la fuerza política para derrocar a la burguesía y así llevar a cabo las tareas democráticas pendientes. Así la revolución burguesa del 1908 terminó con la participación en la Primera Guerra Mundial y el genocidio a los armenios. A la fundación de la república turca (con algunos derechos formales) le siguió la expulsión de los griegos de Turquía y el asesinato a cientos de miles de kurdos.

En situaciones de crisis, la burguesía turca siempre requería de la intervención de las Fuerzas Armadas omnipotentes. En 1960 y 1980 tomaron el gobierno y en los años 1971 y 1997 obligaron a los gobiernos a renunciar. Esto le permitió a la burguesía turca cierta colaboración con las burguesías imperialistas y obtener el estatus de una potencia regional al actuar como interlocutor y puente para las ambiciones imperialistas. Se abrió más a la economía mundial en general y a la economía de la UE en especial. En 1996 Turquía entró en la Unión aduanera de la Unión Europea y el acercamiento a la UE fue un proyecto clave.

El AKP llegó al poder en 2002 para rehabilitar una economía destrozada y un aparato estatal devastado por la guerra contra el movimiento kurdo. Este proyecto del AKP contó con el apoyo de las fracciones seculares y musulmanes de la burguesía turca y los intelectuales liberales más conocidos porque ambos fueron incapaces de encontrar una solución a la crisis. Para entender mejor el carácter parasitario y dependiente de la burguesía turca es sugerente una cita de León Trotsky en referencia a la burguesía inda.

“La burguesía india es incapaz de encabezar una lucha revolucionaria. Está estrechamente ligada al capitalismo británico y depende de él. Tiembla por su propiedad. (…) Busca compromisos con el imperialismo británico no importa a qué precio, y adormece a las masas con esperanzas de reformas por arriba.”

Hoy en día la estructura económica no está dominada por el sector agrario o la industria textil sino por la industria electrónica y automotriz – obviamente en manos de empresas imperialistas – que aportan la mayor parte al PBI. Se producen más de un millón de automóviles y camiones al año en Turquía de empresas como MAN, Daimler, Toyota, Ford, Fiat o Renault. Además, Turquía se estableció como mercado suprarregional, lo que le dio el rol de potencia regional aunque como tal depende del beneplácito de las potencias imperialistas.

Los cambios económicos y el rol de Turquía como brazo derecho de intereses imperialistas liberaron a la burguesía turca de la necesidad de darle un rol preponderante al ejército. Las Fuerzas Armadas omnipotentes se volvieron una carga y fueron cuestionadas. En este marco jugó un rol clave el levantamiento kurdo ya que el ejército no fue capaz de liquidarlo a pesar de gastos militares enormes al igual que los intentos de impedir una representación parlamentaria kurda solo tenían un efecto a corto plazo. El movimiento kurdo se levantó de nuevo y siguió su lucha heroica. Así la “democratización del Estado” que necesariamente implicaba una reducción de las facultades inmensas de las Fuerzas Armadas se convirtió en una demanda política de la burguesía turca.

En tiempos de crisis orgánica, las tendencias bonapartistas se fortalecen

Sin embargo, no fue un proceso lineal. El fracaso de las intenciones de aumentar su poderío regional, que vamos a analizar más a profundidad en la segunda parte de este artículo, dieron por terminado el proceso de liberalización.

Hoy – después de la elección de Erdoğan a presidente de Estado en 2014 y sobre todo después del golpe fallido en verano del año pasado – los conflictos dentro de la burguesía turca se reabren con mucha fuerza. El proceso de independización del ejecutivo bajo Erdoğan está basado en que el sistema parlamentario podrido no es capaz de cerrar las grietas dentro de la burguesía y el Estado. Erdoğan no logra establecer un consenso en base de la unificación de las fracciones burguesas. Con la reforma constitucional bonapartista intenta de adaptar las instituciones estatales a los fines de su gobierno.

Este proceso es la expresión de una “crisis orgánica” en Turquía que forma parte de tendencias hacia crisis orgánicas en todo el mundo producto de la crisis económica mundial iniciada en 2008.

La crisis orgánica socava las bases del orden neoliberal. Según Gramsci se diferencia de cambios o crisis de carácter coyuntural o temporal por abarcar a todo el régimen en los diferentes niveles (económico, social, político) y así poner al desnudo las contradicciones fundamentales e incurables. La clase dominante y el establishment no están en condiciones de superar estas contradicciones con métodos habituales. Esto abre un período de cuestionamiento y cambios de las formas de pensar que se expresan en la crisis de los partidos tradicionales y de legitimidad y representación del sistema político establecido, lo que no quiere decir que las crisis orgánicas necesariamente están vinculadas con una ruptura revolucionaria. Al contrario, describe una situación donde la clase trabajadora no puede conquistar el poder, pero la burguesía carece de recetas para superar la crisis. Es, como dice Gramsci, una situación donde “lo viejo no muere y lo nuevo no nace”.

En su discurso “Una Escuela De Estrategia Revolucionaria” en el Tercer Congreso de la Internacional Comunista Trotsky dice: “La clase social que dirigía la antigua sociedad, convertida en reaccionaria, debe ser remplazada por una clase social nueva que aporta el plan de un régimen social nuevo que corresponde a las necesidades del desarrollo de las fuerzas productivas (…). No ocurre siempre así́. Por el contrario, más de una vez ocurrió́ en la historia que una vieja sociedad se agotara (…) pero en esta sociedad ya desaparecida no existía una clase suficientemente fuerte para anular a los directores y establecer un nuevo régimen. (…) Así resulta que la humanidad no ha marchado de abajo a arriba, siguiendo una línea siempre ascendente. No. Ha conocido largos períodos de estancamiento y de recaída en la barbarie.”

Como escribimos el año pasado nos encontramos “en un período de cambios bruscos donde están al orden del día tanto salidas bonapartistas como nuevos procesos de lucha de clases y de radicalización política”.

Friedrich Engels escribe en 1890 durante la Gran Depresión a Adolph Sorge: “Ya ves cómo todos los principitos de hoy se vuelven bonapartistas a la fuerza”. No sería una exageración afirmar que las tendencias bonapartistas se fortalecen en el período actual de crisis orgánicas.

Al analizar el bonapartismo es importante remarcar que no es el grado de represión del régimen el rasgo clave para la definición, sino cómo el Bonaparte actúa frente a la burguesía, la pequeñoburguesía y el proletariado. ¿Con el apoyo de qué institución y aparato aprovecha la relación existente entre las clases? Para decirlo de otra forma, hasta qué punto el Bonaparte mantiene su independencia política de las clases principales y cómo contribuye a establecer una mediación entre las clases y fracciones de las distintas clases.

Trotsky lo definió en su escrito “Otra vez sobre la cuestión del bonapartismo”. “Entendemos por bonapartismo el régimen en el cual la clase económicamente dominante, aunque cuenta con los medios necesarios para gobernar con métodos democráticos, se ve obligada a tolerar -para preservar su propiedad- la dominación incontrolada del gobierno por un aparato militar y policial, por un ‘salvador’ coronado.”

Claramente el bonapartismo de Erdoğan se distingue mucho del bonapartismo de los años 30 que analizó Trotsky al que pertenecen por ejemplo los gobiernos Brüning, von Papen y von Schleicher de la República de Weimar. El bonapartismo turco no se base en este rol de árbitro en una situación de empate de la lucha de clases aguda entre las dos clases enemigas fundamentales, sino en la incapacidad del parlamentarismo turco de cerrar las grietas dentro de la burguesía y el Estado. El desarrollo actual que haría imposible un cambio de gobierno a través del parlamento en el marco de la democracia burguesa llevaría a dos posibles salidas del bonapartismo: el Bonaparte caerá producto de la movilización como pasó durante la “primavera árabe” en Egipto y Túnez, o el bonapartismo será sustituido por un régimen aún más reaccionario.

Erdoğan ha logrado hasta ahora mantener sus coaliciones de poder cambiantes durante cada vuelco de la situación e incluso aumentarlas eventualmente. Hoy en día el ultranacionalista MHP es la base de poder de Erdogan.

Los límites del bonapartismo turco, reflejados en su política exterior fallida y su dominio de terror interior, la analizaremos en la segunda entrega más en profundidad.

*Este artículo, el primero de dos, fue escrito unos días antes del referendum del 16 de abril, y analiza las tendencias más profundas que se encuentran detrás de la bonapartización del régimen de Erdogan.

Traducción: Robert Samstag








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