Política

OPINIÓN

Sangre, mentiras y una nueva doctrina para la tribuna

Chocobar es el “héroe” del fascismo que nace y se reproduce en las colas de los bancos. Macri, Bullrich y Durán Barba quieren destruir paradigmas a costa de torcer hechos y circunstancias.

Jueves 8 de febrero | Edición del día

Lo que torna más atroz a la tragedia macrista es su estructura de chiste. Tanto es así que, en medio de las convulsiones del presente, el diario Clarín acaba de efectuar una simpática revelación: el Presidente -por consejo de su amigo, el publicista Joaquín Molla- visita con frecuencia a una “armonizadora budista” para liberar sus chakras con cuencos y gongs. Y que ella habría influido en su determinación de mantener al ministro Jorge Triaca, dando así por cerrado el caso ante su propia tropa. Ya se sabe que dicho asunto fue un notable paso en el desmoronamiento de su imagen pública.

¿Acaso aquella pitonisa también le recomendó convertirse en el primer mandatario constitucional que recibe en la Casa Rosada a un policía acusado de “homicidio agravado por exceso en la legítima defensa”? Una decisión que a su vez dio pie a una espeluznante comedia de enredos.

“Quiero reconocer tu valentía y expresarte mi apoyo”, le dijo entonces al suboficial Luis Chocobar. Pero al día siguiente la difusión televisiva de las imágenes que lo mostraban ultimando casi a quemarropa al ladronzuelo Pablo Kukoc, de 17 años, desplomó aquellos elogios.

A partir de ese momento desde las filas del PRO se ensayaron diversos relatos. Por ejemplo, Marcos Novaro -un intelectual orgánico del oficialismo- firmó en el portal de Todo Noticias un texto titulado: “Chocobar mintió y dejó en offside a Macri”.

¿El Presidente fue realmente engañado en su buena fe? Parece que no. Ello se desprende de lo dicho después por el jefe de Gabinete, Marcos Peña: “El Gobierno conoce los videos desde el primer día”. Es decir, Macri también mintió al avalar el embuste del mazorquero homicida.

Entonces irrumpió la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, con su ya célebre latiguillo: “Estamos cambiando la doctrina”. Y agregó que los nuevos protocolos del accionar policial elaborados por sus colaboradores “invierten la carga de la prueba y le otorgan al efectivo el beneficio de la duda”. Eso lo dijo en un vidrioso diálogo radial con el periodista Ernesto Tenembaum, antes de permitirse una pregunta retórica: “¿Y si no cómo cuidamos a la gente?”

La frase fue pronunciada el martes a la mañana. Un par de horas después, un intenso tiroteo entre la Policía de la Ciudad y un trío de pistoleros en pleno centro porteño, con casi un centenar de proyectiles, esquirlas y vainas desparramadas, tuvo entre sus heridos -además de un asaltante- a una jueza y un prosecretario judicial.

Bien vale repasar la coreografía del hecho. La desaforada persecución policial se produjo en medio del gentío que circulaba en la zona. Y contabiliza tres enfrentamientos: el primero, en Corrientes y Libertad, tras el atraco a una joyería, al huir sus autores en una camioneta Eco Sport. Y el último, en Paraná y Corrientes, donde fue baleado el único detenido mientras sus cómplices se esfumaban definitivamente. En el medio, ese vehículo chocó con otro a metros de Lavalle y Uruguay; los hampones entonces -sin disparar un solo tiro- se replegaron a pie hacia Corrientes bajo una tormenta de balas policiales. Fue justamente allí cuando la jueza laboral Ana Dagnillo, de 60 años, obtuvo dos disparos en las piernas, y el prosecretario Ezequiel Allende, de 40, uno debajo de la rodilla izquierda.

La nueva “doctrina” acababa de dar sus frutos.

Fue notable el nivel de mendacidad y desinformación de la ministra al fundamentar el asunto. Describió como “enfrentamientos” los 725 asesinatos policiales de civiles ocurridos desde el 10 de diciembre de 2015 -uno cada 23 horas- cuando en realidad fueron en su mayoría casos de “gatillo fácil” -es decir, tiroteos unilaterales- o bajo torturas en comisarías. Al establecer como regla la presunción de inocencia al victimario de uniforme, adujo que aquella es “la doctrina policial del mundo entero”.

Sobre Chocobar, Bullrich echó mano a un increíble argumento: “Se limitó a cumplir con las Reglas de Teuller”. Hablaba del protocolo ideado por el sargento Dennis Teuller -de la policía del estado norteamericano de Utah- que establece en 6,4 metros la distancia mínima para repeler con un arma de fuego un ataque con cuchillos. ¡Un genio! Y también aseguró que en Argentina el índice de policías muertos es superior al del resto del planeta. Al respecto habría que explicarle que el 70 % de ellos suele caer al intervenir con armas en delitos estando fuera de servicio.

No fue más feliz el aporte de Jaime Durán Barba a la cuestión. El gurú ecuatoriano aseguró que “la gente está desesperada con el delito” y quiere que “se reprima brutalmente”. Además dijo contar con encuestas que “avalan la pena de muerte”. Lo cierto es que así acababa de blanquear la realización de encuestas para legitimar el “gatillo fácil” como política pública. Tanto es así que fuentes del Ministerio de Seguridad reconocieron que relevamientos efectuados en las redes sociales -un universo algo impreciso, claro- arrojaron una aceptación del 80 % con respecto al accionar del policía de Avellaneda.

Ya hace años el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos acuñó el concepto de “fascismo societal”. Un fenómeno ideológico que, a diferencia de los procesos de extrema derecha en la Europa de la primera mitad del siglo XX, no es cincelado por la política ni el Estado sino que surge en las entrañas del cuerpo social. Una oleada técnicamente pluralista, sin jefes, pero provista de objetivos disciplinantes y civilizatorios. Es el fascismo que nace en las filas de los bancos. El fascismo de los que ni siquiera saben lo que es el fascismo. Una bandera que el PRO no piensa desaprovechar.

Y no es novedad que la demagogia punitiva siempre se escribe con sangre.







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