Salud Mental

Salud mental, pandemia y una polémica cargada de omisiones

Desde hace semanas se desarrolla una discusión académica sobre la cuarentena y el rol de Estado que encubre más similitudes que diferencias.

Pablo Minini

@MininiPablo

Lunes 20 de julio | 11:18

En nuestro país surgieron dos "bandos" en salud mental, por llamarlos así: quienes apuestan a una política de cuidado estatal y quienes apuestan a una meritocracia republicana. En el primer grupo se plantean políticas centradas en el abordaje comunitario y en el segundo una suerte de individualismo metodológico con ciertas reminiscencias biologicistas.

Ambas, sin embargo, toman como eje de discusión la cuarentena y sus efectos. Los primeros, alineados con la política de la coalición del gobierno de TODOS, defienden la cuarentena tal cual se está llevando a cabo. Los segundos, alineados con Juntos por el Cambio y cierto sector patronal, ven a la cuarentena como un remedio peor que la enfermedad en sí. Veremos los límites que tienen las dos posturas.

El lado comunitario de la grieta

Una de las representantes de esta línea es Alicia Stolkiner, titular de la cátedra Salud Pública Salud Mental de la Facultad de Psicología de la UBA. En un artículo argumenta que la declaración de pandemia provocó transformaciones en tres categorías. La primera, transformación de uno mismo frente a la catástrofe. La segunda en relación al duelo obligado por un futuro que ya no sucederá y que obliga a modificar proyectos. Y para la tercera postula una transformación de los sujetos en su empatía y en su conciencia de un necesario cuidado colectivo. Reconoce que los mayores afectados son los adolescentes y los asalariados que han debido resignificar sus relaciones, que están más tristes que antes y que presentan dificultades en el sueño. "El dolor del duelo, la angustia y la incertidumbre nos atraviesan a todos porque nada que lo pueda evitar", declara. Y agrega: "tener incertidumbre es un acto de normalidad".

Para Stolkiner asumir el duelo y respetar la cuarentena son actos normales. En la vereda opuesta ubica a quienes niegan los efectos de la pandemia y, por lo tanto, rechazan la cuarentena. La negación, en psicología, es una conceptualización patológica. Algo de la patologización se deja deslizar en los dichos de la docente.

Stolkiner, sin desarrollarlo, menciona las dudas con respecto a "lo humano en sí" y a la crisis económica como efectos de la pandemia. Aún más superficialmente menciona la fragmentación del sistema de salud. Y, por supuesto, declara que la aceptación de la incertidumbre y el respeto por la política del gobierno nacional, junto con la perspectiva interdisciplinaria, comunitaria y los recursos singulares son la mejor manera de afrontar el problema. Stolkiner defiende la definición de angustia que dio Alberto Fernández: "angustia es que el Estado te abandone".

El lado liberal meritocrático

El decano de la misma Facultad de la UBA, Jorge Biglieri, se constituyó como la voz portante del segundo bando.

Para Biglieri el gobierno nacional se ha dedicado a difundir el miedo para sostener una postura paternalista: "el Estado te cuida". Y según él la función del paternalismo es sostener una élite gobernante por encima de los ciudadanos honestos.

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Según Biglieri, la cuarentena produce depresión, divorcios y baja en la productividad laboral, debido al confinamiento y la presión estatal sobre los individuos. Dice que el tutelaje tiene como resultado la eliminación de la responsabilidad laboral. Para él, la solución está del lado de la psicoeducación, de brindarle herramientas a la gente para que se cuide sola (el viejo "no des pescado sino una caña para pescar"): "hay que enseñarle a la gente cómo identificar las emociones para enfrentar la cuarentena", argumenta.

El nivel científico de los dichos de Biglieri es sumamente pobre. Rechaza la tutela estatal para reemplazarla por una tutela de técnicos psicólogos. Hace futurología en cuanto a los vínculos personales. Y extrapola los efectos de la cuarentena al ámbito laboral, así sin más, sin ver otras variables como la desocupación o el temor cierto a los contagios y la muerte. Biglieri parece haber dejado de lado a los popes de la psicología y referenciarse en Ayn Rand, la escritora antibolchevique seguida por libertarios, liber reaccionarios, anarcocapitalistas y neoliberales (que es, oh, casualidad, la favorita de Macri).

Biglieri completa su serie de desatinos con frases tales como que "los seres humanos necesitamos orden", o que " hay personas que son resilientes naturales, otras no, hay que ayudarlas." En su confusión intelectual Biglieri deriva prontamente del liberalismo hacia el fascismo.

Más acuerdos que diferencias

A pesar de las diferencias de contenido, ambas posturas adolecen de un mismo defecto y son simétricas entre sí. Mientras que para un sector el problema es la respuesta paternal del Estado ante un virus, para el otro el Estado hace lo único posible contra un "enemigo invisible y catastrófico". Ya sea proponiendo una salida explícitamente individual o comunitaria (aunque incluso Stolkiner centra las transformaciones en el individuo), ninguna de las dos posturas se propone indagar cómo es que los humanos entraron en contacto con ese virus. Si lo hicieran, tendrían que hablar de la agroindustria, de la destrucción del medio ambiente de poblaciones animales. También tendrían que hablar de las cadenas de logística que permitieron la propagación del virus. Las causas, para ambos lados de la grieta académica, se presentan completamente separadas de los efectos.

Biglieri, además, comete un error burdo: da por sentado que todos los individuos tienen las mismas posibilidades naturales y, a quien no las tiene, se lo puede psicoeducar o venderle la solución. Error que no está tan lejano del que comete Stolkiner: para ella las comunidades son un monolito indivisible. Es decir, ambos pierden de vista las clases sociales y la ubicación de las personas en el modelo productivo: alguien que tiene agua potable y vivienda digna tiene menos posibilidades de contagiarse que alguien que vive en un barrio pobre o de emergencia; un patrón puede quedarse en casa porque tiene ahorros mientras un trabajador tiene que salir a exponerse en el transporte público o en lugares de trabajo hacinados y sin condiciones de salubridad mínimas.

Del "sálvese quien pueda" neoliberal de Biglieri no es necesario decir más que es un lógica reaccionaria y sin fundamento científico serio (sobre todo porque ese sálvese quien pueda vale solo para trabajadores y no para las empresas que exigen y vienen recibiendo la mayor parte de los subsidios). La perspectiva comunitaria de Stolkiner, más interesante, necesita un contenido para salir de la abstracción.

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Un plan de acción

No se puede pensar un abordaje comunitario de la pandemia y de la salud mental en este contexto sin tener en cuenta algunos elementos.

El primer elemento es que lo comunitario entra en directa contradicción con lo privado. Es en sí el espíritu de la diferencia entre una propuesta a “lo Biglieri” y una propuesta “a lo Stolkiner”: ¿las acciones que se toman son en función de los intereses de una mayoría o de acuerdo a intereses de lucro empresarial? Biglieri elige el lado privado, en franco ataque a cualquier perspectiva colectiva, mientras que Stolkiner elige un bando colectivo que conviva en paz con el sector privado.

Lamentablemente, ambos coinciden en no decir cómo llegó la salud pública a la pandemia, callando así que hay una salud privada para pocos y una salud pública para las mayorías obreras, sumamente pauperizada, tanto para sus pacientes como para sus trabajadores.

Aunque ella no lo mencione explícitamente, contrapuesto al abordaje de comunidad que propone Stolkiner, la industria privada exige que la producción no se detenga y no invierte en protocolos serios para cuidar a los trabajadores. Los únicos que pueden implementar los cuidados necesarios son los mismos trabajadores organizados en comités de seguridad e higiene, que no sólo definan cuidados sino qué producir, cuándo y cuánto. Es decir, trabajadores organizados que decidan la utilidad social racional de la producción. Y esto no es algo propio solamente de medidas revolucionarias: los gobiernos más conservadores han decidido históricamente la reconversión de sus industrias (Japón a la salida de la Segunda Guerra o Estados Unidos antes de entrar) para producir lo que la sociedad necesitaba con urgencia.

Definida entonces la distancia entre los intereses privados y las necesidades sociales, se puede pensar que una solución necesaria para las mayorías tiene que ver con centralizar estatalmente los recursos sanitarios disponibles bajo control de sus trabajadores. En Argentina la mayor parte de las camas disponibles (un 60%) está en manos privadas. Cuando el ministro de salud de la Nación deslizó la idea de centralizar (en realidad, alquilar) los recursos privados, los empresarios del sector salieron a hacer lobby para impedir cualquier paso en ese sentido. En este caso, la diferencia entre los intereses de los que hablamos quedó obscenamente a la vista. Vemos que en términos epidemiológicos y de política sanitaria la propiedad privada actúa como un límite a toda estrategia.

Pero hay otro elemento a tener en cuenta en un abordaje comunitario. Cuando el presidente Alberto Fernández declaró que prefería tener más pobres que más muertos, fue en contra de los postulados más básicos de la salud comunitaria y el sanitarismo: la pobreza incide directamente en la salud de la población. Ya lo dijo Carrillo hace más de setenta años y Stolkiner no puede desconocer ese concepto. Sin embargo, elige callarlo. Porque, como plantearon los biólogos Richard Lewontin y Richard Levin, "las ideologías dominantes configuran el tono de la investigación teórica de los fenómenos que luego se convierte en la práctica que refuerza la propia ideología". Alicia Stolkiner con su silencio refuerza una ideología dominante que parte de de la naturalización del Estado y de la sociedad de clases, cuestionando pero sin incomodar, con ideas sin contenido real y concreto.

¿Qué es incomodar? Decir que la discusión no es un Estado presente que cuida o un Estado ausente, sino que por su carácter de clase el Estado elige preservar negocios privados que llevan al deterioro del sistema público de salud, a la falta de recursos, a la falta de trabajadores de salud que implica la sobreexigencia de los que ya trabajan y el consiguiente burn out. Decir (y tanto Biglieri como Stolkiner lo callan) que las y los trabajadores de salud están expuestos a depresión, angustias y trastornos del sueño, además del riesgo físico de trabajar sin equipos de protección personal adecuados y en cantidad suficiente. Decir que el número de femicidios no deja de crecer. Que las y los jóvenes tienen por delante la entrada a un sistema precario de trabajo para sobrevivir. Decir también que por su carácter de clase, el Estado elige mantener una policía que está involucrada en asesinatos y desapariciones forzadas, como en los casos de Luis Espinoza en Tucumán o de Facundo Castro en Buenos Aires.

Hablar de lo comunitario sin contenido concreto sólo tiende a endulzar el capitalismo, a naturalizar que hay una salud privada con recursos materiales y una salud comunitaria para pobres y que lidia con la administración de la falta de recursos. Una estrategia en salud mental comunitaria debe contemplar la vida cotidiana de las comunidades, de las mujeres, de las y los jóvenes y las y los trabajadores de salud y de otros sectores empobrecidos.

Para rechazar una lógica de “se hace lo que se puede”, una perspectiva comunitaria debe implicar: recursos materiales y económicos para financiar un salario de emergencia de 30 mil pesos a quienes deben cumplir una cuarentena estricta, recursos que se pueden obtener, por ejemplo, de un impuesto a las grandes fortunas;
testeos masivos para una estrategia de rastreo, testeo y aislamiento de contactos para racionalizar los recursos de cuarentena y apuntar a suprimir el contagio;
organización y control de los trabajadores de salud en coordinación con otros sectores productivos y sociales; gestión colectiva, comunitaria y obrera de los laboratorios; unificación del sistema de salud, eliminando todo lucro privado.

Paradójicamente, sostener una perspectiva comunitaria sin contenido de clase deja a las y los pacientes y trabajadores a merced de un sistema meritocrático republicano. No es posible una política de cuidados conunitarios en salud mental sin afectar las ganancias y el modus operandi de los responsables de la pauperización de la vida de millones.







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