Cultura

A 149 AÑOS DE SU NACIMIENTO

Rubén Darío: príncipe de las letras castellanas, un iniciador

El 18 de enero de 1867 nacía en Nicaragua el “Príncipe de las letras castellanas”, el “Padre del modernismo”, ese poeta latinoamericano europeizado que hizo de la ruptura y la provocación, la forma de su poesía. En esta nota intentaremos hacer un breve recorrido por su prolífica obra.

Lucía Furia

Letras | FFyL

Miércoles 20 de enero de 2016 | Edición del día

Félix Rubén García Sarmiento, posteriormente conocido como Rubén Darío, nació en la ciudad de Matapa, hoy Ciudad Darío, Metagalpa, Nigaragua. Criado por sus tíos, a quienes adoptó como padres, adquirió (como sucedió con muchas “estirpes” por entonces) el apellido con el que se conocía a su familia en el lugar -aunque no fuera el suyo propio-, por eso “Darío”. Fue un lector precoz, de muy pequeño ya había leído grandes clásicos de la literatura universal como el Quijote, Las mil y una noches, la Biblia, incluso al gran retórico y político de la Antigua Roma, Cicerón.

Rubén Darío fue un gran poeta latinoamericano que influyó mucho en los países hispanohablantes, incluida España (donde estuvo muy cercano e influenció a los escritores de la Generación del ’98 que debatían y pensaban “los males” de su país en una época de total decadencia nacional), la cual fue un capítulo aparte en su vida. A su vez, fue periodista, oficio con el que se ganaban la vida casi todos los escritores por entonces, y diplomático, otra labor que le permitió recorrer numerosos países en los cuales entabló relación con variados poetas y personalidades. Entre ellos se encuentra la Argentina, a la que llegó en el año 1894, siendo desde el año 1898 corresponsal de La Nación, el diario con más influencia en la época, donde publicó varios artículos y crónicas, que contribuyeron a otorgarle la fama y el reconocimiento posterior, y a través de dicha corresponsalía fue que hizo su crucial viaje a España.

Su poesía tiene influencias de los románticos, especialmente Víctor Hugo, los parnasianos y obviamente de los simbolistas, destacándose entre ellos, Paul Verlaine. Recapitulando su trayectoria poética en el poema inicial de Cantos de vida y esperanza (1905), el propio Darío sintetiza sus principales influencias afirmando que fue "con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo". Si se quiere profundizar en cuanto a los autores que influenciaron a Darío, él mismo se encargó de dejarnos un volumen completísimo a ese respecto como es el libro que se titula Los raros, publicado en Buenos Aires y dedicado a glosar brevemente a algunos escritores e intelectuales hacía los que sentía una profunda admiración. Entre los seleccionados están Edgar Allan Poe, Villiers de l’Isle Adam, Léon Bloy, Paul Verlaine, Lautréamont, Eugénio de Castro y José Martí. El predominio de la cultura francesa es más que evidente. Darío escribió: "El Modernismo no es otra cosa que el verso y la prosa castellanos pasados por el fino tamiz del buen verso y de la buena prosa franceses".

La evolución de su obra poética está muy marcada por la recepción que esta tuvo para la crítica. Entre sus libros principales se destacan, Azul... (1888), considerado el libro inaugural del modernismo hispanoamericano (recoge tanto relatos en prosa como poemas, cuya variedad métrica llamó la atención de la crítica. Presenta ya algunas preocupaciones características de Darío, como la expresión de su insatisfacción ante la sociedad burguesa, en por ejemplo, El Rey burgués), Prosas profanas y otros poemas (1896), también publicado en Buenos Aires, etapa de plenitud de la poética dariana y Cantos de vida y esperanza (1905), época donde la reflexión de su obra se vuelve más intimista y subjetiva. Antes de estos, Darío había escrito ya tres libros, a los cuales consideró como su “prehistoria literaria”. Para él, como para todos los modernistas, la poesía era, ante todo, música. Su lema era: “De la musique avant toute chose” (la música ante todo) y pertenecía a su admirado Paul Verlaine.

Mucho se ha dicho sobre Darío respecto de que fue el precursor del modernismo en Latinoamérica –afirmación que debe matizarse, ya que varios otros autores también comenzaban a experimentar en ese sentido-, de su poesía innovadora que abarca temas como el exotismo, el erotismo y el ocultismo a través de sinestesias, metáforas y símbolos como los cisnes, el centauro, la mariposa, el color azul o el pavo real, y por esto es precisamente moderna; de haber sido quien introdujo el verso alejandrino en la poesía de lengua hispana, habiendo causado una auténtica revolución en la métrica castellana. De su persona y en cuanto a su poesía se han hecho afirmaciones tales como: “Mayor y mejor exponente de la adaptación de los ritmos de las literaturas clásicas (grecorromanas) a la lírica hispánica.” Pero muchas veces se olvida también que gran parte de su obra fue escrita en prosa, debido a su trabajo como cronista, fundamentalmente. Y además poco se sabe, o se comenta, de algo que, enmarcado en su presente, también fue diferente y rupturista: su poesía cívica y social.

En algunas ocasiones escribió sobre la sociedad y los problemas políticos que veía, por encargo, otras por deseo propio, para criticar y denunciar los males generados, o para exaltar o denostar personalidades públicas. Uno de sus más destacados poemas en esta línea es “Canto a la Argentina”, incluido en Canto a la Argentina y otros poemas, y escrito por encargo del diario La Nación con motivo del primer centenario de la independencia del país austral. Este extenso poema (con más de 1.000 versos, es el más largo de los que escribió el autor), destaca el carácter de tierra de acogida para inmigrantes de todo el mundo del país sudamericano, y enaltece, como símbolos de su prosperidad, a la Pampa, a Buenos Aires y al Río de la Plata. En una línea similar está su poema, "Oda a Mitre", dedicado al prócer argentino Bartolomé Mitre.

En su "A Roosevelt", incluido en Cantos de vida y esperanza, expresa la confianza en la capacidad de resistencia de la cultura latina frente al imperialismo anglosajón cuya cabeza visible es el entonces presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt. En "Los cisnes", perteneciente al mismo libro, el poeta expresa su inquietud por el futuro de la cultura hispánica frente al aplastante predominio de los Estados Unidos: ¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? / ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés? / ¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros? / ¿Callaremos ahora para llorar después? Muy criticado fue el giro absoluto de Darío cuando, con motivo de la Tercera Conferencia Interamericana, escribió, en 1906, su "Salutación al águila", en la que enfatiza la influencia benéfica de los Estados Unidos sobre las repúblicas latinoamericanas.

De este modo, como puede apreciarse, Darío fue un escritor y poeta que inauguró una nueva tradición y como tal está plagado de ambivalencias, e incontables idas y vueltas en torno a su vida y obra, también fue un alcohólico la mayor parte de su adultez, lo que le costó perder trabajos y a su familia en reiteradas ocasiones. Además, por la agudeza de sus escritos, más sociales o más simbólicos, igual da, fue reiteradas veces censurado.

Y aunque aún hoy día ha sido escasamente traducido a otras lenguas, ha dejado una influencia imborrable en las letras, la poesía y los autores e intelectuales de lengua hispana, tanto en América como en España, aquella que fue casi su segundo hogar. Larga es la discusión y la reapropiación que se hizo del modernismo, criticado por las vanguardias históricas, y por las generaciones inmediatamente siguientes -incluso por quienes en sus inicios se configuraban como sus discípulos-, dejado de lado en la academia y con poca llegada a los sectores populares, aunque retomado posteriormente, hasta incluso hay quienes lo consideran un antecedente inmediato de lo que será luego el posmodernismo. En fin, Rubén Darío ha sido, ante todo, un poeta marcadamente influyente.






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