Sociedad

TRAS LOS MUROS

Rostros y realidades (visita a un hijo en la cárcel)

Reflexión de una madre de la zona oeste del Gran Buenos Aires a partir de una de sus habituales visitas a su hijo detenido. “Sé que sólo este diario puede mostrarlo”, dice Cris.

Viernes 30 de diciembre de 2016 | Edición del día

Cris es trabajadora de la zona oeste del Gran Buenos Aires. Hizo llegar a la redacción de la La Izquierda Diario sus reflexiones al encontrarse con una realidad que es la misma de la de cientos de mujeres trabajadoras que tienen familiares detenidos en los distintos penales, por el solo delito de ser pobres.

En medio de las fiestas de fin de año el Estado se muestra con todo su rostro de opresión y persecución. “Quiero también contar los sentimientos de las demás mujeres, quiero que sus voces también se escuchen y sé que sólo este diario puede mostrarlo”, dice Cris. Ésta es la primera entrega de una serie de cartas.

He conocido un mundo nuevo...

Todo comenzó hace poco más de un mes, cuando recibí la peor noticia que jamás imaginé. Cómo una actitud, una acción, un llamado pueden modificar y revolucionar la vida en un segundo. Esta vida que a veces golpea muy fuerte.

He conocido un mundo de rostros devastados, de historias tristes, un mundo del que jamás imaginé hoy iba a ser parte, al que sólo miraba desde otra vereda.

Son... Perdón, somos un grupo de ciento de mujeres que nos reunimos religiosamente dos veces por semana para disfrutar de dos horas de un “pícnic”, como solemos decirle, en compañía de un marido, un tío, un hermano, un papá... y en el peor de los casos, un hijo... desde ahí me toca vivirlo.

Sin desmerecer o minimizar el dolor de quienes visitan algún familiar, no hay dolor más grande que tener que ir a ver a la persona que, por más años que tenga, siempre va a ser tu bebé.

Todo suele comenzar de madrugada, donde cientos de mujeres se trasladan desde cualquier punto del país para llegar a la cita, a la hora indicada, llevando consigo sus niños, entre bolsos de mercadería, ropa y comida, algunas demasiado, otras lo que pueden. A las corridas y sin pensar demasiado, más que en el momento del encuentro, nos apresuramos para llegar a la fila del colectivo, la primer larga fila de varias que haremos ese día.

Llegar al lugar, al sonido de un sólo bullicio, algún grito que se oye a lo lejos de alguien alterado y al que todos volteamos a ver, esperando no pase nada. En las miradas se refleja el dolor y el terror, tanto adentro como afuera.

Luego de varias filas, requisas incómodas, personal molesto por la inquietud de algún niño y largas horas de espera, llega el momento del encuentro. Verlo cruzar un portón de rejas y vidrio del otro lado de un gran comedor, para unirnos en un abrazo fuerte y tantos besos los cuales nunca son suficientes, sin perder detalle, esperando siempre no encontrarlo lastimado.

Y caigo en la realidad de que no es un mundo, sino dos. Encontrar a otras madres, escuchar sus historias entre lágrimas y nudos en la garganta encendiendo un cigarrillo esperando sin éxito que nos alivie la angustia.

He escuchado hasta el momento las historias más tristes y adentro las más terroríficas. Ambas ponen la piel de gallina. Algunas historias que aterran y otras que sumen más en el dolor. Y un llanto desconsolado repitiendo en mi mente “¿por qué?”.

Ya una vez adentro y luego del abrazo de bienvenida, nos apuramos a sentarnos y compartir sin dudas la mejor de las comidas de esa semana. Entre miradas perdidas y llenas de angustia, donde las lágrimas se contienen lo más que se pueda sin separar su mano de la mía para no perder el contacto de esa caricia y ese beso espontáneo, que extrañaré hasta el próximo encuentro.






Temas relacionados

Cárceles   /    Buenos Aires   /    Sociedad

Comentarios

DEJAR COMENTARIO