Cultura

RESEÑA

Rosa Luxemburgo: la mujer y el mito, por Kate Evans

La capacidad de unir sentimientos y teoría política sólo puede ser realizada por el cine o el cómic. Y en este caso agradecemos este aporte.

Lunes 24 de julio | Edición del día

"La Historia es el único maestro infalible, y la revolución la mejor escuela para el proletariado. Ellas asegurarán que las "pequeñas hordas" de los más calumniados y perseguidos se conviertan, paso a paso, en lo que su visión del mundo les destina: la luchadora y victoriosa masa del proletariado socialista y revolucionario".
Conferencia Nacional de la Liga Espartaquista (1919)

Caminaba buscando la famosa tumba de Marx del cementerio de Highgate en Londres, cuando un anciano se me acercó justo ante el gran busto del padre del socialismo científico, y me preguntó: ¿Quieres ver la verdadera tumba de Marx? Me llevó por un sendero lleno de maleza hasta un rincón de aquel recinto, donde, medio escondida, se hallaba una lápida rota con el nombre de Marx grabado. Me explicó que el monumento que todo el mundo visita fue erigido por los rusos muchos años después de su muerte. La verdadera tumba se hallaba lejos, rota, olvidada, fuera del contacto con los demás muertos "decentes", porque Marx era judío. La muerte es el escenario de la construcción del mito y la pantalla donde se proyectan los héroes. Rosa Luxemburgo era judía, y su tumba, como en el monumento de Marx, sólo es el símbolo de su obra. Su cuerpo torturado fue arrojado al Landwehr Canal de Berlín. Meses después se halló un cadáver que se supuso era el suyo y al que se dio sepultura en el cementerio de Friedrichsfelde. El lugar se convirtió, al igual que el de Marx, en un lugar de peregrinación para comunistas, feministas y todo tipo de activistas.

Nos alimentamos de símbolos. Las imágenes se graban en nuestra memoria y se enlazan con nuestros deseos, nuestros miedos, nuestras esperanzas, mucho más que los textos, sobre todo en un mundo cargado de estímulos visuales, donde la marca borra el contenido. No es extraño por tanto que el cómic de Kate Evans, "La Rosa Roja", comience con los orígenes judíos de su protagonista (relacionando con inteligencia la marginación de su condición étnica y cultural con su interés por la injusticia social, como en Marx), y acabe con una viñeta a toda página donde se ve su lápida, acompañada de una joven militante "tuiteando" #rebelión, #ocupación, #comunicación, #revolución. Imagen impactante, que nos induce a conectar pasado y futuro. Las luchas históricas contra la explotación y por la revolución socialista no deben caer en el saco de los estudios arqueológicos, por tanto. La capacidad del impacto visual del cómic es muchísimo mayor que la de cualquier otro medio de expresión social. Es mucho más eficaz que cualquier panfleto, y, gracias al precedente del movimiento underground de los años 60 y 70, se ha convertido en la vanguardia de la crítica social: las viñetas como arma contra los poderes establecidos, como en el caso de "El Jueves" o "Charlie Hebdó", por no hablar de las viñetas cómicas de los periódicos de gran tirada ("El Roto", por ejemplo), que son como el espejo de la realidad, mucho más que la mayoría de los artículos que solemos leer. Dentro de este espacio aparece la biografía de Rosa Luxemburgo de Kate Evans (cuyo reportaje gráfico Threads From The Refugee Crisis, sobre el campo de refugiados de Calais, es realmente impactante), que recoge no sólo su trayectoria personal, sino una muy trabajada investigación sobre su obra y pensamiento, con bibliografía y notas aclaratorias de muchas de sus citas.

No es nada fácil hacer una revisión histórica, y menos biográfica, sin caer en el viejo tópico hagiográfico. En este sentido, la autora es fiel a un compromiso político cercano al pensamiento de su objeto de investigación: las luchas del presente son la continuación de las iniciadas por los revolucionarios del pasado, y nuestras líneas de actuación siguen sus parámetros teóricos, ampliados y adaptados a unas necesidades, que por mucho que avance la tecnología, continúan siendo las mismas. Éste es el planteamiento que conforma un amplio cómic, muy tradicional en su concepto visual, pero bastante acertado en su objetivo de transmitir una información que de otro modo sería difícil de asimilar por un público poco habituado a la lectura de ensayos, documentos o textos teóricos. La capacidad de unir sentimientos y teoría política sólo puede ser realizada por el cine o el cómic. Y en este caso agradecemos este aporte. Viene a mi mente la hermosa película que Margarette Von Trotta hizo sobre su vida, pero sin duda, solo fue vista por cinéfilos o comprometidos por su causa. El cómic es universal. Es la continuación de una tradición popular manifestada desde los orígenes de nuestra cultura. Es la voz del "griot" africano, la canción del juglar medieval, el verso del poeta homérico conductor de las tragedias míticas. Porque en la tragedia se halla la gloria del héroe. Y no hay nada que transmita mejor el dolor de una derrota, que el tiempo se encarga de transmutar en la esperanza de una victoria.

Es difícil hacer igualmente un análisis histórico sin caer en la manipulación de su visión actual. La empatía con los personajes del pasado nos induce a su maquillaje en aras de facilitar su ensamblaje presente. Eso es lo que temo de las hagiografías. Desde niño me acostumbré a leer las publicaciones donde se glorificaba a los "santos" de la religión, o a los "prohombres" del sistema. Eso siempre me ha puesto en guardia frente a todo tipo de revisiones de vidas célebres, pero en este caso debo admitir que la secuenciación de imágenes seleccionadas en esta obra me ha impresionado. Por una parte, es sencilla, y por otra rigurosa, sirviendo como puerta que abre al interés por indagar más profundamente en la obra de una mujer, que siempre será el modelo de la lucha por los derechos de todas y todos.






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