Internacional

DEBATE MARXISMO

Rosa Luxemburgo: el gobierno, el parlamento y la lucha de clases

A propósito de debates estratégicos en la izquierda europea, los escritos de Rosa Luxemburgo mantienen gran actualidad. Parlamentarismo y Estado capitalista, reformas, revolución y lucha de clases.

Josefina L. Martínez

Historiadora | Madrid

Viernes 4 de noviembre | Edición del día

Hay cantidad de debates y elaboraciones en la obra de Rosa Luxemburgo que sorprenden por su enorme vigencia para abordar cuestiones estratégicas de la izquierda anticapitalista y revolucionaria en la actualidad. En este artículo rescato la polémica sobre el “ministerialismo” y la participación -por primera vez- de un ministro socialista en un gobierno burgués (1899). Una polémica que se produjo de forma contemporánea al gran debate sobre “reforma o revolución” contra el revisionismo de Eduard Bernstein en la socialdemocracia alemana.

El “ministerialismo” de Millenard

Alexandre Millerand pasó a la historia como el primer socialista que se integró como ministro a un gobierno capitalista. Nombrado ministro de Comercio e Industria en el gobierno del radical Pierre Waldeck-Rousseau, ejerció ese cargo entre 1899 y 1902. Era la primera vez que un socialista ocupaba un cargo ejecutivo en un gobierno capitalista, lo que generó un intenso debate entre los miembros de la Segunda Internacional.

Mientras que Jean Jaurés justificó la entrada de Millerand al gobierno (aunque unos años después cambió de posición), fue Rosa Luxemburgo la que levantó su voz para polemizar con esa política oportunista, el “ministerialismo socialista”. Finalmente, Millenard fue expulsado del Partido Socialista francés en 1904 por sus políticas conservadoras.

En esos mismos años en Alemania Eduard Bernstein sentaba las bases teóricas para el revisionismo del marxismo, habilitando la colaboración con la burguesía liberal y el abandono de la lucha por el socialismo, trocándola por una lucha por la “ampliación de la democracia” de forma gradual en los marcos del Estado capitalista. En Francia, fue Millerand quien llevó estas posiciones hasta el final en el plano práctico-político.

Para los socialistas franceses de la época, la justificación de la entrada de Millenard al gobierno burgués era la “defensa de la República” contra un posible golpe monárquico, poco después de que el “caso Dreyfus” conmoviera Francia. Un argumento que a lo largo del siglo XX volverá a repetirse, cuando se justifiquen las políticas de Frente Popular y alianza con la burguesía “en defensa de la democracia contra el fascismo”.

En el artículo “Una cuestión de táctica”, publicado en julio de 1899, Rosa Luxemburgo relaciona la táctica del ministerialismo con la concepción oportunista de Bernstein de “introducción gradual del socialismo”.

“Desde el punto de vista de la concepción oportunista del socialismo tal como se manifiesta en los últimos tiempos en nuestro partido y particularmente en las teorías de Bernstein -es decir, desde el punto de vista de la introducción gradual del socialismo en la sociedad burguesa- la entrada de elementos socialistas en el gobierno debe parecer como algo tan deseable como natural. Si, por un lado, logramos hacer penetrar poco a poco pequeñas dosis de socialismo en la sociedad capitalista y si el Estado capitalista pasa poco a poco, a transformarse en un Estado socialista, la admisión, cada vez más amplia, de socialistas en seno del gobierno burgués, sería incluso una consecuencia natural del desarrollo progresivo de los Estados burgueses, que correspondería totalmente a su pretendida evolución hacia una mayoría socialista en los órganos legislativos.”

Esta concepción oportunista gradualista se contrapone al punto de vista revolucionario, donde la destrucción del capitalismo y el Estado burgués es precondición de la transición al socialismo. Siendo el objetivo final la destrucción del Estado capitalista, el medio adecuado para esa tarea es la lucha de clases y las posiciones que ocupen los socialdemócratas en las instituciones democrático-burguesas solo sirven si permiten desarrollar esa lucha de clases.

“Si, por el contrario, se parte desde el punto de vista de que la introducción del socialismo sólo puede ser considerado después de la destrucción del sistema capitalista, y que la actividad socialista, se reduce ahora a la preparación objetiva y subjetiva desde este momento de la lucha de clases, se plantea la cuestión de otra manera. Está claro que la socialdemocracia, para llevar a cabo una acción eficaz, debe ocupar todos los puestos disponibles en el Estado actual y debe ganar terreno en todas partes. Pero siempre a condición que estas posiciones permitan desarrollar la lucha de clases -la lucha contra la burguesía y su Estado”.

Y es entonces cuando Rosa Luxemburgo establece una diferencia fundamental entre integrar un parlamento en un estado capitalista y ocupar el gobierno en un Estado capitalista.

“Sin embargo, para este punto de vista, hay una diferencia esencial entre las legislaturas y el gobierno de un Estado burgués. Mientras que en el Parlamento, los elegidos por los trabajadores no logran hacer valer sus reivindicaciones, al menos podrían continuar la lucha persistiendo en una actitud de oposición. En el gobierno, por el contrario, que se encarga de hacer cumplir las leyes, la acción, no tiene lugar en su marco, para una oposición de principio. (…)Por tanto para un adversario radical del sistema actual se encuentra ante la siguiente alternativa: o bien cada momento hacer oposición a la mayoría burguesa en el gobierno, es decir, no ser un miembro activo del gobierno, obviamente esto crearía una situación insostenible obligando a sacar al miembro socialista del gobierno, o bien tendría que colaborar, realizando las funciones diarias requeridas para el mantenimiento y el funcionamiento de la máquina estatal, es decir, de hecho, no ser un socialista, al menos en el contexto de sus funciones gubernamentales.”

Luxemburgo señala que el socialista que ocupa un gobierno burgués actúa “realizando las funciones diarias requeridas para el mantenimiento y el funcionamiento de la máquina estatal”, lo contrario de su objetivo, que es justamente la destrucción de esa maquinaria estatal.

Pero, dirán los defensores de la teoría oportunista de la participación de los socialistas en un gobierno capitalista… “se pueden conseguir reformas sociales desde adentro” de un gobierno capitalista. Luxemburgo también responde a este argumento: “aparece un hecho que siempre olvida la política oportunista, el hecho de que en la lucha de la socialdemocracia, no es el qué sino el cómo lo que importa.”

No es lo mismo dice, un socialdemócrata que lucha por conseguir esas reformas sociales mientras desarrolla mediante la lucha de clases su oposición al gobierno y por lo tanto encadena esa lucha con la lucha por el objetivo final -la destrucción del capitalismo-, que el socialista que “está tratando de introducir las mismas reformas sociales en tanto que miembro del Gobierno, es decir, apoyando al mismo tiempo al Estado burgués”. Este, en realidad “está reduciendo su socialismo a un democratísimo burgués o una política obrera burguesa”, sostiene.

“Así, mientras que el aumento de los socialdemócratas en las representaciones populares permitió el fortalecimiento de la lucha de clases, su penetración en el gobierno sólo puede traer la corrupción y el desorden en las filas de la socialdemocracia.”

Entre 1900 y 1901 Rosa Luxemburgo publicó otra serie de artículos acerca de “La crisis socialista en Francia”, arremetiendo una vez más contra lo que consideraba una táctica oportunista de los socialistas franceses.

En el primero de estos artículos, Rosa Luxemburgo demuestra que 19 meses después de constituido el gobierno, cada una de sus “promesas” en materia de reformas militares, sobre la cuestión de limitar el poder de la Iglesia y la lucha contra los monárquicos, había sido un fracaso, que no se habían llevado adelante. Es decir, que el gobierno que se postulaba para “salvar la República” (este era el argumento de los socialistas para justificar su presencia en el mismo), no estaba combatiendo la alianza monárquico-eclesiástica-oligárquica. Y en cambio, quedaba atrapado en la posición de defender de forma conciliadora las políticas del gobierno.

“Por encima de todo, la crítica implacable de la política del gobierno es algo imposible para los socialistas de Jaurés. Cuando quieren fustigar al gabinete por su debilidad, sus medidas a medias, su traición, los golpes recaen sobre sus propias espaldas. Si los esfuerzos que hace el gobierno para defender a la república terminan en un fiasco, surge inmediatamente la pregunta de qué hace un socialista en semejante gobierno.”

Por este motivo Rosa Luxemburgo sostiene que “el grupo de Jaurés se ha convertido en un segundo Prometeo encadenado”, ya que está completamente limitado para cuestionar hasta el final el gobierno del que forma parte, para no “debilitarlo”.

Los “prometeos encadenados” de la actualidad

El debate sobre el “ministerialismo” es un debate clave en la historia del marxismo, y un antecedente de la participación de los socialistas y comunistas en los gobiernos de “Frente Popular” en los años 30 en Europa, así como su integración a gobiernos burgueses a la salida de la Segunda Guerra Mundial y de allí en más.

La transformación de la socialdemocracia europea en “social-liberalismo” desde la década de los 70, y la transfiguración de los comunistas en eurocomunistas, profundizaron este curso de adaptación a los marcos del Estado capitalista y los mecanismos limitados de la democracia liberal. Ya borrado por completo del programa y la estrategia de estas organizaciones reformistas el horizonte de la transformación revolucionaria de la sociedad, ni siquiera como objetivo “lejano”, la adaptación a los marcos de la democracia capitalista se transformó en un fin en sí mismo, ocupando sin miramientos espacios institucionales y posiciones de gobierno en los Estados capitalistas.

En el período abierto por la crisis capitalista en los últimos años hemos visto la emergencia de nuevas formaciones reformistas que pasaron, como Syriza, de postular la propuesta de un “gobierno de izquierda” en los marcos del capitalismo a transformarse en gestores de las políticas neoliberales desde el Estado. Al mismo tiempo, organizaciones que se reclaman marxistas formaron parte de Syriza hasta incluso sus primeros meses en el gobierno y otras hoy forman parte de Podemos en el Estado español, una organización que también ejerce el gobierno en grandes ciudades españolas. En el caso de Anticapitalistas, en el Estado español, sus militantes gestionan con un programa reformista tibio el gobierno capitalista en la ciudad de Cádiz, una ciudad de más de 120.000 habitantes.

Pero, como dijo hace más de un siglo Rosa Luxemburgo, este tipo de “socialista” (ahora deberíamos decir el “anticapitalista”) que ejerce las funciones de gobierno adaptándose al Estado capitalista deja de ser un anticapitalista, no lucha por el socialismo, sino que se convierte en defensor del Estado, sus leyes, sus normas, su continuidad como Estado capitalista.

En próximos artículos abordaremos otras elaboraciones de Rosa Luxemburgo que tienen gran actualidad como el “gran debate” Bersntein, la polémica sobre “huelga, partido y sindicatos” en base a las lecciones de 1905, y el debate con Kautsky en 1910.




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