Cultura

OPINIÓN

Rock y dictadura: ¿complacencia o contracultura?

Desde la censura hasta el Festival de la Solidaridad, desde el exilio hasta las reuniones con Viola: cinco episodios que muestran las sinuosidades que ambos transitaron entre 1976 y 1983.

Juan Ignacio Provéndola

@juaniprovendola

Miércoles 27 de marzo | 18:58

Serú Girán: Charly García, Pedro Aznar, DAvid Lebón y Oscar Moro.

Spinetta: de espías y golondrinas

El periodista e historiador de rock Miguel Grinberg había escrito en octubre de 1976: “Pese a lo que pueda representar la desazón entre los músicos argentinos de rock, todo se revela actualmente en una asombrosa capacidad de optimismo. Semana tras semana se multiplican los recitales y del mismo modo crecen las giras por el interior”. Lo hizo en Prensario, una revista que aún existe y da cuenta del mercado discográfico.

Una de las muestras de esta bonanza que vivía la cultura rock argentina en los primeros meses de Dictadura fue la inclusión de Luis Alberto Spinetta en la edición ’76 de los “Personajes del Año” de la revista Gente. En la portada, Spinetta aparecía junto al Ministro de Economía Alfredo Martínez de Hoz, el gobernador bonaerense Ibérico Saint Jean y el intendente porteño Osvaldo Cacciatore, entre otras personalidades del gobierno de facto que se había impuesto en marzo de ese año.

“Me dijeron que tenía que ir a Gente a sacarme una foto y fui. No sé, no lo veo muy diferente a hacer una nota para la revista Pelo”, se defendió en su momento El Flaco. Lo curioso de la comparación es que mientras Gente se convertía en un House Organ de la Dictadura, Pelo era arrinconada luego de que su director Daniel Ripoll fuera detenido por una sátira en la edición argentina de MAD, revista que éste también editaba.

Lo cierto es que Spinetta había sido convocado participar de la producción de Gente (todo un símbolo de “status” y “pertenencia” en esos tiempos) gracias al éxito de El jardín de los presentes, tercer y último disco de su banda Invisible. En ese álbum había una canción que alentaría subrepticiamente un mito: “Las Golondrinas de Plaza de Mayo”. Muchos creían ver allí una oda a las Madres de Plaza de Mayo.

Pero la canción fue compuesta un año antes de la primera ronda de Madres y Abuelas. Y, por si quedara alguna duda, el propio Spinetta echó por tierra toda suspicacia en octubre de 1983: “Las Madres merecen mi mayor adhesión y respeto, pero muchos de sus hijos fueron tipos que hicieron miles de cagadas. Claro que pedirle a una madre que invierta el proceso de madre y condene a su hijo es imposible, pero también es imposible que yo considere que sus hijos, que hicieron muchas cagadas, sean héroes o mártires inmolados por la paz mundial”.

De todos modos las consideraciones hacia Spinetta de parte del establishment que articulaba los hilos de la cultura oficial en Dictadura se derrumbaron prontamente. Muestra de ello fue la detención que el músico padeció en 1979 mientras conversaba en un bar con el saxofonista de Alma y Vida Bernardo Baraj y su ex compañero de Almendra Edelmiro Molinari. Pasó una noche en un calabozo de seccional donde, según el mismo Spinetta recordó, alguien había escrito previamente en una pared la letra de “Cementerio club”, canción que el Flaco había grabado con Pescado Rabioso en 1973.

Esto fue el anticipo de lo que le sucedería pocos meses después, cuando el grupo Almendra decide reunirse con una amplia y multitudinaria gira que (se supo muchos años después) padeció el hostigamiento de numerosas tareas de inteligencia. El objetivo de las agencias de espionaje era incidir en los productores para que suspendiesen los conciertos, algo que finalmente no pudieron lograr.

León Gieco: yo era un hombre bueno…

En 1977 el Comité Federal de Radiodifusión le asestó un duro golpe a León Gieco: ordenó retirar las cinco copias que el sello Music Hall había publicado y distribuido del álbum El Fantasma de Canterville y sólo autorizó a reponer el material en las disquerías si antes se eliminaban dos canciones y se modificaban otras tantas.

“Me censuraron temas que no tocan ningún asunto político. Creo que el fin de toda la censa ésta es que la gente cante canciones optimistas”, protestaba Gieco. “¿Por qué estoy prohibido? No le hice mal a nadie, tampoco milité en un partido político”, se desmarcaba después.

Un año después Gieco recibió el llamado del general José Montes, cabeza del Centro Clandestino de Detención El Campito, de Campo de Mayo. Según afirmó el músico santafesino, el militar lo citó en su despacho para exigirle que deje de cantar la canción “La cultura es la sonrisa”. Por si quedaba alguna duda de la innegociabilidad del pedido, Montes sacó su arma y la colocó en su escritorio con la boca de la misma mirando hacia Gieco.

“No voy a seguir perdiendo el tiempo acá. No puedo ser un idiota toda mi vida por la mentalidad del país”, anunciaba Gieco. Su plan era viajar a Estados Unidos, aunque allí duró poco. “La experiencia fue maravillosa, pero lo curioso es que luego de estar en distintos países me empezó a gustar mucho más Buenos Aires”, concluyo tras su vuelta.

Charly García: el asesino te asesina

Charly recorrió los dos primeros años de la Dictadura con su banda La Máquina de Hacer Pájaros. Una música compleja y muy diferente a la de Sui Generis, con letras que hablaban de angustias propias de una clase media que no estaba politizada ni tampoco se sentía perseguida “¿Qué otra cosa se puede hacer más que ver películas?”, se preguntaba Charly en el primer álbum de La Máquina.

De ahí emergen inquietudes de carácter existencial que, en cierto punto, también pueden aludir a la feroz política importacionista que la Dictadura propició en detrimento de la industria nacional. Abrirle las puertas de par en par al capitalismo de mercado implicaba, entre otras cosas, empobrecer y despreciar a la cultura argentina.

Esa línea de la literatura Garciana se profundizaría en su siguiente grupo, Serú Girán, y en particular en el disco La Grasa de las Capitales, de 1979. La tapa del álbum era una ironía justamente de las portadas de Gente, aunque no se tratara de una crítica a la revista que preguntaba “¿qué hace usted para que su hijo no sea un guerrillero?”, sino a la frivolización de la vida cotidiana que esta publicación militaba.

En 1980 se produciría una curiosa contradicción. Si bien en el disco Bicicletas García se anima a criticar la política económica en “José Mercado” e incluso al terrorismo de Estado entre las finas metáforas de “Canción de Alicia” (“el trabalenguas traba lenguas y el asesino te asesina”), Serú Girán el cierra el año tocando gratis en el predio de La Rural y con transmisión en vivo del canal estatal ATC, algo que sería inimaginado sin el apoyo explícito del gobierno de facto y que marca un punto de quiebre en la popularidad que la cultura rock pasaría a tener de ahí en adelante.

Roberto Viola: encuentro con el diablo

Tras el golpe de 1976, las Fuerzas Armadas habían establecido que la duración de los mandatos iba a ser de cinco años. Así, Jorge Rafael Videla debió dejar la presidencia en 1981 y fue sucedido por Roberto Viola, quién intentó mostrar una apariencia distinta a su antecesor.

En su esmero por lavar la fachada presidencial y presentar una imagen más “amigable”, Viola ordenó a sus súbitos organizar diversas reuniones con los músicos de esa cultura que estaba teniendo cada vez más ascendencia entre los jóvenes argentinos: el rock.

El encargado de tender los puentes fue su asesor en juventud Alfredo Olivera. De ese modo desfilaron por los despachos oficiales Charly García, David Lebón, León Gieco, Luis Alberto Spinetta, Nito Mestre, Rodolfo García, el periodista de la revista Expreso Imaginario Jorge Pistochi y el productor Daniel Grinbank, entre otros exponentes.

Los músicos procesaron estos encuentros como algo positivo, ya que el panorama hasta ese entonces estaba arreciado por censuras y razzias que ellos pretendían “negociar” en estas reuniones.

Al cabo de esas visitas las dos partes confeccionaron un “borrador de acciones” que iban desde la creación de un Ministerio de la Juventud hasta un tren musical que iba a llevar a los músicos por todo el país, además de una revista llamada Oxígeno (cuyo slogan iba a ser “la juventud argentina necesita oxígeno”) y facilidades para tocar.

Finalmente el mandato de Roberto Viola duró nueve meses y su partido anuló todo lo charlado, aunque este antecedente sentó las bases para hacer posible el Festival de la Solidaridad Latinoamericana protagonizado por “plana mayor” del rock argentino (que lo analiza un artículo publicado en La Izquierda Diario el año pasado).

Las rotas cadenas del pesado rock

“Es tan difícil poder decir la verdad” cantaba Riff en “No pasa nada en esta ciudad”, canción del disco Macadam, 3, 2, 1, 0 que el grupo de rock pesado publicó en 1981. La presencia de esta vertiente más dura dentro del rock argentino fue todo un signo de época: a la banda liderada por Pappo se le sumaba V8 y ambos representaban la necesidad que tenía esta cultura por exteriorizar en sonidos la violencia que se vivía cotidianamente.

Muestra de esto último fue incluso la dificultad para contener esa agresividad latente entre el propio público, tal como se observó en varios shows de Riff durante 1983. La situación se volvió tan caótica e insostenible que obligó al grupo a tener que anunciar su último show de aquel año (el 17 de diciembre en Ferro, apenas una semana después de la asunción de Raúl Alfonsín como presidente) con una consigna aclarada en volantes, afiches y spots publicitarios: “Riff acaba el año sin cadenas”.

Para ese entonces el rock ya era un hecho masivo e instalado en la cultura argentina. “La hora del rock nacional”, titulaba la revista Pelo en relación a un término que instaló la propia Dictadura: el rock no era argentino, sino nacional. Es decir, relativo a una nación y con una peligrosa cercanía a lo nacionalista.

¿Esta imposición cultural del rock en las postrimerías de la Dictadura significó la consolidación de un género que sacó a la contraculturalidad de los márgenes? ¿O en verdad el espacio se lo ganó por su complaciencia o poco poder de fuego?

Para el periodista, docente e investigador Sergio Pujol, el rock fue más un espacio de refugio que de resistencia. León Gieco, en cambio, va un poco más allá: “No jodamos, resistencia fue Rodolfo Walsh”.







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