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Roberto Arlt: el escritor para quien escribir no fue ningún lujo.

El 26 de Julio de 1942, muere el escritor Roberto Emilio Godofredo Arlt a los 42 años. Dedicamos algunas palabras al movimiento de apropiación literaria de Arlt, quien permitiera el ingreso a la literatura de los códigos de una clase desestimada por la élite cultural argentina.

Martes 26 de julio de 2016 | Edición del día

Señales de clase en la Argentina de 1920

Disfrutar de la lectura era en ese entonces un verdadero privilegio de clase. Proveniente de una familia pobre, sostenida por una madre soltera, y con una hermana que quería estudiar, el joven Silvio Astier (protagonista de El juguete Rabioso) debe alquilar libros para llegar hasta la literatura, de la cual será arrancado ante los pedidos de su madre para que busque un trabajo y ayude en la economía familiar. Luego, con un grupo de amigos forman un club de tiernos criminales indefensos –tal vez no tanto para los círculos de escritores de ese entonces-, quienes realizarán, como primer acto vandálico, el asalto a una biblioteca, atentando contra las leyes capitalistas de circulación de la literatura.

Los personajes de las obras arltianas transitan escenarios urbanos y barriales y evocan el lenguaje de estos, porque Arlt recorría las calles, porque para él el saber estaba allí. Como dice Alan Pauls, es un vagabundo urbano que va al acecho de lo que otros desechan. Así es Silvio Astier, el protagonista de El juguete Rabioso, ficción autobiográfica en forma de novela, que instamos a leer a quienes quieran vivir la experiencia Arlt.

Porque todos estos momentos literarios que transita Silvio, son metáforas de lo que fue el ingreso de Arlt en la literatura, quien en palabras de Piglia era: “demasiado excéntrico para los esquemas del realismo social y demasiado realista para los cánones del esteticismo”.

O sea, ¿de verdad les parece exótico que un trabajador explotado y oprimido (contenido realista) sueñe con liberarse de esa situación de opresión, y lleve adelante un proyecto distinto del que le imponen las reglas del mercado (operación estética)? Tal vez, lo que no le resulte extraño a la élite cultural es que el trabajador encuentre varios obstáculos, y encuentre, a pesar de todo, la felicidad, y exista, y tenga un lugar en la literatura, y un discurso auténtico y propio. Si quieren comprobarlo, pueden leer Los siete locos, y su continuación, Los lanzallamas.

Arlt, el primer punk de la literatura

Actualmente, los académicos y críticos literarios remarcan el interés generado por la frase que rondaba en torno a la escritura de Arlt: “escribe mal”, y la insistencia sobre sus faltas genera, injustamente, que sea leído como paradigma de cierto exotismo de la literatura de esa época en la que también escribieron los que habían sido educados a la europea, como Borges, Mallea, Bioy Casares, y las hermanas Ocampo.

Citemos a Arlt, luego de que los personajes de El Juguete Rabioso asaltaran la biblioteca:
La certeza de una impunidad absoluta contagió de optimista firmeza a mis camaradas, y reímos con tan estridentes carcajadas, que desde la calle oscura nos ladró tres veces un perro errante.
Jubilosos de abochornar el peligro a bofeteadas de coraje, hubiéramos querido secundarlo con la claridad de una fanfarria y la estrepitosa alegría de un pandero, despertar a los hombres, para demostrar qué regocijo nos engrandece las almas cuando quebrantamos la ley y entramos sonriendo en el pecado.

Si eso es escribir mal, entonces ¿qué nos queda al resto?
Y, ahora, otra vez, se pregunta Alan Pauls: ¿hay alguna razón para seguir leyendo a Arlt que no sea el exotismo?

Por suerte, se contesta él mismo, sugiriendo que existe algún giro socialista en su escritura: todos los materiales con los que Arlt trabajaba tienen la misma jerarquía.
¿Se imaginan? ¿Una obra literaria en el que todos los discursos, sociolectos e idiolectos sean dignos de la misma pasión?

Porque en los textos arltianos, se cumple por fin el postulado sociolíngüístico de que la lengua es uso. “La lengua es uso”, repetimos, y Arlt la usa, es auténtico y exhibe a su vez las condiciones de producción. Y este chico no estudió en la Sorbonne, ni en el colegio Nacional Buenos Aires, de hecho fue echado de la escuela cuando tenía 8 años.

A ver si se entiende: antes del punk, Arlt ya era punk, por su autodidactismo, y sus aguafuertes fanzinescas, llevó adelante el lema “do it yourself! “(‘hazlo tú mismo’), sin que nadie lo instara a hacerlo, más que su propia pulsión de inventor, y la imaginación suficiente como para sostener una situación que lo arrancara de una cotidianeidad laboral alejada de la escritura.

Eso hacía con su trabajo en la prensa, cuando escribía sus Aguafuertes porteñas, artículos de publicación periódica, sobre temas diversos que pululaban en las vidas de los argentinos y argentinas. Una vez, publicó una extensa carta de un lector que lo odiaba, y le agradeció por haberle ahorrado el trabajo de sentarse a tener que pensar y escribir algo para publicar esa semana. (Aquí el link para leer algunas de las aguafuertes)

Arlt trabajó escribiendo, o escribió trabajando, e incluyó en su literatura las prácticas y saberes de la clase trabajadora, de los inmigrantes, de las calles, las vicisitudes de querer romper con la rutina y la angustia de un trabajo asalariado. Y de esta forma, escribir deja de ser un lujo, y se transforma en una herramienta, en una experiencia.

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