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River. Los márgenes de la cordura

La serie de televisión británica creada por KUDOS y concebida por Abi Morgan, estrenó en octubre del 2015 por BBC One, sigue un largo vínculo de calidad característico del drama inglés. Disponible en Netflix.

Sábado 3 de diciembre de 2016 | Edición del día

¿Qué hay del que convive con seres cuya existencia sólo está en su mente? ¿Qué decir si, además, se trata de un inteligente e incisivo detective del Servicio Metropolitano de la policía de Londres? Sí. John River es esquizofrénico. Padece esta condición desde niño y se las ha ingeniado muy bien para ocultarlo. Excepto, claro, a su gentil y graciosa compañera (Jackie "Stevie" Stevenson), que permanece junto a él en todo momento. Sólo que ella ha sido asesinada.

El inicio de esta serie no podría ser más original. Desde esta primera revelación, sabemos que acompañaremos a un hombre solitario, divorciado del mundo real pero atado a él por la necesidad visceral de desentrañar el asesinato de su compañera. Y así resulta: River deambula por el mundo, esclavo de su condición y de su soledad, indagando, dialogando con fantasmas. Pretendiendo.

Si hace ya tiempo que las series policiales han dejado de ocuparse únicamente en el crimen, si la investigación ya no es solamente el seguimiento de pistas; si es, además, la introspección en los errores, el examen de las conciencias, la rutina en una sociedad que desgasta y que seca, entonces no debe extrañarnos que esta ficción se deje atravesar, constantemente, por la condición de John River, este hombre que enmudece ante las preguntas de los vivos pero que desborda de verborragia cuando charla con sus visiones, aunque eso lo ponga al límite de la expulsión del cuerpo de policía.

“Soy un buen oficial- dice a su psiquiatra- pero en este mundo eso no es suficiente. En este mundo debes poder asentir, sonreír y beber una cerveza y decir “¿cómo estuvo tu día?” En este mundo, nadie puede ser diferente o extraño. O tener problemas. Porque te encierran.” La sociedad inglesa no escapa a su condición opresiva: también encierra en los pabellones de la locura, esas salas oscuras del inconsciente, las miserias que la desnudan.

En el trayecto de la investigación, el dolor se hace más intenso. Los espectros acechan. Los viejos y los actuales. Constantes, mordaces, inalterables. Ellos son él. Son la desesperación. La soledad. Son oídos a quienes confesar pero también con quienes analizar los crímenes.

Sólo que disimular es un camino cada vez más tortuoso. Y a “Stevie” se la extraña tanto, “tanto que duelen hasta los dientes”. ¿Pero qué extraña él de su difunta compañera? ¿Acaso su halo no es su sombra constante? “¿Te molesta mi muerte?”- dice ella. “Qué muerte. Aún sigues aquí”, le recrimina con desconsuelo. “Extraño las mejillas que te explotan cuando te ríes” Eso. Y hablar con una amiga. La única amiga. El único mundo. La comprensión. La compañía. Pero todo eso está muerto. Y aún así camina a su lado.

Es imposible no sentir simpatía por este personaje. River es una serie de un pequeño, reducido, grupo de ficciones en las que los perfiles psicológicos complejos de sus protagonistas caminan a la par de la trama; éstos son inteligentes pero sus empatías sociales están casi ausentes. En sus profesiones, este envoltorio define su carácter y favorece a su profesión, pero la que más resulta beneficiada, con toda esta carga de emociones y contradicciones, es la ficción.

El gran Stellan Skarsgard (John River) y Nicola Walker (Jackie “Stevie” Stevenson) abordan una ficción que recorre temas sociales complejos y actuales; la corrupción política, las miserias familiares, la discriminación racial: indigencias sociales que los ingleses pretenden haber superado. La noción de una Inglaterra superada y perfecta, que hoy vemos caer en la desesperación con su divorcio distorsionado del resto de Europa, está aquí bien desnuda.

Y River está desnudo también, aunque finja como nosotros fingimos. “No hablo solo. Siempre hay alguien” Por supuesto que no lo haces, River. Siempre habrá quien quiera escuchar. Y aunque “Confiar es un peligro. No hacerlo es estar solo. Y luego… Oh, el silencio.” No hay alucinaciones capaces de acallar al silencio, ¿verdad? O a la soledad. Eso a lo que le temes, querido amigo, ese vacío que presentimos en el sendero y que evadimos con toda clase de farsas, ¿no es acaso el miedo que todos tratamos de disimular?







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