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Rigoletto: controversia y censura en la época de su estreno

Un paralelismo de la ópera de Giuseppe Verdi "Rigoletto" con la situación social actual.

Domingo 11 de febrero | Edición del día

La ópera de Giuseppe Verdi, con libreto de Francesco Maria Piave, se basa en la obra de Victor Hugo “El rey se divierte”, pieza de dramaturgia que sufrió la censura luego de su estreno: « Il est dix heures et demie, et je reçois à l’instant l’ordre de suspendre les représentations du Roi s’amuse.” (Son las diez y media, y recibo en este instante la orden de suspender las representaciones de “El rey se divierte”).

Tal censura se continuó por más de tres décadas.

¿Por qué? Por las mismas razones que “Rigoletto” no fue bien recibida en sus comienzos, censurada por el Consejo de Censores Austríacos—que en aquel momento tenían dominio sobre la región del Véneto—debido a su explícito contenido cargado de denuncias sociales, como el exacerbado abuso de poder por parte del Duque de Mantua, facilitado por su cohorte de obsecuentes y siempre en detrimento de la mujer y de los pobres.

La censura obró para acallar las voces de protesta en una época en donde la herramienta de expresión era la pluma y el papel, la partitura, la actuación y el canto. Con suerte, se llegaba a que la obra se representase en un teatro que mostrara masivamente el repudio hacia una sociedad enviciada por los excesos de los poderosos y el disfrute morboso de sus seguidores.

Rigoletto es un hombre deformado, contrahecho, quien, ganándose la vida como bufón, no sólo hace divertir a la Corte, sino que se solaza cuando algún padre desesperado viene a desafiar al Duca di Mantova por haber abusado de su hija; tal es el caso de Monterone en el primer acto, quien profiere el grito de “Maledizione” a un Rigoletto riente, antes de ser arrestado por la guardia del Duque, quien no sólo ha abusado de la hija, sino que castiga al padre por haberlo desafiado.

El bufón es padre también, de una joven casta llamada Gilda, a quien adora, la única persona en el mundo que lo ama.

Paradójicamente, Rigoletto colabora directamente para tender celadas y entregar muchachas para el entretenimiento sexual del patrón.

Gilda vive un encierro infligido por su padre, bajo la mirada de la nana Giovanna. La joven no tiene vida fuera de esa casa, salvo cuando va a la iglesia a rezar. Su padre la obliga a vivir en reclusión porque—sabiendo qué tipo de hombres lo rodean—quiere preservar su tesoro más preciado; el único que tiene. Así es que un día, en la iglesia, Gilda conoce a un joven estudiante que se le acerca, Gualtier Maldé. Se enamora de él de inmediato y éste le confiesa que es pobre. Eso la enamora aún más porque Gilda es pura, y en su pureza no existe la más mínima especulación ni astucia.

Pero Gualtier Maldé no es ningún pobre estudiante, sino el mismo Duque de Mantua que se ha propuesto seducirla para llevarla a su palacio.

Y la lleva, haciéndola secuestrar, y todos ríen incluido Rigoletto que—desconociendo la identidad de la nueva muñeca sexual del duque—también festeja. Para cuando el bufón se entera de que es su Gilda quien ha caído en las manos del Duque, ya es tarde.

Todas las mujeres son “ligeras como una pluma al viento”, como recita el aria “La donna è mobile”:

La mujer es voluble, como una pluma al viento,
cambia de palabra y de pensamiento.
Siempre su amigable, hermoso rostro,
en el llanto o en la risa, es falso.
La mujer es voluble, como una pluma al viento,
cambia de palabra y de pensamiento.
¡Siempre es mísero quien en ella confía,
quien le entrega, incauto el corazón!
Pero nadie se siente del todo feliz
si de su pecho no bebe amor,

¡La mujer es voluble, como una pluma al viento,
cambia de palabra y de pensamiento!

Y es Rigoletto mismo quien lo ha conducido hacia el rapto de la joven, sin saberlo, creyendo que es otra muchacha, creyéndose parte del círculo selecto del duque, quien ve en él simplemente a un utilitario desalmado, a quien ahora le toca vivir la desgracia en carne propia.

Existe, además, un personaje riquísimo desde el punto de vista dramático y vocal, un sicario llamado Sparafucile, a quien Rigoletto encarga la muerte del Duque de Mantua para así salvar a su hija. Va a pagar una abultada suma de dinero en favor de una libertad por primera vez ansiada.

Sparafucile es, a su vez, el hermano de Maddalena, una prostituta con quien el Duque suele tener relaciones. Enamorada de él, ésta le suplica a su hermano que, en vez de matar al Duque, tome el dinero y asesine al jorobado.

El sicario no acepta, dado que dice ser un hombre de honor para con sus clientes; aunque, tanta es la insistencia de su hermana, que finalmente accede. Matará a quien vendrá a traer el dinero a la medianoche.

Esta escena comienza cerca de las once y media de la noche, en medio de una gran tormenta. El libreto expresa tensión extrema, respaldado por una morfología musical perfecta que amalgama el texto con una orquesta agitada, que representa no solamente las condiciones climáticas externas sino la tempestad que cada uno de los personajes lleva dentro de sí, todo acentuándose armoniosamente con la línea de canto del bajo (Sparafucile), la mezzosoprano (Maddalena), y la soprano (Gilda).

La muchacha, agazapada, ha escuchado todo y travestida de varón, se dispone a sacrificar su vida para salvar al padre. Será ella quien toque a la puerta, y Sparafucile la apuñalará, creyendo que es un don nadie que pide albergue por una noche. Pondrán el cuerpo del mendigo en una bolsa y le dirán a Rigoletto que es el Duque.

Y Rigoletto, encontrará una bolsa de la cual emergerá un quejido, un hilo de voz femenina que sufre, moribunda. Es su hija a quien han sacrificado, cumpliéndose así la maldición de Monterone, aquel padre que venía a pedir justicia en el primer acto, mientras Rigoletto se mofaba de él, creyéndose (quizás) perteneciente a la casta del patrón, la de los intocables.

El Duque representa el poder de los ricos, sustentado por un proletariado que, aunque con el potencial para hacerlo, es temeroso de reaccionar, estando carente en esta obra, todo sentido de rebelión, como en los casos de Sparafucile, Maddalena y Rigoletto.

Gilda queda—en mi opinión—fuera de toda especulación, por juventud y candidez, y por haber vivido escindida de la sociedad. Como personaje dramático, crece en el tercer acto, cuando la realidad se le pone de manifiesto y ante ésta, decide sin vacilar, entregar su vida por la del padre quien es a su vez una víctima del sistema.

¿De qué otra cosa habría podido vivir Rigoletto en el siglo XVI, de no ser bufón? La ópera, así como la pieza de dramaturgia, no se sitúan en nuestro presente, aunque podamos realizar la puesta en escena en el momento actual y estaríamos viendo que todo fenómeno humano se repite in aeternum.
Entonces, vemos por qué Victor Hugo sufrió la censura, y en menor medida, también el libreto de Francesco Maria Piave.

Gilda es la cabeza de turco de esta historia; una inocente que paga por las perversiones de otros. Rigoletto es también un chivo expiatorio de los excesos del duque, aunque en su caso, culpable por participación, lo cual atraerá sobre sí, nada menos que la ejecución de su hija, además de la incertidumbre que nos quede sobre cuál será su destino a partir de la muerte de ella: ¿Seguirá siendo el bufón del Duca di Mantova, o tendrá—como Leporello, en Don Giovanni de Mozart—que salir “a buscar patrón mejor”?

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