Cultura

OPINIÓN

Ricky Espinosa: música para camaleones

Frágil como un dibujo pintado en un papel y artífice del punk rock más crudo. Creador de letras sangrantes y un estilo único. Artista antisistema y caretofóbico.

Viernes 15 de julio de 2016 | Edición del día

Bajo el sol gerliforniano, en 1966 nacía Manuel Ricardo Espinosa. Ya a los 15 años formaba su primera banda, Overkill, que tocaba covers y una suerte de black metal. Pero fue en 1987 cuando ocurrió ese encuentro que cambiaría la historia de la música local. Juan Fandiño y Fernando Cordera se cruzaban con Ricky en un festipunk y lo invitaban a sumarse a su proyecto: Flema.

La banda* llegó a grabar ocho discos y hasta teloneó a los Ramones en el 95’. En el medio, Ricky tuvo diversas iniciativas, entre las que sobresalen Flemita y Vida Espinosa (1999), su álbum solista –una joyita artística-.

El 30 de mayo del 2002, este genio del punk rock perdía la vida. Su padre, Orlando, relata en un documental** que ninguna casa fúnebre quería abrirle sus puertas por miedo a posibles destrozos de los seguidores del grupo.

Aquella carga, que había perseguido siempre a Ricky y lo imposibilitaba de tocar en casi todos lados (un hecho que él calificaba de “censura”), parecía no abandonarlo.

La ceremonia terminó siendo en una casa y los punkies asistieron por centenas. “¿Alguna vez habrá habido un velorio tan silencioso y tan respetuoso?”, preguntaría luego Orlando.

Si yo soy así…

Sebastián Gador, el primer baterista –casi por accidente- de Flema, asegura que Ricky era una personalidad consagrada en Avellaneda antes de incursionar en la música.

En este sentido, recuerda la vez que una treintena de pibes lo fueron a buscar “cual toma de la Bastilla” a una comisaría donde estaba retenido. ¿El motivo? Bailar sin pantalones en el medio de la Plaza Alsina.

El propio Espinosa cuenta que, cuando trabajaba en una fábrica de lápices (previamente a formar Flema), “era el más famoso de toda la fábrica” por sus cánticos y payasadas. Pero lejos estaba de la caricaturización con la que más de uno lucró. “La otra vez me preguntaron si me costaba mucho actuar de Ricky. ¡Cómo me va a costar si yo soy así desde que me levanto! No me siento esclavo de mi personaje porque yo no me considero un personaje”, aclaraba en una entrevista del 2001.

Él fue, ante todo, un músico y un letrista excepcional que, con dos acordes y tres versos, le rompía la cabeza a una juventud golpeada y harta. ¿Un reventado? También, pero eso era sólo una parte. “¿Quién podrá enfrentar los mandatos y el orden social establecido en minifalda y a gargajo limpio desde el escenario de Cemento?”, se cuestionaba Chary de Loquero tras su muerte***.

Definiéndose como “nihilista”; Ricky desconfiaba de la política y creía en salidas individuales antes que sociales. Esta concepción iba de la mano con una época. Vástago de los 90’ –y del sur del Gran Buenos Aires-, cantó su bronca a lo que le ofrecía el neoliberalismo: estado de muerte, repre-depresión/salario de hambre, locura y ambición (como expresaría en Nunca nos fuimos).

De todas formas, en su producción es ineludible la crítica al sistema y en especial a la yuta. Temas como No quiero ir a la guerra y Nunca seré policía permanecen aún hoy como un himno para miles de jóvenes. Ese mismo contenido puede encontrarse en Sueño americano , Vigilantes y Botas nunca más , sólo por nombrar algunas.

Además denunció fervientemente la mercantilización de la cultura así como el negocio que las discográficas y los grandes medios de comunicación hacían con los músicos. Todos sus trabajos fueron a pulmón. De hecho, vivió con sus padres hasta los últimos días y cada peso que juntaba, era destinado a su próximo proyecto.

Ricky transcurrió una época de desocupación, cierre de fábricas y palos. En ese marco, su grito fue tan desgarrador como disruptivo.

Entre Chinaski, Capote y el Riachuelo

Sobre todo en el último tiempo, muchos refieren al costado “poético” de Espinosa. Indiscutiblemente, sus letras permanecen como uno de los mejores legados que dejó. Pero estamos en contra de los que se centran en ese aspecto y dejan su música como algo “anecdótico” o un “mal necesario”. Es decir, de cierta reapropiación snob que se hizo de Ricky cual “malevo de arrabal”, sin talento melódico pero con mucho que decir. Ni él ni Flema eran “aptos para todo oído”. Y lo sabía.

Ante la pregunta de si era un poeta, la respuesta es equívoca. No, porque sus canciones no eran una “metáfora” ni estaban pensadas para el posterior análisis literario. Sí, porque sus versos retratan el dolor de una muerte a sangre fría.

Carlos Bukowski, afirmaba que la poesía ha sido por siglos “un producto falso” y un “montón de mierda”, que no incorpora “las realidades básicas de la existencia del hombre común”. Por eso, le encantaba que dijeran que su literatura era desagradable y se asustaba cuando encontraba mucha aceptación. “¡Flema es una mierda!”. Por eso no sorprende que este antihéroe, talentoso y escupido por la sociedad se alzara, para Ricky, como su escritor de cabecera.

Bukowski podría haber utilizado algunos títulos de Flema para sus libros, como El exceso y/o abuso de drogas y alcohol es perjudicial para tu salud... ¡Cuídate, nadie lo hará por vos! Inversamente, Ricky tranquilamente habría llamado algún disco La máquina de follar.

Ambos escritores tenían una forma particular de encarar su tarea, que Ricky resumía así: “Algunas letras representan distintos estados de ánimo, otras son sólo ocurrencias o historia inventadas. (…) Las letras y la música son mi medio de expresión, sólo eso. No intento dar mensajes ni ser tomado como un modelo. (…) Sólo intento ser y, créanme, se me hace muy difícil”.

Presentándonos un “Carlos Bukowski que escucha FanPipol”, Ricky adaptó su poema "Libertad" en “El último vaso de vino” –que contaba con una introducción bukowskiana leída por Iorio-. También homenajeó a su autor favorito, tomando prestado el nombre “Solo con todos” para un tema de 5 de copas.

“Todavía no soy un santo. Soy un alcohólico. Un drogadicto. Un homosexual. Soy un genio. Por supuesto, podría ser estas cuatro cosas tan dudosas, y seguir siendo un santo. Pero no soy un santo todavía, no señor”. Identificado con estas palabras del texto “Vueltas nocturnas” de Truman Capote, Ricky las eternizó en una remera.

En un reportaje donde la llevó puesta, el conductor, desconfiado, le consultaba si había leído ese libro. “Sí pero… no lo entendí”, retrucaba él sarcásticamente. Probablemente el chico cool de Much Music desconocía el libro por el que preguntaba: Música para camaleones. Ahí, Capote –en sus propias palabras- “había descubierto un marco dentro del cual podría asimilar todo lo que sabía del arte de escribir”: relatos sencillos, profundos y retorcidos a partir de vivencias cotidianas. Algo como lo que hacía Ricky y pocos supieron entender.

Vida Espinosa en Youtube :

* En este artículo, nos referimos a la etapa del grupo en la cual Ricky vivía. De los integrantes originales sólo quedaría él. Hasta el 2002, habría varios cambios de formación, siempre con Ricky en guitarra y voz. Unos años más tarde, Fernando Rossi,Gustavo Pepe Carballo, Juan Fandiño, Luis Gribaldo y Sergio Lencina volverían a tocar bajo el nombre de Flema.

** El documental al que hacemos referencia fue producido por Juan Duarte. Se encuentra online y recomendamos verlo.

***Extraído del libro Nunca seré poesía de Jacqui Casais y Milena Caserola.






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