Internacional

OPINIÓN

¿Revolución de la robótica…? (segunda entrega)

La íntima historia entre productividad e inversión. Pistas para superar a optimistas y pesimistas tecnológicos. Multiplicidad de teorías para el fenómeno del siglo. Ganancia vs. ganancia esperada.

Lunes 21 de marzo de 2016 | Edición del día

Como resaltamos en ¿Revolución de la robótica o estancamiento de la productividad?, existe una correlación bastante intensa entre productividad e inversión de capital. Recordemos que en términos fácticos y según constata Michael Roberts, en las décadas posteriores a los años ’70 el momento “top” de la productividad se produjo en Estados Unidos como contracara del momento “top” de la inversión, entre mediados de la década del ‘90 y mediados de la década del ‘2000. Michel Husson también expone esta correlación entre incremento de productividad e inversión en capital fijo, material informático y software. Señala que inversión y productividad en Estados Unidos se aceleraron conjuntamente durante el período 1995-2002, por comparación con su itinerario durante los años 1975-1995. Ambas variables vuelven a disminuir subsiguientemente y toman una senda particularmente descendente en los años posteriores al estallido de la crisis 2007/8. Un artículo de The New York Times mecionado por Rolando Astarita, especifica que la inversión productiva no residencial neta promedio se hallaba por debajo del 2% del PBI en el año 2012. Esto significa que luego de tres años de recuperación económica, la inversión representaba menos de la mitad de su nivel promedio del 4% alcanzado en el largo período que se extiende entre la Segunda Posguerra y el año 2000. Husson muestra que esta situación permanecía sin cambios significativos al menos hasta 2014. Concomitantemente el incremento de la productividad del trabajo –tal como señalamos en la primera entrega de esta serie- se debilitó acompañando la ralentización de la inversión y alcanzando una performance muy por debajo de la ya apagada media de los años 1972-96.

Como digresión, permítasenos señalar que el análisis de la evolución de la productividad en Estados Unidos resulta altamente indicativo. El motivo es que a pesar del débil crecimiento y según Conference Board, su producción horaria permanece entre las más altas del mundo. Además se ubica en alrededor de un 25% por encima del promedio del resto de las economías desarrolladas que también exhiben durante los últimos años un crecimiento declinante de la productividad del trabajo.

La correlación entre productividad e inversión resulta, ya sea explícita o implícitamente, más o menos aceptada por corrientes del pensamiento económico provenientes de diversos credos. No obstante esa suerte de convergencia se detiene, como resulta bastante predecible, cuando se trata de analizar las causas que explican la debilidad de la inversión.

¿Cómo explicar la escasez de la inversión?

No se trata de una pregunta con respuesta sencilla y mucho menos acabada. Sin embargo una aproximación podría ayudarnos a reflexionar alrededor del problema de las nuevas tecnologías y su devenir. O al menos nos acercaría alguna pista que transite hacia un entendimiento un poco más “dialéctico” que la dicotomía que separa “tecno-optimistas” de “pesimistas”. Aproximémonos entonces un poco hacia aquellas discusiones.

Desde el campo del mainstream, Lawrence Summers, por ejemplo, ensaya una explicación al problema de la inversión basada en la disminución progresiva del precio de los bienes asociados a la tecnología informática. Argumenta que los precios de dichos bienes declinan a alta velocidad a la vez que representan una porción cada vez mayor de la inversión de capital. De modo tal que incluso una porción creciente de “valores de uso” invertidos en ese sector, podría resultar compatible con una ralentización general del incremento de la inversión considerada en términos monetarios y porcentuales con respecto al PBI. El argumento de Summers es atendible. En el ya mencionado artículo de New York Times se apunta que debido a las mejoras en el poder de las computadoras, la “nube”, los censores y las nuevas herramientas de software para recuperar y analizar grandes conjuntos de datos informáticos, la inversión en el procesamiento de la información estuvo cerca de duplicarse en términos de dólares con respecto a su nivel de hace una década. Si se compara la tendencia creciente en este rubro con la tendencia declinante de la inversión en su conjunto, resulta lógico deducir que los bienes asociados a la tecnología informática tiendan a ocupar una porción mayor del capital nuevo. Incluso esta inversión creciente puede muy bien estar ocultando una incorporación mayor de valores de uso que la que se expresa en términos de valor de cambio o monetarios. Pero entre la identificación de un movimiento real, su magnitud y sus efectos en términos cualitativos, media un largo trecho. Un fenómeno que tiene ya varios años parece expresar resultados particularmente marginales en términos de su aporte a la productividad total. Como señala Gordon, el crecimiento de la productividad retornó desde 2004 a los alicaídos niveles medios del período 1972-96, incluso a pesar de la continuidad de la innovación. Y, peor aún, se desaceleró todavía más con posterioridad a la crisis de 2008. Es decir, la productividad arrastra un crecimiento declinante desde hace más de una década, a pesar de los incesantes adelantos técnicos. Tomando como base datos de Conference Board, la productividad horaria creció apenas 1,24% anual promedio en Estados Unidos si se consideran los últimos 12 años. Si el efecto del incremento de la inversión sobre la productividad puede haberse rezagado unos pocos años durante la década del ’90, el declive acarrea en la actualidad demasiado tiempo y una persistencia en extremo intensa como para imaginar que del argumento de Summers pueda deducirse una nueva reversión de la paradoja de Solow.

Robert Gordon, por su parte, remitiendo a la relación inversión-productividad, coloca el acento en el rendimiento decreciente y en el escaso beneficio adicional que generarían las nuevas tecnologías. Tal como cita Roberts, Gordon señala que “Las pruebas se acumulan cada trimestre que pasa en el sentido de apoyar mi opinión de que las contribuciones más importantes a la productividad de la revolución digital son pasado, no futuro. La razón por la que las empresas están gastando su dinero en recompra de acciones en lugar de invertir en plantas y equipos es que la actual ola de innovación no está produciendo novedades suficientemente importantes como para obtener la tasa de beneficio requerida”. A decir verdad Gordon muestra, a través de sus distintas elaboraciones, cierta oscilación entre dos explicaciones. En determinadas oportunidades parece poner el eje en la circunstancia de que los avances tecnológicos de las últimas décadas más allá de sus extraordinarias virtudes, resultan incomparables –en su potencialidad revolucionaria- con aquellos de fines de siglo XIX, extendidos plenamente al conjunto de la economía entre los últimos años de la década del ‘30 y la posguerra. Pero en otras oportunidades y tal como mencionamos en la entrega anterior, el “pesimismo” de Gordon –sobre el que profundizaremos en una tercera entrega- pone el acento en la baja productividad de la reciente década y muy particularmente en los “vientos en contra” que asolan a la economía.

Desde el campo del marxismo, autores como Roberts –como es sabido por los seguidores de su prolífero blog- hacen hincapié en un prolongado descenso de la tasa de ganancia. En su opinión, el escaso crecimiento de la inversión y por tanto de la productividad, se asocia a que “la tasa de ganancia mundial (no sólo la tasa de ganancia de las economías desarrolladas del G-7) ha dejado de crecer hacia fines de los ‘90 y no se ha recuperado (…) hasta el nivel de la edad de oro del capitalismo en la década del ‘60, a pesar de la masiva fuerza de trabajo global potencial.”

Michel Husson comparte la apreciación de que las innovaciones necesitan inversiones que deben satisfacer una rentabilidad elevada pero su posición tiende a recostarse sobre el problema de la realización del beneficio. Husson argumenta que “Hasta mediados de los ‘80, la ralentización de los incrementos de productividad se traducía en una baja tendencial de la tasa de beneficio. Después, durante la fase neo-liberal, el capitalismo logró reestablecer la tasa de beneficio, a pesar de la ralentización del incremento de la productividad. Pero ya no pudo hacerlo más que sobre la base de un aumento de la tasa de explotación y mediante la puesta en pie de los dispositivos que han desembocado en la crisis.” Husson agrega que si bien la robotización o la automatización pueden generar incrementos de productividad en la industria y en una parte de los servicios “La automatización agrava una cuestión fundamental: la de la realización del beneficio. En efecto es preciso que existan mercados y aquí volvemos a tropezarnos con la contradicción fundamental de la automatización: ¿quién va a comprar las mercancías producidas por los robots?”

El marxista argentino Rolando Astarita, parece compartir una posición más cercana a la de Husson. Refiriéndose a los años de la recuperación posteriores a la crisis de 2008 en Estados Unidos, señala que lo llamativo es que la inversión se haya mantenido débil “a pesar de las bajas tasas de interés, de la recuperación de los beneficios y de la tasa de beneficio”. En su opinión “todo parece indicar que está ocurriendo lo que señalan Baily y Bosworth (2013): la rentabilidad ha sido alta pero la rentabilidad esperada de nuevas ampliaciones de capital (de nueva inversión) parece débil. Es que en muchos sectores las perspectivas de la demanda no están claras”.

En nuestra opinión, quizás se trate de buscar una de las claves del problema precisamente en la oposición entre “rentabilidad” y “rentabilidad esperada” de nueva inversión, por los motivos que exponemos a continuación.

Productividad, inversión y burbujas

Resulta casi imposible evitar asociar la idea de debilidad de la “rentabilidad esperada” sobre nueva inversión a una muy gráfica y norteamericana frase de Summers. El promotor de la tesis del estancamiento secular reconocía hace poco tiempo -no sin cierta nostalgia y preocupación- que China en particular y los llamados “mercados emergentes” en general, habían resultado “los destinatarios sustanciales del capital de los países desarrollados que no han podido ser invertidos productivamente en casa”.

Sin pretender resolver aquí el complejo y aún inconcluso debate sobre la evolución de la tasa de ganancia –del que acercamos hace tiempo una primera posición-, consideramos que la oposición entre una rentabilidad recuperada –al menos en una parte significativa- del capital invertido y una baja rentabilidad esperada de nuevas inversiones, podría resultar una pista clave para investigar el gran dilema de la expansión económica (capitalista) en nuestra época: debilidad de la inversión y frágil productividad asociada. Pero en nuestra opinión el problema de la debilidad de la rentabilidad esperada de nuevas inversiones no se explica solamente por la estrechez del consumo o las dificultades para la realización sino –y muy particularmente- por la escasez de “espacio” o de nuevas ramas para la inversión productiva en términos de plusvalor. Un fenómeno asociado al exceso de capital acumulado particularmente en los países centrales. Aunque el asunto actualmente también afecta a China que no por casualidad aceleró con fuerza la exportación de capitales durante los últimos años. Situación esta que por supuesto repercute sobre y agrava la situación del “centro”.

Si volvemos a recorrer los distintos momentos del crecimiento y descenso de la inversión en Estados Unidos –y junto con ella la productividad-, pueden identificarse relaciones sugerentes. Por ejemplo el auge de la inversión en los años ‘90 coincide con el incremento de la tasa de explotación –de acuerdo con el señalamiento de Husson- derivado de la ofensiva neoliberal. El aumento de la explotación del trabajo tuvo su correlato en el ascenso de la rentabilidad y la inversión que luego se expresó en el mencionado boom de productividad. El límite para la inversión por aquellos años puede haberse asociado, como sugiere Husson, a un agotamiento de la rentabilidad derivado del incremento de la composición orgánica del capital vinculada al costo de las inversiones en nuevas tecnologías. Pero el declive de la inversión (y la productividad) en territorio norteamericano durante la década del ‘2000, coincide con la entrada de China a la OMC y el poderoso proceso de deslocalización de inversiones desde Estados Unidos hacia el gigante asiático. China como destino, combinaba terreno “virgen” para la inversión de capital y bajísimos salarios.

De modo que, tomado de conjunto, el período de los años ’90 y ‘2000 aparece íntimamente asociado a ventajas para la inversión del capital. Pero esas ventajas no quedan formuladas sólo en términos de incremento del plusvalor sino también en términos de conquista de nuevas áreas para la acumulación. A su vez, el gran desarrollo del crédito en Estados Unidos durante la primera década del milenio, operó como mecanismo de garantía para la realización del beneficio o dicho de otro modo, para el consumo masivo. Aquello que en Estancamiento secular, fundamentos y dinámica de la crisis denominamos “burbujas exitosas” que se corresponde con las décadas que el mainstream denomina la Gran Moderación, tiene su correlato ya sea en el incremento de la inversión en Estados Unidos o en las deslocalizaciones y el incremento de la inversión (y la productividad) particularmente en China, junto con la creación de nuevos mecanismos para la realización del beneficio.

Por oposición a esos años, el período posterior a la crisis de 2008 podría bautizarse como la Gran Decepción. Si la expansión de capital hacia China y los llamados “emergentes” continuó en gran escala, lo hizo sobre la base de lo que podría definirse como una “burbuja exitosa” en China gestada en paralelo al proceso de sobreacumulación de capitales en su terreno. Concomitantemente y como fenómeno derivado del enorme endeudamiento de la década precedente, el crédito al consumo perdió potencia en tanto mecanismo contrarrestante de la contracción salarial y creciente desigualdad en la distribución del ingreso.

Por último, las condiciones más novedosas de la situación actual que expresamos en diversos artículos de esta columna como Recesión global: ¿segunda temporada?, hacen inevitable pensar que el capital necesitará en el período próximo tanto nuevas fuentes suficientemente abundantes de trabajo barato como nuevos espacios para la acumulación. Y esto nos conduce al problema de la “destrucción creativa” -estrechamente vinculado al asunto de la inversión y la productividad- al que dedicaremos la próxima y tercera entrega.






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