Economía

LA ECONOMÍA KIRCHNERISTA

Reseña de “La economía argentina en su laberinto. Lo que dejan doce años de kirchnerismo”

Compartimos una reseña al libro de Esteban Mercatante que nos acercó Mario Iribarren, integrante de la editorial Final Abierto.

Martes 23 de febrero de 2016 | Edición del día

Este libro es un aporte fundamental para la comprensión profunda del “modelo” kirchnerista y el legado que ha dejado al nuevo gobierno. Mercatante desarma los mitos del relato “k” con la frialdad y la sistematicidad de un cirujano. Y estamos en presencia de cirugía mayor: abundan los datos, las tablas y los gráficos.

Es un abordaje riguroso de los “fríos números” de la economía y las tendencias operantes en los últimos doce años. Esto hace que, por momentos, el libro se torne arduo para el lector no versado en temas económicos, dada la gran cantidad de términos técnicos y los gráficos y tablas con datos que abundan en el libro, pero Mercatante pasa la prueba airoso, y desarrolla los temas con soltura y claridad.

¡Es el aumento espectacular de la tasa de ganancia, estúpido!

Empecemos por el principio: Mercatante demuestra que –parafraseando la retórica “k” de que “no fue magia”– el auge en el crecimiento de la economía se debió a las favorables condiciones creadas por la salida traumática de la convertibilidad en el año 2002, con una devaluación del peso que redundó en un mazazo al salario: “Durante 2002, como resultado del ajuste cambiario, se produjo un aumento de precios de 40,9% según el Índice de Precios al Consumidor (IPC). De acuerdo al índice de salarios que elabora el INDEC, durante dicho período los salarios registraron un aumento de 10,9% y, en el caso de los trabajadores registrados, llegó al 21,1%. A su vez, los bienes de consumo masivo subieron fuertemente, generando una caída inmediata del salario real promedio que llegó en ese año a un 28%”. (págs. 44-45)
El resultado fue un alza récord en la rentabilidad del capital. Según datos del INDEC, “si tomamos como indicador de la rentabilidad las utilidades sobre las ventas, podemos observar que esta relación pasó de promediar 6,2% durante la convertibilidad, a una relación de 12% desde 2003 en adelante”.

Cuando analiza el rol del tipo de cambio, Mercatante destaca un dato contundente: la productividad de la economía argentina ha tenido una evolución decreciente respecto a la de los países más ricos. Las cifras son elocuentes: la productividad en 1950 era un 40% respecto de la productividad de EE.UU., para situarse luego de un sostenido declive en un 20% respecto de ésta en el año 2013. ¿Cómo sutura esta brecha un país atrasado como la Argentina? Manteniendo un tipo de cambio depreciado: “Esto es así porque el efecto fundamental que tiene la depreciación cambiaria es reducir la expresión de cada hora de trabajo nacional en términos de moneda mundial… La moneda subvaluada hace caer la expresión internacional de la producción en beneficio de los sectores productores de bienes transables” (pág 34)

“La depreciación del tipo de cambio es el mecanismo que permite a estos países afrontar menores costos salariales en términos de valor internacional, compensando de esta forma la menor productividad del trabajo” (pág. 34)

Con respecto a la situación de la clase obrera industrial, Mercatantedestaca que: “…la inversión en nuevos medios de producción no parece haber jugado un rol tan importante como el que tuvo en la década del noventa. En cambio, resultó mucho más relevante la intensificación de los ritmos y otras transformaciones de los procesos productivos… Los incrementos de productividad han estado en buena parte asociados a un aprovechamiento más intensivo de la fuerza de trabajo […] producto de la preservación del núcleo duro de las conquistas noventistas en términos de flexibilización y precariedad, se pudo mantener e incluso extender un régimen laboral con amplias ventajas para arrancar mayores rendimientos por unidad de salario” (pág. 50). Mercatante analiza en forma pormenorizada la industria “estrella” durante el auge “k”: las automotrices y las autopartistas, mostrando cómo la dirección de SMATA permitió la degradación sistemática de las condiciones de trabajo en uno de los sectores más redituables de la economía local.
En las conclusiones a su análisis del costo salarial en la industria, Mercatante sostiene: “Debido a los considerables incrementos en la productividad, tanto por obrero como (más aún) por hora trabajada, el costo salarial por unidad de producto se mantuvo notoriamente por debajo de los niveles previos a la devaluación de 2002, al menos hasta el año 2011” (pág. 50, el subrayado es nuestro).

Restricción externa, deuda e(x)terna y deuda interna

Al abordar el tema del desendeudamiento y la soberanía, dos banderas que el kirchnerismo hizo suyas, Mercatante señala que éste contó con una situación inédita a su favor: “El sostenido superávit del comercio exterior, en niveles que el país no mostraba desde hacía varias décadas, hizo que desde 2002 hasta 2011 no se hiciera presente un fantasma que en muchas ocasiones perturbó a la economía argentina: la llamada «restricción externa»: Por esta nos referimos a los efectos que tiene un resultado negativo en el balance de pagos sobre el crecimiento económico por los desequilibrios que genera la insuficiencia de dinero mundial” (pág 54).

Este término técnico condensa la encrucijada de la Argentina en tanto país semicolonial dependiente y atrasado: la exportación de bienes con bajo valor agregado y la importación de bienes de capital caros, los servicios de deuda externa, etc. Todos estos factores hacen que la balanza de pago tienda ser negativa: “La escasez de divisas –resultado de un casi crónico exceso de importaciones sobre las exportaciones, del peso de los servicios de la deuda y de giros al exterior de utilidades y dividendos de empresas extranjeras– llevó al país a recurrentes situaciones de desequilibrio externo que terminaron en abruptas devaluaciones y duros ajustes” (pág. 54). Estas falencias estructurales, ausentes durante gran parte del ciclo virtuoso K, han vuelto a acechar a la economía con más fuerza que nunca.

Por su parte, el libro realiza un pormenorizado recorrido histórico de la evolución de la deuda externa, desde la dictadura militar hasta la actualidad, pasando por la renegociación orquestada por Néstor Kirchner. Mercatante desnuda las inconsistencias del “canje soberano” y la quita subsiguiente de deuda, al ponderar las concesiones que entrañó: “…pesó la generosidad con la cual la quita nominal era relativizada en términos efectivos por los incentivos que se daban a los bonistas. Estos incentivos fueron dos: el ajuste por inflación en los valores de los títulos y los cupones atados al crecimiento del PIB. El ajuste de los bonos por inflación fue un estímulo de peso. Producto de esta concesión implícita, el valor de la deuda nueva aumentaría USD 1.000 millones cada vez que la inflación superaría a la devaluación por seis puntos porcentuales”.

Al referirse a la otra pata del canje, afirma: “Aún mayor concesión representaron los «valores vinculados con el PIB». Con la idea de condicionar mayores pagos de deuda al rendimiento extraordinario de la economía, y así «asociar» a los acreedores con el crecimiento, se creó un formidable costo adicional que quedó maquillado en los resultados presentados. Este cupón representaba un premio a los acreedores por el crecimiento acumulado y no meramente por el excedente de un año individual. Además, el nivel de referencia era un PIB per cápita real inferior en un 10% al nivel previo a la recesión de 1998-2002, es decir, resultaba sumamente generoso” (pág. 62, el subrayado es nuestro).

Los números asombran: “Según afirma el propio gobierno, se pagaron en concepto de capital e intereses USD 190.000 millones entre el año 2005 y el año 2013, distribuidos entre el sector privado (extranjero y nacional), el sector público nacional y los organismos internacionales de crédito” (pág. 65). Esto fue de la mano con un acelerado crecimiento de la deuda interna: “Otro correlato de los esfuerzos para pagar esta deuda ha sido el reemplazo de deuda externa con deuda interna, contraída mayormente con ANSES y el Banco Central” (pág. 65)

¿Cuál ha sido el resultado de estas medidas? Hipotecar el futuro de los trabajadores y el pueblo: “A pesar de ser «pagadores seriales», la deuda pública total pasó de USD 126.000 millones luego del canje de 2005 a USD 221.748 en diciembre de 2014. Lo que es de destacar es que en 2013 y 2014 aumentó no solo la deuda como proporción del PIB, sino que también lo hizo la parte de la misma en dólares” (pág. 66)

¡Oye gringo, monta aquí tu planta de ensamblaje!

El libro expone cómo se mantuvo el alto nivel de participación extranjera en la economía (65% de las empresas tienen participación de capital extranjero) y cómo se consolidó la concentración monopólica iniciada en los ’90. Asimismo, desnuda las contradicciones y espejismos que anidan en la tan cacareada intervención del estado burgués en la regulación económica (capítulo 3, “La ilusión estatalista”).
En el capítulo 4, Mercatante aborda los salarios y las condiciones de trabajo, demostrando claramente que el ciclo de crecimiento K se gestó sobre los hombros de las “conquistas burguesas” de los ’90 como la precarización laboral (alrededor de 33% de trabajadores en negro) y una enorme fragmentación salarial del movimiento obrero.

Quizás el capítulo más interesante e incisivo lo constituya el 6, “La transformación estructural falta a la cita”. Allí se muestran las fuertes limitaciones que tuvo el ciclo de reindustrialización reciente: “…el tipo de industria que se mantuvo durante la década kirchnerista es cualitativamente igual al legado de los años ’90. Es decir, una industria concentrada en las etapas finales de elaboración de las manufacturas, en muchos casos solamente su armado, con porcentajes muy bajos de integración de piezas nacionales” (pág. 174).

Esta tendencia aumentó sin cesar, sobre todo en 2 rubros “estrella” como los autos y los productos electrónicos (muchos de ellos asentados en Tierra del Fuego), sectores económicos que han devenido prácticamente “de ensamblaje” de grandes multinacionales, con fuerte demanda de insumos importados que han generado graves desbalances en los flujos de capital, transformando a estos sectores en “succionadores de divisas” en lugar de usinas de creación de valor agregado.

El capítulo 7 aborda las transformaciones sufridas en la producción agropecuaria al calor de la “sojización” creciente del campo y la fuerte concentración monopólica de los acopiadores de granos y las aceiteras (Cargill, Molinos, AGD, etc). No nos detendremos en este punto, dados los estrechos marcos de esta apretada reseña.

Las fases del ciclo económico kirchnerista: crónica de un eclipse anunciado

Para terminar, nos detendremos en las 3 etapas que distingue Mercatante dentro del “modelo k”, en una deriva que va desde un cierto amortiguamiento de las tensiones entre las clases, incluso dentro de la misma burguesía argentina, al retorno de la restricción externa:
“Desde 2003 hasta la actualidad podemos distinguir tres etapas claramente diferenciadas. Entre 2003 y 2007 se desarrolló lo que varios economistas definen como la etapa «virtuosa», donde se registraron las mayores tasas de crecimiento. El gobierno podía hacer gala de los superávits «gemelos», había «colchón» cambiario, la inflación era moderada y los empresarios gozaban de rentabilidad extraordinaria” (pág. 233). El sol del proyecto nacional y popular brillaba con todo su esplendor.

El año 2008 fue un cataclismo en la economía mundial: los principales bancos y muchas corporaciones en Estados Unidos se fueron a la quiebra, y países como España y Grecia se hundían en una depresión económica sin precedentes. A pesar de que, en la superficie, nada de esto pareció afectar la marcha ascendente de la economía, esta se contrajo y hubo una leve caída del empleo. Y este año marcó un punto de inflexión:

“A partir de 2008 empieza a despuntar con mayor claridad una segunda etapa, en la cual emergen los desequilibrios que empiezan a marcar el agotamiento de las condiciones de acumulación establecidas desde la salida de la convertibilidad. Ante estos problemas emergentes, el Estado pone en marcha de forma cada vez más abierta una serie de mecanismos de intervención y compensaciones, con los cuales apostaría a encausarlos. El llamado «modelo» empezó a reconocer numerosas transformaciones en este período. La inflación empezó a deteriorar la competitividad cambiaria, al tiempo que el gobierno comenzó a poner en juego crecientes recursos fiscales para compensar por la vía de subsidios parte de los efectos generados por la tendencia inflacionaria. El esfuerzo por contener la recomposición de los salarios sería una constante” (pág. 233). La luna comienza a bloquear los rayos solares.

El comienzo de la tercera etapa coincide con la reelección de Cristina Fernández de Kirchner como presidente de los argentinos: “Finalmente, desde 2011 ingresamos con claridad en una tercera etapa. El intento de armonizar las contradicciones mediante la intervención estatal se empieza a enfrentar más agudamente con el límite del estrechamiento del margen de maniobra estatal… la rentabilidad se empieza a ubicar en tiempos recientes notoriamente por debajo de los niveles que rigieron durante los primeros años de la posconvertibilidad y, junto con ella, se desploma la inversión. La inflación muestra un piso que nunca baja de 25%, aunque el INDEC lo oculte. Los subsidios muestran un crecimiento sin freno.

ˮPero el elemento central que marca esta nueva etapa es el retorno dela restricción externa. Aunque el saldo comercial se mantiene positivo, no alcanza para compensar todas las vías de pérdidas de dólares que afrontaba el Banco Central” (pág. 236). El eclipse es total.






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