SEMANARIO

Renta básica universal, ¿una solución capitalista a los males del capitalismo?

Esteban Mercatante

debates
Fotomontaje: Juan Atacho

La renta básica universal, un ingreso básico garantizado sin condicionalidades para toda la población, se presenta como alternativa al alcance de la mano, progresista, ante las sombrías perspectivas del “fin del trabajo”. Pero, según quién la plantee, se trata de ilusionarse con que “desde arriba” aparezca un paliativo a las miserias de este sistema, o bien de la búsqueda de un atajo imposible a los desafíos de organización de la fuerza social para superarlo. En ambos casos, el realismo te lo debo.

El relato del “fin del trabajo”

De acuerdo a una convicción muy extendida, la llamada “cuarta revolución industrial”, que promete extender la robótica en toda la producción, plantearía de manera inminente una amenaza para gran parte de los trabajos que hoy se realizan. Y, a diferencia de otras oleadas de introducción de innovaciones, siempre según esta línea de razonamiento, habría menos trabajos de reemplazo. El “fin del trabajo”, del que hace décadas se habla aunque mientras tanto creció como nunca la cantidad de asalariados explotados por el capital en todo el mundo, estaría ahora sí a punto de consumarse.

Es como mínimo debatible la inminencia de este reemplazo. Como afirma Paula Bach, el discurso sobre el “fin del trabajo” está impregnado por un fetichismo de la robótica que, en las condiciones de lo que algunos economistas del mainstream vienen diagnosticando como un estancamiento secular del capitalismo, no se traduce en ritmos de acumulación de capital suficientes como para que estemos cerca de la materialización de esta amenaza del trabajo de mujeres y hombres por el de las máquinas. Más en general, la perspectiva de que el capitalismo pueda imponer una robotización generalizada se choca con la necesidad de explotar, siempre de forma creciente, la única fuente que sostiene las ganancias del capital, que es la fuerza de trabajo.

Tomando esta perspectiva del “fin del trabajo” sin beneficio de inventario, viene cobrando fuerza la necesidad de implementar una renta básica universal para asegurar ingresos a quienes ya no podrán esperar contar con un empleo remunerado. No es un planteo nuevo, pero lo que le confiere un nuevo sentido de urgencia, y le otorga cada vez más adherentes, es que podría ser, según afirma Paul Mason, una solución al problema de “la desaparición del trabajo mismo”.

Otro de los fundamentos que adoptan los proponentes de la renta básica, como si fuera también un dato de época irreversible, es la precariedad en la que se encuentra una proporción grande (y creciente) de la fuerza de trabajo en todo el mundo. Efectivamente, la posibilidad de acceder a un empleo formal, participar del sistema de seguridad social, etc., es algo que resulta inalcanzable para una proporción creciente de la clase trabajadora. En la Argentina, más de la mitad de quienes tienen un empleo sufren alguna condición de precariedad (trabajo bajo relación de dependencia no registrada, cuentapropismo de “changas”, etc.), proporción que se acrecienta entre la juventud y sobre todo entre las mujeres. El subempleo y el autoempleo bajo la forma de changas de algunas franjas, convive por otro lado con el sobretrabajo de los que están ocupados (de manera formal o informal). En la Argentina actual un tercio de la población económicamente activa trabaja más de 45 horas semanales. Se trabaja más y se gana menos que hace décadas. Las jornadas de trabajo hoy son tan extensas, o más, que hace 80 años, y la tendencia actual es al alargamiento de la misma en países como EE. UU., Alemania o Francia. Al contrario de lo que imaginaba Lord Keynes cuando pensaba, en los años treinta del siglo pasado, en las posibilidades económicas de la generación de sus nietos, no estamos ni un poco más cerca de trabajar solo 15 horas semanales de lo que lo estábamos en la década de 1930, a pesar de que la productividad del trabajo se multiplicó por tres desde entonces. Pero como afirma Leo Panitch, esta precarización generalizada, que tomando como un dato ineludible se propone paliar con una renta básica, es más un dato de la avanzada del capital contra las conquistas de la clase trabajadora que el resultado de cambios irreversibles en los procesos materiales del capitalismo.

Entre el fin del trabajo y la exclusión como horizonte irremontable para buena parte de la fuerza de trabajo, gana fuerza la idea de que una renta básica universal puede oficiar de paliativo. Pero, al contrario de lo que consideran sus proponentes más de izquierda, como Robert J. van der Veen y Philippe Van Parijs que hace 30 años llegaron a imaginarla como “una vía capitalista al comunismo” [1], aceptarla por el lado “progresista” es cometer un error fatal: tomar por buena la premisa del fin del trabajo y proponer librar en otro terreno la pelea por el ingreso. De aceptar estas propuestas, la clase trabajadora tiene ya la mitad de la batalla perdida.

Money for nothing

Dinero aquí y ahora, porque no hay tiempo para esperar grandes transformaciones, es la divisa de los proponentes de la renta básica. Démosle a todos y todas un ingreso suficiente para adquirir los bienes esenciales, tengan trabajo o no, quieran trabajar o no, sin condiciones. Desvincular los ingresos de la ciudadanía de la obligación de trabajar parece ser la única alternativa viable en un mundo donde el sistema de producción deja en la banquina a porcentajes crecientes de la clase obrera. De esta forma, un piso básico de derechos económico-sociales estaría garantizado universalmente. Sin necesidad de expropiar los medios de producción ni tomar el Palacio de Invierno. Si ya hoy el Estado solventa considerables erogaciones, en algunos casos abarcativas y sin condicionalidades como es la Asignación por Hijo en la Argentina (que cobran ocupados y desocupados), ¿qué grandes impedimentos podrían imponerse en el camino de dar un paso más, por grande que sea, en ese mismo camino?

La certidumbre de que sería una propuesta que está al alcance de la mano se refuerza por el hecho de que en los últimos años se registra un número creciente de experimentos y pruebas piloto realizadas por agencias públicas y organizaciones no gubernamentales para testear los efectos de su implementación. Aunque entre las propuestas “progresistas” que imaginan que esta puede ser la vía para asegurar un ingreso “digno” y una práctica estatal orientada a administrar la pobreza sin eliminarla, media un abismo.

No sorprende entonces que Rutger Bregman haya titulado su libro dedicado a fundamentar la propuesta de la renta básica universal Utopía para realistas [2]. Este libro sistematiza las experiencias realizadas en distintas lugares y épocas, aporta conclusiones sobre las mismas, y repasa los argumentos en favor (y también en contra) de la iniciativa.

Uno de los principales objetivos de la evidencia recopilada en el libro de Bregman es desmitificar la crítica de que entregar dinero a cambio de nada es estimular la vagancia. El autor expone las conclusiones de un proyecto piloto implementado por la organización Broadway Cares en Londres durante 2009, que consistió en entregar 3 mil libras a 13 indigentes. En todos los casos, de acuerdo al estudio, la ayuda “empoderó” a los beneficiarios. Utopía también recoge los resultados de un estudio del Massachusetts Institute of Technology (MIT) sobre el desempeño de la ONG Give Directly, que recoge dinero de donaciones que son entregados sin condicionalidades a beneficiarios en países pobres. De acuerdo al estudio, estos producen un incremento duradero en los ingresos (en promedio 38 % superiores a los que eran antes de la transferencia) y también de las propiedades y activos, entre ellos la casa (58 %), al tiempo que reducen en 42 % el número de días que los chicos pasan hambre.

Y siguen los casos. Según nos informa Bregman, distintos programas basados en transferencias de efectivo alcanzan a 110 millones de familias en 45 países (“desde Brasil a la India, desde México a Sudáfrica”), en su abrumadora mayoría implementados en los últimos 20 años. Entre estas transferencias podemos incluir en la Argentina la extensión de la asignación por hijo a los que no cuentan con un empleo formal.

Pero claro, no es lo mismo hablar de políticas focalizadas en los segmentos de la sociedad de mayor pobreza, aunque se trate de una entrega de dinero sin condicionalidad, que de la implementación generalizada de una renta básica suficiente para superar el umbral de pobreza que abarque a toda la población, independientemente de su condición laboral, sus ingresos y su riqueza. Bregman recoge una experiencia de este tipo, implementada en Canadá en el poblado de Dauphin, de 13 mil habitantes, entre 1974 y 1978. Según nos cuenta, este programa aseguró a toda la población un ingreso básico certificando que nadie quedara por debajo de la línea de pobreza. En la práctica, el 30 % de la población (una familia de cada cuatro) recibió cheques mensuales por el equivalente a 19 mil dólares al año, en valores actuales. El programa se dio de baja con la llegada de un gobierno celoso de la austeridad fiscal, que lo cerró sin indagar sus resultados. El análisis de una investigadora realizado 30 años después, sobre la base de los impactos del programa en las estadísticas de salud comparadas con las de otras poblaciones que no recibieron este beneficio, mostraría que tuvo un impacto exitoso.

Aunque en la actualidad existen ensayos que se anuncian como primeros pasos en el sentido de un ingreso universal (en países como Canadá, Holanda, Escocia, Kenia e India), e incluso la incluyó en su programa en Italia la alianza entre el Movimiento 5 Estrellas y la xenófoba Liga Norte (que también plantea una fuerte reducción de impuestos a las empresas), en su etapa actual se focalizan en los sectores pobres y desempleados, al igual que gran parte de las experiencias que releva Bregman. Siguen afrontando similares dificultades para sostenerse en el tiempo. Finlandia anunció hace unos meses que el 31 de diciembre de este año pondrá fin al programa que, con una vigencia de dos años, incluye a 2.000 desocupados de entre 25 y 28 años que recibirán 560 euros al mes libres de impuestos. El motivo se encuentra simplemente en la austeridad fiscal en los marcos de una economía que viene en baja, y no en una evaluación negativa de los resultados alcanzados, que según los responsables recién después de 6 años podrían evaluarse. El monto de la erogación era menos de la mitad de los 1.200 euros necesarios para no ser pobre en Finlandia, mostrando que las propuestas que discuten los Estados están lejos del paraíso de ocio sin pobreza de la mano de la seguridad social que imaginan algunos izquierdistas.

La renta básica apunta así a ser apenas un paliativo. Como hemos visto en la Argentina con la asignación universal por hijo, que alivió la situación de los sectores más pobres al tiempo que hizo posible que en los lugares de trabajo el reparto inequitativo del ingreso entre capitalistas y trabajadores (que en la Argentina viene in crescendo desde mediados de la década de 1970) continuara con menos tensiones [3], una renta básica que venga “desde arriba”, como una política pública de seguridad social, difícilmente será universal, sino focalizada en los segmentos de bajos ingresos, y probablemente tampoco sea básica, sino por debajo de la línea de pobreza. Solo de esta forma podría compatibilizarse con la continuada explotación de la fuerza de trabajo en condiciones laborales cada vez más degradadas que necesita el capitalismo contemporáneo, más aún en países atrasados y dependientes como la Argentina, pero incluso en las economías más ricas de los países imperialistas.

Lejos del imaginario de la renta básica como una reforma progresiva para asegurar un ingreso a toda la ciudadanía, las políticas públicas, tironeadas entre la exigencia de austeridad fiscal y la necesidad de contener el descontento y hacer soportable la degradación social que impone el panorama de decadencia capitalista, apuntan hacia una pobreza administrada, contenida a raya mediante rentas focalizadas en asegurar la supervivencia en condiciones de miseria.

Como afirma Michel Husson, “Los partidarios progresivos de un ingreso de 1.000 euros por mes bien pueden servir como ‘idiotas útiles’ para el establecimiento de un ingreso universal de 400 euros, para el equilibrio de cualquier cuenta que también reduzca ventajosamente los costos de funcionamiento del Estado de bienestar” [4].

¿Renta básica universal o reparto de las horas de trabajo?

A diez años de la Gran Recesión, vimos en el último año los más entusiastas intentos por proclamar que el mundo estaba ante una vuelta de página, lo que volvió a ser desmentido por la serie de turbulencias que vimos en los últimos tiempos. Junto con un salto en la destrucción de valor de capital, y una resolución (por la vía de un mayor enfrentamiento) entre las tensiones emergentes entre las grandes potencias, un nuevo avance contra las condiciones de la clase trabajadora es parte de los componentes necesarios para un relanzamiento de la acumulación capitalista que hoy no se visibiliza. Las (contra)reformas laborales y previsionales que se aplican o intentan aplicar en todo el mundo (desde Francia hasta Brasil y la Argentina), son parte de esto. Pero también la renta básica universal está llamada a jugar un rol.

Al proponer un desplazamiento del terreno del conflicto de clases al debate “público” ciudadano, podría hacerle un gran favor al ataque que necesita imponer la clase capitalista. De una cuestión de disputa por la distribución primaria del ingreso, que siempre conlleva el peligro de que los explotados se organicen y pongan en cuestión quién dirige la producción social, a un tema de distribución secundaria, es decir, una materia de manejos de los ingresos y gastos de la seguridad social y de cómo los ciudadanos y sus derechos participan en ellos.

Desde algunos sectores de la izquierda, la renta básica universal es defendida por su presunta capacidad de “empoderar” a la clase trabajadora ante el capital. La lógica es que una renta lo suficientemente elevada como para asegurar un ingreso acorde a la canasta básica otorgaría a la fuerza de trabajo un mayor poder de negociación ante el capital, al dar una opción de “salida” creíble. Esta postura es defendida, por ejemplo, por David Calnitsky en la revista norteamericana Catalyst (“Debating Basic Income”, N.º 3).

Se trata de un planteo plagado de inconsistencias. Si todo el empeño del capital en las últimas décadas apuntó a producir la situación de precariedad, fragmentación y flexibilización que las más grandes empresas del mundo celebran como condiciones “modernas” de trabajo, ¿habrá que esperar ahora que de estos mismos actos, del parlamento y la seguridad social, surja una propuesta de renta universal que sea otra cosa que una miseria? Esperar esto resultaría no utópico, sino descabellado. No puede olvidarse que este sistema tiene entre sus condiciones fundamentales de funcionamiento la existencia permanente de un ejército de reserva, es decir, de una proporción de la fuerza de trabajo en condiciones de desempleo, no solo disponible para ser empleada en caso de expansión, sino como ariete para poner límite a las aspiraciones del resto de la clase trabajadora.

Por supuesto, el argumento de los que proponen una renta básica de un monto “digno” no es que esta vendrá de la generosidad estatal, sino que debe conseguirse mediante la lucha. Pero como argumentan de manera razonable Alex Gourevitch y Lucas Stanczyk en “La ilusión de la renta básica” (Catalyst 4) debatiendo para los EE. UU., “no hay perspectiva de que la política esperada pueda imponerse hasta que haya una fuerza política de la clase trabajadora organizada y con suficiente fuerza como para poder imponerla a pesar de la predecible resistencia del capital organizado”. Aceptar el “fin del trabajo” y pelear por una remuneración por fuera del empleo es un mal presagio para aspirar a que la clase obrera pueda alcanzar esa fuerza social. Más bien, contribuye a facilitar el trabajo a los nuevos ataques de la clase dominante. Los proponentes “progresistas” de la renta básica universal se encuentran así en un círculo vicioso.

La renta universal no es así el atajo a la política de organización independiente de la clase obrera que imaginan sus proponentes progresistas. Contra estas ilusiones, la respuesta ante las alternativas de ajuste neoliberal sobre las espaldas del pueblo pobre y dádivas miserables para hacer soportable la miseria, solo puede pasar por batallar por la reducción de la jornada a 6 horas, 5 días a la semana, y por el reparto de las horas de trabajo entre todas las manos disponibles.

La carga de trabajo para quienes tienen un empleo viene en aumento en todo el mundo, mientras crece a su lado la desocupación y subocupación. Tomando datos de EE. UU., a pesar de que desde 1957 hasta hoy la productividad del trabajo se triplicó, la jornada de 8 horas permanece inalterada e incluso el empresariado encontró múltiples vías para imponer más horas mediante convenios, extras, etc.. Y en las últimas décadas viene creciendo el tiempo dedicado al trabajo. Lo mismo vale para Europa, y más aún para muchos países dependientes que se incorporaron a las redes de la producción trasnacional. Lejos de ser una cuestión “natural”, esto está determinado por la necesidad del capital de mejorar su apropiación de plusvalía a costa de la fuerza de trabajo. Plantear la reducción de la jornada de trabajo mediante el reparto de las horas de trabajo entre todas las manos disponibles, sin afectar el salario (garantizando para todos los ocupados un ingreso acorde a la canasta familiar) apunta a poner en cuestión la naturalidad del “ejército industrial de reserva”, término con el que Marx caracteriza el rol que juega la fuerza de trabajo desempleada o semiempleada; su existencia es la que permite que los mecanismos de mercado operen en lo que respecta a los salarios de forma favorable al capital, limitando su crecimiento en los momentos de auge y facilitando el descenso de los mismos en tiempos de crisis. Si están creadas las condiciones para que todos trabajemos menos horas, pero en manos del capital y para asegurar una ganancia esto significa que algunos deben seguir trabajando tantas horas como hace décadas –o incluso más– mientras una parte creciente de la población es transformada en “población obrera sobrante”, entonces lo que debe ser cuestionado es ese monopolio privado sobre los medios de producción.

La huelga de la IG Metall en Alemania por la reducción de la jornada a comienzos de este año, de la que participaron cientos de miles de trabajadores por la reducción de la jornada laboral, mostró que este es un planteo que puede calar hondo en sectores importantes de la clase trabajadora, aunque la lucha se cerró con la burocracia sindical imponiendo que se aceptara, a cambio de una menor jornada, la reducción del salario y más horas de trabajo de otros sectores de trabajadores.

¿Qué impediría repartir las horas de trabajo entre todas las manos disponibles, lo que implicaría una disminución cualitativa de la jornada laboral? ¿Por qué de un lado tiene que haber jornadas extenuantes y de otro lado desempleo y subempleo (con o sin renta universal)? ¿Por qué no podemos poner los avances tecnológicos al servicio de bajar la jornada laboral del conjunto de la clase obrera? ¿Por qué los trabajadores que producimos toda la riqueza social nos tenemos que conformar con luchar por un vuelto que nos dé el Estado capitalista mientras 8 millonarios concentran la riqueza de 3.500 millones de personas?

Si el capitalismo ha creado posibilidades –de reducir el tiempo necesario para asegurar la reproducción de los bienes socialmente necesarios– que solo pueden llevarse a cabo cuestionando los mecanismos de explotación que sostienen a este modo de producción, esto deja en claro que lo único “realista” es pelear por abolir este sistema, para abrir paso a una organización de la producción articulada no en función de la ganancia privada sino de las necesidades del conjunto social.

Mirá acá todas las notas de este semanario

NOTAS AL PIE

[1“A Capitalist Road to Communism”, Theory and Society 15 (5), 1986. Eran tiempos previos a la caída del muro de Berlín. Ahora, la mayor parte de sus proponentes no la imaginan como vía de salida del capitalismo, sino como remedio para hacer soportable su perpetuación, que es vista como inevitable. Los más “audaces” la sugieren como parte de un combo en la hoja de ruta hacia un “postcapitalismo”, aunque no dejan claro de qué se trata ese mundo “post”.

[2Utopía para realistas. A favor de la renta básica universal, la semana laboral de 15 horas y un mundo sin fronteras, Barcelona, Salamandra, 2017.

[3Ver al respecto el capítulo 5 de Esteban Mercatante, La economía argentina en su laberinto. Lo que dejan doce años de kirchnerismo, Buenos aires, Ediciones IPS, 2015.

[4“El mundo maravilloso de la renta universal”, Révolution Permanente, 3/1/2017.
CATEGORÍAS

[Paul Mason]   /   [Rutger Bregman]   /   [renta básica universal]   /   [Reparto de las horas de trabajo]   /   [Asignación Universal por Hijo (AUH)]   /   [Economía Internacional]   /   [Economía]

Esteban Mercatante

@EMercatante
Nacido en Bs. As. en 1980. Es economista. Miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2001. Coedita la sección de Economía de La Izquierda Diario, es autor del libro La economía argentina en su laberinto. Lo que dejan doce años de kirchnerismo (Ediciones IPS, 2015), y compilador junto a Juan R. González de Para entender la explotación capitalista (segunda edición Ediciones IPS, 2018).
COMENTARIOS