Juventud

JUVENTUD TRABAJADORA

Reloj, no marques las horas (al menos hasta que termine la jornada laboral)

Soledad y Belén trabajan en una regalería de La Plata. Una le enseñó a la otra las habilidades necesarias para combatir el tedio y escapar a las obsesiones de un jefe que siempre lo arruina todo.

Juana Galarraga

@Juana_Galarraga

Sábado 29 de julio | Edición del día

- No quiero que te vayas. No quiero explicar todo de nuevo a otra piba otra vez...

Soledad trabaja desde hace aproximadamente un año en un comercio de la ciudad de La Plata. Su lamento se le escapó una mañana, ante la noticia de la inminente renuncia de su compañera, quien se incorporó hace poco a trabajar.

La entrenó, le enseñó cómo vender, le explicó cada detalle de la mercadería. Le pasó algunos tips sobre cómo lograr que la clientela entre, permanezca, pregunte más cosas y, con suerte, lleve algo más. Belén estaba a prueba, pero gracias al entrenamiento de Soledad consiguió quedar seleccionada para continuar en el puesto de vendedora.

Ambas atienden al público en una regalería donde se ofrece una enorme variedad de artículos, cada uno con sus códigos, sus períodos de garantía y sus descuentos de acuerdo a la forma de pago. La tarea de Soledad consistía en transmitirle todo eso a Belén para que resulte una buena vendedora. Y así fue.

Belén se adaptó rápido. El jefe siempre remarca que no quiere empleadas sino vendedoras, “que no es lo mismo”. Quiere gente que sepa ofrecer, mostrar, explicar por qué una billetera vale $ 50 más que la otra. Salvo algunas cuestiones que le llevó más tiempo aprender, en menos de dos semanas Belén conocía el manejo del comercio, la información esencial y la ubicación de cada artículo en el depósito. El jefe le ordenó a Soledad que también le enseñara a manejar la caja y se encargara de la cobranza. Ahora Soledad y Belén trabajan a la par.

¿Querés saber la hora?

Para trabajar en la regalería hay que contar con diversas habilidades. En primer lugar, no hay que olvidar jamás que el jefe está mirando permanentemente lo que hacen por las cámaras, desde el celular. Hay que utilizar la creatividad al extremo para poder mantenerse siempre en actividad.

Las dos primeras semanas del mes no hay tanto problema porque la gente circula por el centro y entra a preguntar o a comprar. Siempre hay alguien para atender. El tiempo se pasa un poco más rápido. El problema comienza pasada la primera quincena, cuando el movimiento en la calle merma y no hay mucho laburo que hacer.

Este tipo de comercio es donde más se siente la baja en el consumo. No se puede prescindir de comida ni de remedios pero sí de un regalo. Si hay que achicar gastos, lo primero que se sacrifica en tiempos de ajuste, es la compra en locales como éste.

Soledad y Belén pasan las seis horas de su jornada laboral, tratando de hacer pasar el tiempo sin que se note el tedio. Seis horas paradas, de lunes a sábado. El jefe no las deja tomar mate, ni mirar el celular. Según su teoría, siempre hay algo para hacer y es acá donde se aplica la inventiva.

- Ya sé lo que voy a hacer, voy a a ver si falta alguna letra del abecedario en este modelo de llaveros con iniciales - se pone contenta Belén porque encontró una tarea que la mantendrá entretenida durante unos minutos, aunque sabe que es poco probable que haga falta reponer alguna letra. La gracia es sacar la caja de llaveros con iniciales del depósito, ponerla junto al exhibidor donde los llaveros se muestran al público y sacar letra por letra para ver si el abecedario está completo.

- ¿Querés saber la hora? - pregunta Soledad.

- No, no la quiero saber todavía, no me la digas. Cuando termino con esto me fijo.

Las mañanas se convierten en un juego sobre cómo superar el tedio. Un día Soledad batió un récord. Estuvo la jornada casi completa avocada a armar carteles con precios para cinturones. A veces se sorprenden de lo tarde que se hace sin haber mirado la hora en ningún momento. Permanecer desconociendo la hora del día es difícil, porque en el comercio se venden relojes. Pasar de largo sin detenerse frente a la vitrina donde se muestran los aparatos del tic tac es todo un desafío.

El tiempo de ambas se convierte en un bien irrecuperable, doblemente perdido. Al desperdicio que implica regalarle tiempo de sus vidas a un jefe que les paga una miseria y en negro, hay que sumarle el factor del aburrimiento y del absurdo de las tareas que realizan cotidianamente. Hay que aprender cómo trabajar lento, pero trabajar al fin, sin que el jefe adivine por las cámaras que están dejando correr las agujas con la misma tarea a propósito. Si las ve sin hacer nada, el llamado por teléfono para sugerir una tarea no se hace esperar.

Sería distinto si pudieran leer el diario mientras no hay trabajo o una fotocopia de la facultad mientras no entra gente. Ni hablar de si pudieran sentarse y descansar las piernas un ratito. Pero no, las cosas no son así.

- Vamos a suponer que vos sos yo y yo soy vos. Vos me contratás a mí y yo estoy todo el día acá parado con los brazos cruzados y al final del día te digo me debés $ 250. ¿A vos te gustaría? - Al jefe le encanta hacer el ejercicio de alterar hipotéticamente los roles entre empleador y empleadas cuando da sermones sobre cómo trabajar. Lo que nunca se cuestiona es si pide o no demasiado por la módica suma de $ 250.

La respuesta que primero se cruzó en la mente de Belén fue sí, porque lo que vale es mi tiempo y no tengo la culpa de que no haya consumo. Sin embargo no pudo decir eso.

- No me gustaría.

¡Más te vale!

- Qué lindo que es escuchar a la gente cantar cuando trabaja - exclamó una clienta mientras esperaba que le cobraran. Belén y Soledad cantaban a coro y de memoria la lista de reproducción del pen drive que llevaron para escuchar música mientras trabajan. El jefe no las deja escuchar la radio, para evitar que se disparen discusiones políticas o por el tema que sea. Sólo se puede escuchar música, nada de programación radial, ni noticias. Belén y Soledad se miraron y rieron ante la expresión de la clienta que continuó.

- Recién vengo de otro lado, una chica le pegó un grito a otra persona. Qué feo cuando se trabaja así. Pero cuando uno ve a las personas trabajar en armonía es otra cosa - continuaba la mujer con su halago al trabajo de las chicas. Sostenía un helado mientras esperaba que las empleadas envolvieran la cartera que acababa de comprar. Belén mantenía abierta la bolsa de empaque y Soledad acomodaba la cartera dentro. La señora pagó y se fue contenta.

- Si pudiera iría a comprarles un helado - dijo antes de retirarse. Las chicas largaron una carcajada y le agradecieron el ofrecimiento.

- Quiero más gente así en mi vida - comentó Soledad cuando la clienta salió del local.

- ¿Tipeaste la venta en la caja? - le recordó Belén

- Sí ya la tipeé. ¿Vos anotaste la venta que hiciste en tu papel?

- Sí ya la tengo anotada.

El trabajo de ambas parece bueno y ninguna quisiera dejarlo. Sin embargo, no todo es como lo aprecia la clientela, en los minutos que le insume la compra de una cartera.

Belén no quisiera renunciar y dejar de trabajar con Soledad. Pocas veces se logra tan rápido un equipo de trabajo como el suyo. Pasan el tiempo conversando, se aconsejan, se escuchan y se saben víctimas de la precarización laboral que las somete a la miseria. Hablan de sus proyectos.

Belén quisiera haber conocido a Soledad en otras circunstancias. Piensa en eso, en que no soporta a su jefe y que quisiera renunciar. Soledad, en cambio, aguanta y a Belén le da pena que tenga que volver a comenzar.

- No quiero que te vayas. No quiero explicar todo de nuevo a otra piba otra vez... - fue el lamento de Soledad una mañana, al que Belén demoró en responder.

- Obvio que si me voy te voy a venir a visitar cuando pueda.

- ¡Más te vale!

Ese día Belén volvió a su casa con bronca, pensando por qué los patrones siempre, pero siempre, tienen que arruinarlo todo.






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