Mundo Obrero Chile

REDUCCIÓN JORNADA LABORAL

¿Dónde quedó el tiempo para vivir de la trabajadora en Chile?

“La pregunta nos lleva a un punto de inflexión; pues el llegar a la cifra de: “ 0 horas para vivir” es algo real para las trabajadoras chilenas. 0 horas para vivir. ¿Existe algo más irracional que estar vivas para no vivir? ¿Respirar y reproducir nuestra propia vida para no vivirla? ¿Para quiénes vivimos entonces?”

Martes 17 de septiembre | 09:05

Durante años, empresarios, cuestionables “especialistas”, panelistas televisivos e ilusos pares, han culpado a la clase trabajadora chilena de ser “flojos” porque no producen lo mismo que en otros países avanzados.

Datos que la OCDE publicó, señala que los chilenos trabajan en promedio 200 horas más al año en comparación a los otros países medidos y que los ingresos son los terceros más bajos.

El mito de la baja productividad laboral chilena se cae cuando se determina que a contar del 2012 la productividad se ha disparado importantemente, año en que se disparó un 4,6% y desde el cual se ha mantenido una tendencia al alza, pero más moderada (datos dados a conocer por The Conference Board). Avances tecnológicos, que se implementan a escala mundial y que recién comienzan a verse en Chile y el aumento de niveles educacionales y de calificación laboral que, por lo demás, han salido de los mismos bolsillos de los chilenos que deben endeudarse para estudiar, son los factores que han incidido en este aumento de productividad le cierra la boca a los charlatanes y a sus seguidores.

En medio de esta nueva realidad, se abre la discusión de la jornada laboral que mantiene expectantes a toda la clase productora que mueve al país día a día; sin embargo nuevamente la estandarización del debate en torno a las horas de la jornada y a la flexibilización ha dejado afuera y ha invisibilizado la realidad de las mujeres chilenas.

Vidas saqueadas: tiempo pagado y no pago para enriquecer a los de siempre

En promedio la mitad de las mujeres chilenas deben repartirse día a día entre su jornada laboral pagada que no baja de las 45 horas (no considerando la realidad de muchas mujeres que exceden ese tiempo en el trabajo informal o mediante horas extras), y su jornada doméstica que se estima abarca 5,8 horas al día, lo que daría un total semanal de 40,6 horas; es decir, una mujer trabaja (sin horas extras y sin contar tiempos de traslado) un total de 85,6 horas semanales de las 168 horas que tiene una semana. Es decir, más de la mitad del tiempo de sus vidas lo pasan trabajando. (Datos de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo 2015).

¿Cuántas horas se trasladan, duermen, comen, van al baño, se visten y se duchan? ¿Después de este descuento, cuanto tiempo tienen para vivir realmente como seres individuales?

La pregunta nos lleva a un punto de inflexión; pues el llegar a la cifra de 0 horas para vivir es algo real para las trabajadoras chilenas. 0 horas para vivir. ¿Existe algo más irracional que estar vivas para no vivir? ¿Respirar y reproducir nuestra propia vida para no vivirla? ¿Para quienes vivimos entonces?

Solían educarnos desde pequeñas con que nuestras vidas estarían consagradas a la familia en nombre del amor, pero la verdad es que consagrarse a la familia no es trabajar limpiando, cocinando y planchando gratis mientras cada integrante de esa familia está absorbido en sus propias jornadas. Consagrarse a la familia, para quienes sí desean hacerlo, debiese ser tener tiempo de calidad para conectarse y profundizar un lazo humano y filial con el otro. El trabajo doméstico es, realmente, un ahorro que el empresario deposita sobre los hombros de la clase trabajadora y dentro de esta clase, a causa de la división de roles de género impuesta por el patriarcado, recae sobre las mujeres.

Es un ahorro en tanto ellos no garantizan, ni pagan estas tareas domésticas destinadas a reproducir la misma fuerza de trabajo que ellos necesitan para enriquecerse. Esta fuerza de trabajo pasará largas horas produciendo en talleres, supermercados, fábricas, colegios y oficinas, largas horas de las cuales sólo una parte corresponde y basta para costear su propia subsistencia, mientras el resto de la jornada la imponen y existe solo para llenar bolsillos ajenos.

Hoy en día el mundo ha conocido, por ejemplo, la robotización de la industria automotriz y la automatización de muchas ramas de la economía. Es a todas luces evidente que es realmente factible realizar el mismo trabajo productivo que antes tomaba 8 horas, en 2 o menos horas. Es factible reducir la jornada laboral pagada y es factible incluso liberar a las mujeres del trabajo no pagado en los hogares mediante la libre disposición de lavanderías, la habilitación de casinos en lugares de estudio y trabajo, la atención de enfermos y no valentes a través de la salud pública y un largo etc. de posibilidades.

El debate de las horas nos lleva a cuestionarnos si es que realmente vivimos durante nuestro tiempo de vida, y esta amenazante pregunta contornea la demanda de reducción de jornada laboral para disponer de más tiempo libre, como una amenaza que va en detrimento del plustrabajo (el trabajo que excede lo que necesitamos para subsistir) y, por ende, de la ganancia del capitalista.

Así mismo, si las trabajadoras comenzáramos a cuestionar tanto la extensa jornada pagada como este trabajo impago impuesto por los roles de género que nos esclaviza al punto de contar con 0 horas para vivir; la amenaza que percibiría el capitalista sería doble, no sería sólo su ganancia la que se viese amenazada, sino que también sería el control que ejercen más allá de las paredes de los lugares de trabajo, es ese control que fantasmagóricamente ejercen en lo que Marx llamaba “la morada oculta de la producción” una morada en la que se rebela la relación de dominación más allá del valor en dinero que nos pagan por nuestras jornadas laborales y más allá de las horas que dura nuestra jornada.

Es en este lugar en que se entrecruza la producción (pagada) y la reproducción de la fuerza de trabajo (no pagada y ejercida abrumadoramente por las mujeres) y en la que actúan diversas instituciones para mantener la relación de poder en la que el capitalista obtiene sus ganancias: “las cuestiones de género, patriarcado, parentesco, familia y sexualidad y similares se vuelven más importantes, las relaciones sociales en la reproducción también se extienden a la política de la vida cotidiana orquestada a través de una gran cantidad de dispositivos institucionales como son la iglesia, la política, la educación y diversas formas de organización colectiva en diversos barrios y comunidades” (Tras la Morada Oculta, Nancy Fraser)

Un punto de partida para una lucha mayor

"...,para cultivarse espiritualmente con mayor libertad, un pueblo necesita estar exento de la esclavitud de sus propias necesidades corporales, no ser ya siervo. Se necesita, pues, que ante todo le quede tiempo para poder crear y gozar espiritualmente” (Manuscritos Económico Filosóficos, Karl Marx).

Las vidas saqueadas, vaciadas del goce de vivir de las trabajadoras, prohibidas del tiempo para el ocio, son una de las tantas aberraciones del capitalismo. Damos vida, pero no alcanzamos a comprender y disfrutar de ésta a causa de la insaciable hambruna de ganancias de un puñado de seres humanos.

Esta es una denuncia que no se medirá solamente en el estandarizado debate sobre la disminución horaria en si misma, sino que implicará nuevamente el despliegue de cientos de miles de mujeres y hombres en las calles y exigirá también la organización en lugares de trabajo y estudio. Nos planteará la necesidad de unificar nuestras demandas particulares a las luchas que como trabajadoras compartimos con el resto de nuestra clase y solo de esta forma podremos enfrentar ampliamente este orden social que nos golpea doblemente y que se cruza desde el trabajo hasta la intimidad de nuestros hogares.

El debate por la reducción de la jornada laboral es un guiño histórico por el cual fueron asesinados los mártires de Chicago y las obreras de las textiles a comienzos del siglo XX; un guiño que sube las expectativas de las masas que mueven a Chile y al mundo a recuperar una fracción de sus vidas puestas hoy a los pies de la clase empresarial. Si las trabajadoras recuperásemos nuestra voz en esta batalla, una simple demanda de disminución de horas trabajadas nos abriría la ventana a mirar y pensar profundamente la necesidad de luchar por vivir, por el tiempo que nos pertenece y nos ha sido arrebatado para el corto e irrepetible ejercicio de la vida.







Temas relacionados

Explotación laboral   /    Mujer trabajadora   /    Mundo Obrero Chile   /    Jornada laboral

Comentarios

DEJAR COMENTARIO