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Recuerdos del 4 de agosto de 2011: irrumpe el combate callejero

A seis años de la emblemática jornada de lucha callejera de la juventud, desde La Izquierda Diario recordamos los principales hechos y lecciones de aquella fecha que marcó un antes y un después en la radicalidad del movimiento estudiantil.

Viernes 4 de agosto

El movimiento estudiantil ya venía dando sus primeros pasos, principalmente desde el 2006 con la conocida “revolución pingüina” que puso en la palestra las problemáticas que aquejan a los estudiantes secundarios; el drama de la municipalización, los escasos recursos para la educación pública por parte del Estado, las leyes heredadas de la Dictadura, la educación de mercado, entre otras falencias. Sin embargo, fue en el año 2011 cuando el movimiento estudiantil irrumpió en la escena política y nacional, remeciendo completamente al régimen político que siente sus consecuencias hasta la actualidad.

Fue en el 2011, con un gobierno derechista encabezado por el actual abanderado presidencial de Chile Vamos, Sebastián Piñera, cuando la juventud decidió salir a las calles, provocando la irrupción política y social de miles de estudiantes a nivel nacional.

La juventud decidió “tomarse el cielo por asalto” y enfrentar a un gobierno que se caracterizó por la represión e intransigencia, muy bien representada por el entonces ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter. El movimiento estudiantil logró provocar algo que durante muchos años no sucedía: cientos de miles de personas cuestionando a las autoridades y a la estructura de esta sociedad neoliberal.

El gobierno de Piñera tuvo que enfrentarse a la rabia, al descontento y a la frustración de toda una generación postergada; tuvo que lidiar con la organización, con paros, tomas y asambleas masivas que recorrieron los rincones del país. Todo por la masiva demanda de educación gratuita para todos, financiada por el Estado; un derecho básico, fundamental, mínimo, pero que los gobiernos post Dictadura se encargaron de sepultar y de mantenerlo como un negocio más, como una más de las tantas privatizaciones realizadas durante los 80’ por Pinochet.

El explosivo 4 de agosto que se vivió en distintos lugares del país

La movilización estudiantil venía en ascenso. En julio, ya se encontraban cientos de establecimientos educacionales en paro y toma, miles de estudiantes seguían dando la batalla por conquistar la gratuidad en la educación, y en varios lugares, como en el caso de la Usach, se estaba dando una pelea férrea contra las direcciones del movimiento estudiantil de ese entonces (JJ.CC, ex Concertación, principalmente), tildadas de burocracia estudiantil y de querer frenar la radicalidad que tenía el movimiento en pos de la gratuidad universal.

Fue el 4 de agosto del 2011, cuando la Confech, junto a otros organismos estudiantiles, convocó a una marcha nacional, la que no fue autorizada por el gobierno de Piñera, ni por Hinzpeter. La movilización se realizó de todas maneras, y la represión y el autoritarismo del Ejecutivo y sus autoridades sólo potenciaron aún más la rabia en la juventud.

El gobierno de Piñera, desde un primer momento, se posicionó contra la educación gratuita y en defensa del negocio educativo- obsequiado por la Dictadura- que destruyó la educación pública y fortaleció la enseñanza privada. Haciendo eco a esta postura, tanto Piñera como Hinzpeter aprovechaban cada declaración pública para arremeter contra los estudiantes y asegurar que no habría gratuidad en su mandato ni marchas nacionales autorizadas.

Errónea decisión. Lo que hubiese sido una marcha nacional por la gratuidad, terminó en protesta nacional y en una jornada llena de rabia y descontento que duró horas. Se desarrollaron una serie de enfrentamientos entre manifestantes y carabineros, en distintas comunas, hubo decenas de personas detenidas; se realizaron barricadas, cortes de calles, apoyo ciudadano, cacerolazos, entre otros métodos de protesta.

La represión policial se dejó caer inmediatamente. A las 10 de la mañana fue la primera convocatoria en Plaza Italia, la que se vio dificultada por la fuerte presencia de Carabineros (1300 efectivos policiales sólo en la mañana), pero no evitó que miles de jóvenes se congregaran en las calles a protestar contra el gobierno. En respuesta a esto, el entonces vocero de Gobierno y primo de Piñera, Andrés Chadwick, decía que “los estudiantes no son dueños de este país”.

Hubo 133 personas detenidas durante la mañana, y antes de que comenzara el “segundo round” de la jornada de protesta, Piñera ya anunciaba que habían más de 500 jóvenes detenidos a nivel nacional y 14 policías heridos. Ya a eso de las 18 horas, el sector de Plaza Italia y Universidad Católica estaba plagado de Fuerzas Especiales de Carabineros, las que reprimieron sin discriminación a jóvenes, personas que iban caminando por el sector, madres con sus hijos, trabajadores, adultos mayores. Con lacrimógenas, “zorrillos”, carros lanza aguas, piquetes de carabineros, golpes, detenciones, “lumazos”, el gobierno reprimía una de las jornadas de protesta más recordada. La juventud no dudó en responder.

Caía la noche cuando miles de jóvenes, vecinos del sector, trabajadores, personas de la tercera edad y niños, comenzaron a organizarse alrededor de barricadas levantadas en diversos sectores de la capital y del país. El clima de descontento y rechazo hacia Piñera y su mandato se venía expresando en las encuestas: 26% de la población seguía apoyando al gobierno y más del 80% de la ciudadanía estaba de acuerdo con las demandas del movimiento estudiantil.

Las barricadas se levantaron a nivel nacional, acompañadas de cacerolazos que fueron convocados para las 21 horas, y de enfrentamientos que se desarrollaron durante la madrugada del 5 de agosto. Santiago Centro, Estación Central y Providencia fueron comunas donde miles de jóvenes se enfrentaron con la policía; además hubo protestas en poblaciones como La Victoria, Villa Francia, La Bandera; cacerolazos en Plaza Ñuñoa, La Reina, Pudahuel, Maipú, Cerro Navia, entre otras comunas de la región.

Durante largas horas la juventud se enfrentó a la represión policial, de la mano de métodos de lucha históricos; organización callejera, organización previa en asambleas y reuniones, barricadas coordinadas y con apoyo de miles de personas. Las esquinas de Santiago se encontraban repletas de grandes “fogatas”, y vecinos de los sectores donde se estaban desarrollando las manifestaciones apoyaron en las calles a los estudiantes; se escuchaban bocinazos de los automovilistas de paso; se desarrollaban protestas en puertos, en “plazas de armas” de distintas ciudades del país, cortes de calles, etc.

El 4 de agosto, con más de 800 detenidos en el país al finalizar la jornada, se convirtió en una fecha emblemática para la juventud chilena- también un ejemplo para estudiantes de países latinoamericanos- y en una jornada de lucha que hizo recordar las protestas durante la Dictadura. Fue tanto el impacto que todos los medios de comunicación se vieron obligados a tratar lo que había sucedido; incluso medios internacionales dieron cuenta del fuerte “estallido social”.

El gobierno de Piñera quedó descolocado, con menos apoyo por parte de la población y criticado desde distintos sectores políticos que tuvieron que salir a repudiar la represión policial por su notoria brutalidad. En ese sentido, el 4 de agosto fue un duro golpe para el gobierno de derecha y para el régimen político en su conjunto. Provocó que Piñera llamara a una “mesa de diálogo” para negociar con los estudiantes, remeció a la opinión pública y delineó conclusiones para un futuro, para vencer.

Lecciones importantes a considerar

El movimiento estudiantil ayudó a que diferentes sectores de la sociedad vieran que con movilización y lucha se logran imponer demandas o, de mínima, ponerlas en el tapete público; que sólo con fuerza y organización se pueden visualizar las problemáticas, y que ningún gobierno que decida en pos de empresarios y políticos corruptos va a conceder lo que la mayoría de la población exige, si es que eso significa cuestionar sus ganancias.

También visualizó el rol que cumple una dirección política en cualquier proceso de lucha y movilización.

El 4 de agosto demostró que la juventud, en alianza con otros sectores de la sociedad como trabajadores, mujeres, pueblos originarios, puede conquistar sus demandas, y mostró la importancia del rol que juegan las direcciones que encabezan un movimiento, pues mucho depende de la estrategia que se toma.

“Una de las lecciones fundamentales que nos dejó como movimiento es que no se puede confiar jamás en gobiernos y políticos que representen los intereses de los empresarios y millonarios del país, y que nuestros verdaderos aliados son las y los trabajadores, las mujeres, la juventud, inmigrantes, y diversos movimientos sociales que cuestionan a esta sociedad neoliberal”, reflexiona Bárbara Brito, vicepresidenta de la Fech.

Hoy, a seis años del 4 de agosto, con un agónico y cuestionado gobierno de la Nueva Mayoría, y una reaccionaria derecha que quiere volver a gobernar vía Piñera, el movimiento estudiantil tiene aún mucho que discutir, organizar y entregar. El rol de la juventud, cada vez más involucrada en la vida política y social del país, no se ha agotado y puede volver a ser esa chispa que encendió el 2011.






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