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Razones de la crisis del PRD y qué izquierda necesitamos

Abrimos el debate a propósito del artículo “Piedras para la Izquierda”, de Fabricio Mejía Madrid. El balance del PRD y las perspectivas para la izquierda.

Pablo Oprinari

Ciudad de México / @POprinari

Jueves 6 de abril | Edición del día

En la revista Proceso, edición 2019, Fabrizio Mejía Madrid en su artículo "Piedras para la Izquierda" discute con quienes sostienen que la crisis del Partido de la Revolución Democrática se debe a “la crisis de identidad de la izquierda”.

El autor debate con quienes justifican la derechización del PRD: “La izquierda –me dicen– se hizo ´moderna´en la medida en que abandonó las utopías y se dedicó a administrar la realidad”.

Sostiene, en cambio, que su desmoronamiento se debe a que “sus combates de otros momentos fueron acallados por el cálculo, la conveniencia, y el afán de no incomodar. Y por la idea de ganar a toda costa”.

Mejía defiende la idea que el PRD abandonó el proyecto de una verdadera izquierda, que él identifica con lo irreverente, con “la rebelión y el amor loco … (que) reivindicó para sí lo que el elitismo tachó de mal gusto: lo sentimental y lo épico.”

El PRD de los orígenes, ¿de izquierda?

El artículo que mencionamos cuestiona ingeniosamente los argumentos que defienden que el PRD se transformó en una “izquierda moderna”. Pero Mejía lo hace considerando que en algún momento representó un proyecto vinculado con la rebelión y la épica de la izquierda.

Pero el PRD fue resultado de una ruptura en el seno del partido entonces gobernante, cuando éste encabezaba el giro neoliberal iniciado en los años 80.
Surgió del PRI, antigua expresión del “nacionalismo revolucionario”, que defendía (y defiende) los intereses de la clase dominante y la recolonización del país, la cual dio un salto con el Tratado de Libre Comercio.

La Corriente Democrática de Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo emergió de un partido burgués; y fundó un nuevo partido que aunque enarboló un discurso “opositor” al viejo priato, mantuvo este carácter de clase; al cual se integrarían el estalinismo nucleado en el Partido Mexicano Socialista y una minoría proveniente del Partido Revolucionario de los Trabajadores.

Este carácter de clase, que ponía al PRD muy lejos de una verdadera izquierda, se expresó en un programa para la reforma democrática del régimen, sin afectar las bases económicas del capitalismo mexicano. Se mostró también en que no cuestionó ni por un minuto la subordinación al imperialismo estadounidense, la cual es la base de la explotación y miseria que padecen decenas de millones. El PRD se limitó a pedir, en determinados momentos, la “renegociación del Tratado de Libre Comercio”.

Esto se articuló con los vínculos tejidos con sectores del empresariado; su mayor expresión (pero no la única) fue la cercanía con Carlos Slim Helú notoria durante la jefatura de gobierno en la Ciudad de México de Andrés Manuel López Obrador (AMLO).

Es sabido que sus bases enfrentaron en esos primeros años los ataques paramilitares, con centenares de muertos. Pero esto fue puesto al servicio de contener y desviar el descontento que surgió desde 1988 -después del fraude orquestado por el entonces secretario de Gobernación, el hoy petista y lopezobradorista Manuel Bartlett- y que se profundizó con el levantamiento de Chiapas en 1994.

La dirigencia del sol azteca le dio legitimidad a la llamada transición pactada junto al PRI y el PAN, que contó con el apoyo y beneplácito de Washington, y que llevó a la alternancia democrática en el 2000, con el triunfo del panista Vicente Fox. Actuó, así como la “pata izquierda” del régimen de la “transición pactada”.

La centroizquierda del PRD ocupó “espacios” en las instituciones por la vía electoral, incluyendo el gobierno de la principal ciudad del país. Pero su rol en el Pacto por México y en las reformas estructurales es la consecuencia esperable de un proyecto político que, desde sus orígenes, lejos de cualquier “rebeldía” y “épica” de izquierda, pretendió administrar los planes capitalistas y preservar esta democracia para ricos.

La incorporación de ex priistas y de personajes como Rubén Aguirre y José Luis Abarca, responsables políticos de la masacre de Iguala y las desapariciones de los 43 normalistas de Ayotzinapa, es el fruto más sonado de ello y evidencia que es enemigo de los trabajadores, las mujeres y la juventud.

¿Qué izquierda construir?

Ante la debacle del PRD, AMLO atrae a las filas del Morena a sectores de la cúpula perredista, además de empresarios y personajes vinculados a los gobiernos priistas y panistas, como explicamos aquí. El caso más reciente son los 12 senadores que abandonaron primero la bancada del PRD y luego el partido, para avalar al Morena hacia el 2018. No son pocos los provenientes del sol azteca que sostienen su apoyo diciendo que AMLO recupera el proyecto original de 1988.

Millones de trabajadores y jóvenes depositan sus aspiraciones de cambio en Morena. Pero, de la mano de ex perredistas, ex priistas y empresarios no se resolverán la falta de empleo, la antidemocracia del régimen y la entrega de los recursos naturales. Ello implica atacar los intereses de las grandes empresas que obtienen sus ganancias a partir de la precarización laboral y al mismo régimen político que las defiende. Pero ese no es el programa de AMLO, que en eso retoma mucho del PRD de los “orígenes” y su estrategia de reformar el sistema actual, pero sin cuestionarlo.

Lo que se requiere es construir una nueva herramienta política de los trabajadores, las mujeres y la juventud. Que efectivamente inscriba en sus banderas la rebelión contra el orden establecido y que sea irreverente ante los poderosos y la “casta política” a su servicio. Que luche contra la opresión imperialista y junto a los trabajadores y migrantes del otro lado de la frontera, en defensa de los derechos de las mujeres y la juventud, y contra la explotación y miseria sobre el pueblo trabajador. Una izquierda que, lejos de buscar reformar lo irreformable, luche para acabar con este régimen político al servicio de las trasnacionales.








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