Política

PANORAMA POLÍTICO

Racismo de clase, “retiro espiritual” y una tregua de verano

Pescarmona y Pamela David, exabruptos que no son tales. Macri y Cambiemos, disfrutando el sol y las buenas comidas en Chapadmalal. La tregua, las concesiones y la relación de fuerzas.

Eduardo Castilla

@castillaeduardo

Domingo 4 de diciembre de 2016 | 00:00

La semana que termina volvió a poner sobre el tapete el racismo y la misoginia parte de la clase dominante. El empresario Enrique Pescarmona salió del ostracismo. No lo hizo para anunciar inversiones –a pesar de los recurrentes pedidos del Gobierno- sino para atacar bestialmente a las jóvenes adolescentes embarazadas. Como si fuera un complemento, en el terreno del racismo, la conductora Pamela David, reivindicó la familia “blanca y pura” del presidente.

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De todos modos, la “blancura” de Macri y de parte del oficialismo pudo matizarse bajo el sol de Chapadmalal. No fue el único disfrute. Los medios informaron sobre los prodigiosos menús a los que pudieron acceder los funcionarios, así como otros placeres que no se le niegan a nadie…que integre la casta política gobernante.

Chapadmalal no dejó ninguna novedad. “Yo decía que no era mago” fue una de las afirmaciones que hizo Macri para excusarse, una vez más, de la falsedad de las promesas de campaña. Consignemos, sin embargo, que parte de lo esencial de la magia reside en el uso de la ilusión. En ese sentido, el discurso electoral de Macri fue todo lo mágico que permitió su agenda.

Volviendo a Pescarmona, la reaccionaria y despectiva acusación de “hacerse preñar” no puede ocluir que los dichos del empresario representan, de manera extrapolada, parte del programa del gran capital para Argentina. Aquel que, en nombre de la reducción del déficit fiscal y del llamado “gasto público”, propone “terminar con el clientelismo”.

Para el gran empresariado las asignaciones sociales y los planes son “gasto” en el sentido estricto del término, derroche, tirar la plata para decirlo en términos coloquiales. Subsidiar a las grandes multinacionales, eliminar retenciones o condonar deudas es, simplemente, “apostar por el país”.

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La condena moral al clientelismo no es exclusiva del Gobierno y el gran empresariado. Tiene su arraigo y es continuación de un discurso político de rango internacional, impulsando desde los think tank imperialistas. Como reseña el libro -recientemente editado- El clientelismo político (Gabriel Vommaro y Hélene Combes, Siglo XXI), existe un universo de “emprendedores morales” en guerra abierta contra el clientelismo. La premisa –tácita o explícita- de ese combate se sostiene en un republicanismo de cartón, que postula una democracia “pura” y un ciudadano responsable y con mirada global.

Señalemos que ese “ciudadano abstracto” está cortado por la tijera de las determinaciones de clase y nunca, pero nunca, incluye al empresario que mientras le exige al Estado toda clase de prebendas, fuga divisas o evade impuestos al por mayor.

Concesiones y relaciones de fuerza

El capital, por medio de la figura de Pescarmona, le recuerda al Gobierno que el gasto social es solo una concesión temporaria, en el marco de la relación de fuerzas y del marco que imponen las elecciones de 2017.

Tomando en cuenta esa cuestión, José Natanson en el número de diciembre de Le Monde Diplomatique define a la política del Gobierno nacional como “clonazepam en gotas para la paz social”, una política de concesiones destinada a paliar las consecuencias del ajuste, en el marco de la recesión económica.

Natanson advierte, sin embargo, que “conviene no engañarse. Estos desvíos no significan que el PRO carezca de ambiciones sino que es lo suficientemente inteligente para reconocer los límites que los sindicatos, el peronismo, las organizaciones sociales y la opinión pública le imponen a su voluntad (…) El macrismo tiene un rumbo (…) ¿Hasta dónde llegará? Simple: hasta donde la correlación de fuerzas se lo permita”.

Es preciso señalar que la relación de fuerzas opera como una frontera móvil que puede ser empujada, parcialmente, en un sentido u otro. La conceptualización no pretende valor académico, sino político.

La pérdida del poder adquisitivo para el conjunto de la clase trabajadora, el crecimiento de los despidos o el aumento de la precarización laboral, no pueden ser escindidas de la inacción -cuasi completa- de las conducciones burocráticas sindicales. En su carácter de casta privilegiada al interior de las organizaciones obreras, su orden de prioridades estuvo en la defensa de sus propios intereses, por sobre el conjunto del colectivo obrero.

La preocupación discursiva demostrada hacia los trabajadores informales no pasó del mero relato. El único objetivo real de la conducción sindical fue lograr engarzar una nueva rueda al carro del pacto social, que se celebra de hecho con el Gobierno nacional.

La relación de fuerzas sigue siendo el escollo global para un ajuste desmesurado del macrismo. Sin embargo, no mensurar los avances logrado por la gestión Cambiemos y el gran capital, tiene el peligro de exceptuar de responsabilidades a las conducciones de las organizaciones de masas.

La cuarta T: tregua

Precisamente, ese es el debate que golpeó esta semana a los llamados movimientos sociales. La polémica rodeó a aquellos dirigentes que aceptaron firmar un acta que renunciaba a las movilizaciones de protesta por más de tres años, a cambio del avance en el proyecto de Emergencia Social.

Más allá de la defensa esgrimida por los dirigentes y las promesas de “retomar las calles” en caso de que el Gobierno no cumpla, hay dos concesiones que son reales y no menores.

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En primer lugar, lo obtenido se logró sin apelar a duras medidas de lucha. Las importantes movilizaciones que precedieron las negociaciones fueron una suerte de vandorismo light, táctica que era confirmada con cada declaración de los dirigentes sociales, que reiteraban la intención de “no alterar el orden social”. Se hace evidente entonces que era posible obtener mayores concesiones con medidas más contundentes. Una cuestión que se vuelve más que urgente, en el marco del atraso de asignaciones y planes frente a la inflación existente y el elevamiento del costo de vida.

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La segunda cuestión estriba en que el acta y la ley de Emergencia Social acordada abren el camino para la efectiva legalización del trabajo precario y la normativización de la división existente al interior de la clase obrera entre trabajadores formales e informales.

Esa división fue perpetuada durante los 12 años de Gobiernos kirchneristas, a pesar del crecimiento a tasas chinas y de la declamada “batalla contra las corporaciones”. Esa cuestión es la que “olvidó” un sector del FpV que salió a criticar a las organizaciones sociales por no haber marchado a Plaza de Mayo el pasado 18 de noviembre o por haber suscripto el acta por la Emergencia Social.

La tregua otorgada por las conducciones sindicales y parte de los llamados movimientos sociales acompaña las altas temperaturas de un verano que, más allá de las fechas, ya llegó en término reales.

En el marco de las consecuencias negativas que ya se pueden prever, como resultado del efecto Trump, y las mismas tensiones de la economía nacional, Macri no puede más que agradecer la paz social de la que es acreedor. Paz social que tiene, como no podía ser de otra manera, bendición papal.







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