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TRIBUNA ABIERTA

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Miércoles 16 de diciembre de 2015 | Edición del día

Lo sabemos, por ejemplo, gracias a la literatura de Beckett. Aunque también, llegado el caso, y más sencillamente, gracias a algunas escenas de la vida conyugal. La incomunicación no es menos reveladora que la comunicación. No produce menos sentido, no produce menos experiencia. No hace falta llegar hasta Rancière para tomar nota de todo lo que el desacuerdo, como tal, puede fundar y establecer; la fatal incomprensión no tiene por qué ser solamente un impedimento, también puede iluminar posiciones. Un diálogo fallido no ha de ser necesariamente estéril: lo fallido, por fallido, algo genera, algo indica, una más que valiosa evidencia puede obtenerse del fiasco.

Porque es muy fácil simular una gentil disposición al diálogo, es tan fácil como simular la amplitud y la elasticidad de la mejor de las tolerancias. Y ambas cosas, por una misma razón: porque apelando a la más pura y visceral indiferencia, resulta sencillo dejar que el otro hable aparentando respeto. Se lo revierte, sin embargo, en mi opinión, valiéndose del propio diálogo, haciéndolo truncar, hasta que cae el disfraz artero de la cortesía fraguada.

Soy uno de los que están convencidos de que ir a conversar con Macri, siendo de izquierda, es inútil: que parece que escucha, pero no escucha; y que si acaso escucha, no entiende; y que si acaso entiende, no le importa. Pero ha logrado hacer del dialogismo una dominante ideológica, con todo lo que de falsedad conlleva la noción de ideología. Por eso habría sido mejor, según creo, acudir a su llamado.

Acudir para tornar materialmente concreta la imposibilidad objetiva de un sincero entendimiento, para dar existencia real al fracaso comunicativo. Exponerse a la circunstancia efectiva de su mirada fija y perdida, de su sonrisa de piedra, de la atención que de pronto se le va, de las preguntas que no podría o no sabría o no querría responder. Constatarlas para luego salir y referirlas a todos. No ya como algo perfectamente sabido a través de la deducción fehaciente, sino como algo vivenciado.

Las presunciones pueden valer por sí mismas, si están bien planteadas; no siempre precisan una especie de comprobación fáctica. Pero, como sostenía Bertolt Brecht, la verdad debe ser dicha de tantas maneras como sea posible. Esta verdad, la de la trampa dialogista de Macri, podría haberse dicho, no sólo mediante la demostración argumentativa a priori, sino también mediante la ejecución palpable de una conversación imposible.

¿Tiempo perdido? Sí: pero ganancia conceptual.







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