Sociedad

IGLESIA E IMPUNIDAD

¿Quién es Esteban Alfón, el amigo de Aguer que patea mujeres en la Catedral de La Plata?

Fue abogado de curas pedófilos y considera inocente a Julio Grassi. Hoy preside, con apoyo de Bergoglio, la Sociedad Argentina de Derecho Canónico que administra la legislación interna de la Iglesia.

Daniel Satur

@saturnetroc

Viernes 30 de marzo | Edición del día

“La corrí como si fuera una silla, fue por reflejo”. Así explicó en las últimas horas su accionar en las escalinatas de la Catedral de La Plata el presbítero Esteban Alfón, abogado, párroco de ese templo y a la vez presidente de la Sociedad Argentina de Derecho Católico (SADC), nada menos que el órgano de la Curia encargado de promulgar y hacer cumplir la legislación interna de la iglesia católica argentina.

El episodio fue registrado en un video que se hizo viral en muy pocas horas. Allí se ve a Alfón dándole una patada en la cola desde arriba de una escalinata a una joven que estaba de espaldas. Como es tradición en La Plata, la chica y una compañera estaban festejando su graduación como estudiantes de la Facultad de Periodismo de la UNLP. Al parecer, para el párroco de la Catedral el festejo tenía visos de herejía y decidió echar a patadas a las potenciales brujas.

“Al fin y al cabo es una iglesia, tengo que cuidarla”, se justificó más tarde ante algunos medios locales. Tan compenetrado en su guerra santa estaba Alfón que ni se enteró que otros herejes (amigos de las chicas) lo estaban filmando y en poco tiempo él y su misoginia se harían muy famosos.

Julia Peñalba es platense y justo en el momento del hecho estaba en el lugar. Pudo ver todo. En conversación con La Izquierda Diario confirmó lo que horas antes había posteado en su muro de Facebook. Recuerda que pasaba por ahí y vio “el festejo de dos chicas que se recibían, que estaban en las escaleras de la Catedral con unas bengalas de humo de color. En eso vemos que son echadas a empujones por un cura que salía de la Catedral al grito de ’¡esta es la casa de Dios!’ No contento con eso, le pagó una patada a una de ellas”.

Julia agrega que otro hombre, “un reaccionario, bajó de un auto en el que viajaba con una monja y se nos vino encima para defender al cura, agrediendonos”. Ante el escándalo en aumento, el cura Alfón aprovechó para huir hacia el interior del templo. A su defensor, finalmente, lo lograron echar del lugar. La joven repudió totalmente el hecho y se preguntó qué cosa distinta puede esperarse “de un representante de la Iglesia que como institución legitima la muerte de mujeres por abortos clandestinos y la existencia de curas pedófilos”.

La guerra de Dios

Ser presidente de la Sociedad Argentina de Derecho Canónico no es moco de pavo. Se trata de un puesto imposible de ocupar sin el acuerdo y el apoyo firme del Vaticano. Precisamente Francisco apoya a Alfón desde hace mucho tiempo en todo lo que hace. Y vale recordar que la SADC es un órgano estratégico para la iglesia católica argentina, todo el tiempo obligada a revisar su estructura jurídica y sus alfombras ante la constante aparición de escándalos de poder, económicos y sexuales.

Alfón y Bergoglio tienen, además de la sotana, muchas cosas en común. Por ejemplo, ambos son importantes aliados de Monseñor Héctor Aguer, el medieval y oscurantista arzobispo de La Plata, actualmente uno los más rabiosos militantes contra la legalización del aborto. De hecho La Izquierda Diario está intentando confirmar la veracidad del rumor que corre en la capital bonaerense respecto a que el gran “bebito” de cartón utilizado en la movilización del 25 de marzo en Palermo estaría siendo guardado en la misma Catedral.

El abogado Alfón coincide con el actual Papa en que muchas de las que cosas que hacen millones de personas que no se rigen espiritualmente por la Iglesia son parte de una milenaria “guerra contra Dios”. Así lo dejó en claro el entonces cardenal Bergoglio en 2010 cuando movilizaba a la grey en contra de la Ley de Matrimonio Igualitario. Ahora Alfón repite el drama como farsa, y su enemiga fue una joven embadurnada de harina y huevos, recién recibida de periodista.

Pero el prontuario de Alfón no se restringe a patadas y nada misericordiosos gestos de desprecio. Por el contrario, el párroco de la Catedral puede ser considerado como un verdadero “pesado” de la Curia. Y encima, abogado, con todo lo que eso implica a la hora de afrontar duras acusaciones.

El abuso “no es pecado”

Hace cinco años Alfón era párroco de la céntrica iglesia platense Nuestra Señora de la Merced, ubicada en la calle 11 entre 45 y 46. Muchos años antes había sido abogado de Ricardo Giménez, uno de los protagonistas emblemáticos de la larga lista de curas pedófilos argentinos, acusado por muchas víctimas de abusar de ellas cuando eran infantes a los que él llevaba de campamento a Magdalena y Bavio, en las cercanías de la La Plata.

Un domingo de septiembre de 2013 Esteban Alfón recibió una visita en la parroquia de la Merced. Era una mujer, joven, quien apenas terminada la misa se le acercó y, después de dar su nombre, le pidió unos minutos para conversar. El diálogo que se reproduce a continuación es una reconstrucción de la propia mujer a la que accedió este medio.

La mujer, de la que por obvias razones se preserva la identidad, recuerda que ese día lo esperó “a la salida de la misa, en la vereda. Me presenté, le dije mi nombre y que quería saber si podía darme unos minutos de su tiempo para hablar. Me llevó a la sacristía de la parroquia, donde empezó a quitarse los ornamentos. Me dijo que le contara en qué podía ayudarme. Yo tenía un nudo en la garganta. Tomé aire e intenté ser lo más clara posible”.

  •  ¿Usted conoce al sacerdote Ricardo Giménez?

    Alfón- ¡Claro si! Pero ya está retirado de la diócesis, es un hombre mayor en edad.

  •  No. Hace poco, más claramente la semana pasada, se le hizo un escrache en el Hospital San Juan de Dios, donde estaba celebrando misa. El escrache era por los abusos que cometió.

    Alfón (perplejo)- Mirá, lo que yo te puedo decir es que él es inocente

    “Sentí que se me derrumbaba el cuerpo, comencé a llorar, la angustia me invadió”, dice la joven.

  •  ¿Cómo me puede decir que es inocente sabiendo que fue denunciado en Magdalena por casos de abuso?

    Alfón- ¡No! Pará. Yo sé bien lo que pasó, fui su abogado cuando lo denunciaron. Las pruebas eran todas falsas. Se juntó un grupo de madres a acusarlo. Es inocente. Por eso la Justicia lo absolvió. Así que, te repito, no es culpable. Son blasfemias que se dijeron... ¡Y ojo porque eso sí que es pecado! Si vos me decís que hay más casos, quiero que me traigas por escrito nombre y apellido y el DNI de esas personas que lo acusan, con pruebas claras.

  •  ¿Me está diciendo que desnudarse delante de un niño o una niña, tocarle sus genitales, pedirle que le cuente los lunares que tiene en su cuerpo, no es pecado?

    Alfón- Eso no es pecado. Y él es inocente. Aparte no sé qué será ya de su vida. Debe tener cerca de 80 años, para mí que está retirado. Es lo mismo que está pasando con Grassi, se lo acusa y no hay pruebas.

    La mujer no pudo seguir la conversación ni mucho menos seguir mirándolo a la cara. Así que se fue.

    El escrache del que le comentó la mujer a Alfón ese domingo de septiembre de 2013 se había realizado el 30 de agosto, pocos días antes. Contrariamente a lo que aseguraba Alfón, el cura Ricardo Giménez seguía en actividad e incluso estaba a cargo de la iglesia enclavada dentro del hospital público San Juan de Dios de La Plata.

    Giménez está acusado desde hace años por diversas víctimas de abuso sexual, muchas de las cuáles lograron denunciarlo de adultas. Una de las mujeres por las que se organizó aquel escrache es Julieta Añazco, hoy referente nacional de la Red de Sobrevivientes de Abuso Sexual Eclesiástico, una organización presente en casi todo el mundo.

    En el documental No Abusarás, el mandamiento negado en la Iglesia de Francisco, producido por este diario junto al periodista Julián Maradeo, Añazco relata los abusos que sufrió de Giménez cuando era una niña, en campamentos que el cura organizaba en la localidad lindera de Bavio. En 2013, además del escrache, Julieta decidió denunciar penalmente a Giménez.

    No era la primera vez que a Giménez lo denunciaban. Y no sería la única en la que contaría con la protección de la alta jerarquía eclesiástica de La Plata y a nivel nacional. Como recordó el mismo Alfón a la mujer que lo visitó en su parroquia hace ya unos años, él fue el abogado del cura acusado en 1996 por el abuso de cinco menores en Magdalena. Incluso fue el encargado de rescatarlo de la cárcel, donde Giménez pasó un buen tiempo hasta que los jueces jurásicos Horacio Piombo y Raúl Delbés lo liberaron.

    Alfón dice que Giménez es inocente porque un par de jueces dijeron que no había pruebas en su contra. Sin embargo hacia adentro de la propia Iglesia Giménez fue condenado, si no a prisión al menos sí a un ostracismo como castigo canónico. El propio Monseñor Aguer publicó en diciembre de 2016 en el diario El Día de La Plata una columna en primera persona en la que afirmaba que desde su arquidiócesis se le siguió una causa al cura, encuadrada como falta grave en el Derecho Canónico, y se lo sancionó de forma contundente.

    Vade retro

    Lo que más enardece a las víctimas de Giménez es que mientras Aguer dice públicamente que el cura fue culpable y sancionado (aún aunque el Poder Judicial amigo lo haya absuelto) hacia dentro de la Iglesia al pedófilo se lo apoyó jurídicamente, materialmente y nunca se le impidió seguir dando misa y tomar contacto con menores.

    Poco antes de esa columna de Aguer en El Día, su socio Alfón (exabogado de Giménez y ya consagrado presidente de la SADC), repudió cínicamente “la intromisión del Estado en la vida interna eclesiástica”. Fue en septiembre de 2016, luego de que un fallo judicial ordenara el allanamiento del Monasterio de las Carmelitas Descalzas de Nogoyá, Ente Ríos, donde se habían denunciado diferentes tipos de vejaciones y tormentos aplicados a las monjas. Alfón dijo entonces que “el Estado a través de sus funcionarios debe velar por el respeto a la libertad religiosa en todas sus expresiones, y no coaccionar a las mismas porque le resulten incomprensibles”.

    Tres meses después no se lo escuchó tan decidido defendiendo a sus colegas Nicola Corradi y Horacio Corbacho, los cabecillas de una banda de abusadores de niñas y niños sordos en el Instituto Provolo de Mendoza. No se animó, parece, y no le quedó otra que callarse la boca ante cada nuevo allanamiento al colegio y las instalaciones del Provolo impulsado por las querellas de las familias de las víctimas.

    Eso sí, al menos hasta el momento Alfón y Aguer se las ingeniaron muy bien para garantizarse la impunidad en el Caso Provolo, cuyo capítulo platense (donde hay una sede, de donde salieron Corradi y Corbacho hacia Mendoza hace años y donde también hay denuncias de abusos sexuales) se mantiene estancado en los tribunales de la capital bonaerense.

    Aparentemente cada vez más la “defensa de Dios” implica, según la doctrina de la jerarquía católica (con venia desde Roma, claro), encubrir a delincuentes sexuales y económicos, extorsionar a las víctimas y reforzar la opresión de las propias mujeres que aún confían en los dones sobrenaturales de ese grupo de varones misóginos con sotana.

    Desde ahora, al parecer, se suma la defensa a patadas para que nadie ose pisar paganamente las escalinatas de la Catedral. Esa misma Catedral en la que hace 40 años Monseñor Plaza citaba a feligreses perseguidos y los entregaba a militares y policías para ser torturados, desaparecidos y asesinados.








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